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jueves, 10 de marzo de 2016

Un dios hecho a medida

Decidió dejar que le crezcan los pelos libremente, algún día debería empezar a comportarse como un hombre.
Pero entonces apareció Asa Akira en la PC, con su estrecha vulvita perfectamente depilada, enfundada en cueros y tacones rojos, tan licenciosa… esa película en donde tres tipos con enormes vergas la penetran furiosamente por todos los agujeros hasta lograr dejarla afónica y rellena de leche.
Un cimbronazo. Y casi al mismo tiempo llegaron las pizzas, las empanadas de carne picante, los bifes de chorizo… y galones y galones de vino tinto y galones y galones de cerveza negra y galones y galones de moscato helado.
Y porro… un verdadero peligro.
Preocupado, se preguntó si Dios realmente detestará a las maricas. Claro que Dios no le respondió exactamente eso… ni siquiera supo lo que pensó el creador cuando se sentó a rezar travestido, la minifalda blanca muy cortita, la remerita color sol y los altísimos tacones azules de cuero, como una piadosa putita argentina.
-¿Seré juzgado?- se preguntó, -¿o seré juzgada?… ¿será mi destino perderme, extraviarme, condenarme, terminar como una mariquita del diablo deambulando por el país del caos por toda la eternidad?
No hubo respuesta.
Sin embargo le gustaba Akira. Le gustaba, justamente, por cómo lo hacía, así, tan pero tan sucio.
Y no lograba congeniarlo con la fe, un ser humano es tantas cosas…
Ansiaba integrar todo lo que era y lo que había sido con todo lo que sentía, sin doblez, en un estado de total libertad y de fe idealista. Claro que, eso, era un Dios hecho a su medida, como le dijo su amiga protestante no sin cierta condena. Y él sabía que el juicio y la condena era la regla en este mundo.
Y el Dios oficial, un militar, picana en mano.
Su mujer, en cambio, lo aprobaba. Le gustaba llegar a casa y encontrarlo cocinando o fregando los pisos subido arriba de sus tacones amarillos. Y él estaba convencido que, de ser mujer, sería lesbiana, y su mujer, su mujer.
No era puto, era otup.
Elucubró y elucubró hora tras hora, día tras día, mes tras mes, año tras año, desde la temprana adolescencia hasta la informe adultez.
Finalmente tuvo un vislumbre, un samadhi, y al fin cambió de opinión.
-Al carajo- se dijo, -voy a depilarme otra vez.

