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lunes, 6 de abril de 2020

Cuarentena

El silencio regresó al barrio, ese silencio que reinaba en la noche cerrada cuando yo era muy chico. Menos de un mes de cuarentena y observo que se ven más estrellas desde casa, tal es así que desempolvé mi viejo telescopio y lo subí a la terraza. La Cruz del Sur y el Gran Orión ya no están solos, ahora un pequeño y débil séquito, diariamente creciente, los acompaña. Y la estrella de la tarde, Venus, brilla con un brillo lisérgico, como nunca brilló en la gran ciudad. Al atardecer cantan los zorzales amarillos, compiten entre sí, son de esos zorzales que no veía por el barrio hace no menos de dos décadas. Y volvieron las calandrias y los chimangos, y se multiplican las torcazas. Las mariposas, rojas, blancas, amarillas y negras, revolotean felices entre las plantas... por eso "Nada puede ser peor que una vuelta a la normalidad"... y eso, justamente, es lo que más me entristece de todo este asunto: que vuelva a ponerse en marcha la maquinaria parasitaria humana... sin límite, sin reflexión, sin piedad. "Los Reyes de la creación", afirman que somos los que practican una fe de capilla, pero si somos reyes de algo es de una peligrosa hipocresía que juega a las escondidas con la muerte mientras manosea, con pulsión masturbatoria, la perfecta y modernísima pantallita del puto teléfono celular.

viernes, 16 de mayo de 2014

Regreso a casa

Salí del profesorado pasadas las diez menos cuarto de la noche. Caminé por Esmeralda, crucé Córdoba y seguí caminando hasta avenida Santa Fe, la pasé y bajé por el costado de la Plaza San Martín rumbo a la estación del tren en Retiro. En la mitad del trayecto me salió al encuentro una vieja flaca como el aire y arrugada como un trapo, me pidió una moneda –para comer- me dijo,
-tengo hambre- agregó, y le di quince mangos. Seguí caminando, crucé avenida del Libertador y seguí por las terminales de los otros trenes hasta llegar al hangar del San Martín; entré y compré un boleto hasta Caseros en la máquina expendedora, tres pesos. Eran las diez con seis minutos, y el hangar ya estaba lleno… algunos fumaban, la mirada fija en el cartel de horarios; otros masturbaban el celular con fatídica futilidad desesperante. Una minoría, de pié y vistiendo sus ropas de trabajo, cenaban panchos con papitas secas y mostaza color caca. Levanté la vista: el cartel luminoso anunciaba el próximo tren a las diez y media. Me entraron ganas de fumar, pero no tenía más que dos pesos. Caminé hasta el kiosco para comprar un pucho suelto, pero el kiosquero me explicó que ya no se venden puchos sueltos, está prohibido por la ley. Pensé en manguear, pero no me dio la cara, todos los fumantes parecían muy pobres, o por lo menos bastante más pobres que yo. A las diez y veinte carraspeó el parlante de la estación y una voz masculina bastante inentendible dijo:
-accidente en Villa del Parque, no se asegura la continuación del servicio-…
