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sábado, 27 de febrero de 2016

Encuentro post mortem

Abrí los ojos: estaba en un gran recinto amarillento; el techo se levantaba por lo menos a diez metros por encima de mi cabeza, y el ancho era, también, de diez metros. Hacia delante y hacia atrás no veía límites, el tubo parecía extenderse por kilómetros. Una brisa suave me acariciaba las mejillas, y en el aire flotaba un exquisito olor a rosas, incienso y azucenas. En la pared, a mi izquierda, se dibujaba una puerta. A su lado, una silla vacía. Caminé hasta la puerta y golpeé. Desde dentro una voz masculina dijo:-“adelante”-
Entré. Un hombre joven, de unos treinta años, estaba sentado detrás de un escritorio. Sus ojos eran azules y profundos, su cara, olivácea. Una gran barba desordenada le crecía hasta el pecho, y una abundante cabellera casi le rozaba la cintura. Me recordó a John Lennon en sus épocas más hippies. Luego a Jim Morrison, antes de morir. Finalmente, a Jesús. El tipo, entonces me habló:
-¿Qué pasó?-, me preguntó.
-No sé-, contesté, -creo que estoy muerto-
-Pero estás hablando-
“Claro”, pensé, “acá sí, pero… ¿y allá?”
-Entonces no sé- dije.
-Y… ¿cómo te fue “allá”?- me pregunto, sonriendo con cálida ironía. Obviamente el barbudo podía leer mis pensamientos.
-No sé… mal, creo.
-¿Por qué?
-Desperdicié mi tiempo
-¿De qué modo?
-Hice mil cosas, tantas, que finalmente no hice nada concreto.
-Y ¿que es para vos algo concreto?
-No sé… un doctor es algo concreto, un granjero, un operario de una fábrica, un astronauta, un profesor, un cura.
-Y vos no sos nada de eso.
-No.
-Contáme que hiciste, entonces.
-Trabajé, trabajé y trabajé… y gasté todo. Todo mi dinero.
– Y ¿en qué gastaste tu dinero?
-En comida, en mujeres, en combustible, ropa, entretenciones, vicios, regalos… y en limosnas.
-¿Entretenciones?
-Sí, la palabra desde la mirada hindú: instrumentos musicales, libros, cámaras de fotos, entretenciones… no es lo mismo que entretenimientos.
-¿Cuál es la diferencia?
-El entretenimiento te evade… jugar a la play, por ejemplo. En cambio tocar el piano te puede evadir, pero al mismo tiempo te edifica. Lo mismo leer un libro.
-Depende que libro.
-Sí, es cierto.
-¿Y qué me decís de tus vicios?
-Uff… cigarros, hierba, alcohol…
-Bueno, el dinero está para eso, para todo eso.
-Lo malgasté.
-No creo… seguramente esa es una apreciación retardada.
-No ahorré nada.
-Te fuiste y te llevaste hasta el último mango… ¿eso está mal?
-No lo pude acumular.
-La hormigas acumulan… y los bancos.
-El Rey Salomón también. Y la mayoría de la gente que conozco.
-¿Y vos, para que acumularías?
-Para no vivir como viví, con la pija en el orto.
El tipo guardó silencio, sin dejar de observarme. Se incorporó, caminó hasta una cafetera y se sirvió una taza de café.
-¿Querés café?- me preguntó.
-Tengo prohibido el café… problemas de próstata.
-Ese problema ya está terminado para vos.
-Entonces quiero una taza. Y ya que estamos, me gustaría saber qué problemas no terminaron aún.
-Todos los relativos a la aceptación.
Me alcanzó la taza y una azucarera. El café estaba exquisito.
-Vos- continuó, -sos amado exactamente como sos, y con respecto a los errores, se te perdona todo… ¡esa es tu dignidad de hombre!… y eso es algo que vos sabés, te lo han dicho cien veces, lo has escuchado en mil liturgias y lo has leído en un millón de libros. Pero, como la mayoría de los hombres, nunca lo has creído de verdad… ¡demasiado ego!.
Y ese problema, como cualquier ecuación, requiere resolución.
-¿Vuelvo a nacer?
-Sí.
-¿Otra vez hombre?
-No en la siguiente.
-¿Hay más?, ¿muchas?, ¿cuántas?
-Hay una más, seguro… podría asegurar que más de una, pero depende de vos.
-Y en la próxima no soy hombre.
-No.
-Es un gran alivio.
-No te creas… ser mujer es tener un treinta por ciento menos de posibilidades para casi todo.
-No me importan las posibilidades mientras no sea un macho.
-Te importaron hasta ahora.
-Es verdad, pero da igual… ¿no está ya decidido?
-Sí.
-Por un momento creí que podía reencarnar en un cerdo, o en una cucaracha.
-No funciona así.
-Así lo asegura Prabhupada.
-Lo puede asegurar el mismo Papa romano, pero no funciona así.
Nuevamente el silencio. Detrás de la puerta, en el hangar, algo se arrastraba. El sonido era el de algo muy grande, muy suave y muy pesado que se deslizaba a lenta velocidad.
-¿Dónde estoy?- le pregunté al barbudo.
-Estamos en un nodo, una especie de estación de paso. Una confluencia de los innumerables ríos del tiempo.
Ese sonido que escuchaste es el de uno de los arcángeles. No siempre están por acá, pero hoy si. Por supuesto que “hoy” no vale como un hoy humano. Quisiera que lo veas, pero no podés verlo, no por ahora. Sólo te sería permitido si creyeras en el amor.
-Yo creo en el amor.
-No del todo… si creés en la culpa y en el castigo… ¿cómo podés creer en el amor?… para amar no hay que temer, y vos tenés miedo de todo: miedo de tus padres, miedo de tus derrotas, miedo de la mirada ajena, miedo de extraviarte, miedo de no lograr una erección, miedo de ponerte gordo, miedo de morir, de fracasar, de tu mujer, de ponerte viejo y de terminar como una puta del diablo.
-Si no pensara tanto tal vez terminaría como una puta del diablo.
-No, al revés: temer pelotudeces te encierra, te detiene, te inmoviliza, te vuelve un idiota que se muere de hambre y busca alimento en la basura, mientras al alcance de la mano, con sólo aceptarlo, está el exquisito maná de la libertad y de la risa.
-¿Voy a nacer pobre?
-No.
-¿En una familia amorosa?
-Sí, y por esta vez todo va a ser mucho más claro.
Otra vez el silencio. Era impresionante la cantidad de pelo que colgaba de la cabeza de ése tipo, kilos y más kilos de cabello.
-Qué edad tenés?- le pregunté.
-Aparento tener treinta y tres años.
-Parecés un hippie, uno de verdad.
-Yo Soy el Primer Hippie del mundo.
-¿Y vos decís que la libertad y la risa son los bienes más importantes?
-Los bienes absolutos. Y el respeto. Empezando por vos mismo, claro.
-“Amar al prójimo como a sí mismo”
-Exacto, pero no se trata de repetirlo como un loro, se trata de creerlo.
-Fácil decirlo.
-Es fácil de hacer… una vez que lo aceptás y te sentís libre por primera vez, no regresás al calabozo de las ideas. Todas las ideologías y todas las filosofías del mundo son evasiones de esta simple verdad. El hombre es esnob y juega a las escondidas consigo mismo, mientras se pierde la dicha; cree tener un tesoro en su gigantesco ego de cagada, pero este ego son dos piernas de palo que apenas le sirven para caminar. Y nació para volar, su destino verdadero es la levedad del cielo…
Nos despedimos, pero fue curioso, porque no hubo ni palabras ni desdicha. Y mientras me alejaba de Su presencia, tuve la certeza de que, en realidad, el barbudo estaba dentro de mí, y que repetía, como un mantra, esas palabras que ya había leído escritas de la pluma de Dostoievski:
-“No hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno”-…

