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sábado, 27 de febrero de 2016

Encuentro post mortem

Abrí los ojos: estaba en un gran recinto amarillento; el techo se levantaba por lo menos a diez metros por encima de mi cabeza, y el ancho era, también, de diez metros. Hacia delante y hacia atrás no veía límites, el tubo parecía extenderse por kilómetros. Una brisa suave me acariciaba las mejillas, y en el aire flotaba un exquisito olor a rosas, incienso y azucenas. En la pared, a mi izquierda, se dibujaba una puerta. A su lado, una silla vacía. Caminé hasta la puerta y golpeé. Desde dentro una voz masculina dijo:-“adelante”-
Entré. Un hombre joven, de unos treinta años, estaba sentado detrás de un escritorio. Sus ojos eran azules y profundos, su cara, olivácea. Una gran barba desordenada le crecía hasta el pecho, y una abundante cabellera casi le rozaba la cintura. Me recordó a John Lennon en sus épocas más hippies. Luego a Jim Morrison, antes de morir. Finalmente, a Jesús. El tipo, entonces me habló:
-¿Qué pasó?-, me preguntó.
-No sé-, contesté, -creo que estoy muerto-
-Pero estás hablando-
“Claro”, pensé, “acá sí, pero… ¿y allá?”
-Entonces no sé- dije.
-Y… ¿cómo te fue “allá”?- me pregunto, sonriendo con cálida ironía. Obviamente el barbudo podía leer mis pensamientos.
-No sé… mal, creo.
-¿Por qué?
-Desperdicié mi tiempo
-¿De qué modo?
-Hice mil cosas, tantas, que finalmente no hice nada concreto.
-Y ¿que es para vos algo concreto?
-No sé… un doctor es algo concreto, un granjero, un operario de una fábrica, un astronauta, un profesor, un cura.
-Y vos no sos nada de eso.
-No.
-Contáme que hiciste, entonces.
-Trabajé, trabajé y trabajé… y gasté todo. Todo mi dinero.
– Y ¿en qué gastaste tu dinero?
-En comida, en mujeres, en combustible, ropa, entretenciones, vicios, regalos… y en limosnas.
-¿Entretenciones?
-Sí, la palabra desde la mirada hindú: instrumentos musicales, libros, cámaras de fotos, entretenciones… no es lo mismo que entretenimientos.
-¿Cuál es la diferencia?
-El entretenimiento te evade… jugar a la play, por ejemplo. En cambio tocar el piano te puede evadir, pero al mismo tiempo te edifica. Lo mismo leer un libro.
-Depende que libro.
-Sí, es cierto.
-¿Y qué me decís de tus vicios?
-Uff… cigarros, hierba, alcohol…
-Bueno, el dinero está para eso, para todo eso.
-Lo malgasté.
-No creo… seguramente esa es una apreciación retardada.
-No ahorré nada.
-Te fuiste y te llevaste hasta el último mango… ¿eso está mal?
-No lo pude acumular.
-La hormigas acumulan… y los bancos.
-El Rey Salomón también. Y la mayoría de la gente que conozco.
-¿Y vos, para que acumularías?
-Para no vivir como viví, con la pija en el orto.
El tipo guardó silencio, sin dejar de observarme. Se incorporó, caminó hasta una cafetera y se sirvió una taza de café.
-¿Querés café?- me preguntó.
-Tengo prohibido el café… problemas de próstata.
-Ese problema ya está terminado para vos.
-Entonces quiero una taza. Y ya que estamos, me gustaría saber qué problemas no terminaron aún.
-Todos los relativos a la aceptación.
Me alcanzó la taza y una azucarera. El café estaba exquisito.
-Vos- continuó, -sos amado exactamente como sos, y con respecto a los errores, se te perdona todo… ¡esa es tu dignidad de hombre!… y eso es algo que vos sabés, te lo han dicho cien veces, lo has escuchado en mil liturgias y lo has leído en un millón de libros. Pero, como la mayoría de los hombres, nunca lo has creído de verdad… ¡demasiado ego!.
