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miércoles, 12 de marzo de 2014

Un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos

Quiero subir a bordo de una alfombra persa tejida con las más finas hebras de verde canabiol,
y volar hasta Coroico.
Quiero ver la luz del otoño reclinar sobre los cerros,
quiero caminar en la humedad de sus senderos,
encontrar el agua que cae sola, helada y transparente,
mientras las horas se deslizan susurrando su derrota
hasta la muerte definitiva del tiempo del reloj.

Quiero despertar una mañana y verte en la ventana,
entre los choclos blancos que crecen hacia lo alto
y las florecidas ramas del índico que beben la energía directo desde el sol;
ese extraño alimento estelar que, más tarde, recorrerá mis venas embrujadas.

Y hay tierra negra entre tus dedos,
y una sonrisa en tu boca,
mientras las aves giran en círculos,
y se extienden las sombras.
Los planetas van poblando la bóveda nocturna y el concierto es una orquesta de pequeños seres alados que frotan sus instrumentos maravillosos desde el corazón de la noche y hasta que llega el amanecer.

Necesito una medicina llamada silencio,
una revolución sin objetivos ni necesidad...
pero esto es un deseo, y al fin y al cabo, otro deseo más...
un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos.
Por eso, insisto:
quiero volar hasta las cumbres de Coroico,
a bordo de mi alfombra persa, tejida con hebras de finísimo canabiol.
Un vuelo altísimo entre nubes.
Juntos.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Inercia

El problema es que, ya desde el principio, a una le prohíben ciertas cosas.
Luego una sale a la calle y ve la realidad: lo prohibido es, y nadie dice nada de nada.
Y entonces una se pregunta: ¿y como es, lo que es, de ese modo prohibido?
¿es igual?... ¿es más claro?... ¿es difícil?... ¿hace daño?...
¿hasta donde me permito llegar?
Porque una conoce la parte permitida, la parte que, le dicen, está bien.
Y una prueba esa parte, que es la parte que prueba la mayoría; pero la curiosidad insiste e insiste, y también crece... entonces, en algún momento, una se aparta porque no aguanta más, se va de lo que le dicen que está bien, se mueve.
Y prueba lo prohibido.
Yo comencé a ensayarlo desde muy joven... torcer las obviedades del cuerpo, tantear los límites químicos de la realidad, ejercer con pasión cuasi religiosa la desorganización del orden moral.
La contundencia placentera de mis experiencias lograron que le perdiera, con poquísimo esfuerzo, el respeto a la palabra realidad.
Luego, volando los años, fueron pasando los cuerpos y las gentes, se amontonaron las experiencias como clones descompuestos, y, relativizado el todo, surgieron de mis actos repetidos unos vástagos que, de tan desbocados, comenzaron a darme miedo.
Pensé que perdía las riendas de la libertad, pero mi libertad era relativa.
Creí que perdía el sustento del piso, pero ese sustento era cenagoso... sin fondo.
Intenté sostenerme en el amor, pero ese amor, construido con fósforos, billetes y colillas, era la sobra de todo lo anterior.
Entonces me desesperé... fue real.
Hoy, la inercia excesiva me ignora y me desprecia... y hace años que ha muerto lo rotundo.
Todo me gusta, todo necesito, todo me esclaviza... ése es mi logro.
Estoy sola con mi cuerpo extraño... un cuerpo que gime e implora por un poco más.
Nunca es suficiente.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Nadie sabe

Nadie sabe el porqué, pero las cosas suceden.
Las personas mueren, se caen, nacen, rebotan, se quiebran, entregan el alma, exhalan su airecito final.
Sucede la lluvia, también... ¿alguien sabe cuando sucede la lluvia?
Y el viento, y la piedra y la calma... suceden.
Nos movemos.
Nos llevan las piernas hacia el logro del deseo, corremos detrás.
Conducimos nuestras máquinas; las diseñamos, las construimos, nos enamoramos de ellas, las embellecemos con un color, las poseemos y pasamos presto y con seguridad frente a la nada mientras conducimos rumbo a la nada.
Nuestras máquinas prolongan nuestro ego, nuestra necesidad, el territorio del pene, la desesperación y la impotencia.
Nadie sabe porqué, pero sucede la visión.
Y sucede la foto, fotografiamos: el gris y el rojo, el perro y el contorno, el brillo y el foco en sus ojos y en la profundidad.
Fotografiamos para asir ese tiempo que nunca se detiene y que ni siquiera sabemos si es o si acaso se mueve.
Y ella está en la foto.
Y está, también, enterrada en el jardín.

El tiempo, ese infinito atomizado hasta su mínimo fragmento por la necesidad de ser nos patea el culo que tiembla temeroso de perder irremediablemente esos diez minutos de fama con que nos tienta la puta modernidad.
La modernidad es, ante todo, una prostituta. Coge con todos y les cobra el alma. Lo mismo hacen las putas palabras que modelan la opinión.
Somos en el ver, primero... sucede el ver y luego somos.
Afianzados entonces en la mirada que reproduce y confirma nuestra fantasmal sustancia, abrimos la boca y hablamos... sucede el sonido, la construcción verbal. Se fusionan, de este modo, la imagen y las palabras que brotan de esa imagen... y ¿que sucede?
Nadie sabe. Sucede todo.
Y nada. La irrelevancia total.
La ciencia y la religión son los cavernosos refugios de la cordura, y nuestra cobardía se resignifica entre sus mohosas paredes de piedra.

Por supuesto, muchos creen saber.
El mundo está atestado de falsos saberes, esa sabiduría que se ignora a si misma satura la realidad y la vuelve suicida.
Lo que sucede es la realidad, pero nadie sabe que es esa realidad que se nombra a si misma con un lenguaje fatigado por los siglos.
Un mate, chicharras, la vibración de la electricidad, lípidos, el aire acondicionado, el agua en la ducha, laxantes, cortinas verdes, sexo, un billete de cinco pesos... la realidad.
En diez minutos estaré pedaleando mi bicicleta rumbo al centro de Caseros, hace calor, doce de febrero, año 2014, soy un hombre, vivo en un país llamado Argentina, 44 años, estoy enamorado, vivo constipado y caliente.