Rodolfo venía ahorrando hacía años para poder comprarse la casa y librarse del costo de alquilar, entonces afortunadamente ligó una herencia de parte de una tía, hermana de su difunta madre: una casa en Caseros. Era de dos pisos, grande, con garaje y un local en planta baja, un pequeño patio descubierto y un terreno de cincuenta metros de fondo que estaba lleno de malezas y montones de escombros.
Apenas la visitó vio el potencial de la propiedad y se enamoró, rápidamente la sintió como propia y fué a recorrerla a conciencia… subió a los dormitorios y examinó los techos, los pisos y los placares empotrados; en el baño verificó el estado de la bañera, del bidet e inodoro, la mochila, los caños y flexibles, la pileta y la ducha; comprobó también el estado de la cocina, con sus mesadas de mármol rosa y sus bachas de acero inoxidable, y recorrió el comedor, anotando en un cuadernito todos los cambios y arreglos que haría a futuro en cada ambiente; luego subió a la terraza, completamente vacía, y enseguida pensó en hacer un quincho para juntarse a comer asado con sus amigos. Más tarde salió, pasó por el patio y se dirigió al terreno, y mientras caminaba entre el miasma amontonado, la vio allá a lo lejos, chiquitita: la puerta de entrada al local. Sintió mucha curiosidad y quiso entrar enseguida. Probó con distintas llaves sin éxito hasta que una de las últimas calzó y consiguió girar el tambor… la puertita cedió entonces, abriéndose lentamente con un débil lamento de óxido y herrumbre. Y entró.
La primera impresión fue la de un olor acre y dulzón, como a humo, pero no de cigarro, sino de algo menos santo… de palo boliviano, o mirra e incienso. El olor, que en una iglesia lo hubiera reconfortado, ahí le dio mala espina. Buscó en la penumbra el interruptor de la luz -las vidrieras estaban tapadas con papeles de diario hasta llegar al techo-, y cuando cerró el circuito y se encendió la débil lámpara desnuda que colgaba del centro, lo primero que vio fueron las grandes cantidades de velas rojas y negras a medio derretir, grisáceas por la cantidad de polvo acumulado. A un costado de la puerta un altar elevado tapaba la totalidad de la pared, mostrando un siniestro “san la muerte” entronizado entre abalorios macumberos y decoloradas flores plásticas. El santo parecía observarlo con ojos huecos como pozos infinitos, sosteniendo sin manos una guadaña de fibra de vidrio plateada, exhibiendo con sorna una boca cavernosa repleta de dientes como de ballena franca, dientes que alguien alguna vez había intentado pintar de color dorado…
Sillas rojas y negras, con sus tapizados mordidos por las ratas, aparecían desparramadas como un pandemónium todo alrededor, y en las paredes, llenas de cruces raras, afiches sórdidos y símbolos extraños, se mostraban los pequeños cuerpitos desnudos de unos íconos umbanda muy rojizos y de claros caracteres africanos, sonriendo sus pequeñas boquitas de sapo con ensayada malicia. Le dio un escalofrío… “Mieeerda, -pensó-, la tía tenía un templo umbanda”, y luego, “¿sacrificaba animales?, uff, que horrible”. Recordó haber visto, entre los escombros y la maleza del jardín algunas jaulas medio deshechas… “En esas jaulas seguramente transportaban a los pobres bichos…. ¡Qué horror!”.
Mientras la mirada se le acostumbraba a la oscuridad, giró lentamente sobre sí mismo y entonces lo vio, en el fondo del local, detrás de una mesa pintarrajeada burdamente con sintético rojo y negro: un muñeco de Messi, vestido con los colores de la selección nacional.