Y ese problema, como cualquier ecuación, requiere resolución.
-¿Vuelvo a nacer?
-Sí.
-¿Otra vez hombre?
-No en la siguiente.
-¿Hay más?, ¿muchas?, ¿cuántas?
-Hay una más, seguro… podría asegurar que más de una, pero depende de vos.
-Y en la próxima no soy hombre.
-No.
-Es un gran alivio.
-No te creas… ser mujer es tener un treinta por ciento menos de posibilidades para casi todo.
-No me importan las posibilidades mientras no sea un macho.
-Te importaron hasta ahora.
-Es verdad, pero da igual… ¿no está ya decidido?
-Sí.
-Por un momento creí que podía reencarnar en un cerdo, o en una cucaracha.
-No funciona así.
-Así lo asegura Prabhupada.
-Lo puede asegurar el mismo Papa romano, pero no funciona así.
Nuevamente el silencio. Detrás de la puerta, en el hangar, algo se arrastraba. El sonido era el de algo muy grande, muy suave y muy pesado que se deslizaba a lenta velocidad.
-¿Dónde estoy?- le pregunté al barbudo.
-Estamos en un nodo, una especie de estación de paso. Una confluencia de los innumerables ríos del tiempo.
Ese sonido que escuchaste es el de uno de los arcángeles. No siempre están por acá, pero hoy si. Por supuesto que “hoy” no vale como un hoy humano. Quisiera que lo veas, pero no podés verlo, no por ahora. Sólo te sería permitido si creyeras en el amor.
-Yo creo en el amor.
-No del todo… si creés en la culpa y en el castigo… ¿cómo podés creer en el amor?… para amar no hay que temer, y vos tenés miedo de todo: miedo de tus padres, miedo de tus derrotas, miedo de la mirada ajena, miedo de extraviarte, miedo de no lograr una erección, miedo de ponerte gordo, miedo de morir, de fracasar, de tu mujer, de ponerte viejo y de terminar como una puta del diablo.
-Si no pensara tanto tal vez terminaría como una puta del diablo.
-No, al revés: temer pelotudeces te encierra, te detiene, te inmoviliza, te vuelve un idiota que se muere de hambre y busca alimento en la basura, mientras al alcance de la mano, con sólo aceptarlo, está el exquisito maná de la libertad y de la risa.
-¿Voy a nacer pobre?
-No.
-¿En una familia amorosa?
-Sí, y por esta vez todo va a ser mucho más claro.
Otra vez el silencio. Era impresionante la cantidad de pelo que colgaba de la cabeza de ése tipo, kilos y más kilos de cabello.
-Qué edad tenés?- le pregunté.
-Aparento tener treinta y tres años.
-Parecés un hippie, uno de verdad.
-Yo Soy el Primer Hippie del mundo.
-¿Y vos decís que la libertad y la risa son los bienes más importantes?
-Los bienes absolutos. Y el respeto. Empezando por vos mismo, claro.
-“Amar al prójimo como a sí mismo”
-Exacto, pero no se trata de repetirlo como un loro, se trata de creerlo.
-Fácil decirlo.
-Es fácil de hacer… una vez que lo aceptás y te sentís libre por primera vez, no regresás al calabozo de las ideas. Todas las ideologías y todas las filosofías del mundo son evasiones de esta simple verdad. El hombre es esnob y juega a las escondidas consigo mismo, mientras se pierde la dicha; cree tener un tesoro en su gigantesco ego de cagada, pero este ego son dos piernas de palo que apenas le sirven para caminar. Y nació para volar, su destino verdadero es la levedad del cielo…
Nos despedimos, pero fue curioso, porque no hubo ni palabras ni desdicha. Y mientras me alejaba de Su presencia, tuve la certeza de que, en realidad, el barbudo estaba dentro de mí, y que repetía, como un mantra, esas palabras que ya había leído escritas de la pluma de Dostoievski:
-“No hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno”-…