La marea

Estaban sentados en un bar del centro porteño. Bebían fuerte, en la madrugada de un lunes cualquiera. Corrientes y Figueroa. Ella vació el vaso y lo miró. Su pelo era del color de las rosas, lo mismo que sus labios y el esmalte en sus largas uñas. En sus ojos, extrañamente melancólicos, habitaba una tristeza desesperada sitiada por largas y curvas pestañas de un color negro desesperado. Encendía un cigarro tras otro con esa liviandad que otorga la falta de respeto por la juventud y por la convicción de querer vivir al mango una vida no muy larga.
-No puedo creer lo que me decís… ¿nueve?… ¡no lo creo!
-Creélo, estuve ahí.
-Fuiste uno de ellos.
-No, yo estaba con Mariana… pero ya sabés como es esto, estábamos todos en la misma habitación.
-Yo ya la he visto a tu Mariana con otros.
-Para el caso yo también… no sé qué tiene que ver con lo que te estoy contando ¿vos creés que siento celos?
-No, yo no creo que puedas sentir mucho por ella. Ni por nadie.
-Un calco las dos, me dice lo mismo; a veces pienso que hasta podrían ser amigas, si no estuvieran tan locas y cabreadas.
-Yo no estoy loca.
-No claro, ella tampoco.
-No seas irónico, y no me compares con esa yegua.
-Ok, me callo, entonces.
-No seas malo.
-“No seas”, “no seas, “no seas”, represión.
-No.
-Sí.
-Sos cruel.
-Eso ya es ser algo. Y vos sos tan sincera… en este mundo eso equivale casi a no existir, pero zafás por tu magistral manejo de esa culpa que casi te humaniza.
-Que turro, ya sé que para vos no existo.
-Más culpa.
-Sos misántropo y mal educado.
-Más culpa aún. Podrías organizar una turba ahora mismo, apedrearme en la vereda y crucificarme en el shopping del Abasto.
-¿Te parece?, ¿y quién seguiría a esta criatura?… antes que a vos seguro me cuelgan a mí, fijáte lo que soy.
-¿Qué sos?… una mujer hermosa.
-Sí, jaja.
-Realmente lo creo.
-Si creyeras eso estarías conmigo y no con esa puta.
-Bueno, bueno, vos andá con cuidado que hace rato vienen buscando por el barrio una santa para canonizar.
-Seguro es mejor que estar viendo tu cara de cornudo.
-Te olvidaste decir: “de cornudo conciente”.
-Eso.
Terminaron la ronda y ordenaron otra. La avenida dejaba de ser un débil arroyo nocturno para convertirse en un ancho torrente de motores y cauchos y metales y nervios y prisas por llegar a cualquier lado. Y dentro de cada vehículo mudaba hacia su destino un ser humano atravesado por millones de torrentes químicos que activaban emociones y furias y desgracias y deseos y salvajismos ancestrales hacia una nueva y mecánica alborada.
A las ocho de la mañana todavía vaciaban sus bebidas blancas, arrastradas desde la noche anterior como un par de náufragos extraviados en una isla marginal rodeada por un mar de cafés con leche y medialunas de grasa.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Me voy con ella… ¿qué más puedo hacer?
-Pero no la amás.
-No, pero ella no lo sabe, o no le importa. Le sirvo, como ella a mí. La guita y el sexo, todo cuaja.
-Cambiaste mucho desde que éramos chicos.
-No tanto como vos, que ahora sos “chica”.
-¿Y te gusta la chica que soy?
-Ya sabés que sí.
-No te creo. Te gustaba antes de calzarme la primera minifalda, pero ahora no estoy tan segura ¡pasaron tantas cosas en los últimos años! Yo ya olvidé quién era, y menos mal: hice la jugada correcta, pero ¿vos?… lo tuyo es una negación total de la realidad; no sólo tus deseos, también tu corazón.
-Lo decís tan segura que apesta.
-No me olvido de aquello. Del principio. No puedo olvidar aquello. Ni cómo lo hacías. Sé que no es así con ella, y no me preguntes cómo lo sé; simplemente una mujer que ama no se equivoca.
-Bueeeno, jajajaaa.
-¡De que te reís, idiota!
Las lágrimas brotaron de esos pozos de melancolía como una tragedia llena de espinas. Había dolor en esos pozos. Y ese dolor era antiguo, muy antiguo. Era un dolor envejecido, detenido, mohoso, rancio; un dolor que, como un callo, no aflojaba en su aspereza con nada, ni con nadie, ni en ningún lugar.
-Te burlás de mí por lo que soy, pero esto que soy está entremezclado con tu historia y con tu voluntad. Yo soy la responsable de esto que ves y que te da asco…
-No es verdad que me da asco.
-… pero vos también sos responsable de esto que ves y que te da tanto asco…
-Te digo que no me das asco.
