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domingo, 6 de marzo de 2016

Un mundo futuro (pesadilla)

El tipo apareció por casa, pero estaba más viejo y más atrevido. Se empezó a meter con mi esposa (ya lo había hecho el día que lo conocimos en el cumpleaños de Gabriel), la miraba con ojos libertinos y le hablaba estirando las eses en libidinosos susurros. Ella, contrariamente a lo habitual –y a lo esperable- le seguía el juego. “Ella se coloca”, pensé recordando a los Doors, y sufrí un escalofrío. Me empecé a enojar. El tipejo ya se le acercaba sin detener el susurro, la mirada clavada a diez centímetros de la de ella. Entonces palmeé muy fuerte y exclamé:
-Bueno, bueno, gracias por la visita, ahora ¡chau!
Roto el hechizo, él me miró con odio y se le desdibujó la sonrisa. Mi mujer le dijo “vamos”, y lo acompañó hasta la puerta de calle. Yo me quedé adentro, esperando. Pero ella no volvía. Al rato salí y los vi: se besaban en la puerta de casa, los vecinos mirando desde sus ventanas.
Algo les grité, y el tipo al fin se fue –no sin decir un último susurro-. Mi mujer se dio vuelta, me encaró sonriendo y pasó caminando a mi lado, como si nada hubiera pasado. Yo pensé: “No voy a empezar una discusión ahora, con este nivel de odio que siento”, entonces decidí salir a caminar.
Entré, preparé mi mochila y mi cámara de fotos, dije un fuerte “me voy a caminar”, y salí.
Aparecí por Constituyentes y Del Carril, pero todo estaba cambiado. No encontraba las veredas, no había autos, las calles estaban repletas de gigantescas estructuras de caños retorcidos de varios metros de alto por las que trepaban espesas enredaderas de hojas amarillas y verdosas. Había muchos bichos. Unos hombres de traje y maletín intentaban llegar a la oficina, sudando a mares, avanzando pesadamente entre la intrincada espesura. Otras personas permanecían inmóviles contra las paredes de las casas: parecían no saber qué hacer a continuación, miraban el enramaje, miraban a su alrededor con ojos desorbitados y luego levantaban la cabeza y se quedaban viendo el cielo, allá arriba, azul y lejano en lo alto.
Me dije: “yo salí a caminar”. Entonces caminé. Atravesé muchas cuadras de caños y verdor, salté acequias de aguas pútridas, trepé escabrosos acantilados de basura reciclada. Trabajosamente caminé por largos senderos tachonados de pilas agotadas, AA, AAA, litio, pilas de botón. Finalmente reconocí la boca del subte B, en Chacarita. Miré hacia el Imperio de la Pizza, pero no estaba: en su lugar habían levantado un edificio construido con huesos humanos y botellas de vidrio color azul. Levanté la vista: no se veía el cielo: una gigantesca –y lejana- cúpula de metal cubría el cenit y se perdía detrás de los cuatro horizontes.
Ahí estaba, sin saber qué hacer a continuación, cuando apareció mi esposa.
-Hola, me dijo.
-Hola, le contesté.
-¿Estás enojado? agregó sonriendo.
-¡Claro que estoy enojado!, chillé, y luego:
-¡Dale, vamos a cruzar por el túnel del Subte!
Bajamos, pero debajo no había un túnel, sino una gigantesca villa miseria, que se extendía por kilómetros y kilómetros. Empezamos a discutir, mientras transitábamos cuadras y más cuadras de callecitas atiborradas de ranchos de chapa y cartón, ferias de saldo, bares de copetín al paso, plazas secas llenas de mugre. Parecía un hormiguero, un hormiguero humano infinitamente más desordenado. El triunfo de la entropía en el estado de bienestar. En un momento de la discusión yo me detuve y me senté en un cordón, abrumado. Mi mujer, parada, me observaba lagrimeando. Entonces subí la voz:
-¡Puta!, grité, ¡al final sos una puta!
Alguna gente, asustada por el grito, corrió para llamar a la policía. Una señora gorda y morocha se nos acercó y dijo:
-Ya viene la policía.
Escapamos, como en una película ambientada en las kilométricas favelas egipcias. Corrimos entre las tiendas, los bares, los oscuros pasadizos, las plazas y la gente atiborrada alrededor. Mis pies resbalaban en las cucarachas aplastadas, todo el tiempo estaba a punto de caer. Unas cuadras después, nos atraparon.
Nos esposaron y nos llevaron a los empujones hasta una dependencia policial. Me sentaron en una silla, frente a un vidrio, y detrás metieron a mi mujer. Dentro había dos tipos, uno de uniforme policial, el otro estaba semidesnudo, era muy gordo y calvo. El gordo se acercó a mi esposa y empezó a manosearla. El poli le dictaba que hacer. El gordo la obligó a agacharse y le refregó el abultado abdomen por la cara. Vi el asco infinito en los ojos de mi mujer, el espanto, el horror. El gordo la incorporó a la fuerza y le chupó la boca, le restregó las tetas, le refregó las mejillas transpiradas contra las de ella hasta lograr que pusiera los ojos en blanco. Entonces grité, grité como un enfermo, como un asesino, grité con todo el odio posible.
El poli, entonces, le dijo al gordo:
-Pará, pará, ya está, fijáte cómo chilla el cornudo, si al final la quiere.
Nos dejaron en libertad. Mientras salíamos tuve la certeza de que mi mujer jamás se recuperaría de esa tortura. Lloré, lloré con una angustia negra y desolada, una angustia negra como un pozo. Lloré de culpa y de lástima por ella, que ya estaba rota, rota para siempre…
Fue entonces cuando, ahogado, me desperté.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La muerte de Barbie en manos de la turba

