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viernes, 23 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

Intento entender porqué me siento tan mal cuando entro en facebook y leo algunos comentarios. Los que comentan son argentinos como yo, recorren las mismas calles que camino yo, utilizan los mismos servicios que yo utilizo, consumen los mismos productos que yo consumo. Van al cine como yo, compran libros como yo, aman la pizza, como yo.
Hasta algunos creen en un Dios, como yo creo.
Sin embargo, viviendo en el mismo territorio, pertenecemos a países distintos... pensamos el país desde orillas opuestas y lejanas, orillas que, de tan distantes, resultan ser insalvables, inconectables.
No hay ni un punto de unión, es imposible.
Yo no soy el dueño de la verdad, ni quiero. Tampoco quiero tener razón... simplemente me pregunto -alarmado-: ¿cuanta energía malgasté este año que termina tratando de concientizar a los inconcientizables?... hay una frase de Joaquín Sabina: "No hay ser humano que resista la tentación de querer ayudar al que no se quiere dejar ayudar"
Y eso, amigos, estén del lado que estén, es perder el tiempo al pedo, malgastar el tiempo.
Nunca tuve más ganas de cerrar el facebook como en este año. Le voy a dar una oportunidad, decidí darle una oportunidad, pero es vital un cambio en mi actitud... ¿quieren un país sin negros?, bueno, salgan a la calle a matar negros. ¿Quieren un país sin putos?, bueno, salgan a las calles y maten putos. Maten travestis, maten zurdos, maten intelectuales, científicos, poetas, pibes chorros, perros pulguientos, maten idealistas, maten políticos y dirigentes, cierren las radios, clausuren las plazas, callen los diarios, proscriban la libertad, maten a todos... es el momento adecuado, es el "signo de los tiempos"... y yo ¿que puedo hacer desde acá?
Nada. Nada puedo hacer. No quiero tratar de convencer a nadie más. Me cansé, me cansé de que me duela tanto.
Por mi parte voy a seguir pensando como pienso, sintiendo como siento, amando a los que amo y creyendo en el Dios que creo.
Mi Dios no es un asesino, ni tiene problemas psicológicos, mi Dios es amor... y ese amor es el peldaño más bajo de la escalera que hacia él lleva.
Dios me lo está pidiendo hace rato: "dejá que los muertos entierren a sus muertos, vos solo seguíme"
Ojalá en 2017 lo cumpla. Ojalá en 2017 gaste mis energías en conductas más nobles, más cercanas, solidarias, palpables, inmediatas.
El campo de batalla no es el facebook, es mi barrio, la inmediatez de la geografía que me rodea.
Feliz navidad.