-… y venís a despedirte porque te vas con ella, te vas por la platita de su papi contento y también por tu platita de tu papi feliz; te vas con ella porque te tranquiliza no ser el responsable entero de su placer, porque tu corazón, con respecto a su alma, no aguanta, y el cuerpo… ¡que es el cuerpo sino una futura ruina!; entonces me llamás para compartir unas copas conmigo, las últimas copas con tu freaky fetiche solitario, porque te gusta que te vean conmigo, es cool, venís a mostrarte y a venderte frente a mí como en una vidriera, o como en una pasarela, te vendés como en un cartel de la calle o en una propaganda de la televisión, pero todo es una postura… ¡mucho peor!, ¡un negocio!, ¡un escape!, es la triste lógica del avestruz que en la inminencia del ataque mete la cabeza en un agujero para escapar… y te creés tan loco, tan vivo y tan sofisticado que terminás autoengañado hasta en lo fundamental: que estás hoy frente a mí, tomando por culo, sólo para calmar la culpa y el remordimiento por tratarme como un objeto que pegás a tu cuerpo para embellecerlo, para que todos pasen y vean y digan: “qué lindo, que hermoso: ¡ahí viene el gran poeta con su fetiche color rosa!, ¡con su maravilloso y freaky fetiche de pelo color rosa con sus uñas color rosa y con su vestidito amarillo diminuto y con sus kilométricos tacones transparentes!”, y estos zapatos resulta que son kilométricos como mi dolor y mi desesperación; y también como tu desasosiego, porque ¡me usás!, ¡siempre me usaste!. Por eso: no juegues vilmente conmigo a tu tonto juego esta última vez, ¡fuera esa careta!, ya los dos sabemos que cuando acabemos estas copas te vas a ir con todo aquello que ella representa, y te vas a olvidar de mi como te olvidás de cualquier desecho que tirás al tacho de basura, que es adonde todo impuro desperdicio debe terminar.
Se hizo un silencio enorme, crudo, pesado como un puente infranqueable. Él apuró el vaso, levantó la mirada y, temblando, repitió:
-No me das asco.
-Calláte, por favor.
-Creéme. Te pido que me creas.
-No te conviene que te crea, porque si te creo, entonces sos un cobarde.
-Sí, lo soy. Soy un cobarde.
-Elegís la muerte, entonces. Elegís quedar bien, satisfacer a todos… menos a vos. Y a mí, por supuesto, la única en este planeta que te conoce entero y que de verdad te ama como sos.
La marea humana ya reptaba por las veredas, cruzaba las calles, subía a los bondis, bajaba de los taxis, brotaba de las bocas del subte con sus destinos pegados en la frente y en la palma de las manos, manos que abrían puertas y cerraban puertas que mañana volverían a abrirse y a cerrarse, una y otra y otra vez, y eso hasta que se cansara el cuerpo de abrir y cerrar y reventara, o hasta que rompieran las puertas a patadas, o hasta que arrojaran la maldita bomba de una vez.
Él pidió la cuenta. Pagó. La miró y sintió derrumbarse su interior como una demolición irremediable, una triste agonía sin aire ni sonido. Era verdad que se moría sin ella, todo era verdad… pero ¿qué dirían todos?
-Vamos, le dijo.
Salieron a la calle. El primer rayo de sol que había logrado subir por encima de los edificios les pegó de lleno en la cara. El sintió esa tibieza y otra vez el vuelco interior, el miedo, la incertidumbre y el espanto. Una fría soledad de hierro.
La miró de nuevo. Era hermosa, una criatura hermosa, su criatura favorita desde siempre. Sintió en sus venas y en su corazón la certeza de que podría arrojarse dentro de ella y desaparecer del mundo con tanta simpleza como es fácil para el mar hacer sus olas.
-Vamos a un telo.
-¿Qué?
-Que vayamos a a un telo. Ahora.
-Pero ¡vos te casás en cuatro días!
-Eso aún no lo sé.
Subieron al auto, buscaron un telo, entraron e hicieron lo que hace tanto tiempo deseaban continuar.
Y se tomaron el tiempo necesario para dejar pedazos de alma entre las sábanas.
Cuando salieron a la calle el sol ya llegaba al cenit y el invierno sonreía.
-Te llevo a tu casa, le dijo él distraídamente mientras detenía el auto. Ella lo miró, en silencio, largos, larguísimos segundos.
-No, gracias- finalmente respondió -dejáme acá que son pocas cuadras y me voy caminando.
Silencio.
-Bueno, chau, dijo él.
Silencio.
-Chau, dijo ella.
Entonces abrió la puerta, bajó del auto, cerró la puerta, se secó la última lágrima, la desparramó suavemente en el parabrisas delineando un pequeño corazón, dio media vuelta y se fue caminando por Anchorena rumbo a Avenida Santa Fe. Él, vacío, se la quedó viendo hasta que ya no la distinguió entre la marea.
Ahogado por el llanto, dobló a la izquierda y enfiló, ya apurado, para la casa de cotillón.
 

