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miércoles, 2 de marzo de 2016

Rumbo al río

-Rebeca, ¿te sentís bien?… ¡estás muy callada!
Las dos mujeres caminaban por el conurbano bonaerense. Tres horas antes habían salido desde Caseros, y después de recorrer a pié Santos Lugares, Villa Lynch y San Martín, atravesaban ahora Villa Ballester, rumbo al río. Andaban lento, bajo la cambiante luz amarilla del sol reflejada en las paredes de las fábricas y en las puertas de las casas, en los jardines, portones y ventanas. Evitaban el ruido de las grandes avenidas y las largas sombras de los rascacielos. Transitaban por los barrios más bajos y menos concurridos, disfrutando del cambio del color en el asfalto, en las flores y en el cielo. No hacía calor, tampoco hacía demasiado frío. De no ser por las yemas brotando en cada rama, la primavera hubiese parecido más un comienzo del otoño, una promesa de fríos futuros y ventarrones en cielos negros y encapotados.
-Vas muy callada, Rebeca.
Rebeca miró a su amiga, largamente. Luego dijo:
-Sí, es verdad. Debe ser la realidad, Natalí… lo que pasó estos últimos días me dejó bastante muda.
-Rebe, no quiero preocuparme… ¿te sentís bien?
Rebeca miró el cielo y luego las sombras proyectadas en todas las cosas. Giró la mirada y la dejó reposar en la mirada de la otra.
-Mentiría si te dijera que no. Me siento bien… extrañamente bien. De hecho, creo que me siento maravillosamente. Pero está ese temor que crece y crece como una amenaza. Una oscuridad, flotando en una grata levedad que sospecho debe ser muy parecida al estado de gracia. Y si querés que sea un poco más sintética, te digo que me siento, al mismo tiempo, feliz y asustada.
-¿Asustada?
-Sí. Muy asustada.
-Noo, nena… ¿que te asusta?
-¿A vos no te asusta nada, Natalia?
-… Bueno… sí.
-Por ahí es lo mismo, ¿no?
-No lo sé, si me dijeras qué es lo que  te asusta…
Rebeca guardó silencio, tratando de encontrar las palabras justas. Por el cielo pasó una avioneta rumbo al río. Volaba bajo, y desde dos grandes megáfonos chillaba: “Victoria es construir donde dejó el otro, sigamos construyendo a partir de lo construido, ése es el verdadero desarrollo, porque en vos está la victoria, la victoria que viene ahora, que es la victoria de todos… Victoria es construir donde dejó el otro, sigamos construyendo a partir de…”
-Me asusta lo que pasó en estos últimos días, Nata, y más aún lo que implica.
-Y que es lo que pasó estos días, Rebita, contáme por favor.
La otra la miró y sonrió, no sin ironía. Por un instante se quedaron las miradas conectadas, como hablando en otro idioma, un idioma alternativo, paralelo al de las palabras, mucho más íntimo que el sonoro pero no por eso menos real.
-Vos deberías saberlo, ¿no, Nati?
-Sí, Rebe, yo sé lo que está pasando, pero quiero escucharlo de tu boca, ver lo que vos ves. La gran asustada y muda sos vos. Hablás de implicancias, y seguro las hay… justamente por eso es valioso que me digas todo lo que te asusta.
-¿Todo?
-Sí, todo.
-Está bien… supongo que me asusta, entre otras cosas, darme cuenta de que hasta ahora no conocía muy bien a mi cuerpo. Pero hay más… me pregunto qué somos ahora, cómo vamos a tratarnos en el futuro. Y me pregunto si nuestra amistad no está amenazada por lo que hicimos.
La otra se la quedó viendo, muy seria. Siguieron caminando hasta llegar a las vías del Belgrano Norte. Esperaron que pasara un tren, cruzaron y siguieron caminando rumbo a la Panamericana. Rebeca continuó:
-En mi historia sexual normalmente no he conseguido más de uno, a lo sumo dos orgasmos, con cualquiera de los hombres con quienes estuve. Así siempre. Igual fue con Sergio. Hasta recuerdo la noche en que quedé embarazada… me preocupé porque, justamente, esa noche no conseguí ningún orgasmo. Cuando averiguamos el sexo del bebé creí, por ese hecho, que mi hija podría resultar frígida, o algo parecido. Una tontería, desde luego, sabiendo hoy cómo todo terminó. Pero volviendo, hubo una época en que apenas conseguía tener uno. Solía, incluso, festejarlo internamente, como un regalo providencial. Y, por supuesto, llegué a creer que era lo normal, que mi cuerpo funcionaba de ese modo, mi límite, la normalidad de mis genitales. Pero no, ahora sé que no era así, como tantos años creí, porque llegaste vos, tocaste los botones adecuados, botones que ni yo sé dónde encontrar y… ¿qué pasó?… ¡caos!, ¡total!… seis, ocho, diez orgasmos en poco menos de una hora de sexo… ¡y con qué facilidad!. Ya eso me asusta un montón, Natalí, aunque resulte francamente exquisito. Y me asusta sentir que conocés mi cuerpo más que yo misma, como si hubieses nacido para tocarme, como si yo fuese un instrumento musical, y vos, mi instrumentista predestinada… la verdad es que yo no podría, en soledad, emular tu desempeño, ni acercarme siquiera. Y no sólo es que lográs provocarme diez o doce orgasmos como si nada… ¡podrían ser más!, ¡muchos más!… si nos detenemos es porque me derrumba el agotamiento, ¡doce orgasmos!… pero, ¿y vos?… ¡vos podrías seguir!, y seguir, y seguir, y seguir, provocar una veintena de ellos, treinta o cuarenta orgasmos, como una ametralladora sexual, una UZI orgiástica, y así hasta matarme. Estoy segura: podrías asesinarme; podrías consumir mi existencia con una sucesión ininterrumpida de espasmos. Si así lo quisieras, continuarías amándome durante horas y horas hasta que me estalle el corazón o, perdida la totalidad de mi energía, me hunda en la muerte con el cerebro hecho papillas. Y la verdad es que yo nada podría hacer para impedirlo… si hay algo seguro en mi sentir es que no puedo dejar tu piel, ni tus besos, ni tu aliento. De ningún modo. Estoy absolutamente incapacitada para negarme a tu amor. Soy como tu esclava, tu esclava sexual. Y es maravilloso, porque ahora me doy cuenta que lo deseé toda la vida… pero también me asusta, me asusta enormemente, hasta la inmovilidad y la angustia, porque entre tus brazos perdí la totalidad de mi voluntad y gané un tremendo miedo a no tenerte…
Una nube gigante tapó el sol, y todo lo que las rodeaba se volvió gris. Desde las ventanas de las casas chillaban las radios relatando el fútbol del domingo. Perros solitarios las cruzaban rumbo a ningún lado. Hombres jóvenes lavaban sus autos nuevos y hombres viejos mateaban mientras manguereaban las veredas. Señoras gordas y pitucas cargaban grandes bolsas de pan recién horneado o redondos paquetes llenos de facturas; desde los colectivos las caras brillaban con esa triste nostalgia irremediable del fin de semana ya casi perdido. Indiferentes, los zorzales y las calandrias parecían perseguirlas, con sus auténticos chisporroteos llenos de libre autenticidad.
-Estamos en esa corriente- dijo Natalia, como pensando en voz alta; -así como cantan los pájaros, así nos sucede en la cama. Cogemos como cantan los zorzales, nos besamos como chillan las calandrias. Nos mordemos y deseamos como perras furiosas… ¿qué podemos hacer?, ¿temer?.. ¿es que sólo podemos temer?