Encaré a un poli, le pregunté cuál era el último tren: -éste es el último-, me dijo, -éste, el que no va a salir-.
Me metí el boleto de tres pesos en el culo y regresé sobre mis pasos. Pasé nuevamente por las terminales de los demás trenes, Belgrano Norte y Mitre; crucé avenida del Libertador y otra vez costeando la plaza apareció la señora hambrienta con cara de viento… le di los dos pesos que me quedaban y seguí caminando. Encaré avenida Santa Fe rumbo a la parada del 111 o del 39, daba lo mismo. Crucé 9 de Julio y enganché justo un 39 cartel rojo. No paró. Atrás venía un 111, lleno hasta el borde. Lo paré, paró y subí.
El bondi tardó cuarenta minutos en llegar a Chacarita. En la mitad del trayecto se desocupó el asiento que tenía justo frente a mí y se lo cedí a una señora boliviana muy gorda y cansada que estaba sudando profusamente a mi lado…
-muchas gracias, señor- me dijo con evidente alivio, -no es nada- le respondí. Mientras pensaba que ceder un asiento realmente no es nada, una jovencita comenzó a blasfemar a mis espaldas: -bolivianos de mierda-, susurraba destilando veneno, -los argentinos parados y ellos sentados, negros cabeza, mierda, villa, villa cabeza cagada mierda, y este idiota que le da el asiento a la negra, ¡mierda!-
La ignoré. El colectivo se fue llenando cada vez más, hasta el punto "lata de conservas", pero cuando llegó a Palermo Hollywood se vació como por arte de magia. Finalmente llegó a destino, me bajé frente al cementerio de Chacarita, corrí y me trepé a un 123 que prácticamente se ponía en marcha. Me senté y en tres minutos me dormí. A los quince me despertó la ausencia del ruido del  motor: -todos abajo- dijo el chofer, -el coche está roto-.
Bajamos, Constituyentes y De los Incas. Eramos unas quince personas. A mi lado una vieja se puso a chillar contra el colectivero, contra la presidenta, contra la democracia y contra el universo en general. Llevaba una bufanda muy rosa y lápiz labial muy rojo, la piel de la cara arrugada como un rollo de la Torá escrito por puño y letra del Rey Salomón. Uñas muy largas, zapatos negros charolados e impecables, y un rodete en la coronilla redondo como un pequeño planetoide. Chillaba y chillaba exhalando veneno con esa naturalidad que da la práctica, debía tener cerca de cien años y todavía tenía las ganas de chillar intactas. La ignoré. Nuevamente me entraron ganas de fumar y vi que el chofer lo hacía mientras esperaba el relevo; lo encaré: -me convidas un pucho amigo?, -No tengo más-, me contestó, -era el último-…
Media hora más tarde llegó el relevo, doce y media de la noche. Venía bastante lleno, y con nosotros arriba reventó. Viajé parado hasta Caseros, bajé en Mitre y Alzaga, caminé treinta metros hasta la puerta de casa, entré, saludé a mi mujer que terminaba de cenar con una amiga, me di una ducha muy calente, me preparé unos mates, me los tomé, escribí, me metí en la cama, leí un libro y me dormí.

