Salgo del supermercado de Álzaga y Merlo, caminando. Llego a Mitre y
Álzaga y escucho un fuerte ruido a caja de cambio: una joven treintañera a
bordo de un Chevrolet Corsa, intentando
ponerlo en marcha. En cada vidrio un cartel de "PRINCIPIANTE", el
auto detenido, asomando un 30% sobre la avenida... un segundo después aparece
un vecino con una moto a no menos de 80 km por hora, y le grita: "FORRA LA
CONCHA DE TU MADRE INÚTIL DE MIERDAA!"; otro por atrás, con un Astra, la
pasa acelerando como si los pistones fuesen balas de punta hueca: "PUTAAA,
METETE EN LA COCINA Y NO SALGAS MÁAAS" chilla. Al toque aparece un bondi
de la 123, rumbo a Palomar; le tira, literalmente, el coche encima... justo
antes de llevarla puesta clava los frenos y le escupe un fuerte y prolongado
trompetazo, con esas bocinas a aire que te dejan literalmente sordo... miro al
chofer: se caga de risa el hijo de remil putas. Me quedo parado mirando a ver
qué onda, si necesita ayuda para arrancar el auto, o para evitar que la maten
los machos dominantes del machote barrio conurbano. En un instante se hace
silencio y desaparecen todos: la chica queda sola en medio de la avenida. Me
acerco: está llorando, llorando de impotencia, de violencia, de todo, y aún no
puede encender el auto. Le digo: "no te asustes, vivo acá a media cuadra y
vengo del supermercado ¿te ayudo?", me mira la bolsa con los tomates y me
contesta, lagrimeando "no, no, tengo que encenderlo yo, sino no voy a
aprender nunca". "Dale", le digo, "no les des bolas a
éstos simios descastados, ya se olvidaron de lo que es la compasión".
"Gracias”, me dice, y lo repite como en trance, secándose las lágrimas: “gracias”.
Entonces le da de nuevo a la llave y el motor, como por arte de magia,
enciende. Arranca despacito, me saluda por el espejito y se va.
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viernes, 10 de abril de 2020
sábado, 29 de septiembre de 2018
La chica en el cementerio
Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en
Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba
completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El
sonido del motor tosía y rebotaba inexplicablemente en los sucios cordones de cemento,
en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras
caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal,
sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la
chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo
suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una
remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace
esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la
marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta
hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos,
y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal.
Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.
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