jueves, 26 de febrero de 2015

Un diablo en la vidriera

Me encontré con el diablo mientras caminaba por Ballester rumbo al gulash de "La Hungaria".
Como aquel que ganaba la vereda de la lejana y caliente Villazón, este diablo era un diablo femenil,
y estaba detenido, de pié, en una vidriera cualquiera.
Al principio sentí temor, pero luego su cara de desconcierto y su evidente soledad convirtió ese miedo en lástima.
Me acerqué. Este diablo de labios morados y enrulada cabellera marrón vestía una capa roja -de diablo, claro- un par de cuernos muy rojos brotaban de su coronilla y, debajo de la capa, lucía un ajustado portaligas negro con medias bucaneras de anchas puntillas.
Llevaba tacones muy altos en los pies... y un precio en cada prenda.
-¡No te acerques!, me gritó en un siseo viperil -¡soy el diablo!
Me lo quedé viendo: este diablo era muy sexy, pero estaba más solo que un poeta en la bolsa de valores.
-No me das miedo, diablo, le dije, -pareces un diablo bastante inofensivo
-Lo soy, me contestó con un suspiro -¿que diablo se bancaría la humillación de encontrarse travestido en una vidriera cualquiera vendiendo lencería y estilettos?
-Creo que ninguno, le contesté -por lo general los diablos son muy malos, y decime... ¿te pagan?
-Me pagan con cuotas de anonimato. La gente pasa, me encuentra así feminizado y se convence de que no existo... y ya se sabe que ésa es mi mejor táctica
-¿Táctica?... ¿para que?
-Para extraviarlos a todos y atarle sus almas en las tinieblas
-No parece que seas muy efectivo actuando desde esta vidriera, diablo
-No te creas, me tuteó, -extravío a los niños cuando se vuelven púberes y también a los viejos
-¿A los viejos?
-Sí, igual que los adolescentes, a los viejos les encanta masturbarse con mi imagen.
Nos quedamos en silencio. Como yo venía caminando desde Caseros haciendo fotos de todo lo que me interesaba, me pareció apropiado hacerle una foto a este diablo travestido... entonces le pregunté:
-Decime, diablo... ¿te puedo hacer una foto?
-Con una condición
-¿Cual?
-Que imprimas mi imagen y postrado me adores
-No creo que vaya a hacer eso, diablo
-Entonces morite
-Bueno, eso sí... a fin de cuentas morirse es sólo una cuestión de tiempo.
Saqué la cámara, apunté y le hice dos fotos. Luego me di media vuelta para irme y entonces el diablo, con una desgarradora voz que no era ni de hombre ni de mujer, me gritó:
-¡No te vayas, por favor, no me dejes sólo, que mañana es domingo y no abren!
-Lo siento, diablo
-¡No te vayas!, lloró, -¡humano de mierda!... ¡te odio!... ¡cuanto los odio!...
Me fui. Me encontré con mi chica en la esquina y seguimos caminando rumbo al restaurante.
Un rato mas tarde ella me preguntó:
-¿Con quién hablabas en esa vidriera?
-Hablaba con el diablo, le contesté.
-Mentiras, me dijo riendo, -si el diablo no existe.

