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domingo, 5 de febrero de 2017

Un domingo sin hierba

-¿Cómo te sentís?
-Liberada.
Eran las tres y cuarenta de la tarde del domingo. Era verano, pero fuera soplaba un viento  furioso y frío, como si el otoño hubiese tomado al estío por asalto. Dentro de la casa sonaba una música tranquila, espacial. También se escuchaba girar al lavarropas y el arranque de la heladera, y los chillidos de los pájaros entrando por la ventana . Por el cielo pasaban unas nubes gordas y oscuras y luego todo se cubría en un manto gris. Entonces se abría un jirón y aparecía el cielo azul y el sol pintaba por un momento todo de color.
-No tenemos más nada. Ahora sólo podemos esperar.
-Esperemos entonces.
Clara hirvió unos tomates secos en agua y vinagre de vino. También puso a asar dos morrones muy grandes y muy rojos en el horno. Picó una cabeza de ajo, secó los tomates ya hidratados y peló los morrones. Luego preparó todo con aceite de oliva y ajo.
-Hay bondiola, mortadela y salame calabrés. Y los morrones y los tomates con ajo. Y un pedazo de roquefort. Puedo hacer la primera pizza sólo con muzzarella, y la segunda con muzzarella y roquefort.
-Me parece muy bien, contestó Ana.
-Y hay que comprar más moscato… y unas cervezas. Me muero de ganas de un trago de moscato, pero si empiezo ahora para cuando llegue Claudio voy a estar como una cuba.
-Más y más y más.
-Siempre más. Pero ahora no queda nada, y hay que volver a esperar. Duele, pero es el camino. La desesperación puede llegar como oleadas, pero está condenada: la paciencia es un músculo.
-Y ese músculo está preparado.
-Igual duele.
-Que duela… al final, sólo hay que esperar.
-Nos dedicamos a esperar.
-Mirá que fácil.
-Y hasta ayer… es muy loco cómo un poco de hierba puede volverle loca la cabeza a una.
-Potencia todo, y es para bien y para mal.
-Se pierde el equilibrio.
-El centro.
-Una se pone caprichosa, débil, exigente. Una se pone a manipular todo, así y asá, y la paz se escapa como el aire, y una se ahoga de a poco mientras se vuelve egotista.
-Qué fácil es perder la paz.
-Sólo basta entregarse al deseo.
-Darse a sí misma.
-Darse todo hasta el displacer… ahí está el calvario.
-Ahí llegamos anoche, al extremo del placer, donde el displacer empieza… ¿o es un desierto?,  y ya no tenemos nada: nos resta esperar.
-Esperar  “la voluntad que nos haga libres”
-Eso.
Clara pensó en cortar unos tomates en rodajas y en hervir dos huevos, mientras Ana preparaba un Tiramisú para el postre de la noche.
-¿Claudio ya no fuma? Preguntó Ana al rato
-Sí fuma.
-¿Traerá?
-¡Me muero!
-¿Mirá si se cae con una piedrota?
-No… nunca trae. Sería raro que justo esta vez se aparezca con porro.
-¿Le preguntamos?
-¿Y si nos dice que tiene?
-¡Le decimos que no traiga!
-No va a tener…
-Llamálo, Clari, llamálo!…
Clara marcó el número de Claudio en el teléfono. El muchacho atendió luego de cinco llamados:
-Holaa
-Hola Claudio, soy Clara.
-¡Hola Clara!, ¿todo bien?, ¿se hacen las pizzas hoy?
-Sí, si nene… pero con Ana nos preguntábamos si tenías algo de faso.
-Sí, justamente ayer me trajeron una piedrota... llevo un pedazo ¿dale?.
-¿Vas a traer un pedazo?
-Y… les llevo un veinticinco, así tienen para tirar unos días ¡es muy rico este faso!
Clara se quedó muda un instante. Sintió al deseo volverse material y ponerse a recorrer sus venas haciendo leves cosquilleos a cada paso. Las cosquillas del placer extremo, el placer manejado, dirigido, el placer objetivo, el placer límite, asesino de la paz.
-Bueno, dale, contestó la chica, -traé que anoche nos quedamos sin.
-Ok, llego a eso de las siete ¿qué más llevo?
-Nada más, con eso es suficiente…
Clara cortó y enseguida miró a su amiga, que asimismo la miraba. Se miraron unos segundos en completo silencio y Ana dijo:
-Se acabó la espera.
-Sí, se acabó.
Siguieron en lo suyo. Ana con el tiramisú y Clara con los tomates. Al rato Clara abrió el freezer y sacó tres cubitos. Los metió en un vaso color ámbar y luego lo llenó con moscato helado. Miró el reloj: las cuatro y cuarenta de la tarde.
-A las siete, cuando llegue Claudio, voy a estar re borracha.
-Bueno, no importa, dijo Ana mientras se servía ella misma un vaso de moscatel con hielo, -si estamos muy borrachas picamos un poco de faso y nos ponemos del orto.
-Bueno, contestó la amiga.
Siguieron cocinando, mientras sus pensamientos dejaron de pensar en la paz para pasar a pensar en todo lo que harían fumadas los próximos días, y en el placer inmenso –y en el dolor-que todo ello les acarrearía.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Infierno en Valcheta

