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viernes, 1 de mayo de 2020

La ilusión en la tristeza

El miedo me quita las ganas de vivir, de disfrutar, de ser un genio.
¿Vivir es ser un genio? –me pregunto-
Sí, pero sólo en la publicidad… (¿quién responde a quién dentro de mi cerebro?)
“Pero la publicidad es todo”, me asegura en veloz contrapunto el insignificante demonio que, desde pibe, me incita al escape.
¿Y al escape de qué?... de todo: del amor y del desamor, del éxito, del fracaso, de los amigos y los enemigos. De la risa, del dolor y la euforia. De los vicios y de la pura y honesta hesiquía.
No de la tristeza. No me escapo de la tristeza, porque lloro –soy un llorón-, pero nunca lloro por tristeza. Y este demonio se regodea, como yo, con el ejercicio de ella. La tristeza nos regala, a los dos, la pueril ilusión de ser ciertos, de ser algo verdadero… algo, por sobre todo, permanente.
Y el llanto nunca es por tristeza: es tan sólo el pobre ego sufriente, desesperado ante la conciencia de su irremediable final.

Entonces escucho la silla correrse sobre mi cabeza, y los pasos que se ponen en marcha… apuro de un trago el vaso de moscato con hielo y cynar, y presto me pongo a freír las milanesas: mi compañera terminó su clase on line y ya baja por la escalera, lista para cenar.

viernes, 25 de julio de 2014

Antes del combate

No voy a regresar.
Voy a quedarme acá solo aunque me vengan a buscar: no iré.
No creo en mis derechos… al mejor postor están ellos en venta desde que la primera vez que vi la luz, y nunca participé de esa transacción.
Sólo confío en Dios… y en mi suerte.
Al principio las señales eran vagas… la técnica, la profanación del cuerpo, las marcas del consumo.
Más tarde todo se volvió confuso, indiferente e invertido.
Y hostil.
No voy a regresar, no soy parte, no seré marcado.
Y estoy preparado: no les será fácil arrancarme de mi cubil.
La espada está abierta frente a la puerta y el salmo ocupa mi mente como un mantra libertario.
Una cruz de madera labrada por mi padre los recibirá.
He abandonado todos mis lastres esperando esta tormenta y esta noche.
Y tengo miedo.
Fuera, la naturaleza gime sus dolores de parto mientras espera mi combate.
No abriré la puerta, aunque imploren con la voz exacta de mi madre, no abriré.
¿Estoy solo? ¿Soy el único? ¿Cuántos, ahora, como yo?
Estoy listo, en mi no encontrarán nada suyo.
Ya vienen.