Mostrando entradas con la etiqueta lluvia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lluvia. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de abril de 2017

Un día de lluvia

Llovía. El viento arrancaba el humo de las chimeneas y azotaba las ramas de los pinos. La niebla ocultaba el mar a lo lejos y envolvía al pueblo en un velo fantasmal, denso y azulado. Los perros y la gente habían escapado de esa mortaja de chubasco y las calles estaban desiertas.
-Me niego a quedarme acá encerrada- dijo Claudia
-¿No mirás por la ventana?- contestó, asombrada, Paola –aún no es mediodía y está tan oscuro que parece el ocaso… ¿de verdad querés salir con este día?
-Sí, quiero salir. Y quiero salir especialmente con este día.
-Bueno, es un día de mierda… nos vamos a cagar de frío y nos vamos a empapar… ¿eso querés?
-¿Porque no?, siempre elegimos lo conocido, caminar con sol, nadar en el mar cuando hace calor, dormir de noche y viajar en vacaciones… así todo resulta siempre lo mismo: predecible y aburrido.
-No creí que te aburrías- agregó Paola, y luego: -¿está mal dormir de noche o viajar en vacaciones? Supongo que el trabajo termina condicionando toda la cuestión.
-Tenés razón, Pao, si el trabajo es una maldición bíblica…
Se quedaron en silencio, mateando, viendo el humo blanco de las chimeneas de enfrente bailotear alocado detrás del vidrio. Estaban en Ancud, Chiloé, y el clima en la isla cambiaba a diario como un calidoscopio impredecible.
-No podemos hacer nada con respecto al trabajo, Pao, pero podemos salir a caminar con este “día de mierda”… ¿alguna vez caminaste algunas horas bajo la lluvia?
-No, nunca. Si llueve intento no mojarme, esa es la verdad.
-Bueno, entonces hoy propongo que cambiemos: abriguémonos bien y salgamos a caminar.
-Jaja, estás loca ¿lo sabías?
-Mejor, y creo que la pasás bien con esta loca…
Las chicas se abrigaron y salieron. Bajaron por Pudeto hasta el centro del pueblo, pasaron por el supermercado y compraron todo para la cena. Después subieron por Pedro Montt y por San Antonio hasta encontrar la calle Antonio Burr, y desde ahí dieron la vuelta a toda la ciudad. Caminaron bajo el chubasco, sintiendo el agua chorrear sobre la tela plástica del piloto, con el olor salado del mar y de la leña ardiendo todo alrededor. Los únicos bichos que las acompañaban eran las chillonas gaviotas. Luego de dos horas de caminata llegaron al mirador del cerro Huaihuen, y ahí se sentaron a contemplar la inmensidad del mundo.
-No se ve nada- dijo Paola.
-Yo veo de todo- contestó Claudia.
-¿Qué carajo ves?
-El mundo, el planeta, la niebla, las nubes, el verde saturado de la hierba, los techitos de las casas, veo las islas como manchas negras, el viento entre las ramas, los barrios bajos, el agua allá en la costa y el agua también acá, cayendo desde el cielo. Y te veo a vos, sentada a mi lado.
-¿Y que ves cuando me ves?
-Lo mismo que veo en el espejo: condicionamiento.
-¿Y caminar bajo la lluvia cambia eso?
-¡Yo que sé!... puede que sí, puede que no.
-Tal vez un poquito.
-Por un rato.
-Condicionamiento-, susurró Paola, la mirada perdida en el difuso horizonte del Pacífico.
-Sí, y tu condicionamiento es amable.
-¡Y el tuyo está totalmente loco!
Después de reír retomaron la marcha, llegaron a la cima del cerro y dieron la vuelta por las antenas con un ventarrón de mil demonios soplando alrededor. Y bajaron: del otro lado apenas se dibujaba el puente que unía las caprichosas sinuosidades de la costa chilota.
Llegaron al asfalto y treparon nuevamente hasta la calle Pudeto, esta vez por detrás. La vuelta a la ciudad les había tomado poco más de tres horas.
Llegaron. Entraron en la cabaña y el abrigo de las paredes las envolvió como una cuna. Se quitaron las ropas empapadas y el calzado embarrado. Luego se metieron en el baño y se dieron una abundante ducha caliente.
Claudia preparó otra tanda de mates. Cuando su amiga salía del baño le preguntó:
-¿Y?, ¿Cómo te sentís ahora?
Paola se la quedó mirando, sondeando en su interior con los ojos muy abiertos. Luego respondió:
-Feliz. Me siento feliz… y libre.
Claudia sonrió, le alcanzó un mate amargo y la otra chupó. Luego Paola agregó:
-Son las cuatro y cuarto de la tarde… ¿podríamos dormir un rato, no?
Rieron. Luego se sentaron en silencio a tomar mates y a contemplar, detrás del ventanal, la maravillosa parsimonia con que la lluvia bañaba ese íntimo pedacito del mundo.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Vera