Pasada la medianoche el tren se detuvo en Valcheta y los dos barbados rastafaris aprovecharon para fumarse un porrito. Bajaron del tren, caminaron cincuenta metros y encendieron un finito… no se puede decir que fumaran plácidamente, Valcheta es apenas un páramo helado, seco y ventoso en medio del desierto, y ese frío más el temor a perder el transporte los obligó al ejercicio de furiosas pitadas… el fasito brillante desprendiendo sus ascuas en la ventolina, la tos inmisericorde y las risotadas ahogadas bajo las estrellas. Finalmente la máquina chilló su claxon anunciando la partida y los dos muchachos corrieron… antes de ganar el estribo del convoy dieron la última chupada y arrojaron a los pastos la pequeña tuca aún encendida.
Y el tren siguió su marcha.
Veinticuatro horas más tarde, ya en San Carlos de Bariloche –y nuevamente muy fumados- los muchachos observaron estupefactos el titular en la pantalla de TV:
“El infierno en Valcheta”.
Pero no lograron conectar de ningún modo en sus atontadas sinapsis las causas de ese fuego, y menos aún sus terribles consecuencias: las muertes trágicas, los campos calcinados, el pueblo devastado… “que loco” se dijeron muy despacio “si ayer mismo estuvimos ahí”.
Y eso fue todo.
Un rato más tarde salieron del bar y dedicaron el tiempo –que era todo su tiempo- a buscar un dealer que engrosara nuevamente las ya flacas provisiones de canabiol.

domingo, 8 de febrero de 2015

Celos

Mientras alguien me hablaba,
me decía algo así como que no estabas
el demonio que vive en la espuma de las olas
en el mar de mi cabeza
me llamó a los gritos.
Fue imposible no escucharlo,
fue claro, preciso, despiadado.
Y me dijo que vos no estabas
porque estabas con otro.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, corro como un necio.

Pierdo el tiempo perdiendo el tiempo
mientras toco la guitarra
y las últimas nubes de la tormenta
hacia el este flotarán.
Y dejarán un cielo vacío
con un brillo perlado
sin tiempo.
Nada es nada sin el todo,
todo y nada ya no existen,
este mundo carece de tiempo,
ya no hay sumas, ni restas, ni productos.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, huyo como un necio.

Y si Leviathán levanta
entonces Cristos summus overdrive.
Yat de limit tudei
on the floor
tunait.

El humo cerró el cerrojo del pensamiento
y lo convirtió en humo.
Humo espeso, humo blanco,
humo cemento.
Una nube se desliza bajo Alfa del Centauro
y, por un momento,
el cielo tiene techo,
y no hay aire suficiente,
y las estrellas murieron.

