Salí de la cama, corrí la cortina y miré hacia el cielo… nublado,
maravillosamente nublado. Recién empezaba el otoño, pero ya hacía frío. Me metí
en el baño, Biblia en mano. Evacué largamente, continuando la lectura del
Deuteronomio, el final del discurso de Moisés. Me lavé las manos, los dientes,
me duché. Salí del baño y preparé mates, amargos. Mientras cebaba mis mates,
piqué un poco de faso, lo metí en la pipa, lo prensé y le metí fuego. Chupé el
humo, una, dos, tres veces. Flores. A los quince minutos ya estaba en otro
mundo. En ese otro mundo todo es igual que en éste, pero es más intenso…
las nubes, las sombras, el frío, el dolor, el cuerpo, todo. Me senté media hora
a mirar por la ventana… el cenit plomizo, los zorzales correteando entre los
pastos, el pino mecido por el viento. Luego me calcé un jean, una remera de
manga larga, un par de zapatillas, y salí. Afuera llovía. Entré nuevamente,
subí las escaleras hasta alcanzar el paraguas, bajé, salí, cerré con llave,
atravesé el garage, abrí el portón, cerré el portón y encaré la calle. Y me fui
caminando bajo la garúa.
Enfilé para el centro de Caseros y caminé varias cuadras. En avenida Mitre y
Sarmiento me detuve frente al antiguo “edificio Mitre”. Una construcción que
sobrevivía desde los tiempos de mi infancia. En la mampostería le habían
pintado las letras de azul, pero eso no ocultaba su ruina. La casa de
sanitarios, debajo, y el supermercado chino, en la esquina, no existían cuando
era pibe. A media cuadra, cerrada, la tintorería japonesa exudaba una muda
tristeza de óxidos y de verdes oscurecidos por aquella trágica historia de
homosexualidad reprimida y de suicidio bajo las ruedas del San Martín. Calculé
que habían pasado más de treinta años. Treinta años no es mucho tiempo para la
edad del universo, no es nada, en realidad. Un pedo. O un micro pedo… un pedo
de mosca. Pero para mí sí lo era. Pensé que, para el universo, yo tampoco sería
gran cosa, aunque me permití dudarlo… ¿qué sabía yo, realmente, de los
misterios del universo?… me quedé viendo los detalles del edificio y recordé,
entonces, su cara. Nunca había olvidado su cara. Era flaca, morocha, de piel
muy blanca. No era muy linda, pero era enigmática, y unos años mayor que yo.
Pertenecía a una clase social más baja. Recordé que ese detalle, entonces, me
incomodaba. La creí del interior. Ella vivía ahí, en el “edificio Mitre”, y al
pasar, me había regalado un par de sonrisas. Sonrisas desde el balcón. Esa
cara, que me había enamorado, había ocupado mis noches durante varios meses…
¿recordaba su nombre?, no, no recordaba su nombre. Pensé que, posiblemente,
nunca lo había conocido. Pero entonces tuve la certeza de que sí, que había
sabido su nombre… ¿Marcela?… ¿Clara?… si me esforzaba lo recordaría al fin,
pero no era importante y no se justificaba el esfuerzo, bastaba el recuerdo de
su nariz, de sus ojos, de su sonrisa. Y la certeza de haber sufrido
dichosamente por ese amor.
Recordaba el parlante, eso sí. Y el radio grabador monoaural, y el micrófono
ridículo y también recordaba a mi amigo el yugoeslavo, que a veces me
acompañaba caminando por ahí. Un boludo mi amigo, no valía la pena traerlo
al presente. Lo aparté de mi mente y me pregunté que habría sido de
ella, si estaría, en ese instante, en algún sitio. Y donde. Intenté imaginarla
con más de cincuenta años, pero no pude. Entonces pensé que podría estar
muerta, ¿porque no?, había ya tantos muertos en mi historial. Imaginé una
tumba: barro, un poco de pasto, una cruz, todo bajo la garúa del martes
feriado. Feriado para mí, no para ella. Para ella, un eterno feriado… ¿eterno
feriado?, ¿cómo podría yo saber eso?… un eterno feriado lleno de
silencio de camposanto, vacío e idiota. E inútil. Luego pensé que, tal vez, no
habría muerto, tal vez ella vivía lejos, en Salta, por ejemplo, o en Santiago
del Estero. La imaginé mal casada, cocinando para cinco o seis pibes, limpiando
todo el día entre cuchetas, cucarachas y pisos de barro, rodeada de perros
pulguientos y dominada por un marido duro y borracho, un marido frío como una
mañana invernal de manos de albañil.
