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domingo, 5 de febrero de 2017

Un domingo sin hierba

-¿Cómo te sentís?
-Liberada.
Eran las tres y cuarenta de la tarde del domingo. Era verano, pero fuera soplaba un viento  furioso y frío, como si el otoño hubiese tomado al estío por asalto. Dentro de la casa sonaba una música tranquila, espacial. También se escuchaba girar al lavarropas y el arranque de la heladera, y los chillidos de los pájaros entrando por la ventana . Por el cielo pasaban unas nubes gordas y oscuras y luego todo se cubría en un manto gris. Entonces se abría un jirón y aparecía el cielo azul y el sol pintaba por un momento todo de color.
-No tenemos más nada. Ahora sólo podemos esperar.
-Esperemos entonces.
Clara hirvió unos tomates secos en agua y vinagre de vino. También puso a asar dos morrones muy grandes y muy rojos en el horno. Picó una cabeza de ajo, secó los tomates ya hidratados y peló los morrones. Luego preparó todo con aceite de oliva y ajo.
-Hay bondiola, mortadela y salame calabrés. Y los morrones y los tomates con ajo. Y un pedazo de roquefort. Puedo hacer la primera pizza sólo con muzzarella, y la segunda con muzzarella y roquefort.
-Me parece muy bien, contestó Ana.
-Y hay que comprar más moscato… y unas cervezas. Me muero de ganas de un trago de moscato, pero si empiezo ahora para cuando llegue Claudio voy a estar como una cuba.
-Más y más y más.
-Siempre más. Pero ahora no queda nada, y hay que volver a esperar. Duele, pero es el camino. La desesperación puede llegar como oleadas, pero está condenada: la paciencia es un músculo.
-Y ese músculo está preparado.
-Igual duele.
-Que duela… al final, sólo hay que esperar.
-Nos dedicamos a esperar.
-Mirá que fácil.
-Y hasta ayer… es muy loco cómo un poco de hierba puede volverle loca la cabeza a una.
-Potencia todo, y es para bien y para mal.
-Se pierde el equilibrio.
-El centro.
-Una se pone caprichosa, débil, exigente. Una se pone a manipular todo, así y asá, y la paz se escapa como el aire, y una se ahoga de a poco mientras se vuelve egotista.
-Qué fácil es perder la paz.
-Sólo basta entregarse al deseo.
-Darse a sí misma.
-Darse todo hasta el displacer… ahí está el calvario.
-Ahí llegamos anoche, al extremo del placer, donde el displacer empieza… ¿o es un desierto?,  y ya no tenemos nada: nos resta esperar.
-Esperar  “la voluntad que nos haga libres”
-Eso.
Clara pensó en cortar unos tomates en rodajas y en hervir dos huevos, mientras Ana preparaba un Tiramisú para el postre de la noche.
-¿Claudio ya no fuma? Preguntó Ana al rato
-Sí fuma.
-¿Traerá?
-¡Me muero!
-¿Mirá si se cae con una piedrota?
-No… nunca trae. Sería raro que justo esta vez se aparezca con porro.
-¿Le preguntamos?
-¿Y si nos dice que tiene?
-¡Le decimos que no traiga!
-No va a tener…
-Llamálo, Clari, llamálo!…
Clara marcó el número de Claudio en el teléfono. El muchacho atendió luego de cinco llamados:
-Holaa
-Hola Claudio, soy Clara.
-¡Hola Clara!, ¿todo bien?, ¿se hacen las pizzas hoy?
-Sí, si nene… pero con Ana nos preguntábamos si tenías algo de faso.
-Sí, justamente ayer me trajeron una piedrota... llevo un pedazo ¿dale?.
-¿Vas a traer un pedazo?
-Y… les llevo un veinticinco, así tienen para tirar unos días ¡es muy rico este faso!
Clara se quedó muda un instante. Sintió al deseo volverse material y ponerse a recorrer sus venas haciendo leves cosquilleos a cada paso. Las cosquillas del placer extremo, el placer manejado, dirigido, el placer objetivo, el placer límite, asesino de la paz.
-Bueno, dale, contestó la chica, -traé que anoche nos quedamos sin.
-Ok, llego a eso de las siete ¿qué más llevo?
-Nada más, con eso es suficiente…
Clara cortó y enseguida miró a su amiga, que asimismo la miraba. Se miraron unos segundos en completo silencio y Ana dijo:
-Se acabó la espera.
-Sí, se acabó.
Siguieron en lo suyo. Ana con el tiramisú y Clara con los tomates. Al rato Clara abrió el freezer y sacó tres cubitos. Los metió en un vaso color ámbar y luego lo llenó con moscato helado. Miró el reloj: las cuatro y cuarenta de la tarde.
-A las siete, cuando llegue Claudio, voy a estar re borracha.
-Bueno, no importa, dijo Ana mientras se servía ella misma un vaso de moscatel con hielo, -si estamos muy borrachas picamos un poco de faso y nos ponemos del orto.
-Bueno, contestó la amiga.
Siguieron cocinando, mientras sus pensamientos dejaron de pensar en la paz para pasar a pensar en todo lo que harían fumadas los próximos días, y en el placer inmenso –y en el dolor-que todo ello les acarrearía.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Infierno en Valcheta