                                        (1995)

lunes, 5 de enero de 2015

Un veinticinco el primero de año

Hacía ya tres días que buscaba faso; el 29, el 30 y el 31 de diciembre me la pasé llamando por teléfono a diversas líneas. Envié, vía facebook, mensajes a varios conocidos fumantes, pero nada. "Es una fecha jodida", me escribió Marcelo mientras esperaba la respuesta de su propio –y esfumado- dealer. Jorge, desde el Tigre, me aseguró que "todo el faso está en la costa, olvidate", y cuando encontré en el chat a Martínez, éste, de vacaciones en Brasil, se me burló con un -"uuu, man, que feo, acá los brazucas tienen un faso de la re puta madre, jajaj ¡que lástima!"... De la manija, llegué a rascar la pipa con un punzón hasta que ya no quedó nada por fumar. Ana había prometido averiguarme "por el dealer de una amiga que siempre tiene", pero el primero de año a las dos de la tarde me escribió que "no, no contesta, en estas fechas está todo el mundo destrozado, durmiendo la mama de la noche anterior". Ella me habló del kiosco de la avenida San Martín, del gordo "que le vende cualquier cosa a cualquiera", y terminó con un "andá, simulá comprar un chocolate y preguntale si tiene churro, y chau".
Más por desesperación que por convencimiento, salí a la calle a eso de las dos y veinte, y me fui caminando derecho por Mitre, rumbo al kiosco.
En Mitre y Constitución me crucé con el Mosca. Éste hablaba por teléfono a los gritos, dando círculos en medio de la vereda:
-¡Una hamburguesa, boluda, vamos a comer una hamburguesa y nos clavamos un par de birras!, ¿no querés venir?, no seas pelotuda, ¡te paso a buscar ahora, dejá a las pibas con tu vieja y vamos!
Algo respondió la chica por el teléfono, no paraba nunca de contestar, un largo discurso. El Mosca escuchaba y revoloteaba los ojos, y se quejaba, me miraba y me hacía un gesto para que esperara, y caminaba hasta el cordón y volvía, y puteaba, y giraba y giraba y miraba el cielo. Actuaba, el Mosca. Era, obviamente, el protagonista de su episodio.
-Andáte a la concha de tu madre, entonces- chilló al final el Mosca, y cortó. Y como si nada:
-¡Que hacés, Abel!
Nos abrazamos.
-Che!, me dijo el Mosca: uuuuaaaaaaaaAA, ¡QUIERO UN PAPELITOOO!, Abel, y bajando la voz hasta el susurro:
-merca, Abelito, quiero meeeerca, me quiero mataar.
-Y yo quiero faso, Mosca, por eso salí de casa. Estoy re manija. Nadie tiene, hace tres días que busco y nada. Me pasaron la data de un kiosco en avenida San Martín... ¿lo conocés?
-Cual kiosco?
-Llegando a Alvear
-El del gordo.
-¡Si!
-El gordo ese es medio cualquiera.
-¿Si?, ¿y vos no tenés línea, Mosca?
-Sí, pero vos querés faso, Abel, y yo noooo, ¡yo quiero mercaaa!, jajajaa, unos papelitos, papá.
-¿Entonces?
-Y, vamos del gordo, wiii, a ver que onda... ¡capaz vende pala!
Caminamos. El Mosca era insistente como una emisora de radio. Me contaba que estaba de marcha desde el 18 de diciembre, que por eso su mujer lo había echado de la casa, que ella era ocho años mayor que él, que tenía dos nenas de un matrimonio anterior, que la suegra lo odiaba e intentaba envenenarle la comida... entonces el Mosca cambiaba el tono, se me acercaba y abriendo su gran bocaza desdentada agregaba orgulloso:
-Vamos a tener mellizos; está gorda la loca, una gran sapan impresionante. Al principio me re calentaba así embarazada, y le daba con todo, mal. Pero ahora es un globo, loco... entonces yo me busco un par de nenitas, eee, y ¡chau!
-Que bueno, men.
-¡Ma que bueno!, ¡se me viene la noche!... los pañales, la comida... y yo de marcha desde el 18, jajajaj, me quiero mataaar... le di a mi vieja seiscientos mangos y le dije: "guardame esto, vieja, que no me quiero tomar todo", ¡menos mal!, mi vieja me cuida, eee, ¡che, Abel!, está el Laucha Miguel en Rosas ¡ese tiene faso, seguro!, faso y blanca, pero a esta hora no see...
-Vos tenés linea ahí, Mosca?
-Sí, todo bien, pero es temprano. Che, ¿viste que la hija de puta no quiso venir a comer una hamburguesa conmigo? ¡está cabroneada por los chupones del cuello!, jajajajaja, ¡mirá! el Mosca me mostró el cuello mordido
-la otra noche salimos y me vio los chupones... tengo un par de nenitas, si, ¡tengo que ponerla, loco!, entonces "¡vos me echaste!", le dije, y se cabroneó más. Y ahora la invitan a comer, looco, ¡año nuevo!, te están invitando a comer, loooca... y no, que los nenes, que mi mamá, que año nuevo... ¡que se vaya al carajo!, ¡ella y su puta vieja!
Llegando a Andrés Ferreira nos cruzamos con Leo, que caminaba en sentido contrario. Leo era ancho, mucho músculo. No era muy alto, era morocho y tenía una risa virósica. Leo y el Mosca eran muy amigos.Tenían los mismos dealers, tomaban merca juntos, vivían en el mismo barrio y hasta habían participado de un mismo par de asaltos a mano armada. El Mosca, orgulloso, me mostró una cicatriz redonda en el antebrazo:
-Mirá, acá me la dieron. Una nueve... me la dieron y me fui; nunca lastimé a nadie. Estaba con éste- por Leo, -esa noche, más tarde del corchazo, hicimos la repartija y nos tomamos como quince papeles, jajajajaaaaa, ¿te acordás Leítoo?, ahhhh, como loocos ¡y yo con el agujero!
-Si, dijo Leo, te la pusieron por zarpado, querías llevarte hasta la jaula del pájaro.
-Ahh, jaja, seee, dijo el Mosca, -la loca no lo soltaba, maan, jajaj, no quería soltar nada, "¡dame!", le decía, "¡dame el pájaro!"... ¡y no quería soltar nada!, noo, dámelo, loca, dámela toda!
-Yo me tengo que cuidar, vieja- dijo Leo, -hace meses vengo escapándole a la gorra, nooo, hace un par de semanas venía desde Alvear y me siguieron como diez cuadras, la licuadora azul girando en la nuca, iuiuiuiu, los mierdas
 atrás durante diez cuadras. Venían a cinco metros, yo caminando por la vereda, ellos por la calle, en la patrulla, pisando huevos. Después se cansaron y se fueron. Yo estaba... me quería matar: venía con medio kilo de churro y, encima, venía enfierrado. El fierro todo limado. Si me agarran, con los antecedentes y todo, me encierran ocho años. Pero no sabían nada, gatos, eeee!, se fueron.
-Es que tenes pinta de villa, Leíto, miráte- le dijo el Mosca.
-Si, mal, por los tatuajes.
-Te zafa el pelo.
-Si, zafé de la tapita.
-Che, Leo, éste quiere faso dijo de golpe el Mosca señalándome con el codo,
-y yo unos papelitos, wii, ¿conocés el quiosco de avenida San martín?
-¿Cual?, ¿el del gordo?
-Si, man
-Se lo incendiaron, ese gordo...
-¡Si!, jajaj, ¡le incendiaron el kiosco, jajaj!,¡en que andará ese gato?
-Pero ¡Mosca!, ¡vamos para lo del laucha, Mosca!, ya tiene que estar despierto, yo soy re amigo.
