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martes, 22 de julio de 2014

Llueve, piensa, enfría, odia, niega...


Acaba de sonar el teléfono, un alumno que no viene por un estado gripal.
Salí de la cama a las seis menos cuarto de la mañana, ahora son las siete y veinticinco, aún llueve y la temperatura desciende hora tras hora.
Mates con hojas de sem, necesidad de hacer algo, lo que sea, que me saque de este sentimiento de inutilidad que ya se prolonga por tres semanas.
Tal vez es la hierba. Tal vez es ella. Tal vez es mi cerebro, mi espíritu, mi religión, mi Dios, mi sexo, mi PC, mis medias de nylon, mi pene, mis dedos, las cuerdas de la guitarra, los zapatos de tacón, la humedad en la casa, la crema de afeitar, los libros releídos, los últimos ocho años, el aburrimiento, la decadencia corporal, los cementerios, la certeza de la muerte.
O el pertenecer a un mundo amenazante y a una raza asesina que, paradójicamente, se muestra llena de vida. Y de fe.
Fuera llueve con una indiferencia que se aparta de esa sangre derramada.
Hay guerra en Oriente. Hay guerra y hay hambre, hembras violadas, críos masacrados, viejos olvidados. Hay laboratorios. Homúnculos. Hay cuerpos de diseño, vaginas a la carta, una barata de fama, carne en venta... hay fútbol, hay bancos, hay porno, armas, pizzas, baños, trampas, calzas... hay tiempo,
y hay necesidad.
Me pregunto cual es el sentido y no obtengo respuesta.
Es el bien y el mal, es el gris y es el sueño -o el no sueño-.
La importancia de la palabra NO. La soledad de la palabra NO.
La inapelabilidad: NO.
Es estar de pié frente a todos, contra todos.
Amar el odio, odiar el amor.
El fracaso es una puerta idiota que se abre hacia cualquier lado.
El aburrido fracaso. El miserable fracaso. Indigno fracaso.
El fracaso es la soga que ahorca al nuevo miembro desde las puntillitas de la cuna.
Y mamá aprieta y sonríe... aprieta y sonríe...
Dos colores: celeste y rosa.
No hay jerarquías -sí, las hay-...
No hay Dios -sí, lo hay-...
Llueve.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Los falsos dioses

El judoka olímpico habla por la radio y afirma sacrificarse para alcanzar el oro.
Y justifica ese sacrificio en la medalla, en el podio y en los colores de la bandera.
Asimismo, no niega padecer algunos problemitas emocionales... frustraciones generalizadas y pérdida del sentido de la realidad.
Dice contar con su familia y con sus amigos para recuperarse.
El "Word Reference" on line define "sacrificio":
"Ofrenda de una vida que se hace a una divinidad"...
El deportista en cuestión, entonces, estaría ofrendando diariamente su vida a una divinidad, que en este caso sería el dios éxito -podio, medalla-, o el dios patria -colores, bandera-
Yo sospecho que esos dos dioses son el mismo.
Podríamos llamarlo, por los místicos descalabros múltiples que produce en sus acólitos, el "dios rivotril".
Los seguidores de este culto ya superan con creces a los del Islam, del Judaísmo y del Cristianismo todo.
Su única plegaria es el consumo.
Aseguran que el efímero presente es una herramienta puesta al servicio del futuro, única realidad.
Esto último es dogma.