Pasada la medianoche el tren se detuvo en Valcheta y los dos barbados rastafaris aprovecharon para fumarse un porrito. Bajaron del tren, caminaron cincuenta metros y encendieron un finito… no se puede decir que fumaran plácidamente, Valcheta es apenas un páramo helado, seco y ventoso en medio del desierto, y ese frío más el temor a perder el transporte los obligó al ejercicio de furiosas pitadas… el fasito brillante desprendiendo sus ascuas en la ventolina, la tos inmisericorde y las risotadas ahogadas bajo las estrellas. Finalmente la máquina chilló su claxon anunciando la partida y los dos muchachos corrieron… antes de ganar el estribo del convoy dieron la última chupada y arrojaron a los pastos la pequeña tuca aún encendida.
Y el tren siguió su marcha.
Veinticuatro horas más tarde, ya en San Carlos de Bariloche –y nuevamente muy fumados- los muchachos observaron estupefactos el titular en la pantalla de TV:
“El infierno en Valcheta”.
Pero no lograron conectar de ningún modo en sus atontadas sinapsis las causas de ese fuego, y menos aún sus terribles consecuencias: las muertes trágicas, los campos calcinados, el pueblo devastado… “que loco” se dijeron muy despacio “si ayer mismo estuvimos ahí”.
Y eso fue todo.
Un rato más tarde salieron del bar y dedicaron el tiempo –que era todo su tiempo- a buscar un dealer que engrosara nuevamente las ya flacas provisiones de canabiol.