Volví a nacer, y aunque no recuerdo ni la concepción, ni mi estadía en el útero materno, ni mi nacimiento, ni mi primer llanto, si recuerdo mi primer recuerdo: un espejo, y mi pequeña cara femenil dibujada en él.
Tengo más recuerdos, muchos, toda una vida de recuerdos. Y mientras regreso nuevamente hacia el nodo, me entretengo rememorando hechos hermosos y olvidados de esta nueva y última vida que, otra vez, ya fue… hechos que yo misma deposité, a propósito, entre los rincones más distraídos y quietos de mi memoria para mi propio -y egoísta- regocijo personal.

sábado, 28 de febrero de 2015

Otro espanto

"Comíamos un asado. Mediodía, nublado. Eramos varios, amigos míos y amigos de mi mujer. Yo relataba al grupo un encuentro místico-sexual del que habíamos gozado unas semanas atrás, un encuentro que ella decía, riendo, no recordar. Me interrumpían para hacerme preguntas, algunas bien intencionadas, otras, mal disfrazando la burla. Yo sólo intentaba llegar al final de mi relato, a pesar de la incredulidad y de las risas.
-Nos frotamos la pelvis uno contra el otro, vestidos, tomados de la mano; encontramos un ritmo apropiado y unos minutos más tarde alcanzamos el clímax. Fue más que un clímax sexual, mucho más... fue psicológico y místico. Nos detuvimos los dos al unísono, nos miramos y ella me dijo exactamente lo que yo estaba sintiendo:
Alguien, entonces, preguntó algo al grupo, algo acerca del comienzo de las clases y del paro y del sindicato. Esperé a que callaran para poder terminar mi relato, el clímax de mi relato, que era esa frase final, pero no se detuvieron. Cuando fue evidente que me ignoraban, les pregunté, bastante angustiado:
-¿No quieren que termine mi relato?, ¿no les interesa lo que ella me dijo?
Unos pocos manifestaron un si, asintiendo con la cabeza, pero la mayoría siguió con su debate un rato más. Hablaron de la educación, de los riesgos, del maltrato y de la locura. Mi angustia me obligó a exclamar, con lastimosa voz de perro:
-Es muy triste que no me dejen terminar mi relato.
Entonces sucedió: el rayo. Cayó sobre Fabián, sentado justo enfrente de mi. Cayó el rayo y lo atrapó y lo envolvió con un zumbido de un millón de abejas enloquecidas, plateado, grueso y furioso... uno, dos, tres, cuatro segundos y se detuvo. Yo creí que Fabián había muerto, pero él, abriendo los ojos y sacudiendo el cuerpo, exclamó:
-¡Woow!, ¿como hacés para parar eso?
Entonces, el ruido. Apoteósico y gigantesco, lejano como una constelación, enorme, planetario. Todos, espantados, giramos las cabezas y miramos hacia el cielo: desde el oriente hasta el occidente, pasando por el cenit, ramificado como un árbol terrible y ocupando toda la bóveda celeste: el relámpago nodriza, detenido y poderoso. Ancho como cientos de lejanas autopistas cegadas de muerte, amenazante como mil demonios trastornados.
Y comenzó a escupir rayos, buscándonos. Corrimos desesperados, sin saber donde ocultarnos; algunos corrimos hacia el fondo del jardín, otros, hacia la casa. El estruendo de las centellas era espantoso. Yo escuchaba estallar las casas vecinas, escuchaba gritos desgarradores todo alrededor. Alguien, corriendo a mi lado, fue alcanzado: su cuerpo quedó convertido en una masa carbonizada y convulsiva. Las descargas castigaron todo a nuestro alrededor, fulminando el pasto y las veredas, fulminando la tierra y los edificios, fulminándonos a todos. Escuché un grito pavoroso en la voz de mi mujer. Corrí hacia ella como un loco, pero era tarde: el hedor en el aire era a carbón y a grasa, a carne y a cabellera abrasada, a un cuerpo y a un futuro reducido a cenizas.
Los rayos se detuvieron, sorpresivamente, en un instante de atroz silencio. Todo había durado pocos minutos. Nos fuimos reagrupando entre los cuerpos fulminados y las caras de cera. Un sonido creciente nos atrapó y nos empujó corriendo a la terraza. Entonces la vimos: la ola.
Primero creí que tenía varios kilómetros de altura, luego me di cuenta que caía desde cielo. Millones de trillones de toneladas de masas de agua avanzando irremediablemente hacia nosotros desde el lejano horizonte.
Era el fin. El fin de todos y de todas las cosas.
Nos quedamos ahí parados, mudos y entregados, viendo a la muerte llegar con una violencia imposible"...

Me desperté sobresaltado, con un fuerte dolor en el vientre y unos enormes deseos de evacuar. Corrí al baño y, mientras vaciaba los intestinos, recordé esa frase final:
-"Hoy somos tres"
Y aún no puedo entender el horror que existe, sin dudas, oculto en el significado de esas tres palabras.