domingo, 4 de enero de 2015

Relato navideño

Cristian dobló en Mitre y casi se choca con Sergio, que venía doblando justo en sentido contrario. Se detuvieron y se miraron en silencio... uno, dos, tres segundos. Entonces Cristian habló:
-Hola Sergio, ¿como te va? ¡tanto tiempo!, una alegría encontrarte, y justo el día de navidad.
-Si, que tal- contestó el otro con sequedad, -como va.
-Y... ahí.
A Cristian lo había abandonado su esposa. Era un hecho notorio para todo el barrio, en especial porque no era la primera vez. En esta ocasión se había escapado con un joven camionero de la calle Olavarría al fondo, cerca del Posadas; decían que era un tipo soez e inculto, de armas tomar.
-Sí, me enteré lo de Marta, dijo Sergio
-¿Como te enteraste?
-En la fábrica. Me lo contaron mis compañeros del taller...  ya es célebre tu mujer... y agregó: -por eso, te buscaba para ofrecerte mi ayuda, quiero saber si me necesitás, si necesitás algo de mi porque yo tengo algo para vos.
Cristian no lo podía creer... primero dudó, pero después no, y entonces lo abrumó la emoción. Siempre esperando, tantos años esperando el milagro y al final era el otro el que se acercaba. Increíble. Tanto lo superó el sentir que no vio la turbación del otro escondida en la cara, detrás de la mirada, en el tajo de los labios, en los cables alrededor del cuello... esa sorda y oculta rigidez le recorría a Sergio los tendones y los músculos como rumores de guerra.
-Yo sabía que algún día podría contar con vos, Sergio dijo Cristian -a pesar de la distancia... porque compartimos lazos que inevitablemente nos unen. Y te lo agradezco, que me lo digas. Gracias de nuevo. Estoy feliz de encontrarte así, pero no hay nada que puedas hacer por mi y por mis problemas con Marta.
-¿No?... yo creo que sí- aseguró Sergio con extraña vehemencia.
Se hizo silencio. La emoción que Cristian acababa de experimentar se le quebró y al segundo ya no existía. Por la avenida Mitre pasó un 123 echando humo negro por el caño de escape, rumbo a Palomar. Los pájaros estaban mudos, el sol estaba mudo; solo se oía a la tierra seca cabalgada por el viento, planeando cerca del asfalto... hacía mucho calor y el cielo era todo de color ceniza.
-Lo dudo, Sergio, dudo que me puedas ayudar... y dejémoslo, por favor.
Entonces Sergio lo dijo:
-Pensaba ofrecerte otro tipo de ayuda, el tipo de ayuda que va a solucionar todos tus putos problemas, pendejo marica.
Cristian abrió los ojos muy grandes y un frío le recorrió la espalda... ¡que rápido cambiaban los sentimientos, las intenciones, las palabras!
-¿Que me decís?, no... mirá... ¿me vas a maltratar de nuevo?, ¿que ayuda me querés ofrecer?, ¿discordias?, ¿otra vez discordias?, preguntó Cristian, amenazado y, al mismo tiempo, desafiante, percibiendo la llegada de un cataclismo, de otro cataclismo, o del mismo cataclismo que se repetía y se representaba en el mismo escenario y por los mismos actores año tras año. Esperaba la llegada del huracán con la misma amarga media sonrisa que le ofreció a Marta la noche que pasó a despedirse por el bar "La Facultad", colocada y risueña, acompañada por su joven amante.
-Pensaba en ofrecerte mi pija, Cris. Mi pija para Marta, tu mujer. Mi pija gorda para el culo prosti de tu descarada mujer, Marta, para apagarle el fuego voraz de su culo voraz y atorrante, para que la clavemos a tu cama, porque se te está volando Marta, se te vuela, me lo dicen todos, se cagan de risa y me lo dicen: como las chapas... siempre se te vuela tu mujer; me parece que los dos andan con tantos problemas porque hace tiempo van por la vida necesitados de una gran pija de verdad que los satisfaga.
Cristian, atónito, se fue poniendo morado, y entonces reaccionó a la terrible ofensa: disparó un derechazo directo a la cara del otro; pero era un derechazo perezoso, impotente y débil. Sergio interceptó el brazo, se le acercó al cuerpo y le descargó un furioso puñetazo directo a la boca del estómago. Cristian se dobló por la mitad, sin aire, los ojos desorbitados. Entonces Sergio lo agarró del cuello, lo enderezó con furia y le hundió dos puñetazos más, uno con la derecha y el otro con la izquierda, ¡pum, paf!, dos puñetazos de acero, helados como dos cargas terroristas detonadas en medio de las tripas.
El otro cayó. Quedó temblando, tirado en el piso, doblado sobre su vientre, vomitado, balbuceando incoherencias entre sollozos.
-Feliz navidad, hermanito, dijo Sergio -vos lavále las bombachas, nomás, laválas y secálas, tenele las bombachas preparadas que en cualquier día de éstos se te aparece por la puerta, sonriente y con el culo lleno de leche, desesperada por no perder al único cornudo del planeta que se la banca y que le ofrece un techo de verdad.
Entonces se dio media vuelta y se fue caminando en silencio, pensando que ese hermano, su único hermano, que había sido engendrado unos años después que él, en el mismo vientre que él, y concebido con las mismas semillas que él, siempre le había hinchado las pelotas hasta la disolución, hasta el punto de avergonzarlo frente a los demás, frente a sus amigos, frente a todos.