viernes, 11 de marzo de 2016

Un martes feriado

Salí de la cama, corrí la cortina y miré hacia el cielo… nublado, maravillosamente nublado. Recién empezaba el otoño, pero ya hacía frío. Me metí en el baño, Biblia en mano. Evacué largamente, continuando la lectura del Deuteronomio, el final del discurso de Moisés. Me lavé las manos, los dientes, me duché. Salí del baño y preparé mates, amargos. Mientras cebaba mis mates, piqué un poco de faso, lo metí en la pipa, lo prensé y le metí fuego. Chupé el humo, una, dos, tres veces. Flores. A los quince minutos ya estaba en otro mundo. En ese otro mundo todo es igual que en éste, pero es más intenso… las nubes, las sombras, el frío, el dolor, el cuerpo, todo. Me senté media hora a mirar por la ventana… el cenit plomizo, los zorzales correteando entre los pastos, el pino mecido por el viento. Luego me calcé un jean, una remera de manga larga, un par de zapatillas, y salí. Afuera llovía. Entré nuevamente, subí las escaleras hasta alcanzar el paraguas, bajé, salí, cerré con llave, atravesé el garage, abrí el portón, cerré el portón y encaré la calle. Y me fui caminando bajo la garúa.
Enfilé para el centro de Caseros y caminé varias cuadras. En avenida Mitre y Sarmiento me detuve frente al antiguo “edificio Mitre”. Una construcción que sobrevivía desde los tiempos de mi infancia. En la mampostería le habían pintado las letras de azul, pero eso no ocultaba su ruina. La casa de sanitarios, debajo, y el supermercado chino, en la esquina, no existían cuando era pibe. A media cuadra, cerrada, la tintorería japonesa exudaba una muda tristeza de óxidos y de verdes oscurecidos por aquella trágica historia de homosexualidad reprimida y de suicidio bajo las ruedas del San Martín. Calculé que habían pasado más de treinta años. Treinta años no es mucho tiempo para la edad del universo, no es nada, en realidad. Un pedo. O un micro pedo… un pedo de mosca. Pero para mí sí lo era. Pensé que, para el universo, yo tampoco sería gran cosa, aunque me permití dudarlo… ¿qué sabía yo, realmente, de los misterios del universo?… me quedé viendo los detalles del edificio y recordé, entonces, su cara. Nunca había olvidado su cara. Era flaca, morocha, de piel muy blanca. No era muy linda, pero era enigmática, y unos años mayor que yo. Pertenecía a una clase social más baja. Recordé que ese detalle, entonces, me incomodaba. La creí del interior. Ella vivía ahí, en el “edificio Mitre”, y al pasar, me había regalado un par de sonrisas. Sonrisas desde el balcón. Esa cara, que me había enamorado, había ocupado mis noches durante varios meses… ¿recordaba su nombre?, no, no recordaba su nombre. Pensé que, posiblemente, nunca lo había conocido. Pero entonces tuve la certeza de que sí, que había sabido su nombre… ¿Marcela?… ¿Clara?… si me esforzaba lo recordaría al fin, pero no era importante y no se justificaba el esfuerzo, bastaba el recuerdo de su nariz, de sus ojos, de su sonrisa. Y la certeza de haber sufrido dichosamente por ese amor.
Recordaba el parlante, eso sí. Y el radio grabador monoaural, y el micrófono ridículo y también recordaba a mi amigo el yugoeslavo, que a veces me acompañaba caminando por ahí. Un boludo mi amigo, no valía la pena traerlo al presente. Lo aparté de mi mente y me pregunté que habría sido de ella, si estaría, en ese instante, en algún sitio. Y donde. Intenté imaginarla con más de cincuenta años, pero no pude. Entonces pensé que podría estar muerta, ¿porque no?, había ya tantos muertos en mi historial. Imaginé una tumba: barro, un poco de pasto, una cruz, todo bajo la garúa del martes feriado. Feriado para mí, no para ella. Para ella, un eterno feriado… ¿eterno feriado?, ¿cómo podría yo saber eso?… un eterno feriado lleno de silencio de camposanto, vacío e idiota. E inútil. Luego pensé que, tal vez, no habría muerto, tal vez ella vivía lejos, en Salta, por ejemplo, o en Santiago del Estero. La imaginé mal casada, cocinando para cinco o seis pibes, limpiando todo el día entre cuchetas, cucarachas y pisos de barro, rodeada de perros pulguientos y dominada por un marido duro y borracho, un marido frío como una mañana invernal de manos de albañil.