lunes, 9 de febrero de 2015

Las locas retrasadas

Carla se decidió, entonces se metió en el baño, se depiló, se dio una ducha, se maquilló, salió del baño, se calzó una minifalda, unos tacones, una remerita ajustada, y salió caminando por Lacroze hacia el bar "Las Locas", en Córdoba y Anchorena.
Hacía calor, pero aún no agobiaba. La luna de domingo asomaba plateada perdiendo redondez por arriba de las azoteas, y la calle era un circuito ininterrumpido de colores y de formas que iban y venían con extraña complacencia eléctrica.
Antes de llegar pasó por el kiosco de Joaquín, compró fasos, compró hierba y también dos cajas de forros de tres, por las dudas.
Caminó un par de cuadras más y llegó a la puerta del bar: ahí estaba "Niki", perpetuamente trepada a sus plataformas rosas infinitas; también estaba "Mary", voluptuosa, pasando fácilmente los ciento veinte kilos, y, sin embargo, con unas deliciosas curvas femeninas de instrumento musical. "Ronnie", eternamente colocado, las acompañaba con su cuarentona cara de barbita candado, su bocha pelada, su piel inmaculada, sus pantalones rojos de cuero y sus sandalias amarillas salpicadas de strass multicolor.
Ronnie la vio primero y entonces dijo:
-Miren quién apareció.
Se dieron vuelta. En sus caras revocadas se dibujó una sonrisa color púrpura.
-Hola, puta- le dijo Ronnie.
-Hola, puto- devolvió Carla, y agregó -¿que hacen?
-Esperando- rió Ronnie, mostrándose feliz -esperando a que el putazo de Dios se apiade por fin de nosotras y nos haga llover una gran lluvia de pijas.
-Mmm, no se si quiero algo de ese dios y de esa lluvia- replicó Carla.
-La última vez que llovió largo y tupido- agregó Nikki -reventó a casi todo el puto planeta.
-Y los sobrevivientes se encerraron con las bestias- aportó Mary -una gran y extensa orgía animal que duró tres o cuatro años, hasta que soltaron la paloma y nunca más volvió, la pobre... ¡como la deben haber dejado!
Rieron. Carla sacó un porro de la cartera y lo encendió, asegurando ser una de las tantas descendientes de esa orgiástica barca bíblica; Nikki hablaba y contestaba y al mismo tiempo se delineaba el rimmel viéndose en un diminuto espejito de mano, y se peinaba, y se volvía a mirar en el espejito; Mary, constantemente, se bajaba la falda del vestido que la enfundaba como un rosado embutido impúdico, y Ronnie, todo sonrisas, insistía con la providencial lluvia de miembros. Fumaron. Rieron. Hacía meses que no se juntaban las cuatro, y la hipnótica música del interior llegaba hasta la vereda y las envolvía en un hermoso presente detenido en el ancestral ostinato tribal.
-¿Donde andabas?, hace rato que no te vemos- le preguntó Mary.
-Por ahí, tratando de escaparle a la locura.
-Yo al revés, tratando de morirme de una vez, estoy tan hastiada de este puto mundo de mierda que ya no me salva nada, ni ese dios del que habla Ronnie.
-Ese dios es ciego- dijo Ronnie.
-Y mudo- agregó Nikki.
-Tal vez no le gustan las locas- opinó Carla.
-Es impotente- rió Ronnie -sin remedio, y de tan impotente se volvió un pajero, un mono militar reprimido disfrazado de Papa romano- y Ronnie se puso a imitar al mono papal, muy serio, y le sacó la capelina a Mary y se la calzó en la pelada y caminaba como un primate con cara de nazi confundido, y las hacía descostillar de la risa.
Esperaron en la puerta, viendo como se armaba la noche. Los coches pasaban y les tocaban bocina, la brisa era suave y la ciudad respiraba locura; los tipos llegaban y las minas también, y mientras ellas las miraban con envidia, ellos les decían, por lo bajo, palabras muy soeces llenas de deseo. El bar, atestado, era la antesala del perfecto olvido que, más tarde, sería presente.
Entraron, por fin, a la una de la mañana. Buscaron una mesa en el vip y al rato Ronnie apareció con cuatro vasos y una gran jarra de absenta. Estaba de moda la absenta, estaba de moda todo lo que apagara la conciencia, aunque sólo fuese por un rato. Tomaron y, desde lo alto, observaron las miradas de los de abajo, miradas llenas de deseo, de desesperación, de calentura, de represión, de violencia. El bajo, punch-punch-punch-punch, les vibraba en el vientre con el apetito imparable de mil demonios enloquecidos, y entonces fueron vaciando los vasos, y Ronnie fue a buscar otra jarra, y la vaciaron, y aparecieron unas pastillas de colores, y más porros, y a todo dijeron que sí, porque lo peor que les podía pasar era irse a la mierda y morirse, y nada más.
A las dos horas salieron a la calle y se fueron para el swinger de Anchorena. Caminaron al son del clap-clap de sus tacones de plástico martillando sobre el cemento, y a las tres cuadras pasaron por la puerta del departamento de "Pili". Entonces Ronnie se detuvo y se quedó viendo la escalerita que subía con tres míseros escalones hasta el lobby chiquito, vacío y solitario, el lobby doloroso de planta triste un lunes por la madrugada.
-Cuanto la extraño- dijo Ronnie, -y la sueño, muy seguido... la sueño bailando en pelotas por la costanera mientras sale el sol, o en el mar con las tetas al aire, escandalizando a las viejas y calentando a los pendejos; y estoy enojado, también, recaliente porque la muy hija de puta nos dejó, nos dejó sin siquiera una nota, una explicación, ni un chau, ni un ¡muéranse!... siempre que paso por acá me duelen las tripas del dolor y de la rabia, y la odio, y la extraño también, y me quiero matar- y se largó a llorar.
-Ya- le dijo Carla, mientras le acariciaba la pelada, -no podemos hacer nada con toda esta mierda, Ronnie; no podemos dejar de llorar porque no tiene sentido parar, y tampoco voy a llorar otra vez por ella, porque tampoco lo tiene... estamos en pelotas, querido, todas estamos en pelotas y más solas y emputecidas que el aire, ese aire que es de todos y que todos respiran y que se mete en todos los cuerpos, hasta las tripas, y que luego sale y se escapa todo viciado, y sin embargo nunca es de nadie, nunca.
-Estamos retrasadas, moqueó Ronnie -somos las locas retrasadas: todas se fueron, desaparecieron como por arte de magia y nosotras todavía acá, arrastrando nuestros cuerpos deformes... ciudad de mierda, nunca pensé que morirse fuera tan difícil.
-Lo difícil no es morirse, Ronnie, lo difícil es mantenerse vivo.
Siguieron hasta el antro y en la puerta Ronnie se encontró con dos tipos que lo buscaban para hacer algo. Los tipos eran muy peludos y estaban todos tatuados y tenían músculos como mazas, y bigotes muy abundantes y miradas de vidrio. Hablaron como diez minutos, entonces  Ronnie se dio vuelta, las miró y les dijo un -¡chau!-, agitando la manito. Y se subió a la camioneta con los tipos y se fue.
Las tres se quedaron ahí, en pausa. Fumaron unos puchos en silencio y entonces Nikki dijo:
-Que se vaya a la puta madre que lo parió, llorón de mierda; al final se fue con dos pijas y nos dejó de garpe.
-Me da lástima Ronnie, parece un niño.
-Es un puto de mierda.
-¿Y nosotras?, ¿que?...
Se acercaron a la puerta, saludaron a los patos y entraron derecho, porque ellas no pagaban, nunca, eran tres sobrevivientes, las últimas locas, las últimas reinas de aquella época en donde serlo era peligroso y arriesgado. Y lo seguía siendo, siempre aparecían locas masacradas a golpes porque sí, por odio y por asco, pero antes era mucho peor. Ahora todo el mundo estaba loco y todo el mundo estaba descarriado, todo el mundo andaba drogado, pelado, tatuado, excedido en todo, en trance de autodiseño; todo el mundo era bisexual, trisexual, polisexual; todos se metían cosas por el culo y compartían a sus hembras en fiestas infinitas, todos reían mostrando sus prótesis de plástico y andaban convertidos en míseras obras de arte posmodernas vaciadas de furia y de pasión.
Adentro reinaba el trance, y la orgía ya era apoteósica. Y las tres se fueron deslizando hacia ella con la lenta suavidad de un narcótico, de un potente narcótico que va ganando el torrente sanguíneo hasta apagar la mente entre los cuerpos, el juicio entre la carne, la emoción entre los miembros, hasta apagar la luz del sol, el frío de la desesperación, la locura de la luna y la exasperante infinitud de las estrellas.

