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miércoles, 15 de marzo de 2017

Cuatro amigos

-Vamos a resolver los problemas de este mundo cuando caigan todas las políticas que atentan contra la clase trabajadora, cuando el estado de bienestar sea un hecho y no una utopía, cuando las máquinas y los medios de producción estén al servicio del proletariado y no de unos pocos privilegiados, que son los mismos privilegiados de siempre...
Cenaban en el comedor del Tren Patagónico, sándwiches de pan de centeno relleno de queso, tomate y  mortadela; tomaban mates amargos y soda en sifón. El tren, detenido en San Antonio Oeste, cambiaba de máquina, y rápidamente se ocupaban los pocos asientos libres que quedaban. La charla había comenzado, como de costumbre, como un monólogo, y así proseguía. Jorge, el más politizado del grupo, arengaba a sus amigos exponiendo sus extensamente rumiadas nociones de Marx, Hegel, Smith y Chomsky:
-Lo que sucede con ustedes, agregó, es que viven presos de "la casa y el sillón", por no decir de las velas, el humo del incienso y el apalabrado rosario… ¿quién carajos es ese "señor" para tener que pedirle algo?, ¿acaso no es un patrón, un papá o un abuelo, un patriarca superlativo, el oligarca de los cielos?... “Dios es empleado en un mostrador”, cantó Charly con Nito, “da para recibir”… y si digo dios como ellos lo escriben, con mayúscula, es por consideración a esos dos músicos que merecen mucho más respeto que toda esa estúpida y condenada imaginería supersticiosa… ¡toda religión es un negocio!, y sobre las bases de ese tremendo y vil supermercado el capitalismo sienta sus bases y hunde sus raíces…
-¡Pará un poco, che!, reaccionó Leo, que era católico, vos hablás de lo que no conocés con la autoridad del que sabe, pero ni siquiera te alcanza para ser un neófito ¿qué experiencia tenés vos de Dios para ser tan hostil a los religiosos?
-Ninguna, porque dios no existe- respondió Jorge terminante.
-No existe para vos; en tu negación impedís que Él se brinde con la naturalidad que se brinda a los que lo aman.
-Perdón, intervino Sergio, el anarquista, yo quisiera que ese "señor dios" y ese "señor Marx" me entreguen la posta completa para poder correr mi carrera como se me cantan soberanamente las pelotas… ¡libertad!, ¿porque tengo que seguir sus concretos, insulsos y represivos caminitos religiosos?
-¡Marx no es religión, animal! chilló Jorge
-¿No?... pero vos hablás de Marx y de su libro "El Capital" como si de palabra santa se tratara… si cambiamos Marx por Cristo y embadurnamos el zurdo tomo con grandes letras doradas y comentarios al pié ya estamos mágicamente en Leo y su sagradísima biblia, su adoración, fanatismo y ceguera.
-Yo no soy ni ciego ni fanático: creer no es fantasía, es ciencia de la comprobación ¿alguna vez alguno de ustedes dos rezó?, seguro que no; todos, como calcos, se meten con Jesús sin siquiera intentar conocerlo- agregó Leo con tristeza , y no le dan la más mínima oportunidad... pero poco importa: son ustedes los que se pierden de su amor
-Amor, amor… el amor de tu dios mató más gente en la historia del mundo que todas las pestes juntas, gil
-Y no hablemos de Stalin, pibe trosko… ¡el estado es un dios de cartón con una guillotina en una mano y el fuego de la bomba H en la otra!… ¿cómo pueden ser tan crédulos, tan dependientes, tan… ingenuos?
-¿Y vos, anarcocapitalista?... sos estúpidamente contradictorio
-¡Dios es amor!
-Sí, claro, pero sólo si estás de acuerdo, sino… ¡escapá!
-No conocen a Dios
-Y odian a Marx sin leerlo
-Esclavos del sistema, ustedes dos, de todo sistema: del que fue, es y será…
Se quedaron los tres callados. Los sandwichs se habían terminado, el mate estaba lavado y los sifones vacíos. Los mozos pasaban y los relojeaban de costado con ánimo de recuperar la mesa. Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que Aníbal, el cuarto ocupante de la mesa, permanecía en absoluto silencio
-Che, dijo Jorge mirándolo, ¿y vos que pensás?, ¿no decís nada?
-Sí, eso… ¡jugáte por algo!, agregó Sergio
-No quiere jugarse, es un tibio, concluyó Leo, y ya sabemos lo que le hará Dios a los tibios en el fin de los tiempos…
Aníbal los miró en silencio, uno por uno, y con una expresión de fatigada resignación dijo:
-¿Que pienso al respecto?... nada, porque no pienso al pedo.
-Andá a cagar, respondieron los tres al unísono.
-Está bien, me voy a cagar, pero igual no pienso. Hay un ruido, y ese ruido son sus palabras, y nada puedo hacer contra ese ruido, simplemente escuchar y seguir mi camino, tranquilo… ¿qué más podría hacer? ¿tomar partido?, jaja, las palabras, queridos amigos, son tan putas que sirven para justificar a Marx, a Cristo, a Hitler, a la Bomba H y al exterminio…
-Pero usás palabras para responder.
-Porque ustedes no se bancan mi silencio… y entonces me preguntan lo que yo llamo, acertadamente, pelotudeces: me basta  el silencio para explicarlo todo, y eso es, básicamente, porque no hay nada que explicar...
Y el silencio, ese que Aníbal exponía  como su filosofía máxima, se adueñó nuevamente de la mesa. Entonces se dieron cuenta de que el tren hacía rato había dejado San Antonio y, tan raudamente como podía, corría bajo las estrellas atravesando la Patagonia rumbo a San carlos de Bariloche. Jorge, en silencio, se cebó un último amargo, miró a su amigo y le dijo:
-La verdad, no te entiendo.
-Y yo tampoco lo entiendo, dijo Sergio
-Ni yo, agregó Leo.
Aníbal los miró, sonrió una gran sonrisa y suavemente contestó:
-Muy bien.
Un minuto más tarde llamaron al mozo, pagaron la cuenta, dejaron el comedor y regresaron a sus asientos. Leonardo regresó a su Biblia, Jorge a su Manifiesto Comunista, y Sergio a su “Coaching of anarcho-capitalism on line”
Aníbal se recostó en la butaca como pudo, encendió el mp3, escuchando la música de los ELO, contemplando el inasible infinito detrás de la ventanilla, contemplando las inalcanzables estrellas y la profunda oscuridad de la noche.
Media hora más tarde le entró un sueño enorme, entonces se durmió.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Los domingos no