Seguí caminando. En Mitre y Tres de Febrero doblé a la derecha, seducido por un primitivo deseo de barrio boliviano. Deseé llegar hasta Liniers. Caminé varias cuadras y las calles y las casas se fueron mimetizando con el tono grisáceo del cielo. Pasé por la “Sociedad de Fomento Villa Pineral” y entonces recordé al Alfred, y olvidé las fuentes de locoto y los papines rojos y las bolsas llenas de harina de jankakipa. En Guaminí doblé a la izquierda, avancé treinta metros y llamé a la puerta, golpeando las manos. Esperé un par de minutos hasta que, detrás de la enramada, alguien preguntó:
-¿Quién es?
-Hola Alfred, soy yo, men, pasaba y llamé.
-¡Hola men!, uuu, ¡llegaste justo para fumatear unas flores!
Salió el Alfred, sonriendo como un niño entre la espesura. Abrió la puerta y nos abrazamos. Entramos al jardín, subimos la escalera y entramos en la cocina.
-¿Cómo andás men?- me preguntó.
-Bien, men; pateando tranquilo, aprovechando el feriado y la garúa, pensando, pateando con la fresca…
-Está lindo para pensar hoy.
-Sí.
-No se trabaja.
-Menos mal.
-Bueno… ¡igual yo nunca trabajo!
-¡Jajja!, y yo te felicito, pero no trabajar cuando trabajan todos es duro.
-Sí.
-Da culpa.
-Ma que culpa, meen… ¡vamo a fumar!
Nos sentamos, y mientras continuamos la charla el Alfred armó un finito. Flores. Fumamos. Al rato estábamos en ese otro mundo, que es igual que éste, pero que carece de tiempo… la brisa, el sonido, la lluvia, el color, todo sucede ahí en un ahora sin tiempo.
Hablamos de nuestras mujeres. Hablamos de política. Filosofamos acerca del amor y de la violencia; de la familia, de nuestras hermanas, del sexo, de la modernidad y de cómo el mundo se descompone y se transforma en una cosa hueca y brillante, como una marquesina en un kiosco. Hablamos de la libertad y de cuanto nos costaba quitarnos de encima y de adentro todo lo aprendido. Lo mal aprendido. La mayoría de las cosas que nos enseñaron en la escuela eran mentiras, un veneno, directivas que ponen en marcha mecanismos represivos. El dictador adentro. Y hablamos, también, de la soledad. Convinimos que no había una sola, sino muchas soledades… soledades tristes, soledades reprimidas, soledades desesperadas y soledades de pié, y otras soledades que, de tan místicas, eran casi ridículas, masturbatorias… -hay una soledad para cada hombre-, dijo crípticamente el Alfred mientras echaba humo espeso por la nariz.
Más tarde el Alfred abrió una birra, trajo una guitarra y un violín. No afinamos. Improvisamos, sin pautar nada de nada. Pautar era miedo, un candado, y estábamos podridos del miedo y de los candados. Arrancamos y empezó a brotar una música única, irrepetible, una vibración que era un ruido y era más que ruido, era una construcción demente, patética, enloquecida. E increíblemente pura, como una bala de plata directo al cerebro. Esa música no tenía modo, ni centro, ni cronología, ni tono… y sin embargo sonaba como una medicina para el alma. Hacerla era un embrujo y un éxtasis, una catarsis, una inyección farmacológica directa al torrente sanguíneo con un demoledor efecto narcótico.
Nos colgamos más de una hora con los sonidos, y hasta aparecieron algunos tambores e instrumentos rarísimos construidos por el Alfred con cualquier cosa que encontraba por ahí. Era un maestro el Alfred, un rebelde, un punk del subdesarrollo, un enamorado de la anticultura; y era así naturalmente, sin esfuerzo. Luego fumamos un poco más y entonces, en medio de un silencio que se hizo de repente, me paré y dije:
-Bueno, men, me voy, necesito caminar un poco más… ¿querés venir a caminar, Alfred?
-No, men, gracias, me quedo acá, fumando otra florcita…
