Se levantó temprano y puso la pava en el fuego. Se duchó, se lavó los dientes y la cara, meó, se vistió liviano y cómodo, como para no sentir la tiranía de la ropa ni tampoco andar desnudo. No encendió la radio, tampoco entró en la red para ver los diarios; ya no usaba ni facebook ni Instagram, pero sí abrió whatsapp un instante por si había mensajes. No había. Luego abrió el programa editor de partituras, agarró la guitarra y, mateando amargos, empezó a buscar sonoridades como un arqueólogo entre los trastes y las cuerdas del instrumento…
Se guiaba sólo por la emoción y la sorpresa, nunca por algún saber preconcebido. Buscaba, pero no sabía qué buscaba. A veces no encontraba nada, y otras veces aparecía una idea que tocaba una fibra interior, y entonces seguía tras el rastro de esa primera emoción, sin prisa pero sin tregua. Lo habitual era trabajar en esa idea durante semanas e ir generando otras ideas que generaban otras y otras, así durante meses, evitando todo análisis y, sobre todo, sin recurrir a reglas conductistas que terminaban siendo sicarias del azar y acérrimas amigas del ego... “Permanecer con mente de principiante”, afirmaba el Zen, y eso le parecía maravilloso: saber y soslayar ese saber, abandonar la seguridad de la canoa, realizar sin hacer, estar presente con todos los sentidos sin ser nada ni nadie, como un irresoluble koan oriental. Por lo general analizaba la obra una vez terminada, si es que la analizaba -todo análisis era, siempre, para los demás-, y recién entonces comprendía en qué modo o tonalidad estaba esa música -si había modo o tonalidad-; y por cual escala transitaba la melodía -si es que había melodía-… “la música está todo alrededor”, había planteado Cage varias décadas atrás, escandalizando a todos, y él sentía que era así, que por un lado había una música -”La Música”- que se vendía en las plataformas y disquerías, que se mostraba y era exhibida como los pantalones y las papas fritas, merecedora de libros y crónicas en diarios y revistas, tan digna de vítores y aplausos como de silbidos y escarnios, música que estaba destinada, por su importancia, a escribir la Historia de la Música... nicho santo e ineludible de premios, podios y de ejemplares castigos también.
Pero había otra música, sin grandilocuencias ni mayúsculas, una música omnipresente y casi desconocida para la gran mayoría -la etimología de la palabra “obvio”, de raíz latina, reza “frente a la nariz”- que no competía, una música ubicua, incesante y gratuita
Se guiaba sólo por la emoción y la sorpresa, nunca por algún saber preconcebido. Buscaba, pero no sabía qué buscaba. A veces no encontraba nada, y otras veces aparecía una idea que tocaba una fibra interior, y entonces seguía tras el rastro de esa primera emoción, sin prisa pero sin tregua. Lo habitual era trabajar en esa idea durante semanas e ir generando otras ideas que generaban otras y otras, así durante meses, evitando todo análisis y, sobre todo, sin recurrir a reglas conductistas que terminaban siendo sicarias del azar y acérrimas amigas del ego... “Permanecer con mente de principiante”, afirmaba el Zen, y eso le parecía maravilloso: saber y soslayar ese saber, abandonar la seguridad de la canoa, realizar sin hacer, estar presente con todos los sentidos sin ser nada ni nadie, como un irresoluble koan oriental. Por lo general analizaba la obra una vez terminada, si es que la analizaba -todo análisis era, siempre, para los demás-, y recién entonces comprendía en qué modo o tonalidad estaba esa música -si había modo o tonalidad-; y por cual escala transitaba la melodía -si es que había melodía-… “la música está todo alrededor”, había planteado Cage varias décadas atrás, escandalizando a todos, y él sentía que era así, que por un lado había una música -”La Música”- que se vendía en las plataformas y disquerías, que se mostraba y era exhibida como los pantalones y las papas fritas, merecedora de libros y crónicas en diarios y revistas, tan digna de vítores y aplausos como de silbidos y escarnios, música que estaba destinada, por su importancia, a escribir la Historia de la Música... nicho santo e ineludible de premios, podios y de ejemplares castigos también.