martes, 16 de diciembre de 2014

Moscateando en Burgio con Papá Noel

Caminaba por avenida Cabildo, rumbo a Pacífico. En la esquina de Cabildo y Juramento me interceptó un Papá Noel muy gordo y viejo; llevaba una larga barba blanca de krilón y sobre su mirada oscilaban un par de desvencijados lentes marrones arreglados con poxilina. Lo enfundaba un desmesurado traje rojo y blanco tachonado con redondos botones de plástico dorado; un gorro frigio calzaba en su cabeza, botas negras en sus pies y una gran bolsa llena de gaseosas colgaba de su mano derecha. En el bolsillito del corazón asomaba un paquete de cigarros Camel.
Papá Noel se me acercó, me dio una botellita de Coca-cola y, con aliento alcohólico, me susurró arrastrando las palabras:
-Compartí lo mejor de vos.
Retrocedí unos centímetros para alejar el vaho y le contesté:
-Supongo, Santa, que esta gaseosa es lo mejor de vos que me podes compartir a mi.
-Ponele, me dijo.
-Santa, me apresuré a decir porque el gordo ya perdía interés, -y que hago con lo peor de mi?
-Metételo en el orto, me contestó.
Me puse a reír mientras el viejo me daba la espalda y le entregaba una gaseosa a una niña muy rubia y muy sonriente. Me le acerqué, le devolví la coca y le dije:
-Tomá, viejo, gracias, pero yo no tomo esta mierda. Suerte y feliz navidad.
Me di la vuelta sin esperar respuesta y empecé a caminar, entonces Papa Noel me gritó:
-¡Pará, loco!, ¡esperá, che... no te vayas!
Se me acercó corriendo con pasitos muy cortos y me preguntó:
-¿Que tomás vos?, ¿eh?, ¿que te gusta tomar a vos?
-¿A mi?... me gusta el moscato, Santa, bien frío.
-¡Uuuu!- al viejo se le iluminó la cara -¡vamos al bar!.
-No, viejo- le dije -no tengo una moneda.
-No importa, sonrió, -yo te invito.
Fuimos a Burgio. Nos sentamos en una mesa cerca de la barra. Papá Noel se sacó el gorro frigio y se desató la barba, que dejó sobre la mesa. Pidió un litro de moscato Crotta y una porción de fugazetta rellena para cada uno. Comimos las porciones y, luego de vaciar dos vasos, empezó a hablar:
-Reparto cacas -dijo exactamente eso: "cacas"- para los pibes de los ricos; vienen por la vereda hablando las pelotudeces que aprendieron en la televisión, les doy una mierda de éstas y ya está. Me garpan por día, por repartir este veneno, ciento cincuenta mangos diarios. Pero nunca tengo con quién sentarme a chupar algo de verdad.
-¿Y de que laburás cuando no es Navidad, Santa?
-Santa una mierda, me llamo Jorge -me dijo- y hace años que no laburo porque acabo de salir de la prisión.
Terminamos la botella y Jorge pidió otra. Al revés que la mayoría, a medida que vaciaba los vasos parecía estar cada vez más consciente. Le pregunté donde había estado guardado.
-En varios lados -me dijo- mucho traslado... Ezeiza, Magdalena, Devoto, Marcos Paz.
-¿Muchos años?
-Trece
-¿Que hiciste?
-Maté a mi mujer y a mi suegra.
-¿Por?
-¡Por hijas de puta!, ¿porqué mierda va a ser?
Se acercó una pibita para sacarse una foto. El viejo la agarró, se la sentó encima y así, sin el gorro y sin la barba, la madre les hizo la foto. Cuando la nena se iba Santa le dio la botellita y le dijo la cantinela: "Compartí lo mejor de vos"...
-Si no lo digo no me garpan... estos hijos de puta capitalistas envenenan a la gente con estos jugos podridos y encima les llenan las cabezas de mierdas que no dicen absolutamente nada: "destapá la felicidad", "es sentir de verdad", "tomá lo bueno"... todo mierda vacía, sin sustancia, sin olor, mierda que no sirve ni para mierda, mierda inocua. Y ahora están con el "compartí lo mejor de vos"... ¿que carajos significa "compartí lo mejor de vos"? ¡que seas un falso de mierda!, ¡que te reprimas!, ¡que escondas tu verdadera naturaleza animal detrás de una fachada reluciente como una marquesina de colores o como un par de tetas de vinilo en la pechera de una puta de la televisión!...