Se acercó a mirarlo, atónito: El muñeco estaba hecho con resina, caños plásticos, alambre y cantidades excesivas de poxilina. Este Messi, que sonreía una sonrisa leporina, tenía los ojos chiquititos y bizcos, y el pelo cortito le brillaba bajo la tenue lámpara con unos destellos amarillentos que le daban un aspecto irreal, ridículo y, al mismo tiempo, un poco monstruoso. Era un Messi feo, mal hecho, con sus proporciones corporales mal calculadas… Las manos eran desproporcionadamente chicas respecto de los hombros y brazos, y los pies, que estaban forrados con un par de botines muy mugrientos y prácticamente deshechos, eran tan grandes que daban la sensación de haber sido trasplantados. El muñeco, que no medía más de metro veinte, no era pesado: Rodolfo lo levantó con asco, lo cargó hasta afuera, pasando por la pequeña puerta, y lo llevó sobre los hombros hasta el fondo del terreno, arrojándolo con desprecio arriba de una montaña de escombros… “Tomá, mierda, andá pa allá, pedazo de bosta, millonario adoquín chupaculos” chilló en voz alta, “de todos los muñecos de mierda que hay ahí adentro, sos el que, lejos, más me revuelve las tripas”, y sin más preámbulos dio media vuelta y se metió adentro.
Y así, el muñeco de Messi quedó ahí tirado, arriba de la pila de escombros, sordo y mudo bajo la inexorable inclemencia del invierno.
Pasaron algunos días, que Rodolfo utilizó para comenzar con los trabajos. Paulatinamente fue avanzando, alimentó la idea de mudarse, hasta que dos semanas después de comenzar con la reforma de uno de los dormitorios, de la cocina y del baño, lo hizo. Entonces llenó los placares con la ropa, hizo subir el piano vertical y los sillones hasta el comedor, acomodó los trastos de la cocina, armó la biblioteca con sus cientos de libros, instaló la radio, la computadora y la TV, encendió las estufas, empotró la heladera, la cocina, el lavarropas y el lavaplatos y resolvió todo lo necesario para continuar, lo más cómodamente posible, con su vida en el nuevo hogar.
Esa primera noche cenó una pasta con tuco, y mientras comía encendió el noticiero… “Esta verga… siempre es lo mismo”, pensó, “las noticias son una mierda, nunca pasan las buenas, sólo la mierda del mundo”. Mientras engullía los fideos fueron desfilando las crónicas habituales: guerras, hambre, pestes, inflación, asesinatos, siniestros, cataclismos, femicidios y abusos, y los habituales puterios entre las tristes celebridades de la TV… Y la mentirosa política mintiendo, y la policía pegándole a la gente… y el fútbol, el insoslayable fútbol, el eterno fútbol de cada día… “¡que mierda el fútbol, la reputa madre!”, se dijo, “que poronga el fútbol, es el verdadero opio del pueblo, todos esos mierdas llenos de plata pateando una pelota de mierda, haciendo sus goles de mierda, llenando con miles de millones de euros sus cuentas bancarias de mierda… ¡cómo los detesto!, si por mi fuera esta manga de hijos de puta ganaría lo que gana un maestro de escuela o una jubilada de la mínima, a ver si cobrando esa miseria siguen pateando la pelotita de cagada… ¡soretes!”
Las noticias futboleras fueron pasando y relevando las vicisitudes de la copa libertadores, los descensos a la primera B, los lesionados y expulsados, los resultados del fútbol europeo, las elecciones en Boca, las golpizas entre barrabravas, y algún que otro comentario estúpido y malicioso del comentarista de turno. Y entre todo ese maremagnum apareció la noticia:
Apenas la visitó vio el potencial de la propiedad y se enamoró, rápidamente la sintió como propia y fué a recorrerla a conciencia… subió a los dormitorios y examinó los techos, los pisos y los placares empotrados; en el baño verificó el estado de la bañera, del bidet e inodoro, la mochila, los caños y flexibles, la pileta y la ducha; comprobó también el estado de la cocina, con sus mesadas de mármol rosa y sus bachas de acero inoxidable, y recorrió el comedor, anotando en un cuadernito todos los cambios y arreglos que haría a futuro en cada ambiente; luego subió a la terraza, completamente vacía, y enseguida pensó en hacer un quincho para juntarse a comer asado con sus amigos. Más tarde salió, pasó por el patio y se dirigió al terreno, y mientras caminaba entre el miasma amontonado, la vio allá a lo lejos, chiquitita: la puerta de entrada al local. Sintió mucha curiosidad y quiso entrar enseguida. Probó con distintas llaves sin éxito hasta que una de las últimas calzó y consiguió girar el tambor… la puertita cedió entonces, abriéndose lentamente con un débil lamento de óxido y herrumbre. Y entró.