Vera se despidió de Juan, su último cliente. Le señaló la puerta de salida, le dijo que se apurara porque ya llegaba la tormenta, y bajó por las escaleras con la guita del día en la mano, rumbo al baño. Se lavó los dientes y se dio una prolongada ducha caliente, pero antes, como en un ritual, se quitó la máscara del hastío frente al espejo, mejor dicho, se la arrancó: se quitó de las pupilas las miradas acuosas, los alientos indelebles alojados en la nariz y los fluidos ominosos acumulados en la piel.
Casi una hora más tarde, ya en camisón, subió de nuevo, entró en su cuarto y ahí estaba Juan, su último cliente, todavía sentado en la cama y esperando.
-¿Que hacés acá, Juan?... ¿no te dije que te vayas rápido?
-Te esperaba, Vera.
Vera se lo quedó viendo... pensó que el tipo era un santo, o un boludo. Hacía meses que Juan venía y se acostaban, y mientras hacían el amor él la tocaba como se toca una flor muy delicada, y la miraba con esos ojos negros tan profundos que no lograban ocultar el amor que sentía.
-No, mirá Juan... creo que te equivocás, ¿no sabés cual es mi trabajo? ¡soy puta, Juan!, ¿que venís a buscar?, ¿más que sexo?, entonces estás muy equivocado... ¡mirá!¡toda la cosecha de hoy!
Vera le pasó el fajo de billetes por debajo de la nariz. Ese día había tenido más de diez clientes y el fajo era bastante grueso. Había empezado trabajando a las nueve y media de la mañana y ahora estaba ahí, frente a Juan, y sólo restaban quince minutos para la medianoche.
-Ésto es la realidad, querido Juan, la guita; ésto maneja el mundo, la guita... la guita es el gas en la hornalla y es el médico y las pastas, y es el faso también, porque sino me vuelvo loca... y son las bombachas, claro, y el bife de costilla con papas fritas.
Juan la miraba esperando, sin abrir la boca, y al final se quedaron en silencio. Vera, nerviosa, caminó varias vueltas por la habitación, pasando cada vez frente a Juan. Al rato se sentó en la cama. Entonces se levantó otra vez y buscó un alicate en el cajón de la cómoda; volvió a la cama y comenzó a cortarse las uñas de los dedos de los pies. Parecía como si de repente se hubiese olvidado del tipo que tenía sentado a su lado. Al rato éste habló:
-Yo vengo cuando puedo porque más no puedo gastar. Si fuese millonario te pagaría todas tus horas de todos los días para no tener que irme y regresar cada tanto, ni para esperar a verte otra vez.
Vera levantó la mirada de sus pies y se la sostuvo, inquisitiva y pétrea; entonces le contestó:
-Claro, yo se lo que te pasa: vos venís a rescatar a la cenicienta. Divino. Pero ésta cenicienta no es como la del cuento, es posmoderna, no limpia ni pisos ni chimeneas: refriega cuerpos transpirados entre sus tetas y se coloca para que los machos hagan su depósito seminal. Imagináte, príncipe enamorado, a vos sólo te falta el zapatito de cristal y el ansia, o la calentura, de desear que me calce justo en el piecito y me convierta en una reina encantada, en una santa frente a los súbditos de tu reino y en una putarraca descarada en tu cama.
-No, Vera, no es así. Yo no tengo ningún zapatito de cristal para probar si te queda, ni tampoco un reino; sólo tengo mi corazón, y no me hace falta probar nada... ¿porqué te enojás tanto?, yo no puedo sentirme culpable por haberme enamorado de vos, al contrario: no me importa ni tu trabajo, ni tu pasado, ni nada; solo sé que podríamos, juntos, empezar una vida distinta, distinta para los dos. Y no es verdad que la guita maneje el mundo, lo que hace que el mundo se sostenga día a día es el amor, Vera, y por eso estoy acá.