lunes, 9 de febrero de 2015

Las locas retrasadas

Carla se decidió, entonces se metió en el baño, se depiló, se dio una ducha, se maquilló, salió del baño, se calzó una minifalda, unos tacones, una remerita ajustada, y salió caminando por Lacroze hacia el bar "Las Locas", en Córdoba y Anchorena.
Hacía calor, pero aún no agobiaba. La luna de domingo asomaba plateada perdiendo redondez por arriba de las azoteas, y la calle era un circuito ininterrumpido de colores y de formas que iban y venían con extraña complacencia eléctrica.
Antes de llegar pasó por el kiosco de Joaquín, compró fasos, compró hierba y también dos cajas de forros de tres, por las dudas.
Caminó un par de cuadras más y llegó a la puerta del bar: ahí estaba "Niki", perpetuamente trepada a sus plataformas rosas infinitas; también estaba "Mary", voluptuosa, pasando fácilmente los ciento veinte kilos, y, sin embargo, con unas deliciosas curvas femeninas de instrumento musical. "Ronnie", eternamente colocado, las acompañaba con su cuarentona cara de barbita candado, su bocha pelada, su piel inmaculada, sus pantalones rojos de cuero y sus sandalias amarillas salpicadas de strass multicolor.
Ronnie la vio primero y entonces dijo:
-Miren quién apareció.
Se dieron vuelta. En sus caras revocadas se dibujó una sonrisa color púrpura.
-Hola, puta- le dijo Ronnie.
-Hola, puto- devolvió Carla, y agregó -¿que hacen?
-Esperando- rió Ronnie, mostrándose feliz -esperando a que el putazo de Dios se apiade por fin de nosotras y nos haga llover una gran lluvia de pijas.
-Mmm, no se si quiero algo de ese dios y de esa lluvia- replicó Carla.
-La última vez que llovió largo y tupido- agregó Nikki -reventó a casi todo el puto planeta.
-Y los sobrevivientes se encerraron con las bestias- aportó Mary -una gran y extensa orgía animal que duró tres o cuatro años, hasta que soltaron la paloma y nunca más volvió, la pobre... ¡como la deben haber dejado!
Rieron. Carla sacó un porro de la cartera y lo encendió, asegurando ser una de las tantas descendientes de esa orgiástica barca bíblica; Nikki hablaba y contestaba y al mismo tiempo se delineaba el rimmel viéndose en un diminuto espejito de mano, y se peinaba, y se volvía a mirar en el espejito; Mary, constantemente, se bajaba la falda del vestido que la enfundaba como un rosado embutido impúdico, y Ronnie, todo sonrisas, insistía con la providencial lluvia de miembros. Fumaron. Rieron. Hacía meses que no se juntaban las cuatro, y la hipnótica música del interior llegaba hasta la vereda y las envolvía en un hermoso presente detenido en el ancestral ostinato tribal.
-¿Donde andabas?, hace rato que no te vemos- le preguntó Mary.
-Por ahí, tratando de escaparle a la locura.
-Yo al revés, tratando de morirme de una vez, estoy tan hastiada de este puto mundo de mierda que ya no me salva nada, ni ese dios del que habla Ronnie.
-Ese dios es ciego- dijo Ronnie.
-Y mudo- agregó Nikki.
-Tal vez no le gustan las locas- opinó Carla.
-Es impotente- rió Ronnie -sin remedio, y de tan impotente se volvió un pajero, un mono militar reprimido disfrazado de Papa romano- y Ronnie se puso a imitar al mono papal, muy serio, y le sacó la capelina a Mary y se la calzó en la pelada y caminaba como un primate con cara de nazi confundido, y las hacía descostillar de la risa.
Esperaron en la puerta, viendo como se armaba la noche. Los coches pasaban y les tocaban bocina, la brisa era suave y la ciudad respiraba locura; los tipos llegaban y las minas también, y mientras ellas las miraban con envidia, ellos les decían, por lo bajo, palabras muy soeces llenas de deseo. El bar, atestado, era la antesala del perfecto olvido que, más tarde, sería presente.
Entraron, por fin, a la una de la mañana. Buscaron una mesa en el vip y al rato Ronnie apareció con cuatro vasos y una gran jarra de absenta. Estaba de moda la absenta, estaba de moda todo lo que apagara la conciencia, aunque sólo fuese por un rato. Tomaron y, desde lo alto, observaron las miradas de los de abajo, miradas llenas de deseo, de desesperación, de calentura, de represión, de violencia. El bajo, punch-punch-punch-punch, les vibraba en el vientre con el apetito imparable de mil demonios enloquecidos, y entonces fueron vaciando los vasos, y Ronnie fue a buscar otra jarra, y la vaciaron, y aparecieron unas pastillas de colores, y más porros, y a todo dijeron que sí, porque lo peor que les podía pasar era irse a la mierda y morirse, y nada más.
A las dos horas salieron a la calle y se fueron para el swinger de Anchorena. Caminaron al son del clap-clap de sus tacones de plástico martillando sobre el cemento, y a las tres cuadras pasaron por la puerta del departamento de "Pili". Entonces Ronnie se detuvo y se quedó viendo la escalerita que subía con tres míseros escalones hasta el lobby chiquito, vacío y solitario, el lobby doloroso de planta triste un lunes por la madrugada.
-Cuanto la extraño- dijo Ronnie, -y la sueño, muy seguido... la sueño bailando en pelotas por la costanera mientras sale el sol, o en el mar con las tetas al aire, escandalizando a las viejas y calentando a los pendejos; y estoy enojado, también, recaliente porque la muy hija de puta nos dejó, nos dejó sin siquiera una nota, una explicación, ni un chau, ni un ¡muéranse!... siempre que paso por acá me duelen las tripas del dolor y de la rabia, y la odio, y la extraño también, y me quiero matar- y se largó a llorar.
-Ya- le dijo Carla, mientras le acariciaba la pelada, -no podemos hacer nada con toda esta mierda, Ronnie; no podemos dejar de llorar porque no tiene sentido parar, y tampoco voy a llorar otra vez por ella, porque tampoco lo tiene... estamos en pelotas, querido, todas estamos en pelotas y más solas y emputecidas que el aire, ese aire que es de todos y que todos respiran y que se mete en todos los cuerpos, hasta las tripas, y que luego sale y se escapa todo viciado, y sin embargo nunca es de nadie, nunca.
-Estamos retrasadas, moqueó Ronnie -somos las locas retrasadas: todas se fueron, desaparecieron como por arte de magia y nosotras todavía acá, arrastrando nuestros cuerpos deformes... ciudad de mierda, nunca pensé que morirse fuera tan difícil.
-Lo difícil no es morirse, Ronnie, lo difícil es mantenerse vivo.
Siguieron hasta el antro y en la puerta Ronnie se encontró con dos tipos que lo buscaban para hacer algo. Los tipos eran muy peludos y estaban todos tatuados y tenían músculos como mazas, y bigotes muy abundantes y miradas de vidrio. Hablaron como diez minutos, entonces  Ronnie se dio vuelta, las miró y les dijo un -¡chau!-, agitando la manito. Y se subió a la camioneta con los tipos y se fue.
Las tres se quedaron ahí, en pausa. Fumaron unos puchos en silencio y entonces Nikki dijo:
-Que se vaya a la puta madre que lo parió, llorón de mierda; al final se fue con dos pijas y nos dejó de garpe.
-Me da lástima Ronnie, parece un niño.
-Es un puto de mierda.
-¿Y nosotras?, ¿que?...
Se acercaron a la puerta, saludaron a los patos y entraron derecho, porque ellas no pagaban, nunca, eran tres sobrevivientes, las últimas locas, las últimas reinas de aquella época en donde serlo era peligroso y arriesgado. Y lo seguía siendo, siempre aparecían locas masacradas a golpes porque sí, por odio y por asco, pero antes era mucho peor. Ahora todo el mundo estaba loco y todo el mundo estaba descarriado, todo el mundo andaba drogado, pelado, tatuado, excedido en todo, en trance de autodiseño; todo el mundo era bisexual, trisexual, polisexual; todos se metían cosas por el culo y compartían a sus hembras en fiestas infinitas, todos reían mostrando sus prótesis de plástico y andaban convertidos en míseras obras de arte posmodernas vaciadas de furia y de pasión.
Adentro reinaba el trance, y la orgía ya era apoteósica. Y las tres se fueron deslizando hacia ella con la lenta suavidad de un narcótico, de un potente narcótico que va ganando el torrente sanguíneo hasta apagar la mente entre los cuerpos, el juicio entre la carne, la emoción entre los miembros, hasta apagar la luz del sol, el frío de la desesperación, la locura de la luna y la exasperante infinitud de las estrellas.

