jueves, 5 de noviembre de 2026

La Música Infinita

Se levantó temprano y puso la pava en el fuego. Se duchó, se lavó los dientes y la cara, meó, se vistió liviano y cómodo, como para no sentir la tiranía de la ropa ni tampoco andar desnudo. No encendió la radio, tampoco entró en la red para ver los diarios; ya no usaba ni facebook ni Instagram, pero sí abrió whatsapp un instante por si había mensajes. No había. Luego abrió el programa editor de partituras, agarró la guitarra y, mateando amargos, empezó a buscar sonoridades como un arqueólogo entre los trastes y las cuerdas del instrumento…
Se guiaba sólo por la emoción y la sorpresa, nunca por algún saber preconcebido. Buscaba, pero no sabía qué buscaba. A veces no encontraba nada, y otras veces aparecía una idea que tocaba una fibra interior, y entonces seguía tras el rastro de esa primera emoción, sin prisa pero sin tregua. Lo habitual era trabajar en esa idea durante semanas e ir generando otras ideas que generaban otras y otras, así durante meses, evitando todo análisis y, sobre todo, sin recurrir a reglas conductistas que terminaban siendo sicarias del azar y acérrimas amigas del ego... “Permanecer con mente de principiante”, afirmaba el Zen, y eso le parecía maravilloso: saber y soslayar ese saber, abandonar la seguridad de la canoa, realizar sin hacer, estar presente con todos los sentidos sin ser nada ni nadie, como un irresoluble koan oriental. Por lo general analizaba la obra una vez terminada, si es que la analizaba -todo análisis era, siempre, para los demás-, y recién entonces comprendía en qué modo o tonalidad estaba esa música -si había modo o tonalidad-; y por cual escala transitaba la melodía -si es que había melodía-… “la música está todo alrededor”, había planteado Cage varias décadas atrás, escandalizando a todos, y él sentía que era así, que por un lado había una música -”La Música”- que se vendía en las plataformas y disquerías, que se mostraba y era exhibida como los pantalones y las papas fritas, merecedora de libros y crónicas en diarios y revistas, tan digna de vítores y aplausos como de silbidos y escarnios, música que estaba destinada, por su importancia, a escribir la Historia de la Música... nicho santo e ineludible de premios, podios y de ejemplares castigos también.
Pero había otra música, sin grandilocuencias ni mayúsculas, una música omnipresente y casi desconocida para la gran mayoría -la etimología de la palabra “obvio”, de raíz latina, reza “frente a la nariz”- que no competía, una música ubicua, incesante y gratuita
-como el amor- y que para apreciarla sólo había que saber abrir los oídos, que era como olvidarse de todo lo aprendido. Y uno podía ser pobre o rico, joven o viejo, mujer u hombre o cualquier cosa entre los distintos puntos medios, pero no importaba: esa música estaba ahí, siempre disponible y al alcance de cualquiera, sin exigencias ni jerarquías ni petición de principios. Pero también sabía que abrir los oídos para apreciar esa música infinita -¿era realmente infinita, o solo duraría lo que el planeta?- implicaba tomar distancia y separarse de la seguridad de saber, para luego convertirse en un paria musical -¿agradecido… afortunado… estropeado?- sin tierra ni patria, una solitaria rara avis cual Cage, Nono, Ligeti o el último Eno, que cada vez estaba más lejos de todo y de todos.
Esa música, perenne como la hierba, exigía muy poco: sólo no condenar lo que no entraba por el gusto, que era la forma más subjetiva y arbitraria, y sobre todo pobrísima, de apreciar cualquier cosa. Y estaba todo alrededor, sí, incompetente, y podía no tener melodía, aunque sí, ni armonía, aunque sí, ni ritmo, aunque muchas veces lo tenía, y tan preciso como la señal de un pulsar girando locamente a millones de años luz; y sonando en todo el mundo y todo el tiempo, llena de silencios, se escapaba absolutamente de la definición del Espasa Calpe o de cualquier definición académica o profana -toda definición, en definitiva, es un marco y una prisión, un ansia de seguridad y control, una reacción frente a la libertad y, al fin, miedo-... tan ajena e ignorante del homo sapiens como el mismo universo. Así era la realidad, impersonal, inasible e inapelable, le gustara a uno o no. Y excedía grandemente el mundo humano, vibraba no sólo en La Tierra, sino en todo el universo material, en las estrellas y en todos los mundos que, como mecanismos de relojería, giraban graciosamente alrededor de una gravedad común.
Y a veces comprobaba que esa azarosa música para la cual no hubo, ni hay, ni habrá pentagrama jamás, se imponía por derecho… eso justamente había experimentado dos días antes en plena noche al cruzar a pie las vías del San Martín sobre el túnel de Caseros: ya llegaba la primavera y el concierto de grillos entre los rieles sonaba con todo su magnífico esplendor… ¿Cuántos eran, miles, millones, miles de millones?... -como los astros, como las arenas del mar- esos incontables insectos frotando sus patas, codo a codo, fabricando cooperativamente ese tapiz sonoro complejísimo, sin melodías, armonías ni ritmo, que era tan efectivo para ponerlo a uno en el presente y en estado de gracia, y que detenía los pensamientos mejor y más santamente que cualquier droga, esa música natural que era sólo un pequeñísimo fragmento, una ínfima coda o variación de toda la música perpetua que irrefrenable sonaba en el universo -está sonando ahora-, como las hipnóticas miles de millones de gotas de lluvia percutiendo en los incontables tejados, o como el salvaje y poderoso grito del trueno, tan puro y tan ajeno también, o como la infinita cadencia del mar, o el río desbocado del tránsito humano fluyendo entre las calles -esos ríos metáfora- en hora pico, chillando sus voces tecnológicas extremas en los oídos de todos, en cualquier esquina céntrica de cualquier ciudad del mundo… esa música extraordinaria, pensó sin dudarlo un sólo instante, era suficiente.