Carla se despertó sobresaltada con el grito del teléfono, muy pasado el mediodía del lunes. Era Nikki, ahogada por el llanto:
-Está muerto, Carla, Ronnie está muerto. Lo encontraron tirado en la costanera, reventado como un sapo. Lo molieron a palos, lo cortaron con cuchillos, lo quemaron con cigarros, lo violaron más de veinte veces... los hijos de puta lo mataron como a un perro, peor, como a un bicho, lo asesinaron como a una mísera cucaracha...
Carla colgó, y se quedó sentada en silencio... luego levantó la mirada y se vio en el espejo: aún llevaba la minifalda y la remera. Se desnudó, se metió en el baño, tomó una ducha helada y entonces cayó en la cuenta que Ronnie, la loca retrasada, ya no lo era: estaría hinchándole las pelotas a la puta de Pili, donde sea que estuvieran, si es que estaban por ahí, arriba o abajo o donde sea, porque no se sabe nada, porque las certezas son para los que se contentan con la irrealidad de un piso firme, de un sexo definido, de una explicación que nada explica, de un amor cierto y de un dios cierto y de una vida cierta.
Carla salió del baño, se calzó un pantalón de jean, una remera y un par de ojotas, y se fue caminando por Lacroze rumbo al cementerio bajo el sol de la tarde, viendo todo extasiada, todo alrededor; viendo las sombras de todos los fantasmas que había conocido reflejados en cada vidriera, en cada colectivo, en cada oscuro rincón.

domingo, 8 de febrero de 2015

Celos

Mientras alguien me hablaba,
me decía algo así como que no estabas
el demonio que vive en la espuma de las olas
en el mar de mi cabeza
me llamó a los gritos.
Fue imposible no escucharlo,
fue claro, preciso, despiadado.
Y me dijo que vos no estabas
porque estabas con otro.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, corro como un necio.

Pierdo el tiempo perdiendo el tiempo
mientras toco la guitarra
y las últimas nubes de la tormenta
hacia el este flotarán.
Y dejarán un cielo vacío
con un brillo perlado
sin tiempo.
Nada es nada sin el todo,
todo y nada ya no existen,
este mundo carece de tiempo,
ya no hay sumas, ni restas, ni productos.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, huyo como un necio.

Y si Leviathán levanta
entonces Cristos summus overdrive.
Yat de limit tudei
on the floor
tunait.

El humo cerró el cerrojo del pensamiento
y lo convirtió en humo.
Humo espeso, humo blanco,
humo cemento.
Una nube se desliza bajo Alfa del Centauro
y, por un momento,
el cielo tiene techo,
y no hay aire suficiente,
y las estrellas murieron.

                                        (1995)

sábado, 29 de noviembre de 2014

Muerte prematura

Luego de que Esteban se esforzara en cumplir con todos los mandatos civiles que le enseñaron sus maestros de escuela, con todos los preceptos morales que le impusieron en la parroquia, y con todas las obligaciones filiales que le inculcaron sus padres, su mujer, sus hermanos y sus amigos, finalmente se murió.
A los treinta y tres años de edad.
Sin embargo, su cuerpo siguió respirando: sus ojos continuaron viendo todo alrededor y sus manos persistieron en llevar el alimento a la boca... perseveró en el ejercicio de ir al baño y en el comercio carnal con su mujer.
Y con todo lo demás: cortando el pasto, yendo al supermercado, cocinando pizzas, escuchando radio, viendo TV y leyendo el diario. Pero Esteban, el verdadero Esteban, ya nunca apareció.
Nadie se dio cuenta... nadie lo extrañó.
Fue obrero en varias fábricas, de oficio soldador. 
Se fanatizó con el fútbol y se aficionó a la bebida; sus amigos aseguran que, tal vez borracho o en la cancha, parecía ser feliz.
Finalmente, tras una larga agonía, su carne colapsó arrasada por un cáncer masivo de duodeno.
Tenía sesenta y nueve años.
El velorio fue sentido. Más tarde lo enterraron en el cementerio de la Chacarita.
Llovía.

lunes, 18 de agosto de 2014

La misma enfermedad que todos

Marcelo terminó temprano con sus alumnos de guitarra y salió a caminar rumbo a Ramos Mejía. Necesitaba un nuevo juego de cuerdas para la criolla, y también necesitaba pensar. 
Estaba preocupado. Los últimos días se había despertado muy angustiado, con una fuerte opresión en el pecho y con todo el cuerpo bañado en sudor. No es que tuviera un problema serio en particular, sino que el ramillete de pequeños y habituales problemas que le quitaban la paz y el coraje también le minaban la facilidad del buen vivir.
Salió de su casa en Mitre y Rosas y fue bajando hacia el sur en una escalera lo más parecida al azar. A dos cuadras pasó por la puerta de la casa de Raúl, el amigo de su infancia que su madre tanto detestaba. Su madre...
Ella, o su juicio, era uno de los pilares de su frustración. Sin dudas su madre lo amaba, pero sostenía que él era un fracasado, un talento desperdiciado, incluso había tenido el descaro de decírselo en la cara, luego de aquel recital en el geriátrico sefaradí.
Y lo mismo su hermano el arquitecto... si bien lo amaba también, ignoraba todo lo que tenía que ver con su vida, con sus deseos y sus esperanzas, y eso era porque él no cubría sus expectativas. Marcelo creía que ellos no lo amaban a él en realidad, sino a un Marcelo imaginario que se habían construido a medida de la proyección de sus deseos.
Y ese Marcelo por ellos proyectado le resultaba tan inalcanzable, tan ajeno, que lo llenaba de desesperación. Le hubiera gustado ser el otro, le hubiera gustado tener esa pasta para el éxito, esa audacia y esa ambición... pero su personalidad no era así, muy por el contrario, a él no le interesaba ese éxito mundano, a él le interesaba estar en paz, amar a su mujer, reír con sus amigos, disfrutar de las cosas simples... nunca se había sentido atraído ni por el lujo ni por la ostentación. Marcelo sentía que era más facil ser feliz siendo un tipo sencillo... sin embargo no era feliz, porque vivía preocupado.
Siguió caminando rumbo a su destino, dejó Álzaga, dobló en Cochiararo y pasó por la puerta de la iglesia evangélica que sus alumnos Jorge y Graciela llevaban adelante... ellos sí eran verdaderos cristianos, con esa fe férrea que alejaba todas las dudas de un saque. En cambio su cristianismo oscilaba entre la gracia y la culpa con una lamentable sinuosidad de camino de tierra. Si Jesús era el camino, él se sentía cuneta, o peor, la zanja al costado, hundida, detenida, pudriéndose al sol.
Y estaba también el asunto de su carrera. Le faltaba un año para llegar a los cuarenta y aún no se había recibido de nada. Le faltaban dos años para terminar el profesorado de música, dos años eternos viajando al microcentro, dos años de cemento y de asfalto, de ruidos liminares, de ríos de hormigas humanoides, de calles y autopistas, de humos de motores chillando obscenidades a explosión, de sirenas de muerte, de trenes atestados, de marea humana... y de exámenes-concierto que lo anulaban hasta el temblor. No, éste no era en verdad un mundo tan hermoso.
Llegó a la plaza de Ramos Mejía y entró a rezar en la catedral. Se arrodilló en el último asiento y rezó así:
-Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador. No merezco ser llamado hijo tuyo, no merezco ser llamado ni siquiera sobrino tuyo, y mi deuda es impagable.
Lloró en medio de la plegaria.
Luego salió de la iglesia, pretendiendo estar renovado. Le faltaban cinco cuadras para la casa de música. Se calzó el mp3 en los oídos y le dio play al cuarto disco de los Cure.
Enfiló para las vías mientras tarareaba "One hundred years" casi sin escucharse.
Y mientras cruzaba las líneas paralelas de los rieles tampoco escuchó el silbato del guardabarrera que lo prevenía de la mole, ni la bocina del tren rápido que ya llegaba raudo rumbo al lejano oeste, todos los sonidos del mundo real ocultos detrás de las guitarras desenfrenadas de Robert Smith y los bajos redondeados de Simon Gallup.
Pasó el tren como una sierra kilométrica y un instante más tarde todos sus problemas se habían terminado.
Y los bomberos que juntaron los pedazos de su cuerpo en dos bolsas grandes y negras jamás hubieran sospechado que ese muerto, que parecía y que estaba tan muerto, había padecido, sólo un rato antes, de la misma estúpida e intangible enfermedad que ellos se habían contagiado, como él, de boca de sus padres y de sus maestros de escuela y de los curas y de la radio y de la televisión.