La primera impresión fue la de un olor acre y dulzón, como a humo, pero no de cigarro, sino de algo menos santo… de palo boliviano, o mirra e incienso. El olor, que en una iglesia lo hubiera reconfortado, ahí le dio mala espina. Buscó en la penumbra el interruptor de la luz -las vidrieras estaban tapadas con papeles de diario hasta llegar al techo-, y cuando cerró el circuito y se encendió la débil lámpara desnuda que colgaba del centro, lo primero que vio fueron las grandes cantidades de velas rojas y negras a medio derretir, grisáceas por la cantidad de polvo acumulado. A un costado de la puerta un altar elevado tapaba la totalidad de la pared, mostrando un siniestro “san la muerte” entronizado entre abalorios macumberos y decoloradas flores plásticas. El santo parecía observarlo con ojos huecos como pozos infinitos, sosteniendo sin manos una guadaña de fibra de vidrio plateada, exhibiendo con sorna una boca cavernosa repleta de dientes como de ballena franca, dientes que alguien alguna vez había intentado pintar de color dorado…
Sillas rojas y negras, con sus tapizados mordidos por las ratas, aparecían desparramadas como un pandemónium todo alrededor, y en las paredes, llenas de cruces raras, afiches sórdidos y símbolos extraños, se mostraban los pequeños cuerpitos desnudos de unos íconos umbanda muy rojizos y de claros caracteres africanos, sonriendo sus pequeñas boquitas de sapo con ensayada malicia. Le dio un escalofrío… “Mieeerda, -pensó-, la tía tenía un templo umbanda”, y luego, “¿sacrificaba animales?, uff, que horrible”. Recordó haber visto, entre los escombros y la maleza del jardín algunas jaulas medio deshechas… “En esas jaulas seguramente transportaban a los pobres bichos…. ¡Qué horror!”.
Mientras la mirada se le acostumbraba a la oscuridad, giró lentamente sobre sí mismo y entonces lo vio, en el fondo del local, detrás de una mesa pintarrajeada burdamente con sintético rojo y negro: un muñeco de Messi, vestido con los colores de la selección nacional.
Se acercó a mirarlo, atónito: El muñeco estaba hecho con resina, caños plásticos, alambre y cantidades excesivas de poxilina. Este Messi, que sonreía una sonrisa leporina, tenía los ojos chiquititos y bizcos, y el pelo cortito le brillaba bajo la tenue lámpara con unos destellos amarillentos que le daban un aspecto irreal, ridículo y, al mismo tiempo, un poco monstruoso. Era un Messi feo, mal hecho, con sus proporciones corporales mal calculadas… Las manos eran desproporcionadamente chicas respecto de los hombros y brazos, y los pies, que estaban forrados con un par de botines muy mugrientos y prácticamente deshechos, eran tan grandes que daban la sensación de haber sido trasplantados. El muñeco, que no medía más de metro veinte, no era pesado: Rodolfo lo levantó con asco, lo cargó hasta afuera, pasando por la pequeña puerta, y lo llevó sobre los hombros hasta el fondo del terreno, arrojándolo con desprecio arriba de una montaña de escombros… “Tomá, mierda, andá pa allá, pedazo de bosta, millonario adoquín chupaculos” chilló en voz alta, “de todos los muñecos de mierda que hay ahí adentro, sos el que, lejos, más me revuelve las tripas”, y sin más preámbulos dio media vuelta y se metió adentro.
Y así, el muñeco de Messi quedó ahí tirado, arriba de la pila de escombros, sordo y mudo bajo la inexorable inclemencia del invierno.