Pero había otra música, sin grandilocuencias ni mayúsculas, una música omnipresente y casi desconocida para la gran mayoría -la etimología de la palabra “obvio”, de raíz latina, reza “frente a la nariz”- que no competía, una música ubicua, incesante y gratuita
-como el amor- y que para apreciarla sólo había que saber abrir los oídos, que era como olvidarse de todo lo aprendido. Y uno podía ser pobre o rico, joven o viejo, mujer u hombre o cualquier cosa entre los distintos puntos medios, pero no importaba: esa música estaba ahí, siempre disponible y al alcance de cualquiera, sin exigencias ni jerarquías ni petición de principios. Pero también sabía que abrir los oídos para apreciar esa música infinita -¿era realmente infinita, o solo duraría lo que el planeta?- implicaba tomar distancia y separarse de la seguridad de saber, para luego convertirse en un paria musical -¿agradecido… afortunado… estropeado?- sin tierra ni patria, una solitaria rara avis cual Cage, Nono, Ligeti o el último Eno, que cada vez estaba más lejos de todo y de todos.
Esa música, perenne como la hierba, exigía muy poco: sólo no condenar lo que no entraba por el gusto, que era la forma más subjetiva y arbitraria, y sobre todo pobrísima, de apreciar cualquier cosa. Y estaba todo alrededor, sí, incompetente, y podía no tener melodía, aunque sí, ni armonía, aunque sí, ni ritmo, aunque muchas veces lo tenía, y tan preciso como la señal de un pulsar girando locamente a millones de años luz; y sonando en todo el mundo y todo el tiempo, llena de silencios, se escapaba absolutamente de la definición del Espasa Calpe o de cualquier definición académica o profana -toda definición, en definitiva, es un marco y una prisión, un ansia de seguridad y control, una reacción frente a la libertad y, al fin, miedo-... tan ajena e ignorante del homo sapiens como el mismo universo. Así era la realidad, impersonal, inasible e inapelable, le gustara a uno o no. Y excedía grandemente el mundo humano, vibraba no sólo en La Tierra, sino en todo el universo material, en las estrellas y en todos los mundos que, como mecanismos de relojería, giraban graciosamente alrededor de una gravedad común.
Y a veces comprobaba que esa azarosa música para la cual no hubo, ni hay, ni habrá pentagrama jamás, se imponía por derecho… eso justamente había experimentado dos días antes en plena noche al cruzar a pie las vías del San Martín sobre el túnel de Caseros: ya llegaba la primavera y el concierto de grillos entre los rieles sonaba con todo su magnífico esplendor… ¿Cuántos eran, miles, millones, miles de millones?... -como los astros, como las arenas del mar- esos incontables insectos frotando sus patas, codo a codo, fabricando cooperativamente ese tapiz sonoro complejísimo, sin melodías, armonías ni ritmo, que era tan efectivo para ponerlo a uno en el presente y en estado de gracia, y que detenía los pensamientos mejor y más santamente que cualquier droga, esa música natural que era sólo un pequeñísimo fragmento, una ínfima coda o variación de toda la música perpetua que irrefrenable sonaba en el universo -está sonando ahora-, como las hipnóticas miles de millones de gotas de lluvia percutiendo en los incontables tejados, o como el salvaje y poderoso grito del trueno, tan puro y tan ajeno también, o como la infinita cadencia del mar, o el río desbocado del tránsito humano fluyendo entre las calles -esos ríos metáfora- en hora pico, chillando sus voces tecnológicas extremas en los oídos de todos, en cualquier esquina céntrica de cualquier ciudad del mundo… esa música extraordinaria, pensó sin dudarlo un sólo instante, era suficiente.
Y estaba seguro también, aunque detestaba estar seguro, que pocos, o muy pocos de sus amigos y conocidos, músicos o no, compartirían lo que reflexionaba esa mañana temprana mientras mateaba sus amargos con yuyos. Estaba convencido que, al hablar de música con ellos, aparecerían los inefables nombres propios, esos hijos bastardos de los mecenas renacentistas, creadores de los derechos de autor, del ticket y del escenario, y también de la colonialista y avasallante propaganda; aparecerían sin duda en la conversación los nombres de esos hacedores de la genialidad y de la pomposa fortuna, hitos destinatarios de una especiosa gloria eterna que, en sus propios labios y en sus fueros más íntimos también, durará más que el planeta y las galaxias y el mismísimo universo... universo que, a diferencia de estos íconos idolatrados hasta el aburrimiento, destinado a un final está, como todo lo que vive, ama y respira.

