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sábado, 29 de septiembre de 2018

La chica en el cementerio

Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El sonido del motor tosía y rebotaba  inexplicablemente en los sucios cordones de cemento, en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal, sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos, y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.      
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal. Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Muerte prematura

Luego de que Esteban se esforzara en cumplir con todos los mandatos civiles que le enseñaron sus maestros de escuela, con todos los preceptos morales que le impusieron en la parroquia, y con todas las obligaciones filiales que le inculcaron sus padres, su mujer, sus hermanos y sus amigos, finalmente se murió.
A los treinta y tres años de edad.
Sin embargo, su cuerpo siguió respirando: sus ojos continuaron viendo todo alrededor y sus manos persistieron en llevar el alimento a la boca... perseveró en el ejercicio de ir al baño y en el comercio carnal con su mujer.
Y con todo lo demás: cortando el pasto, yendo al supermercado, cocinando pizzas, escuchando radio, viendo TV y leyendo el diario. Pero Esteban, el verdadero Esteban, ya nunca apareció.
Nadie se dio cuenta... nadie lo extrañó.
Fue obrero en varias fábricas, de oficio soldador. 
Se fanatizó con el fútbol y se aficionó a la bebida; sus amigos aseguran que, tal vez borracho o en la cancha, parecía ser feliz.
Finalmente, tras una larga agonía, su carne colapsó arrasada por un cáncer masivo de duodeno.
Tenía sesenta y nueve años.
El velorio fue sentido. Más tarde lo enterraron en el cementerio de la Chacarita.
Llovía.

miércoles, 23 de julio de 2014

Una sola certeza

Acabamos de regresar... fiesta.
Música, amigos, humos y alcohol.
Cuarenta y cuatro años, más diez de doce.
Las horas se arrastran como se arrastra el caracol sobre el filo de la navaja.
Los años se acumulan y los desconocidos ya superan a los amigos... y al igual que el cementerio y el basural, no encuentro el modo de habilitar espacio.
Igual respiro, me maravillo y tiemblo.
4:32, sábado a la noche, fin del otoño.
Mil y una noches de preguntas sin respuesta...
y una sola certeza.