-Yo no tengo elección, amiga: de verdad temo perderte.
-Y yo temo perderte a vos, Rebeca, estamos de acuerdo… pero observo que estás acá, caminando a mi lado, hablándome de todas estas cosas que me hacen volar de alegría, porque dejarte a vos sería… ¿cómo decirlo?… ¡como dejar de respirar!, y mientras hablamos, llenas de ansiedad, y caminamos, llenas de preocupación, la realidad, ésa que tanto nos inquieta, es que nos espera la noche, nos espera más libertad… una cena en algún lado, una mesa, dos sillas, una botella de vino… y montones de besos y de risas, de llanto y de locura, y más tarde regresar al nido, para que nuestros cuerpos puedan hacer, juntos, lo que mejor les sale, y luego dormir, exhaustas, unidas como átomos, como una unión atómica… ¿no es el amor como una unión atómica?… “El hombre no separe lo que Dios ha unido”, dice el Libro… ¿y quién me unió a vos?, ¿acaso yo te busqué?, ¿o vos a mi?, ¡no!, ¡nada de eso!, nos encontramos por “azar”, por “casualidad”, hace ya más de treinta años… ¡recuerdo ese día y ese encuentro!, y recuerdo, también, que ya había, entonces, algo, un misterio, una fuerza magnética, una atracción que siempre soslayamos y que nunca nos atrevimos a enfrentar. Pero ahora, viendo el efecto retardado que produjo ese primitivo encuentro, pienso: ¿no es “Azar” uno de los nombres, uno de los tantos nombres con los cuales etiquetamos a la Providencia?… y no me digas que Dios está en contra de que dos mujeres se amen como nosotras nos amamos. Yo, más bien, le preguntaría a Dios que carajo fue lo que pasó cuando él, o sus empleados, partieron el alma en dos y metieron, cada mitad, en cada uno de nuestros femeniles cuerpos…
Rebeca se detuvo, y ahogada de emoción por las palabras de la otra, se acercó a su amiga, la abrazó por la cintura y por el cuello, y la besó… una, dos, tres veces, en la boca, largos y cálidos besos llenos de infinitud.
Olvidaron donde estaban, olvidaron que aún era de día y que aún era domingo y que eran dos mujeres, aún jóvenes, que se besaban descaradamente en plena calle. Se arrinconaron contra un tapial bajito, apenas bañado por la luz del atardecer, y se entregaron, sin reservas, a la pasión de sus labios.
Y así estaban todavía cuando pasó, caminando por la misma vereda, una señora mayor, una señora muy bien peinada, pulcra y perfumada. Vio besarse a las chicas, vio su imparable frenesí y entonces, abriendo los ojos como dos ascuas ardientes, exclamó:
-¡Qué asco!
E, indignada, apresuró el paso, clac, clac, clac, rumbo a la misa de seis…
Las chicas se separaron y rieron con ganas. Luego se quedaron en éxtasis, cada una atrapada en la mirada de la otra.
-No podemos retroceder, Rebe. Estamos predestinadas, lo siento en tus besos y en tus ojos, lo huelo en el aire y en la crispación de nuestra piel.
-¿Y qué va a pasar ahora, Natalia?
-No lo sé. Y es mejor así, nena.
Se tomaron de de la mano y siguieron caminando rumbo al río. Caminaron en silencio, juntas como un átomo, recordando lo niñas que eran ese día en que el azar las cruzó. Caminaron pensando, también, en la noche que ya llegaba, y en el día irrepetible que dejaban atrás. Y en la cena que las esperaba en algún lado, y en el vino que seguramente beberían, y en los besos que se darían, y en las risas, y en el nido, y en el sexo, y en el llanto, y en la libertad, y en el sueño y en la mañana que en otro ahora sería otra vez la realidad, y en la increíble y maravillosa locura que resultaba vivir.

