El silencio regresó al barrio, ese silencio que reinaba en la noche
cerrada cuando yo era muy chico. Menos de un mes de cuarentena y observo que se
ven más estrellas desde casa, tal es así que desempolvé mi viejo telescopio y
lo subí a la terraza. La Cruz del Sur y el Gran Orión ya no están solos, ahora
un pequeño y débil séquito, diariamente creciente, los acompaña. Y la estrella
de la tarde, Venus, brilla con un brillo lisérgico, como nunca brilló en la
gran ciudad. Al atardecer cantan los zorzales amarillos, compiten entre sí, son
de esos zorzales que no veía por el barrio hace no menos de dos décadas. Y
volvieron las calandrias y los chimangos, y se multiplican las torcazas. Las
mariposas, rojas, blancas, amarillas y negras, revolotean felices entre las
plantas... por eso "Nada puede ser peor que una vuelta a la
normalidad"... y eso, justamente, es lo que más me entristece de todo este
asunto: que vuelva a ponerse en marcha la maquinaria parasitaria humana... sin
límite, sin reflexión, sin piedad. "Los Reyes de la creación",
afirman que somos los que practican una fe de capilla, pero si somos reyes de
algo es de una peligrosa hipocresía que juega a las escondidas con la muerte
mientras manosea, con pulsión masturbatoria, la perfecta y modernísima pantallita
del puto teléfono celular.
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lunes, 6 de abril de 2020
martes, 9 de febrero de 2016
Último reporte desde lo alto
Ruido… mierda. Siempre hay ruido.
Me despierto en la mañana creyendo
estar allá. Me levanto, corro las cortinas y miro por la ventana: las montañas
rojas, el cielo amarillo, las arenas infinitas.
Entonces escucho los tubos. El ruido
del incesante aire atravesando los filtros, entrando, saliendo, recorriendo las
cañerías, reciclando su mínima y vital humedad.
Como un ritual diario, camino hasta el
“Hangar de las Arvejas” para observar los nuevos brotes. Pequeños y débiles los
menos; los más, calcinados por el sol salvaje.
Luego me obligo a no pensar; me lavo
los dientes, la cara, me visto, me preparo un café, como una galleta. Enciendo
la máquina y pretendo una rutina que, ya lo sé, después no cumpliré. Dispongo
de la mayor información con que hombre alguno haya soñado nunca: música, películas,
diarios, libros, revistas… incontables gugolpes de abúlicos bits de
información.
La apatía primero llegó con la música.
El fastidio por el cine, después. Ni Bach ni Tarkovski, ni Mozart ni Kubrick pudieron
remediarlo. Ya no leo: las palabras tienen el sabor del tedio. Ya no me
informo: las noticias me llenan de envidia.
Cuando llegué fue distinto… romántico,
podría decir. Presumido en mi propia película, el espejismo se mantuvo por
algunos meses. De día, los desiertos exteriores me inflamaron de heroísmo. De
noche, lagrimeé con las innumerables estrellas. Luego la épica mudó en
confusión, la confusión en miedo, el miedo en terror. Al final todo se derrumbó
y dejó una total indiferencia.
Recuerdo que en camino soñaba con las
cumbres despojadas, con el yermo herrumbrado, con la violenta tormenta
aproximándose a la velocidad del rayo. Ahora sólo deseo masturbarme. En mi afán
logré marcar patéticos –y fatigados- records. El onanismo me ayuda a conciliar
el sueño. A veces, también el llanto.
Sé que ellos me vigilan, pero acá no
hay espacio sin custodia. No me importa. Empecé con monogamia heterosexual. Luego,
orgías. Combinando los géneros pornográficos me fui habituando a toda
promiscuidad fílmica. Unos meses más tarde ya me daba lo mismo un travesti que
un enano, un niño pequeño que un viejo lisiado. Ése es mi logro. Últimamente
sólo me excita la sangre derramada, y más aún si es verdadera –y aunque nunca
sabré si lo es, me dejo convencer-. También me entusiasman bastante las
películas con animales: caballos, chanchos, anguilas.
El sistema vital se cuida a sí mismo
aunque de tanto en tanto chilla alguna alarma. Por lo general basta con oprimir
un botón. No sé qué haría en caso de una verdadera emergencia, ni me interesa: morir,
a fin de cuentas, es el único modo de escapar de este lugar.
Una desesperación recurrente me
atormenta: la necesidad de sentir una brisa entre las piernas, un olor que no
sea el del plástico y el del metal, la caricia directa del sol en la cara… pero
eso es imposible: significa morir.
Al principio recibía video-llamadas y
extensos mensajes diarios escritos por familiares y amigos. Paulatinamente eso se
fue deteniendo. Hoy todos, exceptuando a mi madre, se olvidaron de mí.
Están ellos, claro (¿cuántos son… diez,
treinta, cien?), observándome tras las lentes de video, día tras día, mes tras
mes, año tras año. Datos. Ellos acumulan datos.