Y estaba seguro también, aunque detestaba estar seguro, que pocos, o muy pocos de sus amigos y conocidos, músicos o no, compartirían lo que reflexionaba esa mañana temprana mientras mateaba sus amargos con yuyos. Estaba convencido que, al hablar de música con ellos, aparecerían los inefables nombres propios, esos hijos bastardos de los mecenas renacentistas, creadores de los derechos de autor, del ticket y del escenario, y también de la colonialista y avasallante propaganda; aparecerían sin duda en la conversación los nombres de esos hacedores de la genialidad y de la pomposa fortuna, hitos destinatarios de una especiosa gloria eterna que, en sus propios labios y en sus fueros más íntimos también, durará más que el planeta y las galaxias y el mismísimo universo... universo que, a diferencia de estos íconos idolatrados hasta el aburrimiento, destinado a un final está, como todo lo que vive, ama y respira.

martes, 3 de noviembre de 2026

"El Muñeco de Messi"

 Rodolfo venía ahorrando hacía años para poder comprarse la casa y librarse del costo de alquilar, entonces afortunadamente ligó una herencia de parte de una tía, hermana de su difunta madre: una casa en Caseros. Era de dos pisos, grande, con garaje y un local en planta baja, un pequeño patio descubierto y un terreno de cincuenta metros de fondo que estaba lleno de malezas y montones de escombros.
Apenas la visitó vio el potencial de la propiedad y se enamoró, rápidamente la sintió como propia y fué a recorrerla a conciencia… subió a los dormitorios y examinó los techos, los pisos y los placares empotrados; en el baño verificó el estado de la bañera, del bidet e inodoro, la mochila, los caños y flexibles, la pileta y la ducha; comprobó también el estado de la cocina, con sus mesadas de mármol rosa y sus bachas de acero inoxidable, y recorrió el comedor, anotando en un cuadernito todos los cambios y arreglos que haría a futuro en cada ambiente; luego subió a la terraza, completamente vacía, y enseguida pensó en hacer un quincho para juntarse a comer asado con sus amigos. Más tarde salió, pasó por el patio y se dirigió al terreno, y mientras caminaba entre el miasma amontonado, la vio allá a lo lejos, chiquitita: la puerta de entrada al local. Sintió mucha curiosidad y quiso entrar enseguida. Probó con  distintas llaves sin éxito hasta que una de las últimas calzó y consiguió girar el tambor… la puertita cedió entonces, abriéndose lentamente con un débil lamento de óxido y herrumbre. Y entró.
La primera impresión fue la de un olor acre y dulzón, como a humo, pero no de cigarro, sino de algo menos santo… de palo boliviano, o mirra e incienso. El olor, que en una iglesia lo hubiera reconfortado, ahí le dio mala espina. Buscó en la penumbra el interruptor de la luz -las vidrieras estaban tapadas con papeles de diario hasta llegar al techo-, y cuando cerró el circuito y se encendió la débil lámpara desnuda que colgaba del centro, lo primero que vio fueron las grandes cantidades de velas rojas y negras a medio derretir, grisáceas por la cantidad de polvo acumulado. A un costado de la puerta un altar elevado tapaba la totalidad de la pared, mostrando un siniestro “san la muerte” entronizado entre abalorios macumberos y decoloradas flores plásticas. El santo parecía observarlo con ojos huecos como pozos infinitos, sosteniendo sin manos una guadaña de fibra de vidrio plateada, exhibiendo con sorna una boca cavernosa repleta de dientes como de ballena franca, dientes que alguien alguna vez había intentado pintar de color dorado…
Sillas rojas y negras, con sus tapizados mordidos por las ratas, aparecían desparramadas como un pandemónium todo alrededor, y en las paredes, llenas de cruces raras, afiches sórdidos y símbolos extraños, se mostraban los pequeños cuerpitos desnudos de unos íconos umbanda muy rojizos y de claros caracteres africanos,  sonriendo sus pequeñas boquitas de sapo con ensayada malicia. Le dio un escalofrío… “Mieeerda, -pensó-, la tía tenía un templo umbanda”, y luego, “¿sacrificaba animales?, uff, que horrible”. Recordó haber visto, entre los escombros y la maleza del jardín algunas jaulas medio deshechas… “En esas jaulas seguramente transportaban a los pobres bichos…. ¡Qué horror!”.