sábado, 27 de febrero de 2016

Encuentro post mortem

Abrí los ojos: estaba en un gran recinto amarillento; el techo se levantaba por lo menos a diez metros por encima de mi cabeza, y el ancho era, también, de diez metros. Hacia delante y hacia atrás no veía límites, el tubo parecía extenderse por kilómetros. Una brisa suave me acariciaba las mejillas, y en el aire flotaba un exquisito olor a rosas, incienso y azucenas. En la pared, a mi izquierda, se dibujaba una puerta. A su lado, una silla vacía. Caminé hasta la puerta y golpeé. Desde dentro una voz masculina dijo:-“adelante”-
Entré. Un hombre joven, de unos treinta años, estaba sentado detrás de un escritorio. Sus ojos eran azules y profundos, su cara, olivácea. Una gran barba desordenada le crecía hasta el pecho, y una abundante cabellera casi le rozaba la cintura. Me recordó a John Lennon en sus épocas más hippies. Luego a Jim Morrison, antes de morir. Finalmente, a Jesús. El tipo, entonces me habló:
-¿Qué pasó?-, me preguntó.
-No sé-, contesté, -creo que estoy muerto-
-Pero estás hablando-
“Claro”, pensé, “acá sí, pero… ¿y allá?”
-Entonces no sé- dije.
-Y… ¿cómo te fue “allá”?- me pregunto, sonriendo con cálida ironía. Obviamente el barbudo podía leer mis pensamientos.
-No sé… mal, creo.
-¿Por qué?
-Desperdicié mi tiempo
-¿De qué modo?
-Hice mil cosas, tantas, que finalmente no hice nada concreto.
-Y ¿que es para vos algo concreto?
-No sé… un doctor es algo concreto, un granjero, un operario de una fábrica, un astronauta, un profesor, un cura.
-Y vos no sos nada de eso.
-No.
-Contáme que hiciste, entonces.
-Trabajé, trabajé y trabajé… y gasté todo. Todo mi dinero.
– Y ¿en qué gastaste tu dinero?
-En comida, en mujeres, en combustible, ropa, entretenciones, vicios, regalos… y en limosnas.
-¿Entretenciones?
-Sí, la palabra desde la mirada hindú: instrumentos musicales, libros, cámaras de fotos, entretenciones… no es lo mismo que entretenimientos.
-¿Cuál es la diferencia?
-El entretenimiento te evade… jugar a la play, por ejemplo. En cambio tocar el piano te puede evadir, pero al mismo tiempo te edifica. Lo mismo leer un libro.
-Depende que libro.
-Sí, es cierto.
-¿Y qué me decís de tus vicios?
-Uff… cigarros, hierba, alcohol…
-Bueno, el dinero está para eso, para todo eso.
-Lo malgasté.
-No creo… seguramente esa es una apreciación retardada.
-No ahorré nada.
-Te fuiste y te llevaste hasta el último mango… ¿eso está mal?
-No lo pude acumular.
-La hormigas acumulan… y los bancos.
-El Rey Salomón también. Y la mayoría de la gente que conozco.
-¿Y vos, para que acumularías?
-Para no vivir como viví, con la pija en el orto.
El tipo guardó silencio, sin dejar de observarme. Se incorporó, caminó hasta una cafetera y se sirvió una taza de café.
-¿Querés café?- me preguntó.
-Tengo prohibido el café… problemas de próstata.
-Ese problema ya está terminado para vos.
-Entonces quiero una taza. Y ya que estamos, me gustaría saber qué problemas no terminaron aún.
-Todos los relativos a la aceptación.
Me alcanzó la taza y una azucarera. El café estaba exquisito.
-Vos- continuó, -sos amado exactamente como sos, y con respecto a los errores, se te perdona todo… ¡esa es tu dignidad de hombre!… y eso es algo que vos sabés, te lo han dicho cien veces, lo has escuchado en mil liturgias y lo has leído en un millón de libros. Pero, como la mayoría de los hombres, nunca lo has creído de verdad… ¡demasiado ego!.
Y ese problema, como cualquier ecuación, requiere resolución.