Bajamos, el Alfred me abrió la puerta de calle y nos abrazamos. Y yo salí pateando hacia el barrio Derqui. Llegué a San Martín, doblé a la izquierda y retrocedí por la avenida hasta Cafferata. Doblé a la derecha y caminé hasta Mitre. Otra vez avenida Mitre. Pasó un 53, rumbo a La Boca. Entonces recordé la calabresa del Fortín, y esa maravillosa sensación de volver al pasado. Decidí que necesitaba volver al pasado. Caminé, entonces, por Mitre hasta Alvear, doblé a la izquierda siete cuadras hasta el golf, luego a la derecha en Lincoln cinco cuadras, crucé la General Paz en Beiró, caminé derecho ocho cuadras hasta Lope de Vega y, por ésta, quince cuadras hasta El Fortín, en Álvarez Jonte y Lope de Vega. El pasado, vivo, en una esquina. El pasado, detenido, en un sabor, entre las mesas, en el sonido, en las voces. Entré y me senté junto a la ventana que miraba a Jonte. Desde ahí podía ver a la gente que subía y bajaba del 135 y del 53. Me gustaba ver a la gente mientras me emborrachaba y escribía cosas en viejas servilletas de papel tissue. Se acercó el mozo y me preguntó qué quería:
-Traéme dos porciones de calabria, una de fainá, un litro de moscato Crotta bien frío y hielo-, le pedí.
La pizzería aún estaba a media marcha: eran las seis de la tarde, feriado, pero daba lo mismo. Era el Fortín, eternamente vivo. Me acordé del Chino. Me acordé de Palanca, de Daniel comiendo su palo Jacob con crema pastelera, del ECEA y de los últimos tres años de secundaria, y de miles de episodios vividos entre esas calles con gente que ya no vería nunca más. Estaba solo, en la pizzería que era uno de mis lugares en el mundo, una especie de templo pagano en donde mi energía y mi nostalgia creativa se renovaban hasta el mínimo átomo de vida. Imaginé la esquina del local, en el contexto del barrio. Imaginé la pizzería y el barrio en el contexto de la ciudad. Imaginé la pizzería, el barrio y la ciudad en el contexto del país, del continente, del planeta… vislumbré el globo terráqueo desde el espacio y reconocí, un milímetro al norte de la apenas visible Bahía de San Borombón, el brillo de los vidrios de los ventanales del Fortín. Ahí estaba yo, Diego, sentado en un planeta, esperando mi moscatel helado y mis dos porciones de Calabria y de fainá, mientras el reloj se enloquecía al pedo y mientras la humanidad se enloquecía al pedo entre sus humores de cagada, y mientras tanto el planeta giraba y giraba sobre su eje, calentándose al sol una vez cada veinticuatro horas, y el sol giraba y deambulaba sin ton ni son entre millones de soles, soles rojos y blancos, azules y ultra concentrados, soles errantes como pedos de mosca cósmicos en una galaxia también errante y perdida entre miríadas incontables de galaxias errantes y perdidas en la nada, o en el todo, que era lo mismo. Todo se volvía nuevo y todo se volvía viejo; y las generaciones desaparecían para dar paso a las nuevas generaciones que también desaparecían para dar paso a las demás, y a otras, y a cientos de miles de otras y cientos de millones de millones de otras reemplazables mareas humanas. Pedos cósmicos, todos, eso éramos, micro pedos cósmicos esperando por una porción de pizza, escribiendo poemas en el agua, rodeados de infinito.
Llegó el mozo y me sirvió las dos porciones de Calabria, la fainá y el vino generoso.
Comí. El pasado estaba ahí, en esa pizza y en ese sabor. Y en la pizzería, que ya estaba llena de seres-pedos-cósmicos engullendo sus porciones chorreantes de aceite al corte, bebiendo sus cervezas rubias y sus fríos vasos de uva moscatel, parados frente al estaño, gritando y riendo por la alegría y por las penas, todos de paso en ese eterno e inasible presente…
-Mentiras- pensé un rato después, mientras recordaba las palabras de mis lamentables maestras de primaria -el tiempo no se divide en pasado, presente y futuro… el tiempo es eterno presente.
Y una hora más tarde, ya suficientemente borracho, concluí:
-Mentiras… todo es mentira, el tiempo no existe: no hay tiempo.