Me gustaba este santa. Lo hacía. Todos lo hacemos. Pero él lo hacía por supervivencia, y mientras lo hacía era consciente de que lo hacía flotando en un mar de mierda hipócrita.
-Mi mujer igual -le dije-, labura en un colegio y hay días que se quiere matar. Los pibes siempre tienen la culpa de todo. Año tras año mueren millones de personas en guerras de mierda pero la culpa de toda la violencia la tienen los pibes. Un didacta dijo, para resumir un tomo de mil páginas, que el sistema educativo es un curso de doce años que está pensado para convertir a los pibes en esclavos. Salen a los dieciocho y el noventa por ciento ya está muerto.
-Y el otro diez por ciento termina en cana, o se hace alcohólico, o se suicida.
-O todo junto.
-Sí, claro.
Se acercó un papá con un nene de unos tres años. Le pidió a Santa que se pusiera el gorro y la barba para hacerle una foto con el pibe. El Santa lo miró con un odio infinito, pero accedió. El tipo le hizo la foto y luego le pidió la gaseosa.
-¿La gaseosa es para vos?, le preguntó Santa al tipo.
-No, para el nene.
-En fin, tomá: es tu hijo.
Le acercó la gaseosa y el tipo se fue. Ni gracias le dijo.
-Amor le llaman a eso, engañar al pibe con una fantasía de cagada y darle de tomar veneno... ¿y vos, de que laburás?
-Doy clases de guitarra.
-Y con tu mujer te llevás bien?
-Si.
-¿Y con tu suegra?
-También.
-A mi me cagaron. Yo laburaba en la Peugeot, ponía puertas en la línea de montaje. Diez, doce, hasta catorce horas diarias poniendo puertas. La espalda y los pies a la miseria. Veinte años sin faltar una vez. Pero un día me corté una falange, llegué temprano a casa y encontré a mi mujer y a mi suegra enfiestadas las dos con un tipo. En mi cama. Ahí nomás agarré el 38' y le volé la cabeza a las dos, delante del tipo. Del susto, se cagó y se meó encima. Antes de dejarlo ir lo obligué a que se tome un whisky conmigo, los dos sentados en la cama al lado de los cadáveres y de las bombachas y de las manchas de sangre y de los pedazos de masa encefálica desparramados por todos lados. Hace poco me enteré que quedó chapa. Está en el Moyano, internado; uno de estos días lo voy a ir a visitar.
-Andá disfrazado de Papá Noel.
-Jaaaajaja!, ¡si!
-Y llevále una coca.
-Jaajajajaaaa!! ¡siii!
-"Destapá la felicidad", le podés decir mientras te sacás la barba y el gorro.
-Sí... o "Sentí el sabor de vivir"...
Nos reímos nuestras risas de borracho. De a poco fuimos terminando la botella, en silencio, viendo pasar la gente por la vereda, gente arrastrando a sus pibes y a sus flamantes arbolitos de navidad, gente apresurada, muy seria y perfectamente aseada, yendo hacia ningún lado. El cielo se fue poniendo gris, los autos pasaron por la avenida quemando petróleo, echando su humo, haciendo su ruido ensordecedor. Entonces pensé que Papá Noel, éste Papá Noel, tal vez no tendría con quién pasar la Navidad.
-Jorge... ¿con quién pasás la Navidad?
-Solo, ¿con quién mierda la voy a pasar?
-¿Querés venir a casa?, seguro amaso unas pizzas, y moscato nunca falta.
-¿Donde vivís?
-En Caseros.
-¿Y tu mujer? ¿que va a decir?
-Nada, Santa.
-¡Santa una mierda!
-Jajaja, ok, Jorge... ¿venís?
-Bueno, voy.
Le escribí la dirección en una servilleta y le expliqué como viajar. Santa pagó la cuenta, se puso el gorro y la barba y salimos a la vereda. Nos dimos un abrazo. Yo enfilé para Pacífico y Santa para la esquina de Cabildo y Monroe. Se fue para la esquina para poder seguir ganando ciento cincuenta mangos al día diciendo su cantinela vacía de contenido y regalando sus venenos envasados a los pibitos que pasaban por ahí.