-¿Vuelvo a nacer?
-Sí.
-¿Otra vez hombre?
-No en la siguiente.
-¿Hay más?, ¿muchas?, ¿cuántas?
-Hay una más, seguro… podría asegurar que más de una, pero depende de vos.
-Y en la próxima no soy hombre.
-No.
-Es un gran alivio.
-No te creas… ser mujer es tener un treinta por ciento menos de posibilidades para casi todo.
-No me importan las posibilidades mientras no sea un macho.
-Te importaron hasta ahora.
-Es verdad, pero da igual… ¿no está ya decidido?
-Sí.
-Por un momento creí que podía reencarnar en un cerdo, o en una cucaracha.
-No funciona así.
-Así lo asegura Prabhupada.
-Lo puede asegurar el mismo Papa romano, pero no funciona así.
Nuevamente el silencio. Detrás de la puerta, en el hangar, algo se arrastraba. El sonido era el de algo muy grande, muy suave y muy pesado que se deslizaba a lenta velocidad.
-¿Dónde estoy?- le pregunté al barbudo.
-Estamos en un nodo, una especie de estación de paso. Una confluencia de los innumerables ríos del tiempo.
Ese sonido que escuchaste es el de uno de los arcángeles. No siempre están por acá, pero hoy si. Por supuesto que “hoy” no vale como un hoy humano. Quisiera que lo veas, pero no podés verlo, no por ahora. Sólo te sería permitido si creyeras en el amor.
-Yo creo en el amor.
-No del todo… si creés en la culpa y en el castigo… ¿cómo podés creer en el amor?… para amar no hay que temer, y vos tenés miedo de todo: miedo de tus padres, miedo de tus derrotas, miedo de la mirada ajena, miedo de extraviarte, miedo de no lograr una erección, miedo de ponerte gordo, miedo de morir, de fracasar, de tu mujer, de ponerte viejo y de terminar como una puta del diablo.
-Si no pensara tanto tal vez terminaría como una puta del diablo.
-No, al revés: temer pelotudeces te encierra, te detiene, te inmoviliza, te vuelve un idiota que se muere de hambre y busca alimento en la basura, mientras al alcance de la mano, con sólo aceptarlo, está el exquisito maná de la libertad y de la risa.
-¿Voy a nacer pobre?
-No.
-¿En una familia amorosa?
-Sí, y por esta vez todo va a ser mucho más claro.
Otra vez el silencio. Era impresionante la cantidad de pelo que colgaba de la cabeza de ése tipo, kilos y más kilos de cabello.
-Qué edad tenés?- le pregunté.
-Aparento tener treinta y tres años.
-Parecés un hippie, uno de verdad.
-Yo Soy el Primer Hippie del mundo.
-¿Y vos decís que la libertad y la risa son los bienes más importantes?
-Los bienes absolutos. Y el respeto. Empezando por vos mismo, claro.
-“Amar al prójimo como a sí mismo”
-Exacto, pero no se trata de repetirlo como un loro, se trata de creerlo.
-Fácil decirlo.
-Es fácil de hacer… una vez que lo aceptás y te sentís libre por primera vez, no regresás al calabozo de las ideas. Todas las ideologías y todas las filosofías del mundo son evasiones de esta simple verdad. El hombre es esnob y juega a las escondidas consigo mismo, mientras se pierde la dicha; cree tener un tesoro en su gigantesco ego de cagada, pero este ego son dos piernas de palo que apenas le sirven para caminar. Y nació para volar, su destino verdadero es la levedad del cielo…
Nos despedimos, pero fue curioso, porque no hubo ni palabras ni desdicha. Y mientras me alejaba de Su presencia, tuve la certeza de que, en realidad, el barbudo estaba dentro de mí, y que repetía, como un mantra, esas palabras que ya había leído escritas de la pluma de Dostoievski:
-“No hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno”-…