Carla se despertó sobresaltada con el grito del teléfono, muy pasado el mediodía del lunes. Era Nikki, ahogada por el llanto:
-Está muerto, Carla, Ronnie está muerto. Lo encontraron tirado en la costanera, reventado como un sapo. Lo molieron a palos, lo cortaron con cuchillos, lo quemaron con cigarros, lo violaron más de veinte veces... los hijos de puta lo mataron como a un perro, peor, como a un bicho, lo asesinaron como a una mísera cucaracha...
Carla colgó, y se quedó sentada en silencio... luego levantó la mirada y se vio en el espejo: aún llevaba la minifalda y la remera. Se desnudó, se metió en el baño, tomó una ducha helada y entonces cayó en la cuenta que Ronnie, la loca retrasada, ya no lo era: estaría hinchándole las pelotas a la puta de Pili, donde sea que estuvieran, si es que estaban por ahí, arriba o abajo o donde sea, porque no se sabe nada, porque las certezas son para los que se contentan con la irrealidad de un piso firme, de un sexo definido, de una explicación que nada explica, de un amor cierto y de un dios cierto y de una vida cierta.
Carla salió del baño, se calzó un pantalón de jean, una remera y un par de ojotas, y se fue caminando por Lacroze rumbo al cementerio bajo el sol de la tarde, viendo todo extasiada, todo alrededor; viendo las sombras de todos los fantasmas que había conocido reflejados en cada vidriera, en cada colectivo, en cada oscuro rincón.

miércoles, 16 de julio de 2014

La dudosa piedad de Jim Osborne

"Seguramente usted se sentiría orgulloso de tener entre sus brazos una muñeca como la de la foto ¿no es cierto?
¿no andaría sonriendo con orgullo, paseándose con ella por los pasillos de la iglesia, frente a su pastor y a sus amigos?
Usted se sentiría rico, millonario por haberla conseguido… ¿no es verdad?
Pero… ¡Error!
¡Porque no se trata de una mujer!, lo crea o no esta “belleza” es en realidad un hombre completo, con pleno funcionamiento de su genitalidad masculina.
A ellos se los conoce como “travestis”, “transexuales” o “shemales”, en inglés. Los piadosos hombres heterosexuales como usted deben tener cuidado de no ser engañados por estos bellos demonios para no caer atrapados en sus sucias guaridas, porque si bien en la superficie parecen ser hermosísimas mujeres, son en realidad asquerosos maricones embalados en papel brillante, empeñados en enviar su piadosa alma directamente al castigo eterno del infierno…"

Jim Osborne, pastor de The Landover Baptist Church, USA .