Afuera tronó dos veces y empezó a llover. Sobre el techo de chapa se agitó el chubasco creciente hasta llegar a caer con una violencia de baldes de agua. Vera se levantó, encendió el velador, apagó la luz y prendió un sahumerio. Por un momento sintió un odio casi infinito por ese tipo que tanto le gustaba y que ahora decía amarla. A ella, la prostituta. A ella, que había dejado olvidada en algún rincón del camino esa esperanza junto con aquella antigua dignidad de la que tanto le hablara su madre antes de morir, y que ella se había encargado de traicionar paso a paso. Sintió un remordimiento oscuro y definitivo, y, también, una urgencia desesperante que la obligó a levantarse y a ocultar las lágrimas que, imparables, brotaban desde sus ojos y corrían libremente hasta el piso.
La lluvia continuó, sin ánimos de parar. Al rato Vera dejó de llorar, encendió un cigarro, le ofreció otro a Juan y volvió a sentarse a su lado.
-Juan, preguntó con la voz quebrada mientras se secaba los ojos con un pañuelo -¿como es tu vida?
-¿Mi vida?... mi vida era una buena vida, una vida tranquila, una vida de amigos y de trabajo. Una vida simple. Nunca me asustaron ni la soledad ni la independencia. Siempre fui el dueño de mis reglas, pero ahora esa vida se acabó. Como todos, cometí un error: venir a verte. Conocerte cambió todo eso: ahora mi vida dejó de ser buena, está vacía, porque lo que más siento que necesito y deseo está justo en este cuarto y no me pertenece. Ni pretendo semejante indignidad: nadie nace para ser de nadie, pero sé que dos pueden compartir sus soledades y volverse mucho más que esas dos soledades separadas y solas.
-No soy una buena persona- le dijo Vera con un sollozo ahogado.
-Nadie lo es- le contestó Juan.
Fumaron juntos varios cigarros. Vera preparó café, un café negro como el diablo y caliente como el infierno. Hablaron muy poco: hablaba la lluvia. La lluvia les susurraba desde el techo la maravilla de estar bajo esas chapas, fumando esos cigarros y bebiendo ese café, juntos.
Al final Vera no pudo más del cansancio y se quedó dormida. Juan la tapó con una manta, se sacó los zapatos y se acostó a dormir, vestido, a su lado.
Se despertaron a las ocho y media de la mañana con las campanadas de Santa Rita que, a media cuadra, invitaba a todos a la misa dominical.
Juan se puso los zapatos, se acercó a Vera, le dio un beso muy tierno y le dijo:
-Me voy, gracias por lo de anoche. Uno de estos días te llamo... vos pensálo.
Y se fue.
Vera se quedó acostada casi hasta el mediodía, viendo el techo y pensando en las campanadas de la iglesia, en su madre y en La Magdalena... y en esas piedras que el Amor de un hombre evitó que asesinaran otra vez. Y pensó en Juan, en sus ojos y en su piel, e imaginó que, tal vez, podría ser un santo. Al final se levantó, se aseó, preparó unos mates amargos y llamó por teléfono a todos los clientes que ya habían reservado un turno para el lunes.
Luego buscó la única foto de su madre que aún guardaba en un viejo arcón y la puso sobre la mesita de luz.
Y entonces se dio cuenta que en los próximos días no tendría nada que hacer... salvo esperar la llamada del teléfono.