martes, 12 de agosto de 2014

Un análisis psicológico de la personalidad de Luca Prodan

Una de las primeras impresiones que aparecen al investigar la vida de Luca Prodan (1953-1987), es la marcada “pulsión de muerte” que recorre todos sus años, la necesidad de escapar del mundo adulto, las adicciones a las drogas y al alcohol, con una gran crisis no resuelta en la reestructuración de su “yo social”. Paradojicamente, Prodan encontrará en la música, específicamente en el rock, una afirmación de su rol social adulto que resulta ser contradictoria: por un lado se integrará mediante su rol de cantante para influir creativamente en la sociedad mediante sus canciones, pero también encontrará en el rock, a través de una “identificación” con algunos de sus ídolos -Jim Morrison -alcohólico-, J.J. Cale -cocainómano-, Ian Curtis -suicida-, Bob Marley -apóstol de la marihuana-, un camino que lo llevará, inevitablemente, a la muerte. Podríamos afirmar que el rock & roll influyó en su vida como un proceso de “introyección” que, tanto le aportó una salvaguarda como un destino de muerte prematura.
Es asombroso el poder de “Intelectualización” que uno encuentra en sus palabras, ya sea en sus canciones o en los reportajes, de sus profundos conflictos con el poder y con el orden social aceptado; está claro que Luca era muy consciente de su suerte y de su destino trágico; sin embargo era incapaz de poner en práctica el “principio de la realidad”, no podía detener esa inercia autodestructiva, inercia que  era posibilitada por su actividad de “estrella de rock” -largas horas en la semana de soledad, actividad sólo los fines de semana, rodeado de un ambiente vicioso y extremadamente permisivo-.
La pauta de conducta predominante en su personalidad es la rebeldía, tal vez generada por un grave conflicto en sus vínculos primarios -sus padres ausentes, su hermana suicida-; es evidente que las razones autodestructivas de su conducta están fuertemente relacionadas con sus experiencias infantiles, con su medio social de gran nivel económico y de una grave falta de amor. Luca descreía de la sociedad, descreía del matrimonio, descreía del amor “romántico”, afirmaba que las personas se juntaban por una necesidad que, también, condicionaba y estrechaba los límites de la libertad, por eso estaba solo y no contaba con nadie que lo contuviera y ayudara en su recuperación.
Prodan es paradojal: por un lado es víctima de una feroz “compulsión de repetición” que lo lleva al displacer más extremo (“Nunca pensé que la ginebra fuera el elixir de la vida, mas bien es el elixir de la muerte, y te vas dando cuenta dentro de tu cuerpo, te vas dando cuenta que algo se está extinguiendo... pero al final voy al bar y digo: ¡dame una ginebra!”), compulsión que lo lleva a la “impotencia de pensamiento simbólico”, a una imposibilidad de transformar la acción, a salirse del círculo repetitivo-autodestructivo, a llegar a la razón; pero por otro lado, al leer sus canciones, uno admira cómo pudo reconciliar el “principio de realidad” con el “principio de placer”.
 Para finalizar, podemos decir que su “yo” era incapaz de reprimir, sublimar y proyectar, sin embargo existen en su “super yo” valores de amor y respeto que a veces no se encuentran en personas que sí son capaces de aplacar el instinto del “ello” con la censura del “super yo”.
Tal vez Luca Prodan era incapaz de aceptar la frustración de "vivir limpio”, o sin escapar de un mundo que le parecía, como mínimo, una mentira cruel. Pero logró utilizar toda su neurosis patológica -beber todo el tiempo, autodestruírse- para generar una música que, para los que vivimos su época, fue fuertemente inspiradora, vital, pura y simple... sin doblez.
No es poco.

miércoles, 23 de julio de 2014

Una sola certeza

Acabamos de regresar... fiesta.
Música, amigos, humos y alcohol.
Cuarenta y cuatro años, más diez de doce.
Las horas se arrastran como se arrastra el caracol sobre el filo de la navaja.
Los años se acumulan y los desconocidos ya superan a los amigos... y al igual que el cementerio y el basural, no encuentro el modo de habilitar espacio.
Igual respiro, me maravillo y tiemblo.
4:32, sábado a la noche, fin del otoño.
Mil y una noches de preguntas sin respuesta...
y una sola certeza.

martes, 22 de julio de 2014

Llueve, piensa, enfría, odia, niega...


Acaba de sonar el teléfono, un alumno que no viene por un estado gripal.
Salí de la cama a las seis menos cuarto de la mañana, ahora son las siete y veinticinco, aún llueve y la temperatura desciende hora tras hora.
Mates con hojas de sem, necesidad de hacer algo, lo que sea, que me saque de este sentimiento de inutilidad que ya se prolonga por tres semanas.
Tal vez es la hierba. Tal vez es ella. Tal vez es mi cerebro, mi espíritu, mi religión, mi Dios, mi sexo, mi PC, mis medias de nylon, mi pene, mis dedos, las cuerdas de la guitarra, los zapatos de tacón, la humedad en la casa, la crema de afeitar, los libros releídos, los últimos ocho años, el aburrimiento, la decadencia corporal, los cementerios, la certeza de la muerte.
O el pertenecer a un mundo amenazante y a una raza asesina que, paradójicamente, se muestra llena de vida. Y de fe.
Fuera llueve con una indiferencia que se aparta de esa sangre derramada.
Hay guerra en Oriente. Hay guerra y hay hambre, hembras violadas, críos masacrados, viejos olvidados. Hay laboratorios. Homúnculos. Hay cuerpos de diseño, vaginas a la carta, una barata de fama, carne en venta... hay fútbol, hay bancos, hay porno, armas, pizzas, baños, trampas, calzas... hay tiempo,
y hay necesidad.
Me pregunto cual es el sentido y no obtengo respuesta.
Es el bien y el mal, es el gris y es el sueño -o el no sueño-.
La importancia de la palabra NO. La soledad de la palabra NO.
La inapelabilidad: NO.
Es estar de pié frente a todos, contra todos.
Amar el odio, odiar el amor.
El fracaso es una puerta idiota que se abre hacia cualquier lado.
El aburrido fracaso. El miserable fracaso. Indigno fracaso.
El fracaso es la soga que ahorca al nuevo miembro desde las puntillitas de la cuna.
Y mamá aprieta y sonríe... aprieta y sonríe...
Dos colores: celeste y rosa.
No hay jerarquías -sí, las hay-...
No hay Dios -sí, lo hay-...
Llueve.