Volví a nacer, y aunque no recuerdo ni la concepción, ni mi estadía en el útero materno, ni mi nacimiento, ni mi primer llanto, si recuerdo mi primer recuerdo: un espejo, y mi pequeña cara femenil dibujada en él.
Tengo más recuerdos, muchos, toda una vida de recuerdos. Y mientras regreso nuevamente hacia el nodo, me entretengo rememorando hechos hermosos y olvidados de esta nueva y última vida que, otra vez, ya fue… hechos que yo misma deposité, a propósito, entre los rincones más distraídos y quietos de mi memoria para mi propio -y egoísta- regocijo personal.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Vera

Vera se despidió de Juan, su último cliente. Le señaló la puerta de salida, le dijo que se apurara porque ya llegaba la tormenta, y bajó por las escaleras con la guita del día en la mano, rumbo al baño. Se lavó los dientes y se dio una prolongada ducha caliente, pero antes, como en un ritual, se quitó la máscara del hastío frente al espejo, mejor dicho, se la arrancó: se quitó de las pupilas las miradas acuosas, los alientos indelebles alojados en la nariz y los fluidos ominosos acumulados en la piel.
Casi una hora más tarde, ya en camisón, subió de nuevo, entró en su cuarto y ahí estaba Juan, su último cliente, todavía sentado en la cama y esperando.
-¿Que hacés acá, Juan?... ¿no te dije que te vayas rápido?
-Te esperaba, Vera.
Vera se lo quedó viendo... pensó que el tipo era un santo, o un boludo. Hacía meses que Juan venía y se acostaban, y mientras hacían el amor él la tocaba como se toca una flor muy delicada, y la miraba con esos ojos negros tan profundos que no lograban ocultar el amor que sentía.
-No, mirá Juan... creo que te equivocás, ¿no sabés cual es mi trabajo? ¡soy puta, Juan!, ¿que venís a buscar?, ¿más que sexo?, entonces estás muy equivocado... ¡mirá!¡toda la cosecha de hoy!
Vera le pasó el fajo de billetes por debajo de la nariz. Ese día había tenido más de diez clientes y el fajo era bastante grueso. Había empezado trabajando a las nueve y media de la mañana y ahora estaba ahí, frente a Juan, y sólo restaban quince minutos para la medianoche.
-Ésto es la realidad, querido Juan, la guita; ésto maneja el mundo, la guita... la guita es el gas en la hornalla y es el médico y las pastas, y es el faso también, porque sino me vuelvo loca... y son las bombachas, claro, y el bife de costilla con papas fritas.
Juan la miraba esperando, sin abrir la boca, y al final se quedaron en silencio. Vera, nerviosa, caminó varias vueltas por la habitación, pasando cada vez frente a Juan. Al rato se sentó en la cama. Entonces se levantó otra vez y buscó un alicate en el cajón de la cómoda; volvió a la cama y comenzó a cortarse las uñas de los dedos de los pies. Parecía como si de repente se hubiese olvidado del tipo que tenía sentado a su lado. Al rato éste habló:
-Yo vengo cuando puedo porque más no puedo gastar. Si fuese millonario te pagaría todas tus horas de todos los días para no tener que irme y regresar cada tanto, ni para esperar a verte otra vez.
Vera levantó la mirada de sus pies y se la sostuvo, inquisitiva y pétrea; entonces le contestó:
-Claro, yo se lo que te pasa: vos venís a rescatar a la cenicienta. Divino. Pero ésta cenicienta no es como la del cuento, es posmoderna, no limpia ni pisos ni chimeneas: refriega cuerpos transpirados entre sus tetas y se coloca para que los machos hagan su depósito seminal. Imagináte, príncipe enamorado, a vos sólo te falta el zapatito de cristal y el ansia, o la calentura, de desear que me calce justo en el piecito y me convierta en una reina encantada, en una santa frente a los súbditos de tu reino y en una putarraca descarada en tu cama.
-No, Vera, no es así. Yo no tengo ningún zapatito de cristal para probar si te queda, ni tampoco un reino; sólo tengo mi corazón, y no me hace falta probar nada... ¿porqué te enojás tanto?, yo no puedo sentirme culpable por haberme enamorado de vos, al contrario: no me importa ni tu trabajo, ni tu pasado, ni nada; solo sé que podríamos, juntos, empezar una vida distinta, distinta para los dos. Y no es verdad que la guita maneje el mundo, lo que hace que el mundo se sostenga día a día es el amor, Vera, y por eso estoy acá.
Afuera tronó dos veces y empezó a llover. Sobre el techo de chapa se agitó el chubasco creciente hasta llegar a caer con una violencia de baldes de agua. Vera se levantó, encendió el velador, apagó la luz y prendió un sahumerio. Por un momento sintió un odio casi infinito por ese tipo que tanto le gustaba y que ahora decía amarla. A ella, la prostituta. A ella, que había dejado olvidada en algún rincón del camino esa esperanza junto con aquella antigua dignidad de la que tanto le hablara su madre antes de morir, y que ella se había encargado de traicionar paso a paso. Sintió un remordimiento oscuro y definitivo, y, también, una urgencia desesperante que la obligó a levantarse y a ocultar las lágrimas que, imparables, brotaban desde sus ojos y corrían libremente hasta el piso.
La lluvia continuó, sin ánimos de parar. Al rato Vera dejó de llorar, encendió un cigarro, le ofreció otro a Juan y volvió a sentarse a su lado.
-Juan, preguntó con la voz quebrada mientras se secaba los ojos con un pañuelo -¿como es tu vida?
-¿Mi vida?... mi vida era una buena vida, una vida tranquila, una vida de amigos y de trabajo. Una vida simple. Nunca me asustaron ni la soledad ni la independencia. Siempre fui el dueño de mis reglas, pero ahora esa vida se acabó. Como todos, cometí un error: venir a verte. Conocerte cambió todo eso: ahora mi vida dejó de ser buena, está vacía, porque lo que más siento que necesito y deseo está justo en este cuarto y no me pertenece. Ni pretendo semejante indignidad: nadie nace para ser de nadie, pero sé que dos pueden compartir sus soledades y volverse mucho más que esas dos soledades separadas y solas.
-No soy una buena persona- le dijo Vera con un sollozo ahogado.
-Nadie lo es- le contestó Juan.
Fumaron juntos varios cigarros. Vera preparó café, un café negro como el diablo y caliente como el infierno. Hablaron muy poco: hablaba la lluvia. La lluvia les susurraba desde el techo la maravilla de estar bajo esas chapas, fumando esos cigarros y bebiendo ese café, juntos.
Al final Vera no pudo más del cansancio y se quedó dormida. Juan la tapó con una manta, se sacó los zapatos y se acostó a dormir, vestido, a su lado.
Se despertaron a las ocho y media de la mañana con las campanadas de Santa Rita que, a media cuadra, invitaba a todos a la misa dominical.
Juan se puso los zapatos, se acercó a Vera, le dio un beso muy tierno y le dijo:
-Me voy, gracias por lo de anoche. Uno de estos días te llamo... vos pensálo.
Y se fue.
Vera se quedó acostada casi hasta el mediodía, viendo el techo y pensando en las campanadas de la iglesia, en su madre y en La Magdalena... y en esas piedras que el Amor de un hombre evitó que asesinaran otra vez. Y pensó en Juan, en sus ojos y en su piel, e imaginó que, tal vez, podría ser un santo. Al final se levantó, se aseó, preparó unos mates amargos y llamó por teléfono a todos los clientes que ya habían reservado un turno para el lunes.
Luego buscó la única foto de su madre que aún guardaba en un viejo arcón y la puso sobre la mesita de luz.
Y entonces se dio cuenta que en los próximos días no tendría nada que hacer... salvo esperar la llamada del teléfono.