domingo, 8 de febrero de 2015

Celos

Mientras alguien me hablaba,
me decía algo así como que no estabas
el demonio que vive en la espuma de las olas
en el mar de mi cabeza
me llamó a los gritos.
Fue imposible no escucharlo,
fue claro, preciso, despiadado.
Y me dijo que vos no estabas
porque estabas con otro.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, corro como un necio.

Pierdo el tiempo perdiendo el tiempo
mientras toco la guitarra
y las últimas nubes de la tormenta
hacia el este flotarán.
Y dejarán un cielo vacío
con un brillo perlado
sin tiempo.
Nada es nada sin el todo,
todo y nada ya no existen,
este mundo carece de tiempo,
ya no hay sumas, ni restas, ni productos.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, huyo como un necio.

Y si Leviathán levanta
entonces Cristos summus overdrive.
Yat de limit tudei
on the floor
tunait.

El humo cerró el cerrojo del pensamiento
y lo convirtió en humo.
Humo espeso, humo blanco,
humo cemento.
Una nube se desliza bajo Alfa del Centauro
y, por un momento,
el cielo tiene techo,
y no hay aire suficiente,
y las estrellas murieron.

                                        (1995)

lunes, 5 de enero de 2015

Un veinticinco el primero de año

Hacía ya tres días que buscaba faso; el 29, el 30 y el 31 de diciembre me la pasé llamando por teléfono a diversas líneas. Envié, vía facebook, mensajes a varios conocidos fumantes, pero nada. "Es una fecha jodida", me escribió Marcelo mientras esperaba la respuesta de su propio –y esfumado- dealer. Jorge, desde el Tigre, me aseguró que "todo el faso está en la costa, olvidate", y cuando encontré en el chat a Martínez, éste, de vacaciones en Brasil, se me burló con un -"uuu, man, que feo, acá los brazucas tienen un faso de la re puta madre, jajaj ¡que lástima!"... De la manija, llegué a rascar la pipa con un punzón hasta que ya no quedó nada por fumar. Ana había prometido averiguarme "por el dealer de una amiga que siempre tiene", pero el primero de año a las dos de la tarde me escribió que "no, no contesta, en estas fechas está todo el mundo destrozado, durmiendo la mama de la noche anterior". Ella me habló del kiosco de la avenida San Martín, del gordo "que le vende cualquier cosa a cualquiera", y terminó con un "andá, simulá comprar un chocolate y preguntale si tiene churro, y chau".
Más por desesperación que por convencimiento, salí a la calle a eso de las dos y veinte, y me fui caminando derecho por Mitre, rumbo al kiosco.
En Mitre y Constitución me crucé con el Mosca. Éste hablaba por teléfono a los gritos, dando círculos en medio de la vereda:
-¡Una hamburguesa, boluda, vamos a comer una hamburguesa y nos clavamos un par de birras!, ¿no querés venir?, no seas pelotuda, ¡te paso a buscar ahora, dejá a las pibas con tu vieja y vamos!
Algo respondió la chica por el teléfono, no paraba nunca de contestar, un largo discurso. El Mosca escuchaba y revoloteaba los ojos, y se quejaba, me miraba y me hacía un gesto para que esperara, y caminaba hasta el cordón y volvía, y puteaba, y giraba y giraba y miraba el cielo. Actuaba, el Mosca. Era, obviamente, el protagonista de su episodio.
-Andáte a la concha de tu madre, entonces- chilló al final el Mosca, y cortó. Y como si nada:
-¡Que hacés, Abel!
Nos abrazamos.
-Che!, me dijo el Mosca: uuuuaaaaaaaaAA, ¡QUIERO UN PAPELITOOO!, Abel, y bajando la voz hasta el susurro:
-merca, Abelito, quiero meeeerca, me quiero mataar.
-Y yo quiero faso, Mosca, por eso salí de casa. Estoy re manija. Nadie tiene, hace tres días que busco y nada. Me pasaron la data de un kiosco en avenida San Martín... ¿lo conocés?
-Cual kiosco?
-Llegando a Alvear
-El del gordo.