miércoles, 30 de abril de 2014

Una muerte

Estación Retiro, martes, cuatro de la tarde. El polizón caminó hacia la valla e intentó soslayar al guarda, pero éste lo detuvo como una pared de concreto con un brazo de hierro:
-boleto, por favor.
El tipo lo atravesó con una mirada de brasas encendidas, e ignorándolo, intentó rodearlo por la izquierda con una inercia de locomotora... no era muy alto, pero sí era ancho. Tenía piel muy oscura y una maraña de pelo sucio y desordenado en la cabeza; llevaba jeans muy gastados enfundando las piernas, una camisa gris Pampero muy remendada y un par de borsegos destrozados en los pies. La gente que llegaba desde Pilar comenzó a juntarse alrededor, lo mismo la gente que intentaba cruzar la barrera para salir hacia la provincia.
El guarda nuevamente lo detuvo e insistió:
-Señor, el pasaje-
-Dejáme pasar- dijo el otro
-Tenés que sacar boleto-
-¡Dejáme pasar!
-¡Tenés que sacar boleto como todo el mundo!
-¡Dejame pasaaaar!, gritó el tipo más fuerte
-Pero... ¡tenés que sacar el boleto!
-¡Dejáme pasaaaaAAAAAAAÁR!
Yo justo salía del baño cuando escuché el grito. Entonces corrí y vi a los polis unos metros más atrás haciendo como que no veían nada; vi el miedo, también, en los ojos del guarda y, al mismo tiempo, la mano del asesino sacando la faca del bolsillo trasero del pantalón, faca que, en un movimiento tan veloz como definitivo, terminó ensartada como una estaca de metal debajo del prolijo cuello del municipal.
La puntada lo paralizó de horror. Los ojos espantados muy abiertos y las manos desesperadas tanteando el pecho. El homicida salió disparado hacia el andén mientras el guarda se desplomaba como una bolsa desinflada; la gorra fue rodando hacia las vías y el cuerpo atravesado cayendo todo convulsionando dentro del traje celeste como un gorila pequeño alcanzado por un rayo.
Y ya en el piso se fue desparramando poco a poco, como si ya no tuviera esqueleto. Mientras tanto la gente gritaba enloquecida y el polizón corría como una tromba hacia el tren que se escapaba rumbo al oeste, ajeno a todo.
Lo vi treparse al techo y, unos metros mas allá, tirarse, rodar y correr hacia la villa 31. Saltó una pared bajita y desapareció en el laberinto.
Conmocionado, busqué con la mirada a los polis de atrás: se acercaban caminando muy despacio, envueltos en un silencio de cementerio.
Miré a la víctima: de la boca negra y gorda le brotaba un hilo de sangre mezclada con saliva mientras intentaba, inútilmente, decir algo a la gente que se agolpaba todo alrededor: -ajjjsjjcagrss-... -¡ajjsjjjcaaaggrssj!
Entonces dejó de agitar los brazos, hizo un globito de sangre en los labios, se tiró un pedo y cerró los ojos y se murió.
Me quedé unos diez minutos más viendo el tipo muerto en el piso, y entonces me fui... llegaba tarde para la clase de psicología.
Cuando regresé ya era de noche, diez menos cuarto. Y en Retiro estaba todo tan tranquilo y tan habitual que el recuerdo de esa muerte, de ese asesinato brutal frente a mis ojos, me pareció un mal sueño.
El parlante anunció: -Vía dos 22:05 rumbo a Pilar pasando por todas las estaciones-
Me subí al tren y me fui a casa.