Mientras la mirada se le acostumbraba a la oscuridad, giró lentamente sobre sí mismo y entonces lo vio, en el fondo del local, detrás de una mesa pintarrajeada burdamente con sintético rojo y negro: un muñeco de Messi, vestido con los colores de la selección nacional.
Se acercó a mirarlo, atónito: El muñeco estaba hecho con resina, caños plásticos, alambre y cantidades excesivas de poxilina. Este Messi, que  sonreía una sonrisa leporina, tenía los ojos chiquititos y bizcos, y el pelo cortito le brillaba bajo la tenue lámpara con unos destellos amarillentos que le daban un aspecto irreal, ridículo y, al mismo tiempo, un poco monstruoso. Era un Messi feo, mal hecho, con sus proporciones corporales mal calculadas… Las manos eran desproporcionadamente chicas respecto de los hombros y brazos, y los pies, que estaban forrados con un par de botines muy mugrientos y prácticamente deshechos, eran tan grandes que daban la sensación de haber sido trasplantados. El muñeco, que no medía más de metro veinte, no era pesado: Rodolfo lo levantó con asco, lo cargó hasta afuera, pasando por la pequeña puerta, y lo llevó sobre los hombros hasta el fondo del terreno, arrojándolo con desprecio arriba de una montaña de escombros… “Tomá, mierda, andá pa allá, pedazo de bosta, millonario adoquín chupaculos” chilló en voz alta, “de todos los muñecos de mierda que hay ahí adentro, sos el que, lejos, más me revuelve las tripas”, y sin más preámbulos dio media vuelta y se metió adentro.
Y así, el muñeco de Messi quedó ahí tirado, arriba de la pila de escombros, sordo y mudo bajo la inexorable inclemencia del invierno.
Pasaron algunos días, que Rodolfo utilizó para comenzar con los trabajos. Paulatinamente fue avanzando, alimentó la idea de mudarse, hasta que dos semanas después de comenzar con la reforma de uno de los dormitorios, de la cocina y del baño, lo hizo. Entonces llenó los placares con la ropa, hizo subir el piano vertical y los sillones hasta el comedor, acomodó los trastos de la cocina, armó la biblioteca con sus cientos de libros, instaló la radio, la computadora y la TV, encendió las estufas, empotró la heladera, la cocina, el lavarropas y el lavaplatos y resolvió todo lo necesario para continuar, lo más cómodamente posible, con su vida en el nuevo hogar.
Esa primera noche cenó una pasta con tuco, y mientras comía encendió el noticiero… “Esta verga… siempre es lo mismo”, pensó, “las noticias son una mierda, nunca pasan las buenas, sólo la mierda del mundo”. Mientras engullía los fideos fueron desfilando las crónicas habituales: guerras, hambre, pestes, inflación, asesinatos, siniestros, cataclismos, femicidios y abusos, y los habituales puterios entre las tristes celebridades de la TV…  Y la mentirosa política mintiendo, y la policía pegándole a la gente… y el fútbol, el insoslayable fútbol, el eterno fútbol de cada día… “¡que mierda el fútbol, la reputa madre!”, se dijo, “que poronga el fútbol,  es el verdadero opio del pueblo, todos esos mierdas llenos de plata pateando una pelota de mierda, haciendo sus goles de mierda, llenando con miles de millones de euros sus cuentas bancarias de mierda… ¡cómo los detesto!, si por mi fuera esta manga de hijos de puta ganaría lo que gana un maestro de escuela o una jubilada de la mínima, a ver si cobrando esa miseria siguen pateando la pelotita de cagada… ¡soretes!”
Las noticias futboleras fueron pasando y relevando las vicisitudes de la copa libertadores, los descensos a la primera B, los lesionados y expulsados, los resultados del fútbol europeo, las elecciones en Boca, las golpizas entre barrabravas, y algún que otro comentario estúpido y malicioso del comentarista de turno. Y entre todo ese maremagnum apareció la noticia:

“¡URGENTE!, ¡URGENTE!: LIONEL MESSI Y SU EXTRAÑA ENFERMEDAD:
El capitán de la selección argentina, radicado en Estados Unidos junto a su familia, atraviesa hace unos días una extraña dolencia que lo mantiene alejado de la competencia futbolística. Según su médico personal, el mal que padece podría estar relacionado con una fuertísima gripe mal curada, o con un enfriamiento extremo que podría ser la causa del principio de fibrosis alvéolo pulmonar que presenta el jugador, y que, temen, pueda desencadenar en un cuadro más grave y complejo. Lo extraño del caso es que el futbolista, si bien vive en Miami, presenta un síndrome que es más habitual entre los habitantes de climas fríos y húmedos, lo que confunde a los expertos… hasta el momento no han logrado revertir la penosa situación. Seguiremos informando…”

La primera reacción de Rodolfo fue la alegría… “¡Que se muera!”, pensó. Pero después lo asaltó la extrañeza…. “Que raro, si el tipo tiene tanta guita, y se enferma en Miami con una dolencia de clima frío y húmedo… un clima de otra parte del mundo… como el de acá…”
Lo dejó ahí. Terminó la pasta, terminó la botella de tinto, lavó los platos, apagó la TV, se sirvió un whisky con hielo y se tiró a pensar en el sillón,  pero al rato algo lo empujó a salir al exterior.
Hacía un frío helado y la garúa caía como en cámara lenta, mostrando su miríada brillante bajo el foco encendido de la tortuga del patio.
Caminó para el fondo, internándose entre la maleza descontrolada, las jaulas destrozadas y los escombros, hasta que llegó donde estaba el muñeco. Lo miró: Messi seguía sonriendo estúpidamente con su mirada bizca de ojos vidriosos, empapado bajo la inclemente garúa… “¿será?”, pensó Rodolfo, “¿será posible semejante prodigio?”. Miró hacia el cielo negro: la espesa capa de nubes mostraba un aspecto fantasmal y despiadado, arrojando su helada carga sobre el muñeco… “Sólo hay un modo de saberlo”, se dijo.
Y agarró a Messi, se lo cargó sobre los hombros y de nuevo lo llevó adentro.
Lo desnudó -sin el atuendo del seleccionado nacional Messi daba pena, con sus bracitos y sus piernas de caños plásticos unidos con poxilina-, lo secó con un toallón, lo vistió con ropa seca -ropa de él-, y lo dejó paradito al lado de la estufa de tiro balanceado… “para que te compongas, sorete”, le dijo.
Y sin más, Rodolfo subió al dormitorio, se desnudó, se dió una ducha caliente y se metió en la cama: a los quince minutos roncaba como un hipopótamo.
Pasaron los días y Rodolfo, entre los arreglos de la casa y su trabajo en la oficina, siempre andaba atento a las noticias, hasta que una semana y media después de haber entrado al muñeco se enteró por sus compañeros de trabajo, que obviamente no sabían ni de la existencia del muñeco ni de los experimentos de Rodolfo con el mismo, que “la pulga” se había restablecido y que los médicos habían dado por terminado el asunto. Entonces decidió volver a sacarlo a la intemperie… esta vez lo subió a la terraza, y sin ropa… “para que se enfríe más rápido, el mierda”, pensó. El muñeco entonces quedó ahí arriba, parado y solo bajo la cruda intemperie, sonriendo su estúpida sonrisa de ratón.
Pocos días después estalló la TV:

“¡URGENTE!, LIONEL MESSI EN GRAVE ESTADO INTERNADO EN TERAPIA INTENSIVA.
El capitán de la selección fue internado anoche de urgencia por una repentina recaída en su condición pulmonar, hasta el momento los médicos no dieron ningún parte, pero se sabe que el estado del delantero es extremadamente delicado”.

“Listo, te tengo agarrado de las pelotas, sorete”, pensó Rodolfo. Subió a la terraza, cargó al muñeco con desprecio y lo entró en la casa, lo secó, le puso ropa seca y limpia y lo dejó, como la primera vez, paradito al lado de la estufa… entonces le habló: “Ahora te vas a componer de tu resfrío de mierda, cachivache, y después, cuando estés diez puntos y empieces de nuevo a jugar, arranco con mi diversión”.
Dos semanas más tarde Lionel Messi recibió el alta, y la feliz noticia, que recorrió el mundo entero, llegó también a los oídos de Rodolfo. Entonces llamó a Direct TV. Lo atendió una promotora… “buen día, ¿en qué lo puedo ayudar?”, “buen día”, contestó Rodolfo, “soy abonado del pack simple, y ahora quiero agregarle los canales de fútbol”; “bueno, señor, tiene el pack de fútbol nacional por trescientos mil pesos mensuales que se agregan a su tarifa habitual, y por cuatrocientos mil pesos puede acceder también al pack de fútbol total, en donde usted podrá ver todos los canales de fútbol del mundo, incluidos los argentinos, por supuesto”; “quiero ese”, contestó Rodolfo con excitación,  “soy fanático de Lionel Messi, y quiero verlo jugar en directo”.