-¿El Laucha vende papeles?
-Sí, y faso, buena merca… yo no tomo- dijo Leo dirigiéndose a mi -porque entreno... pero un fasito me lo fumo, ni hablar.
Volvimos sobre nuestros pasos. En Mitre y Caseros cruzamos la avenida y nos fuimos hacia Merlo. Caminamos por Merlo hasta Pringles, doblamos a la izquierda hasta Caferatta y entonces nos fuimos pateando para Rosas, derecho para lo del Laucha Miguel.
Leo se sacó la remera y mostraba un tatuaje en el hombro, una calavera:
-Por ésta me cansé que me golpeara la gorra- dijo, -y por los cinco puntos... pero ahora me los tapé- mostró el dorso de la mano, -me los tapé con el águila... Miré la mano y vi una especie de mancha azul negra que parecía ser un águila.
-Yo los cinco puntos los tengo, loco dijo el Mosca, triunfal -y no me los pienso tapar.
-Sí, si te chupa la yuta te quiero ver con los cinco puntitos.
-¡Qué!, ¡que pasa!, a mi no me tocan, loco, se las digo en la cara: "que pasa, gato, te quedaste sin pasta y me venís a buscar a mí, pará un poco, gato" y cierran el orto.
-Si, a patadas te lo cierran a vos.
-Mirá éste, dijo el mosca, y se sacó la remera para mostrar: Pazazu, el demonio de piedra del "exorcista" escrachado sobre el hombro derecho, -y me quiero hacer uno acá, en el cuello, con el nombre de la loca: Belu.
-Todo un gesto, Mosca- le dije -con el escracho seguro la loca te perdona.
-Claaaro, mueere, se mueere la loca cuando lo vea. Está re gorda la loca, y claro ¡dos pibes!, me quiero matar.
Llegamos a Caferatta e Iribarren. Leo se detuvo en seco y dijo:
-No me acompañen, voy solo, por ahí se cabronea si somos muchos, y a mí me conoce bien.
Le di la guita para un veinticinco y el Mosca le dio para tres papeles. Leo se fue.
Tardó más de veinte minutos en volver. El mosca no paraba de hablar y de alternar en el discurso numerosos -"he, gato, apuráte", o "vamos nosotros también, Abel, que éste mierdas no viene". Entonces me contó del accidente en moto, de cómo le quedó torcida una pierna y del fierro que ya se tendría que haber sacado hace tres años, y que ahora le dolía porque era de mala calidad, y que le estaba pudriendo la pierna.
-Y bueno, que me la corten, que mierda me importa.
Apareció Leo con todo, lo repartió y mientras regresábamos el Mosca se tomó el primer papel. Le convidó a Leo. Yo, que merca no tomo, me adelanté unos veinte metros, un poco apurado por llegar y fumarme un caño y otro poco para no verlos aspirar.
-Che, gato- me gritó entonces el Mosca -¿qué pasa, gato, ahora que conseguiste tu fasito te alejás?, jaaaaaaaa!
Nos reímos a carcajadas, los tres. Cuando llegamos a Rosas y Merlo nos cruzamos con un pibe que venía con tres envases de cerveza en la mano.
-Che- nos preguntó -¿no vieron algún chino o un kiosco abierto?
-Uuu, no man, no vimos nada abierto– le dije -claro, es primero de año, todo cerrado mal.
-Hace doce cuadras que camino- nos dijo.
-Es más fácil conseguir droga- dijo el Mosca
-Venimos de comprar merca y faso- agregó Leo -pero no hay cerveza… ¡jaaaaaá!, ¡que país de looocoooos!...
Caminamos los tres juntos hasta Spandonari y Mitre. Ahí el Mosca y Leo me dieron un abrazo y doblaron a la izquierda, rumbo a sus casas y a sus polvos. Yo caminé una cuadra más, entré en casa, desconecté el teléfono, piqué el faso, lo metí en la pipa y me lo fumé.