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sábado, 29 de septiembre de 2018

La chica en el cementerio

Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El sonido del motor tosía y rebotaba  inexplicablemente en los sucios cordones de cemento, en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal, sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos, y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.      
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal. Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.

sábado, 28 de febrero de 2015

Otro espanto

"Comíamos un asado. Mediodía, nublado. Eramos varios, amigos míos y amigos de mi mujer. Yo relataba al grupo un encuentro místico-sexual del que habíamos gozado unas semanas atrás, un encuentro que ella decía, riendo, no recordar. Me interrumpían para hacerme preguntas, algunas bien intencionadas, otras, mal disfrazando la burla. Yo sólo intentaba llegar al final de mi relato, a pesar de la incredulidad y de las risas.
-Nos frotamos la pelvis uno contra el otro, vestidos, tomados de la mano; encontramos un ritmo apropiado y unos minutos más tarde alcanzamos el clímax. Fue más que un clímax sexual, mucho más... fue psicológico y místico. Nos detuvimos los dos al unísono, nos miramos y ella me dijo exactamente lo que yo estaba sintiendo:
Alguien, entonces, preguntó algo al grupo, algo acerca del comienzo de las clases y del paro y del sindicato. Esperé a que callaran para poder terminar mi relato, el clímax de mi relato, que era esa frase final, pero no se detuvieron. Cuando fue evidente que me ignoraban, les pregunté, bastante angustiado:
-¿No quieren que termine mi relato?, ¿no les interesa lo que ella me dijo?
Unos pocos manifestaron un si, asintiendo con la cabeza, pero la mayoría siguió con su debate un rato más. Hablaron de la educación, de los riesgos, del maltrato y de la locura. Mi angustia me obligó a exclamar, con lastimosa voz de perro:
-Es muy triste que no me dejen terminar mi relato.
Entonces sucedió: el rayo. Cayó sobre Fabián, sentado justo enfrente de mi. Cayó el rayo y lo atrapó y lo envolvió con un zumbido de un millón de abejas enloquecidas, plateado, grueso y furioso... uno, dos, tres, cuatro segundos y se detuvo. Yo creí que Fabián había muerto, pero él, abriendo los ojos y sacudiendo el cuerpo, exclamó:
-¡Woow!, ¿como hacés para parar eso?
Entonces, el ruido. Apoteósico y gigantesco, lejano como una constelación, enorme, planetario. Todos, espantados, giramos las cabezas y miramos hacia el cielo: desde el oriente hasta el occidente, pasando por el cenit, ramificado como un árbol terrible y ocupando toda la bóveda celeste: el relámpago nodriza, detenido y poderoso. Ancho como cientos de lejanas autopistas cegadas de muerte, amenazante como mil demonios trastornados.
Y comenzó a escupir rayos, buscándonos. Corrimos desesperados, sin saber donde ocultarnos; algunos corrimos hacia el fondo del jardín, otros, hacia la casa. El estruendo de las centellas era espantoso. Yo escuchaba estallar las casas vecinas, escuchaba gritos desgarradores todo alrededor. Alguien, corriendo a mi lado, fue alcanzado: su cuerpo quedó convertido en una masa carbonizada y convulsiva. Las descargas castigaron todo a nuestro alrededor, fulminando el pasto y las veredas, fulminando la tierra y los edificios, fulminándonos a todos. Escuché un grito pavoroso en la voz de mi mujer. Corrí hacia ella como un loco, pero era tarde: el hedor en el aire era a carbón y a grasa, a carne y a cabellera abrasada, a un cuerpo y a un futuro reducido a cenizas.
Los rayos se detuvieron, sorpresivamente, en un instante de atroz silencio. Todo había durado pocos minutos. Nos fuimos reagrupando entre los cuerpos fulminados y las caras de cera. Un sonido creciente nos atrapó y nos empujó corriendo a la terraza. Entonces la vimos: la ola.
Primero creí que tenía varios kilómetros de altura, luego me di cuenta que caía desde cielo. Millones de trillones de toneladas de masas de agua avanzando irremediablemente hacia nosotros desde el lejano horizonte.
Era el fin. El fin de todos y de todas las cosas.
Nos quedamos ahí parados, mudos y entregados, viendo a la muerte llegar con una violencia imposible"...