sábado, 19 de abril de 2014

Un Nadie en las calles

Despertó con el sol en la cara, ese sol de principios de otoño que ya es suave y que aún mantiene algo de la ferocidad del estío.
No pensó en nada; no pensó en la ropa que vestiría porque ya estaba vestido, tampoco pensó en comida, porque no tenía hambre. No se iba a bañar. Ya aparecería el abrigo apropiado cuando llegara el frío y el plato de comida cuando arreciara el hambre.
Dios proveería.
Se incorporó y miró todo alrededor: estaba de cara a Avenida Libertador, detrás de ese gordo ridículo esculpido por Botero; a sus espaldas, los trenes, a su derecha, la facultad de abogacía, y enfrente, la plaza de la Recoleta.
Inspiró una gran bocanada de aire fresco, se sacudió el último jirón de sueño que le quedaba y se puso en marcha. Tal vez el caminar era la actividad principal en su vida. El caminar y el ver. Enfiló para el puente peatonal dejando atrás el lecho de tierra que nunca sería suyo ni que jamás recordaría, atravesó el puente circular entre bandadas de turistas muy perfumados que siempre se escondían detrás de sus cámaras. Cruzó la avenida y entró en la plaza ya repleta de puestos de artesanías; luego caminó un poco más y giró a la izquierda... le hubiera gustado quedarse a ver a la gente que iba y venía, que compraba y que reía, o entrar a la iglesia Del Pilar para ver sus santos dorados y sus esqueletos espanta demonios, pero merodear por este lugar sólo le traería problemas; en Barrio Norte la policía parecía tener un ojo más entrenado para ver gente como él que en otras zonas de la ciudad. Y más celeridad para echarlos a patadas.
Se fue caminando por Quintana, dobló en Montevideo a la derecha y se encontró con el nacimiento de Uruguay, y a medida que se acercaba a Corrientes sintió que un poco llegaba a algo parecido al hogar y a los amigos.
Ya casi no recordaba al hogar, ni a sus padres ni a sus hermanos, pero si recordaba el sentimiento y la emoción.
En la calle, que era su hogar, tenía muchos amigos, amigos que eran fieles como el mal aliento y otros que eran como fantasmas que aparecían para nunca regresar. Como aquel angelito con cara de porcelana que lo vio sentado en las escaleras de la Plaza San Martín ese domingo helado de lluvia triste y corrió a regalarle la campera impermeable y cien pesos. Nunca más la vio, pero en su mente era así, una amiga fantasma. Nunca se olvidaba de pedir por ella cuando se acordaba que podía rezar.
O aquel otro amigo fantasma que lo invitó a cenar en su mesa cuando a el ya lo echaban a los empujones del interior de Las Cuartetas... -el señor está conmigo- les dijo a los tipos que lo apuraban hacia la calle -está sentado en mi mesa y aquí va a cenar, y se va a ir a la calle cuando yo me vaya-. Esa noche de pizzas y cervezas habló tanto que al día siguiente le dolían las mandíbulas. Nunca hablaba mucho, y si era necesario hablar bastaba con dos o tres palabras, ya que nadie parecía necesitar su conversación; si le dirigían la palabra era por absoluta necesidad y eran, casi siempre, palabras de expulsión, palabras dirigidas hacia su rostro con la certera impronta de un misil.
Le agarró el hambre como una tenaza en las tripas y cruzó hasta Güerrin. Los de Güerrin eran amigos, aunque nunca hablaba con ellos, pero bastaba pararse en la puerta con la cara pegada al vidrio para que unos minutos después aparecieran dos o tres porciones de pizza. Lo importante era no abusar, no ir todos los días; en una ciudad grande como Buenos Aires podía comer a diario sin repetir lugar, siempre y cuando caminara. Porque caminar era sobrevivir. Ahí estaba Sergio, su amigo que dejó de caminar, se echó en esa puerta abandonada y llena de cansancio hasta que se murió de hambre y de tristeza. O Julián, que se fascinó en el verdor de la reserva y no salió nunca más hasta el momento en que lo encontraron flotando boca abajo en un pajonal... claro que, aparte del hambre y del frío tenía todas las costillas destrozadas a palazos.
Salieron las porciones, dos de muzarella y una de cebolla, envueltas en un papelito con la propaganda de la pizzería. Entonces caminó hasta el obelisco y se sentó ahí, frente al ridículo falo, a almorzar sus pizzas.
Luego se quedó envuelto en una ensoñación sin pensamientos, viendo pasar a la gente rumbo a las cosas importantes de sus vidas como en un calidoscopio de brillo diáfano; y cuando le llegó el sueño se acostó, y enseguida se durmió.
Lo despertó el brillo de la Luna en la cara, y la sed. Caminó hasta el McDonalds de la esquina y le pidió agua al vigilador que estaba en la puerta, y un rato más tarde salió con un vaso de coca-cola.
Entonces caminó por 9 de Julio rumbo al sur, porque lo asaltaba un deseo de Balvanera y del Maldonado y de calles de tierra y de zaguanes rosados bajo las farolas encendidas. Un deseo de infinito.
Pensó, entonces, que no deseaba nada, salvo morir. Pensó también que no deseaba morir ni por tristeza ni por escapar de su fracaso... poco le importaba su fracaso.
Deseaba morir porque creía que detrás del velo de la muerte existía un mundo que era como una autopista extensa rumbo al infinito, una autopista que rodeaba un útero lleno de vida color rosa.
Allí cambiaría de piel y, tal vez, renovaría sus deseos.
Y posiblemente vería a Dios, si tenía suerte.

jueves, 3 de abril de 2014

Un poco de espanto en el mundo real

Me desperté en medio de la noche, lleno de temor. Hacía mucho calor para la frazada y había comido demasiado.
Una imagen y un sonido ocupaban mi mente: un juguete llegaba desde la oscuridad hasta los pies de la cama, girando sobre sus rueditas con unas campanillas coloradas que se encendían y se apagaban en el oscilante avance a fricción sobre el entrepiso de madera.
Pensé en un niño, y ese pensamiento me aterró: por un momento tuve la absoluta certeza de que había un niño al otro lado de la habitación.
Ese niño vestía traje negro, zapatos negros, camisa blanca y moño... parecía estar listo para el ataúd.
O, tal vez, ya había estado allí.
Entonces mi esposa, profundamente dormida a mi lado, comenzó a hablar con una voz que no era la voz de ella, ni la de su género, ni la de su registro vocal.
Sólo dijo una palabra: "tres"
La repitió: "tres"
La primera vez que la pronunció entonó un fugaz glissando desde la octava superior, en falsete, hasta la octava grave del barítono: "treeeeees"
En esa voz percibí, espantado, tanta mofa como antigua malicia.
La repitió unas diez veces, entonces la desperté. Un poco asustada por mi relato, recordó que soñaba con unos amigos... al parecer eran tres, o algo así.
Encendí la luz y miré el reloj: cinco y veinte de la mañana.
Preferí levantarme. Bajé, fui al baño, me preparé nos mates y me puse a estudiar historia.
Ahora amanece.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Nadie sabe

Nadie sabe el porqué, pero las cosas suceden.
Las personas mueren, se caen, nacen, rebotan, se quiebran, entregan el alma, exhalan su airecito final.
Sucede la lluvia, también... ¿alguien sabe cuando sucede la lluvia?
Y el viento, y la piedra y la calma... suceden.
Nos movemos.
Nos llevan las piernas hacia el logro del deseo, corremos detrás.
Conducimos nuestras máquinas; las diseñamos, las construimos, nos enamoramos de ellas, las embellecemos con un color, las poseemos y pasamos presto y con seguridad frente a la nada mientras conducimos rumbo a la nada.
Nuestras máquinas prolongan nuestro ego, nuestra necesidad, el territorio del pene, la desesperación y la impotencia.
Nadie sabe porqué, pero sucede la visión.
Y sucede la foto, fotografiamos: el gris y el rojo, el perro y el contorno, el brillo y el foco en sus ojos y en la profundidad.
Fotografiamos para asir ese tiempo que nunca se detiene y que ni siquiera sabemos si es o si acaso se mueve.
Y ella está en la foto.
Y está, también, enterrada en el jardín.

El tiempo, ese infinito atomizado hasta su mínimo fragmento por la necesidad de ser nos patea el culo que tiembla temeroso de perder irremediablemente esos diez minutos de fama con que nos tienta la puta modernidad.
La modernidad es, ante todo, una prostituta. Coge con todos y les cobra el alma. Lo mismo hacen las putas palabras que modelan la opinión.
Somos en el ver, primero... sucede el ver y luego somos.
Afianzados entonces en la mirada que reproduce y confirma nuestra fantasmal sustancia, abrimos la boca y hablamos... sucede el sonido, la construcción verbal. Se fusionan, de este modo, la imagen y las palabras que brotan de esa imagen... y ¿que sucede?
Nadie sabe. Sucede todo.
Y nada. La irrelevancia total.
La ciencia y la religión son los cavernosos refugios de la cordura, y nuestra cobardía se resignifica entre sus mohosas paredes de piedra.