En el futuro próximo me verán partir,
ya lo he decidido. Los ojos de pez exteriores registrarán mi cuerpo desnudo caminando
bajo el implacable sol ecuatorial. Respiraré la arena roja, respiraré el óxido
de hierro y la fantasmagórica brisa.
Tal vez escape en medio de la noche.
Ahora mismo observo en la efemérides
marciana que en diez días brillarán, cerca del cenit, Fobos y Deimos.
Está decidido: abriré la escotilla y
saldré, desnudo, al mundo exterior.
Está decidido: moriré y seré, por fin,
libre.
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miércoles, 12 de marzo de 2014
Un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos
Quiero subir a bordo de una alfombra persa tejida con las más finas hebras de verde canabiol,
y volar hasta Coroico.
Quiero ver la luz del otoño reclinar sobre los cerros,
quiero caminar en la humedad de sus senderos,
encontrar el agua que cae sola, helada y transparente,
mientras las horas se deslizan susurrando su derrota
hasta la muerte definitiva del tiempo del reloj.
Quiero despertar una mañana y verte en la ventana,
entre los choclos blancos que crecen hacia lo alto
y las florecidas ramas del índico que beben la energía directo desde el sol;
ese extraño alimento estelar que, más tarde, recorrerá mis venas embrujadas.
Y hay tierra negra entre tus dedos,
y una sonrisa en tu boca,
mientras las aves giran en círculos,
y se extienden las sombras.
Los planetas van poblando la bóveda nocturna y el concierto es una orquesta de pequeños seres alados que frotan sus instrumentos maravillosos desde el corazón de la noche y hasta que llega el amanecer.
Necesito una medicina llamada silencio,
una revolución sin objetivos ni necesidad...
pero esto es un deseo, y al fin y al cabo, otro deseo más...
un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos.
Por eso, insisto:
quiero volar hasta las cumbres de Coroico,
a bordo de mi alfombra persa, tejida con hebras de finísimo canabiol.
Un vuelo altísimo entre nubes.
Juntos.
sábado, 2 de noviembre de 2013
Un mensaje desde las estrellas
El hambre la despertó muy temprano o, tal vez, el olor rancio de las sábanas. Salió de la cama, puso la pava en el fuego y adivinó entre penumbras un cielo plomizo de garúa gris.
Vivía sola en Balvanera, casi dos años viviendo en esa tierra con fama de burdeles y de machotes guapos; sus mejores amigos eran los gatos atorrantes que le hablaban sin más y las sombras espesas en donde podía desaparecer en un instante; no era mujer de temer, pero el dolor de panza por el hambre y los hombres de azul y gorra la privaban del coraje. Esa mañana hacía frío a pesar del fin de octubre, y el agua helada de la ducha la estremeció como una descarga de corriente transparente.
Vivía sola en Balvanera, casi dos años viviendo en esa tierra con fama de burdeles y de machotes guapos; sus mejores amigos eran los gatos atorrantes que le hablaban sin más y las sombras espesas en donde podía desaparecer en un instante; no era mujer de temer, pero el dolor de panza por el hambre y los hombres de azul y gorra la privaban del coraje. Esa mañana hacía frío a pesar del fin de octubre, y el agua helada de la ducha la estremeció como una descarga de corriente transparente.
Cuando más tarde desayunó un té caliente y un pedazo de pan con chicharrón, el sabor de la grasa la transportó a su bella Potosí natal... ensoñó la plaza de la catedral enjoyada con los miles de colores de la navidad; caminó las callecitas austeras en una mañana de api morado y de kalapurka naranja mientras miraba pasar a los mineros rumbo al corazón caliente de los cerros... siempre tan bella y tan pobre su amada Potosí en el recuerdo, con ese destino aburrido y trágico de saqueo infinito.
Más tarde se calzó un jean ajustado arriba de la ropa interior color rosa, y una camisa de seda marrón a medio abotonar dejó asomar sus abundantes tetas morenas de sangre precolombina. Apagó la lamparita -las ventanas de la pensión eran encadenados ojos ciegos que nunca veían la calle- y salió a trabajar.
Ya a las diez de la mañana estaba parada en Catamarca y Moreno, viendo pasar su futuro incierto muy escondido en los bolsillos de gabardina gris de los tipos de paso. La escena era siempre la misma: los bondis atestados de carne blanca y malhumor; los pibes del colegio atolondrados entre risas y puteadas; las panaderías arrojando como un anzuelo el aroma al trigo horneado y a la crema pastelera... y siempre esa espera que era una espera triste de supervivencia.
El primer cliente llegó a eso de las once... un tipo muy morocho, cuarentón y grueso le preguntó si quería coger -el modo y el término la malhumoró-, pero igual aceptó y arreglaron el precio. Buscaron un telo, entraron y lo hicieron muy rápido: aparte de los treinta pesos en la cartera el tipo le dejó el espinazo dolorido y un indeleble mal aliento que la persiguió hasta que se fue el sol.