Me desperté sobresaltado, con un fuerte dolor en el vientre y unos enormes deseos de evacuar. Corrí al baño y, mientras vaciaba los intestinos, recordé esa frase final:
-"Hoy somos tres"
Y aún no puedo entender el horror que existe, sin dudas, oculto en el significado de esas tres palabras.

viernes, 5 de diciembre de 2014

La radio y el muerto

Algunos programas de radio adolecen de "Cristinismo en negativo". Quiero decir que, cuando uno les presta oídos día tras día, cae en la cuenta que el libreto es sólo uno: defenestar al gobierno contra viento y marea. Si ponen un tango, ponen "Cambalache" y defenestan al gobierno. Si hablan de Hitler, lo comparan con Cristina y defenestan al gobierno. Si hablan de comidas, hablan del "choripán", y defenestan al gobierno. De este modo subsisten porque subsiste el gobierno. Y no me malinterpreten, Cristina no me gusta mucho, y menos el peronismo, fuerza política tristemente camaleónica que va desde el Padre Mujica hasta la AAA. Y me mando este preámbulo para contar que acabo de enganchar "Esto que pasa", en radio Mitre, el programa que, otrora, era del penosamente fallecido Pepe Eliaschev. Yo a Pepe lo escuchaba, digamos, unos dos días a la semana. No lo escuchaba porque me gustaba lo que decía, al contrario, el tipo me parecía de lo más repugnante; lo escuchaba porque me maravillaba cómo alguien puede construir un discurso simplemente por estar, meramente, en oposición "al otro", en este caso, el gobierno.
Pepe está muerto. En su lugar pusieron a otro tipo -reconozco no saber ni como se llama, pero es una especie de Pepe degradado-, y lo increíble es que, luego de escuchar la emisión unos quince minutos caí en la cuenta de que Pepe era ¿como decirlo?, un títere, una marioneta, una especie de Golem (pregunten a un judío que es un Golem) construido con la materia inanimada de un laboratorio que tiene sus principales hornos alquímicos en las fauces del miedo. El miedo es una herramienta, y Pepe -yo creía entonces- lo manejaba con maestría. Pero... ¡NO ERA PEPE, NO!
Pepe ya no está, y da lo mismo: uno escucha el programa y ni siquiera lo extraña: el miedo, o su generación, está in-tac-to.
Maravillosamente horroroso, puro y perfecto... "como una bala de plata directo al cerebro" -Kurtz dixit-

lunes, 17 de febrero de 2014

Lovecraft en mis sueños

Soñé con Lovecraft.
En realidad nunca lo vi, sólo chillaba como una chotacabra desesperada en un pantano malsano de Dunwich.
Igual me lo pude imaginar, flaco y cerúleo, aburrido y genial... casi autista.
Estaba atrapado en las profundidades del Arrecife del Diablo, y aunque le fue concedido, para su tormento, respirar, creía ahogarse debajo de la titánica piedra verde -la que sepultaba al gran Cthulhu- que era la misma piedra que ocultaba la entrada ciclópea y de geometría errónea que sufrió en sus ojos Johansen y su malograda tripulación .
Al pobre Howard le estaban creciendo branquias, sus ojos se estaban volviendo redondos como la luna, y sin párpados.
Su boca -lo que quedaba de ella- era una incisión, una línea recta horriblemente tajeada de oreja a oreja.
Tembloroso, casi convulsivo, me mostraba un DNI que decía: Howard Phillips Marsh... yo lo leía, y entonces él chillaba.
-Por favor, Señor -chillaba-... ¡Ayúdeme!
Yo quise ayudarlo, de verdad... pero cuando estaba por hacerlo recordé al doctor Charriere, a Peabody, al inspector Legrasse, a Abdul Alhazred y la tremenda decepción que sufrí -como con papá noel y los reyes magos- al enterarme, buscando en innumerables bibliotecas, su Necronomicón de fantasía; y luego recordé los horrores de Ammi Pierce y de su malogrado amigo -por el color- Nahum Gardner.
Y recordé al mutilado Lake, en las nieves de la Antártida.
Y a Henry Akeley, susurrando en las tinieblas.
Fue entonces cuando dudé en salvar a Howard... lo pensé, una y otra vez, mientras sus chillidos de ultratumba fastidiaban mis oídos....
Luego comprendí que la vida y la muerte son un premio, y que aquellos que juegan con ellas tal vez no las merezcan del todo, o por lo menos no inmediatamente.
Entonces lo dejé ahí abajo, sufriendo.

Ahora yo estoy muerto, y estoy, hace mucho tiempo, esperando mi sentencia... y no se nada de su suerte.
Quisiera saber, pero acá, donde estoy, nadie lo conoce.
Y tampoco a mi.
Solo espero.