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sábado, 11 de febrero de 2017

Ligeti en Chacarita

Pasó hace un rato en Chacarita, esperando el 123. Yo llevaba mi guitarra, el cajón peruano, el atril y la mochila. Era el cuarto en la fila cuando apareció una señora mayor y, así porque sí, se puso adelante. Quedé quinto. No dije nada, porque no me peleo con señoras, y menos por un puto lugar en una cola. Pero entonces la dama -de figura bastante imponente- hizo un giro inesperado y le clavó un tremendo rodillazo a la funda de mi guitarra. Le dije: "señora, más cuidado por favor... mi lugar en la cola ya es suyo, pero no me rompa la guitarra". Me miró con odio infinito y, acto seguido, me ignoró. Pasaron unos minutos y al rato empezaron a llegar un montón de polis muy jóvenes, cruzaron desde el cementerio, alcanzaron la parada y se quedaron ahí esperando el 44, unos 30 canas de uniforme azul de no más de 22 años, todos con el pelo muy corto, una nueve cargada en la cintura y una gran cara de culo. A mi me entró el miedo, o, tal vez, el asco. Pero entonces la vieja empezó a chillar: "¿Que hacen acá, mierdas?, ¿porqué no van a perseguir negros a la villa, mierdas?, ¿no ven que acá no hay negros chorros villeros de mierdaa?"... otra señora que estaba cerca empezó a hacerle el coro: "!Sí, eso!, ¡ESOOO!, ¡MATEN NEGROOS!" gritaba. Los gritos de las octogenarias se intensificaron y en un momento me vino al bocho el film 2001, la parte en la Luna con el monolito y el monstruoso coro de Ligeti.
Finalmente llegó el 123 y subí, sintiendo que el mundo no tiene solución ni remedio, y que cada día que pasa me siento más cerca del extranjero de Camus.

miércoles, 8 de febrero de 2017

El poder corruptor de la naturaleza

Vivimos toda la vida dentro de un cuerpo... somos, de algún extraño modo, "en" el cuerpo, o "con" él.
Caminamos con el cuerpo, comemos con el cuerpo, hablamos y cantamos con el cuerpo, respiramos con él.
Nos reproducimos porque tenemos un cuerpo.
Pero entonces sucede que alguien muestra una teta... ¡caos!
El asunto merece la atención en proporción al miedo que provoca.
Mucho miedo... los pibes, nuestros hijos, fueron amamantados... ¡con que gusto e inocencia amamanta una criatura!, pero ver una teta cuando dejan la edad de amamantar los puede pervertir... hay un poder, parece, el "poder corruptor de la teta visualizada"
El principio, para mí, y que quede claro que no quiero ofender a nadie,
es el mismo por el cual los juguetes de los chicos tienen orejas, ojos, piernas, pelo, boca y dedos,
pero nunca sexo.
Como si a los seres humanos nos hubiera traído una cigüeña... o hubiésemos crecido de un repollo.
Significativa la negación.

jueves, 26 de mayo de 2016

Aprender la patria

Yo no recuerdo cuando empecé a aprender en la escuela los rudimentos de la Patria. Un libro, una flor, una bandera, un himno, un escudo, un panteón.
Estaba de presidente Videla, eso recuerdo, y también que las maestras dibujaban esvásticas de tiza en el pizarrón de la dirección. Entrabas en la dirección y encontrabas tres cosas: el escritorio, el pizarrón y el libro de disciplina, donde firmábamos los díscolos. Cada vez que firmabas llamaban a tus padres, y a la séptima firma te ponían de patas a la calle. Y eso bajo la mirada enmarcada en dorado de algún mártir del panteón.
Cuando llegaba una fecha patria disfrazaban a las pibas de mozas o de vendedoras de empanadas, y a los pibes nos disfrazaban de granaderos con trajes de cartón azul y botones pintados de dorado, nos ponían un gorro también de cartón azul y nos hacían representar algo parecido a lo que pasó entonces.
Y cantábamos: el himno, Aurora, La marcha de San Lorenzo, o alguna chacarera, o Gloria y Loor al Gran Sarmiento. Desde primer grado hasta terminar séptimo debo haber cantado cada una de esas canciones no menos de cien veces.
Para aprender la patria tenías que recordar los nombres de las batallas, las cantidades de soldados, ubicar todo en el mapa, saber las particularidades del escenario, las vestimentas que se usaban, las palabras que se dijeron antes del último suspiro, el día y el año de cada suceso, las edades de los protagonistas y sus filiaciones, legítimas o no.
Pero uno se olvidaba, a veces, o se confundía. O simplemente se aburría de todo el asunto. Y sufría una mala nota, o varias. Uno podía, con nueve años, sacarse unos cuantos ceros seguidos y transformarse rápidamente en un paria. Y si la maestra se enojaba por algo, hasta se podía terminar encerrado toda la clase en el baño, oliendo urinarios, esperando a que suene el timbre del recreo.
Llegaban a echar niños de la escuela. Los expulsaban por algo grave, o por las siete firmas acumuladas o por alguna razón... algo habían hecho.
Y a veces pasaba que los pibes salían a la vereda, desolados por la expulsión, y afuera esperaba el padre, palo en mano, a tener el hijo al alcance.