-¡Si!
-El gordo ese es medio cualquiera.
-¿Si?, ¿y vos no tenés línea, Mosca?
-Sí, pero vos querés faso, Abel, y yo noooo, ¡yo quiero mercaaa!, jajajaa, unos papelitos, papá.
-¿Entonces?
-Y, vamos del gordo, wiii, a ver que onda... ¡capaz vende pala!
Caminamos. El Mosca era insistente como una emisora de radio. Me contaba que estaba de marcha desde el 18 de diciembre, que por eso su mujer lo había echado de la casa, que ella era ocho años mayor que él, que tenía dos nenas de un matrimonio anterior, que la suegra lo odiaba e intentaba envenenarle la comida... entonces el Mosca cambiaba el tono, se me acercaba y abriendo su gran bocaza desdentada agregaba orgulloso:
-Vamos a tener mellizos; está gorda la loca, una gran sapan impresionante. Al principio me re calentaba así embarazada, y le daba con todo, mal. Pero ahora es un globo, loco... entonces yo me busco un par de nenitas, eee, y ¡chau!
-Que bueno, men.
-¡Ma que bueno!, ¡se me viene la noche!... los pañales, la comida... y yo de marcha desde el 18, jajajaj, me quiero mataaar... le di a mi vieja seiscientos mangos y le dije: "guardame esto, vieja, que no me quiero tomar todo", ¡menos mal!, mi vieja me cuida, eee, ¡che, Abel!, está el Laucha Miguel en Rosas ¡ese tiene faso, seguro!, faso y blanca, pero a esta hora no see...
-Vos tenés linea ahí, Mosca?
-Sí, todo bien, pero es temprano. Che, ¿viste que la hija de puta no quiso venir a comer una hamburguesa conmigo? ¡está cabroneada por los chupones del cuello!, jajajajaja, ¡mirá! el Mosca me mostró el cuello mordido
-la otra noche salimos y me vio los chupones... tengo un par de nenitas, si, ¡tengo que ponerla, loco!, entonces "¡vos me echaste!", le dije, y se cabroneó más. Y ahora la invitan a comer, looco, ¡año nuevo!, te están invitando a comer, loooca... y no, que los nenes, que mi mamá, que año nuevo... ¡que se vaya al carajo!, ¡ella y su puta vieja!
Llegando a Andrés Ferreira nos cruzamos con Leo, que caminaba en sentido contrario. Leo era ancho, mucho músculo. No era muy alto, era morocho y tenía una risa virósica. Leo y el Mosca eran muy amigos.Tenían los mismos dealers, tomaban merca juntos, vivían en el mismo barrio y hasta habían participado de un mismo par de asaltos a mano armada. El Mosca, orgulloso, me mostró una cicatriz redonda en el antebrazo:
-Mirá, acá me la dieron. Una nueve... me la dieron y me fui; nunca lastimé a nadie. Estaba con éste- por Leo, -esa noche, más tarde del corchazo, hicimos la repartija y nos tomamos como quince papeles, jajajajaaaaa, ¿te acordás Leítoo?, ahhhh, como loocos ¡y yo con el agujero!
-Si, dijo Leo, te la pusieron por zarpado, querías llevarte hasta la jaula del pájaro.
-Ahh, jaja, seee, dijo el Mosca, -la loca no lo soltaba, maan, jajaj, no quería soltar nada, "¡dame!", le decía, "¡dame el pájaro!"... ¡y no quería soltar nada!, noo, dámelo, loca, dámela toda!
-Yo me tengo que cuidar, vieja- dijo Leo, -hace meses vengo escapándole a la gorra, nooo, hace un par de semanas venía desde Alvear y me siguieron como diez cuadras, la licuadora azul girando en la nuca, iuiuiuiu, los mierdas
 atrás durante diez cuadras. Venían a cinco metros, yo caminando por la vereda, ellos por la calle, en la patrulla, pisando huevos. Después se cansaron y se fueron. Yo estaba... me quería matar: venía con medio kilo de churro y, encima, venía enfierrado. El fierro todo limado. Si me agarran, con los antecedentes y todo, me encierran ocho años. Pero no sabían nada, gatos, eeee!, se fueron.
-Es que tenes pinta de villa, Leíto, miráte- le dijo el Mosca.
-Si, mal, por los tatuajes.
-Te zafa el pelo.
-Si, zafé de la tapita.