sábado, 19 de abril de 2014

Un Nadie en las calles

Despertó con el sol en la cara, ese sol de principios de otoño que ya es suave y que aún mantiene algo de la ferocidad del estío.
No pensó en nada; no pensó en la ropa que vestiría porque ya estaba vestido, tampoco pensó en comida, porque no tenía hambre. No se iba a bañar. Ya aparecería el abrigo apropiado cuando llegara el frío y el plato de comida cuando arreciara el hambre.
Dios proveería.
Se incorporó y miró todo alrededor: estaba de cara a Avenida Libertador, detrás de ese gordo ridículo esculpido por Botero; a sus espaldas, los trenes, a su derecha, la facultad de abogacía, y enfrente, la plaza de la Recoleta.
Inspiró una gran bocanada de aire fresco, se sacudió el último jirón de sueño que le quedaba y se puso en marcha. Tal vez el caminar era la actividad principal en su vida. El caminar y el ver. Enfiló para el puente peatonal dejando atrás el lecho de tierra que nunca sería suyo ni que jamás recordaría, atravesó el puente circular entre bandadas de turistas muy perfumados que siempre se escondían detrás de sus cámaras. Cruzó la avenida y entró en la plaza ya repleta de puestos de artesanías; luego caminó un poco más y giró a la izquierda... le hubiera gustado quedarse a ver a la gente que iba y venía, que compraba y que reía, o entrar a la iglesia Del Pilar para ver sus santos dorados y sus esqueletos espanta demonios, pero merodear por este lugar sólo le traería problemas; en Barrio Norte la policía parecía tener un ojo más entrenado para ver gente como él que en otras zonas de la ciudad. Y más celeridad para echarlos a patadas.
Se fue caminando por Quintana, dobló en Montevideo a la derecha y se encontró con el nacimiento de Uruguay, y a medida que se acercaba a Corrientes sintió que un poco llegaba a algo parecido al hogar y a los amigos.
Ya casi no recordaba al hogar, ni a sus padres ni a sus hermanos, pero si recordaba el sentimiento y la emoción.
En la calle, que era su hogar, tenía muchos amigos, amigos que eran fieles como el mal aliento y otros que eran como fantasmas que aparecían para nunca regresar. Como aquel angelito con cara de porcelana que lo vio sentado en las escaleras de la Plaza San Martín ese domingo helado de lluvia triste y corrió a regalarle la campera impermeable y cien pesos. Nunca más la vio, pero en su mente era así, una amiga fantasma. Nunca se olvidaba de pedir por ella cuando se acordaba que podía rezar.
O aquel otro amigo fantasma que lo invitó a cenar en su mesa cuando a el ya lo echaban a los empujones del interior de Las Cuartetas... -el señor está conmigo- les dijo a los tipos que lo apuraban hacia la calle -está sentado en mi mesa y aquí va a cenar, y se va a ir a la calle cuando yo me vaya-. Esa noche de pizzas y cervezas habló tanto que al día siguiente le dolían las mandíbulas. Nunca hablaba mucho, y si era necesario hablar bastaba con dos o tres palabras, ya que nadie parecía necesitar su conversación; si le dirigían la palabra era por absoluta necesidad y eran, casi siempre, palabras de expulsión, palabras dirigidas hacia su rostro con la certera impronta de un misil.
Le agarró el hambre como una tenaza en las tripas y cruzó hasta Güerrin. Los de Güerrin eran amigos, aunque nunca hablaba con ellos, pero bastaba pararse en la puerta con la cara pegada al vidrio para que unos minutos después aparecieran dos o tres porciones de pizza. Lo importante era no abusar, no ir todos los días; en una ciudad grande como Buenos Aires podía comer a diario sin repetir lugar, siempre y cuando caminara. Porque caminar era sobrevivir. Ahí estaba Sergio, su amigo que dejó de caminar, se echó en esa puerta abandonada y llena de cansancio hasta que se murió de hambre y de tristeza. O Julián, que se fascinó en el verdor de la reserva y no salió nunca más hasta el momento en que lo encontraron flotando boca abajo en un pajonal... claro que, aparte del hambre y del frío tenía todas las costillas destrozadas a palazos.
Salieron las porciones, dos de muzarella y una de cebolla, envueltas en un papelito con la propaganda de la pizzería. Entonces caminó hasta el obelisco y se sentó ahí, frente al ridículo falo, a almorzar sus pizzas.
Luego se quedó envuelto en una ensoñación sin pensamientos, viendo pasar a la gente rumbo a las cosas importantes de sus vidas como en un calidoscopio de brillo diáfano; y cuando le llegó el sueño se acostó, y enseguida se durmió.
Lo despertó el brillo de la Luna en la cara, y la sed. Caminó hasta el McDonalds de la esquina y le pidió agua al vigilador que estaba en la puerta, y un rato más tarde salió con un vaso de coca-cola.
Entonces caminó por 9 de Julio rumbo al sur, porque lo asaltaba un deseo de Balvanera y del Maldonado y de calles de tierra y de zaguanes rosados bajo las farolas encendidas. Un deseo de infinito.
Pensó, entonces, que no deseaba nada, salvo morir. Pensó también que no deseaba morir ni por tristeza ni por escapar de su fracaso... poco le importaba su fracaso.
Deseaba morir porque creía que detrás del velo de la muerte existía un mundo que era como una autopista extensa rumbo al infinito, una autopista que rodeaba un útero lleno de vida color rosa.
Allí cambiaría de piel y, tal vez, renovaría sus deseos.
Y posiblemente vería a Dios, si tenía suerte.