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sábado, 26 de octubre de 2013

Semilla

Hace frío.
Los copos blancos y furiosos vuelan alocados detrás de la ventana. El viento silba como mil demonios mientras yo sigo sola y encerrada entre las oscuras maderas de la casa fría, sobre la tierra congelada de una colina olvidada, una colina rodeada de afilados picos blancos, indiferentes y monstruosos.
Sola.
Me abandonaste muy rápido. Dejaste que el temor atrapara tu corazón y te escapaste sin más. Detrás tuyo partió todo lo que entonces fue mi vida: el deseo y la piel, el sabor y el temblor, el sonido, la visión... y el clímax de lo prohibido.
Y mientras tanto, olvidé todo acerca del amor.
Tres semanas sin vos y sigo desnuda. Tres semanas, veinte días, quinientas horas que me llevaron a entender que no soy nada, que no tengo nada, que no deseo nada, o tan sólo una cosa: morir.
Quiero morir por el hastío. Quiero morir porque no me alcanza. Quiero morir porque todo lo que junté fue un puñado de aire color rosa en una cajita triste con forma de corazón.
Estoy encerrada entre la loca exigencia de los fantasmas que yo misma alimenté, y sigo desesperada por algo que me ayude a olvidar, a escapar de esta cárcel, pero no hay nada.
Aún huelo tu cuerpo debajo de las sábanas, aún siento tus curvas bajo mis yemas, tu tibia humedad.
Por atraparte he olvidado todo lo bueno y verdadero, por tenerte he perdido mil identidades que eran mis mejores significados.
Y he olvidado el modo de la paz.
Ahora sólo me acompaña mi soledad y mi ruina.
Mis compañeros: el frío y el viento.
La nieve blanca tras el vidrio me invita a quemar lo que roe mi carne con los dientes de cien mil súcubos llorosos.
La ráfaga... un mensaje, una fuerza.
Sólo tengo un arma. Y un vehículo.
Esperaré... sólo eso puedo hacer: esperar.
El tiempo finalmente traerá la primavera.
Mientras tanto, dormiré. Y haré las paces con mis monstruos.
Moriré semilla.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Un cambio de vida

Salió de casa y caminó por Uruguay hasta avenida Santa Fe. Ahí se detuvo unos minutos, recordó, sintió la emoción como oleadas que le quitaban el aliento y cruzó la calle. Dobló a la derecha por la avenida hasta llegar a 9 de Julio. La cruzó. Siguió caminando derecho hasta llegar a la plaza San Martín. La recorrió, muy despacio y respirando profundo, pesando el sentir del olor de Buenos Aires en el aire. Buenos Aires huele a puerto y a pizza -pensó-, a trenes y a inmigrantes. Buenos Aires huele a comedia... a un asueto de la responsabilidad lleno de libertad infantil. Luego caminó hasta las escaleras y bajó rumbo a Retiro.
En el hangar del San Martín estuvo un ratito, y cuando empezaba a sentirse triste se fue rumbeando hacia el puerto.
No le llevó  mucho tiempo encontrar la oficina adecuada y emplearse como cocinera en un carguero coreano. El navío partía en dos días, tenía el tiempo suficiente para preparar la valija y despedirse de los pocos amigos que la extrañarían de verdad.
Al otro día, en la mañana, se fue a la cárcel de Marcos Paz para despedirse de su marido. Todavía lo amaba. Y aún la torturaban sus marcas en la piel. Ya no lo vería más. Nunca más.
Vió algunos amigos, escuchó la radio, se durmió muy tarde.
En el mediodía del día siguiente se tomó un taxi hasta la dársena seis, y en el viaje casi no miró por la ventana. Más tarde embarcó y, bajo una garúa melancólica, zarpó rumbo al olvido.
Nunca regresó.