jueves, 12 de diciembre de 2013

La visita de Allanah Starr

El timbre sonó a las once menos diez de la mañana. Hacía calor, mucho calor. Salté de la cama medio dormido, me saqué las medias negras y el solerito floreado y me calcé un jean, una remera y bajé corriendo a abrir la puerta.
Era Allanah Starr.
La invité a pasar, entró caminando muy despacio y se sentó en la mesa junto a la ventana, viendo todo alrededor con una sonrisa muy linda. Llevaba el pelo negro con flequillo hasta los ojos, rodete en la coronilla y largo por detrás. Una minifalda negra muy corta le enfundaba las anchas caderas. Stilettos dorados e infinitos en los pies, labios rojos, aros blancos y uñas muy rojas y muy largas. Una camisa de jean azul apenas le sostenía sus descomunales tetas plásticas, que parecían estar a punto de reventar.
-¿querés tomar unos mates, Allanah? le pregunté mientras encendía la hornalla y vaciaba el mate de la yerba vieja.
-¡dale! -me contestó -siempre quise probar el mate argentino-... y preguntó:
-¿puedo fumar?
-si, claro.
Abrió la cartera y de dentro de una cigarrera rosa sacó un gran porro, grueso como un dedo y largo como un lápiz... ese porro tendría por lo menos diez gramos de hierba.
Lo encendió, le dio un par de caladas largas y me lo pasó.
Fumé... una, dos, tres caladas, tiraba re rico ese porro, entraba derechito y en cantidad hasta los pulmones y sin embargo no daba tos. Estaba en la cuarta calada cuando empezó a pegar.
-este faso lo fabrican en el pentágono, -me dijo- lo alteran geneticamente para que pegue más y no pique en la garganta.
-como en "Belleza Americana" -le dije.
-bueno, yo soy americana, papi.
No le quise decir que yo también lo era para no contradecirla. Le pasé un mate, amargo... chupó la bombilla mirando el cielo raso y luego lo miró con gran detenimiento... y sin terminarlo me lo devolvió.
-chupalo hasta el final, Allanah -le dije-, hasta que haga ruidito.
Allanah chupó entonces hasta que hizo ruidito. Observé que ella no era como en las fotos, ni más linda ni menos linda, ni más culona ni menos tetona... era distinta.
Seguimos mateando y faseando, ya el tiempo detenido, el silencio alrededor como un pegamento suave y blando, los sonidos flotando como una alfombra persa con una reverberancia extraña que exaltaba cada particularidad sonora como si fuese única, como si cada sonido hubiese vibrado por primera vez desde la creación del mundo. Mientras tanto el mediodía de diciembre se acercaba tan inexorable y radiante como aumentaba el calor.
Charlamos largamente, le conté que era músico, que la conocía de la red, que amasaba pizzas muy buenas y que estaba casado. También le conté mi afición por las medias negras, la lectura y los soleros floreados. Allanah, que estaba radiante, asentía a mi verborragia con una leve oscilación de la cabeza, sin soltar su mirada de la mía.
-¿y tu mujer que dice?
-¿de que?
-de las medias.
-nada, Allanah, no dice nada.
-¿sabe?
-claro que sabe
-ah
Le mostré la casa y mis guitarras, subimos y bajamos y salimos al jardín. Nos sentamos bajo el pino y continuamos fumando y mateando. Al rato una paloma torcaza cagó desde una rama, justo sobre Allanah, una cagada blanca y negra que bajó chorreando exactamente entre sus tetazas.
Entonces nos reímos, nos reímos de la paloma y del pino y del excremento entre sus tetas, nos reímos durante media hora sintiendo que los labios se reían hasta las orejas, dolía la risa, nos reímos de dolor sin poder parar hasta llorar; luego Allanah se metió en el baño y yo entré para calentar el agua. Fué cuando salió que le pregunté:
-¿como es, Allanah?
¿como es que, papi?
-ser vos
-es hermoso y es terrible, es risible y es... muy sexy. A veces no creo ser yo y otras serlo es una calamidad y, sin embargo, no tiene ninguna importancia.
-¿y no te arrepentís?
-¿de que papi, si estoy entera?
-Claro... y las mujeres ¿no te gustan?
-sí que me gustan, pero hay un mínimo, un punto sin retorno, una raya que, si el deseo la sobrepasa, hay que hacer lo que hay que hacer, lo que yo hice y hago.
¿crees en Dios, Allanah?
-¡claro!, ¿vos no?
-si, yo también.
Entonces se acercó y me besó, en la boca. Un beso, dos, muy tierno y con la lengua y todo.
-¿Cogemos? -me dijo
-No Allanah... es un honor que me lo preguntes, desde que te vi en esa peli con el pelado en la silla de obtetricia me enamoré de vos, pero es un enamoramiento virtual ¿viste?... no voy a traicionar a mi mujer.
-haces bien -me contestó -parece una buena mujer
-si que lo es.
Caminó hasta la mesa meneando el culo gigante, agarró la cartera y sacó otro porrazo, que dejó sobre la mesa
-para que te lo fumes con tu chica -me dijo.
La acompañé hasta la puerta. Ahí me dio un pico, me agradeció los mates y me dijo:
-vine porque te vi que me veías... nosotros ya tenemos ese plugin en América.
-Ah -le contesté
Entonces Allanah cruzó Avenida Mitre con sus tacones infinitos y se tomó el 123 que va para Chacarita.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Fantasmas

Han visto fantasmas entrando por la puerta de este hotel en el sur.
En Balvanera, dicen, hay muchos... más que en cualquier otro barrio de la ciudad.
Los fantasmas que habitan este hotel tienen cuerpos de género múltiple, son polisexuales, podríamos decir.
Por las tardes de lluvia se aparecen en las esquinas oscuras y muestran sus tetas a los pasantes.
Es común verlos casi desnudos yendo a comprar cigarros montados arriba de sus tacones amarillos.
Muchos vienen de lejos, de más allá de la frontera; dicen que suelen reír con ganas, pero están llenos de tristeza y de dolor.
Yo entré a fotografiar la puerta y enseguida uno de ellos me susurró algo en mi oído izquierdo, con una voz que era dos voces juntas, una voz femenil y otra más grave y oscura.
El fantasma me dijo:
-Es de lo más lindo ser total... nada hay más profundo que gozar en los límites, justo en donde se borran y se confunden los aciertos... ¿querés probar, papi?
Nada contesté... ya se sabe que no hay que contestarle al diablo.
Hice la foto y me fui.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La araña

