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sábado, 29 de noviembre de 2014

Muerte prematura

Luego de que Esteban se esforzara en cumplir con todos los mandatos civiles que le enseñaron sus maestros de escuela, con todos los preceptos morales que le impusieron en la parroquia, y con todas las obligaciones filiales que le inculcaron sus padres, su mujer, sus hermanos y sus amigos, finalmente se murió.
A los treinta y tres años de edad.
Sin embargo, su cuerpo siguió respirando: sus ojos continuaron viendo todo alrededor y sus manos persistieron en llevar el alimento a la boca... perseveró en el ejercicio de ir al baño y en el comercio carnal con su mujer.
Y con todo lo demás: cortando el pasto, yendo al supermercado, cocinando pizzas, escuchando radio, viendo TV y leyendo el diario. Pero Esteban, el verdadero Esteban, ya nunca apareció.
Nadie se dio cuenta... nadie lo extrañó.
Fue obrero en varias fábricas, de oficio soldador. 
Se fanatizó con el fútbol y se aficionó a la bebida; sus amigos aseguran que, tal vez borracho o en la cancha, parecía ser feliz.
Finalmente, tras una larga agonía, su carne colapsó arrasada por un cáncer masivo de duodeno.
Tenía sesenta y nueve años.
El velorio fue sentido. Más tarde lo enterraron en el cementerio de la Chacarita.
Llovía.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Un dios salvaje

El río del tiempo y sus futuros, sus memorias y sus efímeros presentes que ya no son respiran atrapados en la mano temblorosa de un dios salvaje.
Este dios no es Dios.
Aquel, suave y magnánimo. Este, débil e incoloro, indefinible, salvo por lo rústico; inasible, salvo por lo doloroso.
Yo lo siento distante... burlón por lo envidioso.
Sonriente en la mentira.
Es producto de la bruma psicológica que cubre a la ciudad, de los gases tóxicos que emanan las máquinas, de las señales electromagnéticas que todo lo atraviesan, de las infinitas -e inútiles- opiniones en la radio y la TV.
Y del fútbol, por supuesto.
Dios, el verdadero, no se calla -aunque no habla-, ni se muda -aunque parece no estar-... y esa es una de las maravillas de ser Dios único, su ubicuidad consistente en hablar sin palabras y de permanecer sin estar. Raro.
Y lo otro, ese dios informe, necesita estar.
Suele, para ser, revestirse en materiales tangibles, en general oro o dinero.
Y si es dinero, prefiere dólares.
Estalla con las bombas de las guerras, penetra con los plomos de las balas, llueve con las fumigaciones que mata a los niños y deforma a los fetos en los vientres maternos.
Ama las medias de nylon -aunque no las usa-.
Ama la sangre derramada, el incumplimiento en los horarios, el cine mudo y el alimento desperdiciado. Ama -aunque es incapaz de amar- todo tipo de fluidez corporal, en especial si es culposa -polución nocturna-.
Yo suelo perder los estribos cuando lo escucho hablando a través de la boca de mis amigos.
Olvido que no es y que no tiene permanencia... morirá con la ciudad, con la tecnología, con el mero universo-mecanismo.
Muchas veces parece ser bueno... suele confundirse con el vino tinto, con el sonido de la guitarra, con el sexo.
Es propenso al llanto y al manejo de la culpa.
Algunos aseguran que es mujer... yo, que ni siquiera es hombre, aunque practique la misoginia.
El amor lo derrota.