Nadie más apareció esa mañana. Al mediodía almorzó un plato de fideos con estofado en el "San Jorge" de La Rioja y Agrelo, y miró el noticiero en la televisión: una invasión de ratones en San Carlos de Bariloche, el fútbol de rigor y la estupidez de la violencia al pedo, la mentirosa política y los números dibujados hasta el ridículo... y las otras putas, las putas de calendario, tan putas como ella, pero vendiendo el culo frente a las cámaras por mucho más que treinta pesos...
Regresó a su esquina y esperó a esa pequeña suerte que era una constante en su vida, esperó bajo un toldo todo agujereado y al amparo de la borrasca finita que esa pequeña suerte le sonriera, o que la lastimara esa suerte, o que la empujara esa suerte, que la decidiera a moverse de algún modo, porque ese presente estaba tan estático y vacío que se asemejaba, creía, mucho más a la muerte que a la vida. O peor aún, a la muerte en vida.
Siguió esperando y los segundos se fueron volvieron minutos, los minutos se fueron volviendo horas, y las horas pasaron y esperó y esperó en un silencio febril de pensamiento, y mientras seguía esperando las nubes fueron raleando y el sol se volvió plateado como la luna, y la estrella de la tarde brilló en el oeste como un fuego sagrado, y apareció el cinturón de Orión en el cenit, y en las Tres Marías su mirada sola y triste se encontró sin querer con la antigua mirada de su madre indígena que justo en ese momento miraba brillar las Tres Marías sobre el cielo nocturno de Bolivia. Y algo pasó, algún mensaje le llegó desde las estrellas, porque una semana más tarde se subió a un micro rumbo a La Paz, y desde La Paz a otro que la llevó hasta Tiwanaku, y en Tiwanaku bajó y caminó muy despacito por calles de tierra llenas del aroma a tierra y a los frutos de esa tierra, y disfrutó ese aroma hasta llegar al rancho de su madre, feliz de haber fracasado en ese moderno Buenos Aires al que nunca regresaría, feliz de su pobreza de piso de tierra y de gallinas caminantes y de choclos amarillos, feliz de su rotundo fracaso y de esa pequeña suerte que finalmente le sonrió y que la llevó de la mano a recuperar su dignidad.
El primer cliente llegó a eso de las once... un tipo muy morocho, cuarentón y grueso le preguntó si quería coger -el modo y el término la malhumoró-, pero igual aceptó y arreglaron el precio. Buscaron un telo, entraron y lo hicieron muy rápido: aparte de los treinta pesos en la cartera el tipo le dejó el espinazo dolorido y un indeleble mal aliento que la persiguió hasta que se fue el sol.
Nadie más apareció esa mañana. Al mediodía almorzó un plato de fideos con estofado en el "San Jorge" de La Rioja y Agrelo, y miró el noticiero en la televisión: una invasión de ratones en San Carlos de Bariloche, el fútbol de rigor y la estupidez de la violencia al pedo, la mentirosa política y los números dibujados hasta el ridículo... y las otras putas, las putas de calendario, tan putas como ella, pero vendiendo el culo frente a las cámaras por mucho más que treinta pesos...
Regresó a su esquina y esperó a esa pequeña suerte que era una constante en su vida, esperó bajo un toldo todo agujereado y al amparo de la borrasca finita que esa pequeña suerte le sonriera, o que la lastimara esa suerte, o que la empujara esa suerte, que la decidiera a moverse de algún modo, porque ese presente estaba tan estático y vacío que se asemejaba, creía, mucho más a la muerte que a la vida. O peor aún, a la muerte en vida.
Siguió esperando y los segundos se fueron volvieron minutos, los minutos se fueron volviendo horas, y las horas pasaron y esperó y esperó en un silencio febril de pensamiento, y mientras seguía esperando las nubes fueron raleando y el sol se volvió plateado como la luna, y la estrella de la tarde brilló en el oeste como un fuego sagrado, y apareció el cinturón de Orión en el cenit, y en las Tres Marías su mirada sola y triste se encontró sin querer con la antigua mirada de su madre indígena que justo en ese momento miraba brillar las Tres Marías sobre el cielo nocturno de Bolivia. Y algo pasó, algún mensaje le llegó desde las estrellas, porque una semana más tarde se subió a un micro rumbo a La Paz, y desde La Paz a otro que la llevó hasta Tiwanaku, y en Tiwanaku bajó y caminó muy despacito por calles de tierra llenas del aroma a tierra y a los frutos de esa tierra, y disfrutó ese aroma hasta llegar al rancho de su madre, feliz de haber fracasado en ese moderno Buenos Aires al que nunca regresaría, feliz de su pobreza de piso de tierra y de gallinas caminantes y de choclos amarillos, feliz de su rotundo fracaso y de esa pequeña suerte que finalmente le sonrió y que la llevó de la mano a recuperar su dignidad.
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