-Che, Leo, éste quiere faso dijo de golpe el Mosca señalándome con el codo,
-y yo unos papelitos, wii, ¿conocés el quiosco de avenida San martín?
-¿Cual?, ¿el del gordo?
-Si, man
-Se lo incendiaron, ese gordo...
-¡Si!, jajaj, ¡le incendiaron el kiosco, jajaj!,¡en que andará ese gato?
-Pero ¡Mosca!, ¡vamos para lo del laucha, Mosca!, ya tiene que estar despierto, yo soy re amigo.
-¿El Laucha vende papeles?
-Sí, y faso, buena merca… yo no tomo- dijo Leo dirigiéndose a mi -porque entreno... pero un fasito me lo fumo, ni hablar.
Volvimos sobre nuestros pasos. En Mitre y Caseros cruzamos la avenida y nos fuimos hacia Merlo. Caminamos por Merlo hasta Pringles, doblamos a la izquierda hasta Caferatta y entonces nos fuimos pateando para Rosas, derecho para lo del Laucha Miguel.
Leo se sacó la remera y mostraba un tatuaje en el hombro, una calavera:
-Por ésta me cansé que me golpeara la gorra- dijo, -y por los cinco puntos... pero ahora me los tapé- mostró el dorso de la mano, -me los tapé con el águila... Miré la mano y vi una especie de mancha azul negra que parecía ser un águila.
-Yo los cinco puntos los tengo, loco dijo el Mosca, triunfal -y no me los pienso tapar.
-Sí, si te chupa la yuta te quiero ver con los cinco puntitos.
-¡Qué!, ¡que pasa!, a mi no me tocan, loco, se las digo en la cara: "que pasa, gato, te quedaste sin pasta y me venís a buscar a mí, pará un poco, gato" y cierran el orto.
-Si, a patadas te lo cierran a vos.
-Mirá éste, dijo el mosca, y se sacó la remera para mostrar: Pazazu, el demonio de piedra del "exorcista" escrachado sobre el hombro derecho, -y me quiero hacer uno acá, en el cuello, con el nombre de la loca: Belu.
-Todo un gesto, Mosca- le dije -con el escracho seguro la loca te perdona.
-Claaaro, mueere, se mueere la loca cuando lo vea. Está re gorda la loca, y claro ¡dos pibes!, me quiero matar.
Llegamos a Caferatta e Iribarren. Leo se detuvo en seco y dijo:
-No me acompañen, voy solo, por ahí se cabronea si somos muchos, y a mí me conoce bien.
Le di la guita para un veinticinco y el Mosca le dio para tres papeles. Leo se fue.
Tardó más de veinte minutos en volver. El mosca no paraba de hablar y de alternar en el discurso numerosos -"he, gato, apuráte", o "vamos nosotros también, Abel, que éste mierdas no viene". Entonces me contó del accidente en moto, de cómo le quedó torcida una pierna y del fierro que ya se tendría que haber sacado hace tres años, y que ahora le dolía porque era de mala calidad, y que le estaba pudriendo la pierna.
-Y bueno, que me la corten, que mierda me importa.
Apareció Leo con todo, lo repartió y mientras regresábamos el Mosca se tomó el primer papel. Le convidó a Leo. Yo, que merca no tomo, me adelanté unos veinte metros, un poco apurado por llegar y fumarme un caño y otro poco para no verlos aspirar.
-Che, gato- me gritó entonces el Mosca -¿qué pasa, gato, ahora que conseguiste tu fasito te alejás?, jaaaaaaaa!
Nos reímos a carcajadas, los tres. Cuando llegamos a Rosas y Merlo nos cruzamos con un pibe que venía con tres envases de cerveza en la mano.
-Che- nos preguntó -¿no vieron algún chino o un kiosco abierto?
-Uuu, no man, no vimos nada abierto– le dije -claro, es primero de año, todo cerrado mal.
-Hace doce cuadras que camino- nos dijo.
-Es más fácil conseguir droga- dijo el Mosca
-Venimos de comprar merca y faso- agregó Leo -pero no hay cerveza… ¡jaaaaaá!, ¡que país de looocoooos!...
Caminamos los tres juntos hasta Spandonari y Mitre. Ahí el Mosca y Leo me dieron un abrazo y doblaron a la izquierda, rumbo a sus casas y a sus polvos. Yo caminé una cuadra más, entré en casa, desconecté el teléfono, piqué el faso, lo metí en la pipa y me lo fumé.