Pasaron algunos días, que Rodolfo utilizó para comenzar con los trabajos. Paulatinamente fue avanzando, alimentó la idea de mudarse, hasta que dos semanas después de comenzar con la reforma de uno de los dormitorios, de la cocina y del baño, lo hizo. Entonces llenó los placares con la ropa, hizo subir el piano vertical y los sillones hasta el comedor, acomodó los trastos de la cocina, armó la biblioteca con sus cientos de libros, instaló la radio, la computadora y la TV, encendió las estufas, empotró la heladera, la cocina, el lavarropas y el lavaplatos y resolvió todo lo necesario para continuar, lo más cómodamente posible, con su vida en el nuevo hogar.
Esa primera noche cenó una pasta con tuco, y mientras comía encendió el noticiero… “Esta verga… siempre es lo mismo”, pensó, “las noticias son una mierda, nunca pasan las buenas, sólo la mierda del mundo”. Mientras engullía los fideos fueron desfilando las crónicas habituales: guerras, hambre, pestes, inflación, asesinatos, siniestros, cataclismos, femicidios y abusos, y los habituales puterios entre las tristes celebridades de la TV… Y la mentirosa política mintiendo, y la policía pegándole a la gente… y el fútbol, el insoslayable fútbol, el eterno fútbol de cada día… “¡que mierda el fútbol, la reputa madre!”, se dijo, “que poronga el fútbol, es el verdadero opio del pueblo, todos esos mierdas llenos de plata pateando una pelota de mierda, haciendo sus goles de mierda, llenando con miles de millones de euros sus cuentas bancarias de mierda… ¡cómo los detesto!, si por mi fuera esta manga de hijos de puta ganaría lo que gana un maestro de escuela o una jubilada de la mínima, a ver si cobrando esa miseria siguen pateando la pelotita de cagada… ¡soretes!”
Las noticias futboleras fueron pasando y relevando las vicisitudes de la copa libertadores, los descensos a la primera B, los lesionados y expulsados, los resultados del fútbol europeo, las elecciones en Boca, las golpizas entre barrabravas, y algún que otro comentario estúpido y malicioso del comentarista de turno. Y entre todo ese maremagnum apareció la noticia:
“¡URGENTE!, ¡URGENTE!: LIONEL MESSI Y SU EXTRAÑA ENFERMEDAD:
El capitán de la selección argentina, radicado en Estados Unidos junto a su familia, atraviesa hace unos días una extraña dolencia que lo mantiene alejado de la competencia futbolística. Según su médico personal, el mal que padece podría estar relacionado con una fuertísima gripe mal curada, o con un enfriamiento extremo que podría ser la causa del principio de fibrosis alvéolo pulmonar que presenta el jugador, y que, temen, pueda desencadenar en un cuadro más grave y complejo. Lo extraño del caso es que el futbolista, si bien vive en Miami, presenta un síndrome que es más habitual entre los habitantes de climas fríos y húmedos, lo que confunde a los expertos… hasta el momento no han logrado revertir la penosa situación. Seguiremos informando…”
La primera reacción de Rodolfo fue la alegría… “¡Que se muera!”, pensó. Pero después lo asaltó la extrañeza…. “Que raro, si el tipo tiene tanta guita, y se enferma en Miami con una dolencia de clima frío y húmedo… un clima de otra parte del mundo… como el de acá…”
Lo dejó ahí. Terminó la pasta, terminó la botella de tinto, lavó los platos, apagó la TV, se sirvió un whisky con hielo y se tiró a pensar en el sillón, pero al rato algo lo empujó a salir al exterior.
Hacía un frío helado y la garúa caía como en cámara lenta, mostrando su miríada brillante bajo el foco encendido de la tortuga del patio.
Caminó para el fondo, internándose entre la maleza descontrolada, las jaulas destrozadas y los escombros, hasta que llegó donde estaba el muñeco. Lo miró: Messi seguía sonriendo estúpidamente con su mirada bizca de ojos vidriosos, empapado bajo la inclemente garúa… “¿será?”, pensó Rodolfo, “¿será posible semejante prodigio?”. Miró hacia el cielo negro: la espesa capa de nubes mostraba un aspecto fantasmal y despiadado, arrojando su helada carga sobre el muñeco… “Sólo hay un modo de saberlo”, se dijo.
Y agarró a Messi, se lo cargó sobre los hombros y de nuevo lo llevó adentro.