Por supuesto, muchos creen saber.
El mundo está atestado de falsos saberes, esa sabiduría que se ignora a si misma satura la realidad y la vuelve suicida.
Lo que sucede es la realidad, pero nadie sabe que es esa realidad que se nombra a si misma con un lenguaje fatigado por los siglos.
Un mate, chicharras, la vibración de la electricidad, lípidos, el aire acondicionado, el agua en la ducha, laxantes, cortinas verdes, sexo, un billete de cinco pesos... la realidad.
En diez minutos estaré pedaleando mi bicicleta rumbo al centro de Caseros, hace calor, doce de febrero, año 2014, soy un hombre, vivo en un país llamado Argentina, 44 años, estoy enamorado, vivo constipado y caliente.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Mi propia muerte (1)

Más o menos fue así: venía a fondo con la bici por la calle Moreno, tres y media de la tarde, venía sin frenos adelante y con muy poco freno atrás, venía a fondo y ahogado por los casi cuarenta grados del 30 de diciembre, venía con un kilo de harina en la mochila, un salamín calabrés, cien gramos de aceitunas negras, cincuenta gramos de levadura y medio kilo de muzzarella... venía apurado por el calor y también por la mercadería.
Cruzaba Constitución -apenas peiné el freno trasero- cuando me embistió por la derecha un gran auto negro... casi ni me di cuenta del impacto pero recuerdo haber volado en un calidoscopio de imágenes confusas, recuerdo el tremendo golpe contra el piso y también recuerdo el ¡crack! que hizo mi cráneo desnudo al partirse contra el cordón.
 No dolía mucho, pero supe que me estaba muriendo cuando se apagó la luz, y aunque escuché al auto rajarse con un chillido de neumáticos quemados, percibí la piel cada vez más lejana... la piel cada vez más inalcanzable chamuscándose insensiblemente sobre el asfalto hirviendo bajo el sol.
Después, pasos y gritos... y más tarde, como en un sueño, la sirena de la ambulancia.
Y al final el sonido se apagó.
Todo se apagó.

Me despertó Kurt Cobain. Llevaba el pullover a rayas y las zapatillas de lona, el pelo rubio sobre la cara y la mirada azul; en la mano izquierda sostenía un pequeño ukelele con cuerdas de nylon y en la derecha, un vaso de jugo de tomate frío.
-¿donde estoy Kurt?- le pregunté
-hoy es martes-, me contestó, -martes 31 de diciembre del año 2013, llueve en Buenos Aires, pero todavía hay mucha gente sin luz-
-¿y el incendio en Villa Ventana?
-ya lo apagaron- me dijo.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Noté que su mirada era, de tan serena, casi transparente... algo me incomodó mucho y me apresuré a hablar para rellenar el silencio
-justo ayer estuve escuchando In útero, Kurt, justo antes de la bici y del cordón-
-In útero es una mierda- me contestó -es tan mierda ese disco que hice lo imposible para que lo prohibieran acá en el paraíso, pero acá nada está prohibido-
-¿nada?-
-bueno, si... está prohibido prohibir-
-ahh... ¿y hay porro acá?
-hay-
-¿y sexo?-
-hay-
-y ¿Dios no dice nada?-
-Dios chilla si te quedás con las ganas-
-¡te perdonó el suicidio!
-no fue suicidio, fue la puta de mi mujer-...
Escuché que alguien se acercaba, me di vuelta y lo vi, gordo y pelado, caminando hacia nosotros con un libro en la mano y con la sonrisa beatífica del Buda: el Coronel Kurtz.
El coronel me estrechó la mano en silencio y se sentó a mi lado, entonces noté que estábamos en un habitáculo inmenso y blanco, tal vez era infinito... no se percibían los límites aunque hacia el cenit y muy muy lejos parecía verse algo así como un hermoso y distante cielo azul.
El coronel habló:
-¿has contemplado la posibilidad de disfrutar de una libertad verdadera?-
-¿acá en el cielo?-
-¡esto no es el cielo!- chilló Kurt
-es el paraíso, el paraíso puro y perfecto como una bala de plata en el cerebro- agregó Kurtz
-creo que quiero, en principio, amasar unas pizzas- dije
-¡te ayudo!- se ofreció Cobain
-vayan- agregó el coronel, y después -vayan y horneen también un budín de mango en honor a Cheff... cuanto lamento haber cortado la cabeza de ese muchacho...- agregó Kurtz como si recitara una de sus poesías.
Entonces cocinamos pizzas, Kurt me enseñó a manipular la libertad de los hijos de Dios a voluntad y materializamos la harina, las anchoas, la levadura, el salamín calabrés y las aceitunas negras. También materializamos cebollas y queso roquefort y cervezas negras y unos porros. Y el mango para el budín en honor a Cheff, que fue decapitado por el coronel Kurtz. Y materializamos tabaco. Y moscatel helado. Y hielo.
Horneamos dos pizzas, comimos juntos, Kurt y yo. Luego fumamos la hierba y el tabaco y vaciamos varias botellas de Quilmes Stout. Nos terminamos una botella de Crotta y recién entonces pregunté:
-¿estamos solos Kurt?-
-Estamos con el coronel-
-entonces ¿estamos solos los tres?
-por ahora sí-
-¿y hasta cuando?-
-hasta que no termines de quemar la inercia de todos tus deseos estoy sólo yo y el coronel-
-y... ¿como quemo la inercia de mis deseos?
Entonces Kurt hizo algo así como un pase mágico y frente a mi apareció TODO. TODO lo que me imaginaba estaba frente a mí, estaban todos mis deseos y la potencialidad de todos mis deseos, y TODO lo que necesitaba para llevarlos a cabo.
En realidad no estaba TODO: no había culpa ni prisas.
Me sentí abrumado. Me sentí confundido.
Me sentí feliz. Inmensamente feliz.
Entonces me dio sueño, saludé a Kurt con un abrazo -lo percibí casi angelical- y me recosté a dormir en medio de la inmensidad blanca.
Dormí sin sueños durante eones... eones de tiempo sin peso ni valor, eones de tiempo como semillas de luz y de fecundidades geniales color rosa.
 Desperté después de mucho tiempo, sintiéndome como nuevo, y entonces materialicé unos mates amargos.
Me llevó todo el día actualizar la memoria de mi carne y de mi piel.
Y recién entonces, sólo entonces, comencé con todo lo demás.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Soy Onías, vine a escribir

Soy Onías, y vine a escribir. No es que haya algo en especial en mis palabras, ni necesidad... o tal vez sí. No tengo mucho tiempo. Veo alrededor y las cosas cambian... los autos se transforman en otros autos, las calles se transforman en otras calles, las pizzerías y las vidrieras y los edificios también. El calendario agrega números y más números y hasta la gente cambia.
Y también desaparece.
Yo aún estoy aquí, mi nombre es Onías, o tal vez soy Jonás... algunos, unos pocos, me reconocen en la calle y me llaman Diego... ¿quién sabe?
Mi segundo nombre es el del santo de Auswitch, Maximiliano María Kolbe, y él es mi santo.
Soy de aquellos que trazan círculos y rezan. Soy de aquellos que olvidan lo rezado. Y también soy de aquellos que escapan de Dios y terminan enredados entre las húmedas tripas del Gran Pez.
He sido vomitado en la arena una vez más... dos, diez, cien, setenta veces siete.
Desde aquí estoy ahora yendo a pie rumbo a Nínive.
Siempre estoy yendo a Nínive, en realidad.
"En sólo cuarenta días Nínive será destruida"
Y yo ya quiero ver el azufre cayendo desde el cielo.
Pero la lástima de mi Señor es infinita,
la paciencia de Dios es infinita, 
igual que Su amor.