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miércoles, 8 de febrero de 2017

El poder corruptor de la naturaleza

Vivimos toda la vida dentro de un cuerpo... somos, de algún extraño modo, "en" el cuerpo, o "con" él.
Caminamos con el cuerpo, comemos con el cuerpo, hablamos y cantamos con el cuerpo, respiramos con él.
Nos reproducimos porque tenemos un cuerpo.
Pero entonces sucede que alguien muestra una teta... ¡caos!
El asunto merece la atención en proporción al miedo que provoca.
Mucho miedo... los pibes, nuestros hijos, fueron amamantados... ¡con que gusto e inocencia amamanta una criatura!, pero ver una teta cuando dejan la edad de amamantar los puede pervertir... hay un poder, parece, el "poder corruptor de la teta visualizada"
El principio, para mí, y que quede claro que no quiero ofender a nadie,
es el mismo por el cual los juguetes de los chicos tienen orejas, ojos, piernas, pelo, boca y dedos,
pero nunca sexo.
Como si a los seres humanos nos hubiera traído una cigüeña... o hubiésemos crecido de un repollo.
Significativa la negación.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Muerte prematura

Luego de que Esteban se esforzara en cumplir con todos los mandatos civiles que le enseñaron sus maestros de escuela, con todos los preceptos morales que le impusieron en la parroquia, y con todas las obligaciones filiales que le inculcaron sus padres, su mujer, sus hermanos y sus amigos, finalmente se murió.
A los treinta y tres años de edad.
Sin embargo, su cuerpo siguió respirando: sus ojos continuaron viendo todo alrededor y sus manos persistieron en llevar el alimento a la boca... perseveró en el ejercicio de ir al baño y en el comercio carnal con su mujer.
Y con todo lo demás: cortando el pasto, yendo al supermercado, cocinando pizzas, escuchando radio, viendo TV y leyendo el diario. Pero Esteban, el verdadero Esteban, ya nunca apareció.
Nadie se dio cuenta... nadie lo extrañó.
Fue obrero en varias fábricas, de oficio soldador. 
Se fanatizó con el fútbol y se aficionó a la bebida; sus amigos aseguran que, tal vez borracho o en la cancha, parecía ser feliz.
Finalmente, tras una larga agonía, su carne colapsó arrasada por un cáncer masivo de duodeno.
Tenía sesenta y nueve años.
El velorio fue sentido. Más tarde lo enterraron en el cementerio de la Chacarita.
Llovía.