Lo desnudó -sin el atuendo del seleccionado nacional Messi daba pena, con sus bracitos y sus piernas de caños plásticos unidos con poxilina-, lo secó con un toallón, lo vistió con ropa seca -ropa de él-, y lo dejó paradito al lado de la estufa de tiro balanceado… “para que te compongas, sorete”, le dijo.
Y sin más, Rodolfo subió al dormitorio, se desnudó, se dió una ducha caliente y se metió en la cama: a los quince minutos roncaba como un hipopótamo.
Pasaron los días y Rodolfo, entre los arreglos de la casa y su trabajo en la oficina, siempre andaba atento a las noticias, hasta que una semana y media después de haber entrado al muñeco se enteró por sus compañeros de trabajo, que obviamente no sabían ni de la existencia del muñeco ni de los experimentos de Rodolfo con el mismo, que “la pulga” se había restablecido y que los médicos habían dado por terminado el asunto. Entonces decidió volver a sacarlo a la intemperie… esta vez lo subió a la terraza, y sin ropa… “para que se enfríe más rápido, el mierda”, pensó. El muñeco entonces quedó ahí arriba, parado y solo bajo la cruda intemperie, sonriendo su estúpida sonrisa de ratón.
Pocos días después estalló la TV:
“¡URGENTE!, LIONEL MESSI EN GRAVE ESTADO INTERNADO EN TERAPIA INTENSIVA.
El capitán de la selección fue internado anoche de urgencia por una repentina recaída en su condición pulmonar, hasta el momento los médicos no dieron ningún parte, pero se sabe que el estado del delantero es extremadamente delicado”.
“Listo, te tengo agarrado de las pelotas, sorete”, pensó Rodolfo. Subió a la terraza, cargó al muñeco con desprecio y lo entró en la casa, lo secó, le puso ropa seca y limpia y lo dejó, como la primera vez, paradito al lado de la estufa… entonces le habló: “Ahora te vas a componer de tu resfrío de mierda, cachivache, y después, cuando estés diez puntos y empieces de nuevo a jugar, arranco con mi diversión”.
Dos semanas más tarde Lionel Messi recibió el alta, y la feliz noticia, que recorrió el mundo entero, llegó también a los oídos de Rodolfo. Entonces llamó a Direct TV. Lo atendió una promotora… “buen día, ¿en qué lo puedo ayudar?”, “buen día”, contestó Rodolfo, “soy abonado del pack simple, y ahora quiero agregarle los canales de fútbol”; “bueno, señor, tiene el pack de fútbol nacional por trescientos mil pesos mensuales que se agregan a su tarifa habitual, y por cuatrocientos mil pesos puede acceder también al pack de fútbol total, en donde usted podrá ver todos los canales de fútbol del mundo, incluidos los argentinos, por supuesto”; “quiero ese”, contestó Rodolfo con excitación, “soy fanático de Lionel Messi, y quiero verlo jugar en directo”.
El partido ya había comenzado: el Inter de Miami jugaba contra la selección sudafricana. Era un amistoso, pero todos corrían tras la pelota como si se disputara un nuevo Estado de Bienestar. Rodolfo tomaba whisky sentado en el sillón, con el muñeco parado a pocos centímetros de sus manos. El partido avanzaba y Rodolfo esperaba el momento oportuno. Entonces el Inter contraatacó una fallida avanzada de los africanos, un pase largo cayó a los pies de Messi, y justo cuando el capitán ganaba velocidad y estando a punto de convertir, Rodolfo aprovechó, metiéndole al muñeco un violento dedo en el culo. En ese peciso instante el jugador se olvidó de la pelota y del gol, y se dió vuelta como un rayo, furioso, para ver quién lo había manoseado, y empujó con saña al negro que tenía justo detrás. Éste, sin entender lo que pasaba, tardó en reaccionar, pero al final se calentó y le devolvió el empujón con una trompada en la cara, y enseguida todo se convirtió en un pandemonio: los jugadores cagándose a piñas, los referis ligando, la policía corriendo, la gente ganando la cancha para hacer kilombo, y Rodolfo, que de todas las cosas que odiaba en la vida el fútbol era la que más detestaba, se cayó al piso por la risa, derrumbado en brutales carcajadas que resonaban en eco por la casona vacía, y mientras lloraba de alegría y emoción al punto de mearse encima, abrazaba al estúpido muñeco que tenía al lado y que seguía sonriendo como un boludo, ajeno a todo lo que pasaba en la casa, en Miami y en la pantalla de la TV.