Seguí caminando. En Mitre y Tres de Febrero doblé a la derecha, seducido por un
primitivo deseo de barrio boliviano. Deseé llegar hasta Liniers. Caminé varias
cuadras y las calles y las casas se fueron mimetizando con el tono grisáceo del
cielo. Pasé por la “Sociedad de Fomento Villa Pineral” y entonces recordé al
Alfred, y olvidé las fuentes de locoto y los papines rojos y las bolsas llenas
de harina de jankakipa. En Guaminí doblé a la izquierda, avancé treinta metros
y llamé a la puerta, golpeando las manos. Esperé un par de minutos hasta que,
detrás de la enramada, alguien preguntó:
-¿Quién es?
-Hola Alfred, soy yo, men, pasaba y llamé.
-¡Hola men!, uuu, ¡llegaste justo para fumatear unas flores!
Salió el Alfred, sonriendo como un niño entre la espesura. Abrió la puerta y
nos abrazamos. Entramos al jardín, subimos la escalera y entramos en la cocina.
-¿Cómo andás men?- me preguntó.
-Bien, men; pateando tranquilo, aprovechando el feriado y la garúa,
pensando, pateando con la fresca…
-Está lindo para pensar hoy.
-Sí.
-No se trabaja.
-Menos mal.
-Bueno… ¡igual yo nunca trabajo!
-¡Jajja!, y yo te felicito, pero no trabajar cuando trabajan todos es duro.
-Sí.
-Da culpa.
-Ma que culpa, meen… ¡vamo a fumar!
Nos sentamos, y mientras continuamos la charla el Alfred armó un finito.
Flores. Fumamos. Al rato estábamos en ese otro mundo, que es igual que éste,
pero que carece de tiempo… la brisa, el sonido, la lluvia, el
color, todo sucede ahí en un ahora sin tiempo.
Hablamos de nuestras mujeres. Hablamos de política. Filosofamos acerca del amor
y de la violencia; de la familia, de nuestras hermanas, del sexo, de la
modernidad y de cómo el mundo se descompone y se transforma en una cosa hueca y
brillante, como una marquesina en un kiosco. Hablamos de la libertad y de cuanto
nos costaba quitarnos de encima y de adentro todo lo aprendido. Lo mal
aprendido. La mayoría de las cosas que nos enseñaron en la escuela eran
mentiras, un veneno, directivas que ponen en marcha mecanismos represivos. El
dictador adentro. Y hablamos, también, de la soledad. Convinimos que no había
una sola, sino muchas soledades… soledades tristes, soledades reprimidas,
soledades desesperadas y soledades de pié, y otras soledades que, de tan
místicas, eran casi ridículas, masturbatorias… -hay una soledad para
cada hombre-, dijo crípticamente el Alfred mientras echaba humo espeso por
la nariz.
Más tarde el Alfred abrió una birra, trajo una guitarra y un violín. No
afinamos. Improvisamos, sin pautar nada de nada. Pautar era miedo, un candado,
y estábamos podridos del miedo y de los candados. Arrancamos y empezó a brotar
una música única, irrepetible, una vibración que era un ruido y era más que
ruido, era una construcción demente, patética, enloquecida. E increíblemente
pura, como una bala de plata directo al cerebro. Esa música no
tenía modo, ni centro, ni cronología, ni tono… y sin embargo sonaba como una
medicina para el alma. Hacerla era un embrujo y un éxtasis, una catarsis, una
inyección farmacológica directa al torrente sanguíneo con un demoledor efecto
narcótico.
Nos colgamos más de una hora con los sonidos, y hasta aparecieron algunos
tambores e instrumentos rarísimos construidos por el Alfred con cualquier cosa
que encontraba por ahí. Era un maestro el Alfred, un rebelde, un punk del
subdesarrollo, un enamorado de la anticultura; y era así naturalmente, sin
esfuerzo. Luego fumamos un poco más y entonces, en medio de un silencio que se
hizo de repente, me paré y dije:
-Bueno, men, me voy, necesito caminar un poco más… ¿querés venir a caminar,
Alfred?