La encontraron en un terreno baldío, en las afueras de Beverly Hills.
Estaba derrumbada entre pastos secos, cerca de un hormiguero gordo y abultado; el pelo platinado grasiento y pegoteado sobre el perfil izquierdo y mudo, la pierna derecha cruzada sobre la espalda en un ángulo grotesco, la piel morada y rancia en un puzzle de hematomas.
Dicen que todo empezó con las dos bombas en Japón... seguramente el odio y la sed de venganza por doscientas mil personas exterminadas en segundos no es un factor despreciable, ni siquiera a nivel energético.
Otros aseguran que el asesinato de JFK fue el primer indicio de la escalada de violencia contra el Imperio y sus íconos.
En realidad nadie sabe el porqué de tanto salvajismo volcado sobre la desproporcionada e irreal blonda aburrida y letánica.
La resolución del secreto tal vez se halle en las lluvias de napalm sobre el territorio vietnamí o entre las amazónicas selvas arrasadas de Corea; puede que la respuesta esté sellada entre los muros helados de los saqueados museos de Bagdad o en las arenas infernales de Afganistán y sus cielos estallados con bombas de racimo.
Algunos, entre susurros, hablan de Waco... la secta de los davidianos y sus niños inmolados por el fuego marine.
Otros conjeturaron la contaminación por galio que sufrió Rajneesh en su espalda mientras esperaba en prisión y que terminó por llevarlo a la tumba con un coglomerado grisáceo de tumores vertebrales paridos directamente desde el FBI.
Es sabido que la catarsis de la turba es pura como la nieve que cae, y que el consenso de muchos convierte el asesinato en una obra ejemplar.
Y así sucedió con Barbie.
La agarraron cuando salía para el shopping... Ken, lagrimeando, declaró que iba por una una dona light hacia el local de McDonalds.
La atraparon en la calle y la subieron a la caja de un camión... algunos testigos aseguran que ya al principio los vándalos eran más de cien.
No se sabe bien que sucedió dentro del semi, sólo se sabe lo que la autopsia leyó en su cadáver.
Lo cierto es que la escultural rubia desapareció varios días. Mientras tanto, el mundo occidental y civilizado, atento a estas cuestiones de imagen, permaneció en ascuas.
Los forenses, luego de examinar el cuerpo masacrado, revelaron algunos detalles de lo macabro: los golpes con objetos contundentes y las torturas reiteradas, la gran profusión de fluidos sexuales entre los jugos gástricos, los curiosos -y numerosos- elementos punzantes hallados en la profundidad cavernosa del tubo intestinal... y las incontables vejaciones sucedidas antes y después de acaecida la muerte.
En su cuerpo contaron más de sesenta puñaladas, y más de la mitad de ellas  ocultaba restos seminales.
Una versión, que atribuyen a una organización pseudo religiosa, reza que la muerta no era la Barbie original, sino su clon número tres.
No pocos conectaron el crimen con el derrumbe de las torres gemelas en el año dos mil uno.
Desde la cárcel, Charles Manson, siempre sonriente con la esvástica en la frente, se apresuró a deslindar a su grupo, y a el mismo, de toda responsabilidad por el asesinato, aunque admitió haber sentido una gran frustración por no haber estado allí.
La CIA cree que elementos terroristas ultra islámicos están detrás del hecho, y lo mismo opinan en los cuarteles del MOSAD, aunque los países árabes hacen mutis por el foro.
Finalmente la enterraron un domingo soleado con una sentida ceremonia cristiana; el servicio religioso fue a féretro cerrado.
Dicen, los que asistieron, que el lunch estaba exquisito.
Mesas con servilletas color rosa y masitas bajas calorías.
Hacía calor.