El partido ya había comenzado: el Inter de Miami jugaba contra la selección sudafricana. Era un amistoso, pero todos corrían tras la pelota como si se disputara un nuevo Estado de Bienestar. Rodolfo tomaba whisky sentado en el sillón, con el muñeco parado a pocos centímetros de sus manos. El partido avanzaba y Rodolfo esperaba el momento oportuno. Entonces el Inter contraatacó una fallida avanzada de los africanos, un pase largo cayó a los pies de Messi, y justo cuando el capitán ganaba velocidad y estando a punto de convertir, Rodolfo aprovechó, metiéndole al muñeco un violento dedo en el culo. En ese peciso instante el jugador se olvidó de la pelota y del gol, y se dió vuelta como un rayo, furioso, para ver quién lo había manoseado, y empujó con saña al negro que tenía justo detrás. Éste, sin entender lo que pasaba, tardó en reaccionar, pero al final se calentó y le devolvió el empujón con una trompada en la cara, y enseguida todo se convirtió en un pandemonio: los jugadores cagándose a piñas, los referis ligando, la policía corriendo, la gente ganando la cancha para hacer kilombo, y Rodolfo, que de todas las cosas que odiaba en la vida el fútbol era la que más detestaba, se cayó al piso por la risa, derrumbado en brutales carcajadas que resonaban en eco por la casona vacía, y mientras lloraba de alegría y emoción al punto de mearse encima, abrazaba al estúpido muñeco que tenía al lado y que seguía sonriendo como un boludo, ajeno a todo lo que pasaba en la casa, en Miami y en la pantalla de la TV.
Las intervenciones de Rodolfo se sucedieron en partidos siguientes, volviéndose, si bien más sutiles, también más perversas: cosquillas entre los huevos, un dedo en la oreja o en una narina de la nariz, una gota de vinagre en un ojo. Partido tras partido, el delantero del Inter se veía cada vez más perturbado, al punto de llegar a pedir el cambio en varias ocasiones. Y en las noticias empezaba a reflejarse el problema: “La pulga, que años atrás sufría de vómitos por la presión en la competencia, multiplica sus neurosis persecutorias”. Y Rodolfo, sin aflojar, buscaba nuevos y torturantes modos de hacer padecer al jugador. Pero el tiempo fue pasando y le fue ganando el aburrimiento, entonces optó por medidas más drásticas. Fue entonces cuando se enteró que “la pulga” iría a la ceremonia de entrega del balón de oro.
La ceremonia había comenzado y los mejores jugadores del mundo y los periodistas más importantes del mundo y las celebridades más celebradas del mundo estaban presentes. La cámara, sobre todo, enfocaba a Lionel Messi, que ya no era noticia por su destreza y virtudes futbolísticas, sino por sus insistentes problemas psíquicos. Rodolfo entonces sacó el muñeco al patio, agarró la pelota que había canjeado por los puntos de la YPF, y empezó a patear con extrema furia, apuntando a la cara del muñeco. Pifió los primeros tres tiros, pero el cuarto pegó de lleno en la cara del muñeco, derrumbándolo al piso. Ahogado por la risa, imaginando lo que estaría pasando en la ceremonia, siguió con los disparos… dos pelotazos en la cara, uno en los huevos, otro en la cara, otro en un hombro, el muñeco sacudiéndose como convulsivo, soportando los imparables pelotazos como un mudo estoico. Media hora más tarde y luego de una treintena de brutales aciertos, Rodolfo entró y encendió la TV. Y ahí estaba, en todos los noticieros de la argentina y del mundo: El Lionel Messi adorado por todo el orbe planetario finalmente se había vuelto loco frente a las cámaras de la TV sacudiéndose como un convulso, babeando y llorando a los gritos, las raudas e imparables lágrimas cayendo por las mejillas rojas y reventadas por las estocadas inmisericordes de la pelota de Rodolfo, a miles de kilómetros de distancia.
Los días pasaron, los meses pasaron, y finalmente Rodolfo pareció perder interés en todo el asunto. Ya no lo divertía ensañarse con el muñeco, ni con el fútbol. Empezó a tocar nuevamente el piano, a ver películas, a escribir cuentos. Y una noche, mirando al muñeco ahí en un costado, decidió que ya estaba bien así, que era suficiente. Esa misma noche cargó el muñeco en el baúl del auto y condujo hasta la excavadora, junto a las vías del San Martín, justo entre Caseros y El Palomar, y lo tiró en una zanja… y como ya llegaba la primavera pensó “vas a estar bien, muñeco, calentito”. Y se fue, no sin sentir cierta pena y nostalgia.
Pero Rodolfo no tuvo en cuenta que esa zona, llena de túneles abandonados de viejos talleres del ferrocarril, estaba plagada de ratas grandes como gatos y voraces como cerdos.
Y en pocos días esas ratas fueron devorando los caños y la resina y la poxilina del cachivache, hasta reducir al estúpido muñeco en unos pocos pedazos de alambre retorcido y oxidado.
Y Messi, el verdadero Lionel Messi, “la pulga”, capitán del seleccionado nacional, se murió.
Lo tuvieron que velar a cajón cerrado, para que nadie viera el espantoso y terrible y siniestro e incomprensible espectáculo de sus inexplicables y mortíferas heridas.