Las intervenciones de Rodolfo se sucedieron en partidos siguientes, volviéndose, si bien más sutiles, también más perversas: cosquillas entre los huevos, un dedo en la oreja o en una narina de la nariz, una gota de vinagre en un ojo. Partido tras partido, el delantero del Inter se veía cada vez más perturbado, al punto de llegar a pedir el cambio en varias ocasiones. Y en las noticias empezaba a reflejarse el problema: “La pulga, que años atrás sufría de vómitos por la presión en la competencia, multiplica sus neurosis persecutorias”. Y Rodolfo, sin aflojar, buscaba nuevos y torturantes modos de hacer padecer al jugador. Pero el tiempo fue pasando y le fue ganando el aburrimiento, entonces optó por medidas más drásticas. Fue entonces cuando se enteró que “la pulga” iría a la ceremonia de entrega del balón de oro.
La ceremonia había comenzado y los mejores jugadores del mundo y los periodistas más importantes del mundo y las celebridades más celebradas del mundo estaban presentes. La cámara, sobre todo, enfocaba a Lionel Messi, que ya no era noticia por su destreza y virtudes futbolísticas, sino por sus insistentes problemas psíquicos. Rodolfo entonces sacó el muñeco al patio, agarró la pelota que había canjeado por los puntos de la YPF, y empezó a patear con extrema furia, apuntando a la cara del muñeco. Pifió los primeros tres tiros, pero el cuarto pegó de lleno en la cara del muñeco, derrumbándolo al piso. Ahogado por la risa, imaginando lo que estaría pasando en la ceremonia, siguió con los disparos… dos pelotazos en la cara, uno en los huevos, otro en la cara, otro en un hombro, el muñeco sacudiéndose como convulsivo, soportando los imparables pelotazos como un mudo estoico. Media hora más tarde y luego de una treintena de brutales aciertos, Rodolfo entró y encendió la TV. Y ahí estaba, en todos los noticieros de la argentina y del mundo: El Lionel Messi adorado por todo el orbe planetario finalmente se había vuelto loco frente a las cámaras de la TV sacudiéndose como un convulso, babeando y llorando a los gritos, las raudas e imparables lágrimas cayendo por las mejillas rojas y reventadas por las estocadas inmisericordes de la pelota de Rodolfo, a miles de kilómetros de distancia.
Los días pasaron, los meses pasaron, y finalmente Rodolfo pareció perder interés en todo el asunto. Ya no lo divertía ensañarse con el muñeco, ni con el fútbol. Empezó a tocar nuevamente el piano, a ver películas, a escribir cuentos. Y una noche, mirando al muñeco ahí en un costado, decidió que ya estaba bien así, que era suficiente. Esa misma noche cargó el muñeco en el baúl del auto y condujo hasta la excavadora, junto a las vías del San Martín, justo entre Caseros y El Palomar, y lo tiró en una zanja… y como ya llegaba la primavera pensó “vas a estar bien, muñeco, calentito”. Y se fue, no sin sentir cierta pena y nostalgia.
Pero Rodolfo no tuvo en cuenta que esa zona, llena de túneles abandonados de viejos talleres del ferrocarril, estaba plagada de ratas grandes como gatos y voraces como cerdos.
Y en pocos días esas ratas fueron devorando los caños y la resina y la poxilina del cachivache, hasta reducir al estúpido muñeco en unos pocos pedazos de alambre retorcido y oxidado.
Y Messi, el verdadero Lionel Messi, “la pulga”, capitán del seleccionado nacional, se murió.
Lo tuvieron que velar a cajón cerrado, para que nadie viera el espantoso y terrible y siniestro e incomprensible espectáculo de sus inexplicables y mortíferas heridas.