martes, 22 de julio de 2014

Llueve, piensa, enfría, odia, niega...


Acaba de sonar el teléfono, un alumno que no viene por un estado gripal.
Salí de la cama a las seis menos cuarto de la mañana, ahora son las siete y veinticinco, aún llueve y la temperatura desciende hora tras hora.
Mates con hojas de sem, necesidad de hacer algo, lo que sea, que me saque de este sentimiento de inutilidad que ya se prolonga por tres semanas.
Tal vez es la hierba. Tal vez es ella. Tal vez es mi cerebro, mi espíritu, mi religión, mi Dios, mi sexo, mi PC, mis medias de nylon, mi pene, mis dedos, las cuerdas de la guitarra, los zapatos de tacón, la humedad en la casa, la crema de afeitar, los libros releídos, los últimos ocho años, el aburrimiento, la decadencia corporal, los cementerios, la certeza de la muerte.
O el pertenecer a un mundo amenazante y a una raza asesina que, paradójicamente, se muestra llena de vida. Y de fe.
Fuera llueve con una indiferencia que se aparta de esa sangre derramada.
Hay guerra en Oriente. Hay guerra y hay hambre, hembras violadas, críos masacrados, viejos olvidados. Hay laboratorios. Homúnculos. Hay cuerpos de diseño, vaginas a la carta, una barata de fama, carne en venta... hay fútbol, hay bancos, hay porno, armas, pizzas, baños, trampas, calzas... hay tiempo,
y hay necesidad.
Me pregunto cual es el sentido y no obtengo respuesta.
Es el bien y el mal, es el gris y es el sueño -o el no sueño-.
La importancia de la palabra NO. La soledad de la palabra NO.
La inapelabilidad: NO.
Es estar de pié frente a todos, contra todos.
Amar el odio, odiar el amor.
El fracaso es una puerta idiota que se abre hacia cualquier lado.
El aburrido fracaso. El miserable fracaso. Indigno fracaso.
El fracaso es la soga que ahorca al nuevo miembro desde las puntillitas de la cuna.
Y mamá aprieta y sonríe... aprieta y sonríe...
Dos colores: celeste y rosa.
No hay jerarquías -sí, las hay-...
No hay Dios -sí, lo hay-...
Llueve.

jueves, 12 de junio de 2014

La ironía de los justos

Yo estaba sentado en las escaleras del profesorado en donde estudio. Para llegar allí había viajado una hora en colectivo, cuarenta minutos en subte y caminado más de diez cuadras bajo una lluvia torrencial. Llegué, entonces, y me senté en las escaleras, un poco recostado sobre el codo izquierdo. Estaba empapado de las rodillas para abajo... los pies, las zapatillas, las medias. También llevaba mojada gran parte de la cola y más de la mitad de la espalda. Aparte de llover a cántaros hacía un frío ventoso de mil demonios. Yo cargaba con un bolso lleno de partituras, dos libros de Melville que acababa de comprar en una librería de la calle Corrientes, y un paraguas negro que acababa de romper contra unos alambres que sobresalían de una obra en construcción.
Me sentía abatido y extenuado.
En eso estaba cuando veo llegar al rector del instituto, que aparte de ser el rector es también el cura que ahí oficia misa; y veo que mientras comienza a subir lentamente las escaleras dirigiéndose hacia mí, me sonríe con una sonrisa tan beatífica como la del Buda.
Le sonreí también, y lo saludé -hola, buenas tardes-...
Sin embargo el ignoró mi saludo, y continuó acercándose más y más, ampliando su gesto a cada paso, caminando limpiamente justo hasta detenerse a medio metro de mi cara. Entonces se agachó un poco, estiró el brazo en un ademán de darme algo con los deditos todos juntos, y con una ya fantástica sonrisa me dijo: 
-Tengo una monedita para dar-
Y se rió. Una gran risotada. Luego se dio la vuelta e, ignorándome, siguió subiendo escaleras arriba hasta desaparecer.
Me quedé mudo. Sin saber bien porqué me sentí sucio. Luego pensé que ese era su delicado -e irónico- modo de decirme que yo, levemente recostado en las escaleras, cansado y empapado por el chubasco, parecía un mendigo, un indigente mugriento y zaparrastroso.
Justo cuando empezaba a sentirme indignado, recordé a Jesús... ese "borracho y comilón que se junta con prostitutas y pecadores"...
Entonces recobré la paz, que me inundó como una oleada.
-Estoy del lado correcto-, me dije, -no son los justos los que necesitan médico, sino los zaparrastrosos como yo-, pensé.
Agradecí esa moneda imaginaria y su gesto fortuito. Aún sentado en las escaleras -como un borracho- esperé a que se hagan las cinco y media de la tarde.
Entonces sonó el timbre y me fui a mi clase de dirección coral.