-No, men, gracias, me quedo acá, fumando otra florcita…
Bajamos, el Alfred me abrió la puerta de calle y nos abrazamos. Y yo salí
pateando hacia el barrio Derqui. Llegué a San Martín, doblé a la izquierda y
retrocedí por la avenida hasta Cafferata. Doblé a la derecha y caminé hasta
Mitre. Otra vez avenida Mitre. Pasó un 53, rumbo a La Boca. Entonces recordé la
calabresa del Fortín, y esa maravillosa sensación de volver al pasado. Decidí
que necesitaba volver al pasado. Caminé, entonces, por Mitre
hasta Alvear, doblé a la izquierda siete cuadras hasta el golf, luego a la
derecha en Lincoln cinco cuadras, crucé la General Paz en Beiró, caminé derecho
ocho cuadras hasta Lope de Vega y, por ésta, quince cuadras hasta El Fortín, en
Álvarez Jonte y Lope de Vega. El pasado, vivo, en una esquina. El pasado,
detenido, en un sabor, entre las mesas, en el sonido, en las voces. Entré y me
senté junto a la ventana que miraba a Jonte. Desde ahí podía ver a la gente que
subía y bajaba del 135 y del 53. Me gustaba ver a la gente mientras me
emborrachaba y escribía cosas en viejas servilletas de papel tissue. Se acercó
el mozo y me preguntó qué quería:
-Traéme dos porciones de calabria, una de fainá, un litro de moscato Crotta
bien frío y hielo-, le pedí.
La pizzería aún estaba a media marcha: eran las seis de la tarde, feriado, pero
daba lo mismo. Era el Fortín, eternamente vivo. Me acordé del Chino. Me acordé
de Palanca, de Daniel comiendo su palo Jacob con crema pastelera, del ECEA y de
los últimos tres años de secundaria, y de miles de episodios vividos entre esas
calles con gente que ya no vería nunca más. Estaba solo, en la pizzería que era
uno de mis lugares en el mundo, una especie de templo pagano en donde mi
energía y mi nostalgia creativa se renovaban hasta el mínimo átomo de vida.
Imaginé la esquina del local, en el contexto del barrio. Imaginé la pizzería y
el barrio en el contexto de la ciudad. Imaginé la pizzería, el barrio y la
ciudad en el contexto del país, del continente, del planeta… vislumbré el globo
terráqueo desde el espacio y reconocí, un milímetro al norte de la apenas
visible Bahía de San Borombón, el brillo de los vidrios de los ventanales del
Fortín. Ahí estaba yo, Diego, sentado en un planeta, esperando mi moscatel
helado y mis dos porciones de Calabria y de fainá, mientras el reloj se
enloquecía al pedo y mientras la humanidad se enloquecía al pedo entre sus
humores de cagada, y mientras tanto el planeta giraba y giraba sobre su eje,
calentándose al sol una vez cada veinticuatro horas, y el sol giraba y
deambulaba sin ton ni son entre millones de soles, soles rojos y blancos,
azules y ultra concentrados, soles errantes como pedos de mosca cósmicos en una
galaxia también errante y perdida entre miríadas incontables de galaxias
errantes y perdidas en la nada, o en el todo, que era lo mismo. Todo
se volvía nuevo y todo se volvía viejo; y las generaciones desaparecían para
dar paso a las nuevas generaciones que también desaparecían para dar paso a las
demás, y a otras, y a cientos de miles de otras y cientos de millones de
millones de otras reemplazables mareas humanas. Pedos cósmicos, todos, eso
éramos, micro pedos cósmicos esperando por una porción de pizza, escribiendo
poemas en el agua, rodeados de infinito.
Llegó el mozo y me sirvió las dos porciones de Calabria, la fainá y el vino
generoso.
Comí. El pasado estaba ahí, en esa pizza y en ese sabor. Y en la pizzería, que
ya estaba llena de seres-pedos-cósmicos engullendo sus porciones chorreantes de
aceite al corte, bebiendo sus cervezas rubias y sus fríos vasos de uva
moscatel, parados frente al estaño, gritando y riendo por la alegría y por las
penas, todos de paso en ese eterno e inasible presente…
-Mentiras- pensé un rato después, mientras recordaba las palabras
de mis lamentables maestras de primaria -el tiempo no se divide en
pasado, presente y futuro… el tiempo es eterno presente.
Y una hora más tarde, ya suficientemente borracho, concluí:
-Mentiras… todo es mentira, el tiempo no existe: no hay tiempo.

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