Volví a nacer, y aunque no recuerdo ni la concepción, ni mi estadía en el útero materno, ni mi nacimiento, ni mi primer llanto, si recuerdo mi primer recuerdo: un espejo, y mi pequeña cara femenil dibujada en él.
Tengo más recuerdos, muchos, toda una vida de recuerdos. Y mientras regreso nuevamente hacia el nodo, me entretengo rememorando hechos hermosos y olvidados de esta nueva y última vida que, otra vez, ya fue… hechos que yo misma deposité, a propósito, entre los rincones más distraídos y quietos de mi memoria para mi propio -y egoísta- regocijo personal.

martes, 22 de julio de 2014

Llueve, piensa, enfría, odia, niega...


Acaba de sonar el teléfono, un alumno que no viene por un estado gripal.
Salí de la cama a las seis menos cuarto de la mañana, ahora son las siete y veinticinco, aún llueve y la temperatura desciende hora tras hora.
Mates con hojas de sem, necesidad de hacer algo, lo que sea, que me saque de este sentimiento de inutilidad que ya se prolonga por tres semanas.
Tal vez es la hierba. Tal vez es ella. Tal vez es mi cerebro, mi espíritu, mi religión, mi Dios, mi sexo, mi PC, mis medias de nylon, mi pene, mis dedos, las cuerdas de la guitarra, los zapatos de tacón, la humedad en la casa, la crema de afeitar, los libros releídos, los últimos ocho años, el aburrimiento, la decadencia corporal, los cementerios, la certeza de la muerte.
O el pertenecer a un mundo amenazante y a una raza asesina que, paradójicamente, se muestra llena de vida. Y de fe.
Fuera llueve con una indiferencia que se aparta de esa sangre derramada.
Hay guerra en Oriente. Hay guerra y hay hambre, hembras violadas, críos masacrados, viejos olvidados. Hay laboratorios. Homúnculos. Hay cuerpos de diseño, vaginas a la carta, una barata de fama, carne en venta... hay fútbol, hay bancos, hay porno, armas, pizzas, baños, trampas, calzas... hay tiempo,
y hay necesidad.
Me pregunto cual es el sentido y no obtengo respuesta.
Es el bien y el mal, es el gris y es el sueño -o el no sueño-.
La importancia de la palabra NO. La soledad de la palabra NO.
La inapelabilidad: NO.
Es estar de pié frente a todos, contra todos.
Amar el odio, odiar el amor.
El fracaso es una puerta idiota que se abre hacia cualquier lado.
El aburrido fracaso. El miserable fracaso. Indigno fracaso.
El fracaso es la soga que ahorca al nuevo miembro desde las puntillitas de la cuna.
Y mamá aprieta y sonríe... aprieta y sonríe...
Dos colores: celeste y rosa.
No hay jerarquías -sí, las hay-...
No hay Dios -sí, lo hay-...
Llueve.

domingo, 13 de abril de 2014

El origen de todos los males

No me importa lo que suceda mientras pueda darme a mi mismo.
No me importan ni mis padres ni mis maestros, no me importa dios...
y tengo un sólo amigo: la oportunidad.
El tiempo se acaba, no se gana nada bajo el sol y todo termina siendo un mal negocio, una estéril persecución del viento.
El sol sale por la mañana y me encuentra tras el dinero, el sol se pone por la tarde y no me detengo hasta llenar mi alforja.
 Y como hay un tiempo para cada cosa bajo el sol, tiempo de nacer y tiempo de morir, hay un tiempo para acumular: todo el justo medio.
Porque el origen de todos los males es no amar al dinero.
El dinero es sufrido, tiene envida, se jacta y se envanece;
hace todo lo indebido, busca lo suyo, se irrita y guarda rencor;
El dinero goza en la injusticia y desprecia la verdad,
todo lo sufre -en pos del objetivo-,
de todos desconfía -en su carrera-,
todo lo espera -y se agazapa-,
todo lo soporta -hasta vencer-.
El dinero me librará del lazo del cazador y del azote de la desgacia;
me cubrirá con sus plumas y hallaré bajo sus alas un refugio.
Porque todos correremos la misma suerte: todo viene del polvo y todo al polvo volverá.
Por eso: ¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!
No me hablen de reputación ni de duelos,
no me vengan con sabidurías y honradez,
para mí, lo que está al alcance de mi mano:
mujeres y manjares regados con vinos escogidos, lujo y poder... placer... eso es el dinero, verdadero poder y verdadero placer.
El momento presente me empuja.
¿La risa?, una estupidez; ¿la alegría?... ¿para que?
Debo echar abajo mis graneros y construir unos más grandes, para poder acumular todas mis reservas; entonces yo conmigo hablaré:
-Alma mía, tienes aquí muchas cosas guardadas para muchos años,
come, bebe, pásalo bien...