jueves, 12 de junio de 2014

La ironía de los justos

Yo estaba sentado en las escaleras del profesorado en donde estudio. Para llegar allí había viajado una hora en colectivo, cuarenta minutos en subte y caminado más de diez cuadras bajo una lluvia torrencial. Llegué, entonces, y me senté en las escaleras, un poco recostado sobre el codo izquierdo. Estaba empapado de las rodillas para abajo... los pies, las zapatillas, las medias. También llevaba mojada gran parte de la cola y más de la mitad de la espalda. Aparte de llover a cántaros hacía un frío ventoso de mil demonios. Yo cargaba con un bolso lleno de partituras, dos libros de Melville que acababa de comprar en una librería de la calle Corrientes, y un paraguas negro que acababa de romper contra unos alambres que sobresalían de una obra en construcción.
Me sentía abatido y extenuado.
En eso estaba cuando veo llegar al rector del instituto, que aparte de ser el rector es también el cura que ahí oficia misa; y veo que mientras comienza a subir lentamente las escaleras dirigiéndose hacia mí, me sonríe con una sonrisa tan beatífica como la del Buda.
Le sonreí también, y lo saludé -hola, buenas tardes-...
Sin embargo el ignoró mi saludo, y continuó acercándose más y más, ampliando su gesto a cada paso, caminando limpiamente justo hasta detenerse a medio metro de mi cara. Entonces se agachó un poco, estiró el brazo en un ademán de darme algo con los deditos todos juntos, y con una ya fantástica sonrisa me dijo: 
-Tengo una monedita para dar-
Y se rió. Una gran risotada. Luego se dio la vuelta e, ignorándome, siguió subiendo escaleras arriba hasta desaparecer.
Me quedé mudo. Sin saber bien porqué me sentí sucio. Luego pensé que ese era su delicado -e irónico- modo de decirme que yo, levemente recostado en las escaleras, cansado y empapado por el chubasco, parecía un mendigo, un indigente mugriento y zaparrastroso.
Justo cuando empezaba a sentirme indignado, recordé a Jesús... ese "borracho y comilón que se junta con prostitutas y pecadores"...
Entonces recobré la paz, que me inundó como una oleada.
-Estoy del lado correcto-, me dije, -no son los justos los que necesitan médico, sino los zaparrastrosos como yo-, pensé.
Agradecí esa moneda imaginaria y su gesto fortuito. Aún sentado en las escaleras -como un borracho- esperé a que se hagan las cinco y media de la tarde.
Entonces sonó el timbre y me fui a mi clase de dirección coral.