Limpiando los rincones de la casa me encontré con la araña. Cuatro patas, lentes, piecitos tacones de danzarina clásica, carita de mosca muerta, piel blanca.
Al verme se quedó muda, detenida, la mirada fija en mi entrepierna. Luego abrió la boquita y lentamente sacó la lengua, roja y babeante. Y luego habló: -leche, me dijo.
Saqué el pedazo y se lo metí en la boca, que comenzó a succionar como sólo puede succionar una araña. Acabé en dos minutos dentro de su garganta. Ella se tragó todo, hasta la última gotita. Luego se retiró a la esquina, y mientras se enroscaba en su telita me miró y me dijo: -mañana, leche.
El tiempo pasó. La araña me ordeñaba a diario. Esporádicamente la he perdido de vista en el rincón para luego encontrarla colgante del techo, tubos de goma y látex enfundando su cuerpo, su carita de mosca muerta recubierta con una máscara de tortura.
Una mañana desperté al amanecer, inmovilizado. Mi cuerpo maniatado por cuerdas y más cuerdas de quitina arácnida. La araña trepó a la cama, esta vez desnuda... unas tetas enormes, una bellísima piel de seda… y una gran verga empalmada en su entrepierna.
Me separó las piernas, me descubrió el agujero y me dijo:
-leche!
Entonces me penetró el culo como sólo una araña puede hacerlo... furiosamente, bestialmente, un mete-saca veloz y salvaje in crescendo hasta eyacular en un estallido todo su semen arácnido en los límites profundos de mi flora intestinal.
Desde ese día mi culo la ordeña a diario.
La casa ya es su nido, y yo, su hembra.
Su pija me gusta, pero extraño una ducha y, a veces,
unos mates amargos.
Ya ni el teléfono suena...

domingo, 15 de septiembre de 2013

Espiral

Aunque una nube de culpa flotaba en el horizonte, sintió algo parecido a la dicha cuando se fue de la casa paterna y se subió al bondi para nunca volver.
Le gustaba la libertad más que nada en el mundo, tanto que no pudo esperar a cumplir los dieciocho. En la gran ciudad enseguida buscó una pieza, un colchón y una frazada, y en la calle rápidamente se mezcló con la noche y sus criaturas mutantes. Un ángel de alas negras y ojos de fuego se instaló en su pequeña espalda, y en cada encrucijada un susurro helado le hablaba en su oreja izquierda palabras rígidas en un idioma extraño.
Creyó diseñar su futuro, se esforzó en modelar su cuerpo, instaló una prohibición en la boca y otra en el bolsillo... quedó el presente empeñado en un único objetivo futuro.
Los primeros meses de libertad bailaron frente al espejo; los cosméticos y el cabello fueron el atavío de las horas.
La noche que despidió al primer cliente lloró de emoción, mientras Evita le sonreía triste y lavada desde los billetes de cien sobre la cama.
Unos meses más tarde, ya bien entrenada en el trabajo del amor, se puso las tetas, grandes y redondas, y salió a mostrarlas por avenida Corrientes apenas enfundada en una leve remerita de algodón color rosa.
Pasó el tiempo y pasaron los cuerpos; lluvias y vientos eclipsaron un poco esa felicidad que esperaba encontrar en el ejercicio del sexo y de la entrega; el ángel negro se multiplicó en decenas de secuaces y entonces se enfermó con unos bichos que enseguida se volvieron crónicos aunque nunca amigos. Su cara cambió en el espejo, sus labios se volvieron muy rojos; su piel, de tan leve, brillante como la cera virgen. Una sombra hubo siempre detrás de su mirada. Un destino de tragedia muda, de muerte anónima, de irremediable soledad.
Un par de años después, el cuerpo cansado, se dio cuenta que ya había pasado la cresta de su ola, y se desesperó. Para sobrevivir, hizo todo lo que el ángel le ordenó: mezcló la carne con la química, extremó la inanición, filmó cientos de películas... cada una más loca que la anterior... crecientes imposturas inmoralmente refinadas.
En su cama durmió con todo lo que el dinero le ofreció, en una combinación de combustión gaseosa que, cuando estalló, precipitó el final en un acto absurdo.
Una noche, luego de castigar su cuerpo con el aburrimiento de la carne, comenzaron las pesadillas. Una era recurrente: moría y le robababan un diamante, se lo arrancaban de cuajo desde su interior. Luego, soñaba con serpientes de color negro, serpientes casi inmóviles con ojos siempre abiertos y carita de jabón.
Empezó a enflaquecer, su cara se fue volviendo gris, los clientes ya no venían. Una noche, por unos pesos, la encerraron en un garage y, de la violación y la golpiza, salió en una camilla al otro día entre las burlas de los polis que seguramente hubiesen continuado con la función si el sol no hubiese ya brillado cerca del cenit.
Trataba de no comer porque veía lombrices en la cena; trataba de no salir porque los ladridos soeces de los perros le perforaban los tímpanos.
Un domingo sintió que alguna oscuridad con alas de seda la abrazaba. Poseída por el enloquecido deseo de convertirse del todo en lo que nunca sería, se mutiló. Se quedó tiesa y toda llorosa viendo la sangre muy roja y el pequeño pene tirado ahí en el piso.
Amaneció en el hospital. Las tetas le ardían, y una payasesca mueca horrenda la vigilaba desde el techo.
Esa noche, la última en el hospicio, soñó que se iba preñando con algo nuevo y hermoso. Antes de despertar, una miríada de demonios rojos le abrieron el vientre en canal y le arrancaron al niño vivo.
Unas horas después la ambulancia la dejó en la casa de su padre.
Murió dos días después.