-No me interesa si venís o no– dijo Germán, -siempre tenés un kilombo vos-.
-Pregunto si es posible, nada más; no creí que una simple pregunta podría hacerlos calentar tanto… a fin de cuentas yo soy uno más en el grupo, y si se juntan ese día y no puedo ir… en fin, no pasa nada.
-Es que para todo tenés un problema.
-No es verdad.
-Sí, la última vez que fuimos a Entre Ríos te borraste como un marica.
-Somos grandes, che; si no pude ir tuve mis razones ¿para qué explicar? Y no soy el único que suele faltar… ¿porqué se la agarran siempre conmigo?
-Porque sos un puto.
-A otro perro con ese hueso: si fuese puto me sentiría tan digno como me siento en este heterosexual momento.
-Es que te gusta hacerte rogar.
-No es verdad… simplemente no puedo algunos días. Se los vengo diciendo desde principio de año: “los domingos no puedo”, “los domingos no puedo”, “los domingos no puedo”, pero ustedes tienen menos memoria que un trilobite del cámbrico.
-Ya te estás haciendo el difícil de palabras.
-Palabras que se te pasaron de la escuela primaria y que aún hoy, con un poco de ganas, podrías aprender.
-Me chupan un huevo tus putas palabras, y andáte a la concha de tu madre.
-Las palabras no son de nadie, man. Y tus insultos me aburren.
-Sos un mal amigo, y nos tenés cansado.
-Sí, claro, y la culpa es un misil.
-¡Sos un mal amigo y nos tenés podridos!
-Ok, soy un mal amigo y los tengo podridos… ¿qué puedo decir?, es involuntario: si yo no puedo los domingos y si ustedes no registran que yo no puedo los domingos y arreglan siempre para encontrarse los domingos, entonces no les puedo pedir perdón por tenerlos podridos por no ir. Ah, y por ser un mal amigo, menos.
Germán, sacado, masculló otra puteada y cortó la comunicación. David se quedó esperando con el tubo en la oreja más de medio minuto, hasta asegurarse que el otro se había ido. Colgó el teléfono, se dio media vuelta y siguió aporreando el piano.
Media hora más tarde sonó el aparato otra vez. David dejó las teclas y levantó el tubo:
-Hola… ¿quién habla?
Hubo un silencio de tres o cuatro segundos, entonces habló una grabación:
-“Hola, soy Julián Domínguez, y te llamo para pedirte que este domingo me votes en las…”
David colgó sin esperar a que la máquina terminara. Se levantó, caminó hasta la cocina, prendió la hornalla y mientras esperaba que se calentara la pava encendió la radio:
-… “con la seguridad de saber que de este modo el humo kirchnerista no se vende en ninguna otra parte del mundo que no sea en la Argentina… ¿quién le cree a la presidenta, exceptuando a sus secuaces?; por otro lado, la grave denuncia que involucra al jefe de gabinete con el triple crimen de la efe…”
La apagó. La radio siempre era lo mismo. Existían dos radios: una estaba a favor, la otra en contra. Y lo mismo el diario y la TV. Dos versiones de la realidad en blanco y negro, y nada en el medio. Vació el mate, lo llenó de yerba nueva y cebó el primero, muy caliente, fuerte y amargo. Agarró la pava y el mate y se sentó nuevamente en el piano.
Estaba metido con Bach, un preludio a dos voces. Juntaba las manos, y lo que sonaba lo llenaba de alegría. Juan Sebastián Bach. Era como un dios-niño, puro, juguetón. También tocaba Grieg, Kachaturian, Bela Bartok… pero no había como Bach.
Entonces chilló el timbre. –“Miércoles por la mañana”- pensó David,-“seguro que es el loco de la silla de ruedas”.
Era. David abrió la puerta y salió a la calle. La cara del otro se encendió:
-Hola amigo, ¿cómo va?
-Bien… ¿vos?
-Acá, laburando ¿cómo está tu familia, bien?
-Sí, todos muy bien.
-¿Tu mujer está bien?
-Sí, bien… ¿qué tenés hoy?
-Lo que quieras, amigo: trapos, valerinas, esponjitas, repasadores, broches-el otro revolvía un gran bolso lleno de productos de limpieza. Lo rodeaban cuatro perros que deambulaban con él. El tipo salía todos los días muy temprano desde la Gardel a bordo de su silla de ruedas y llegaba con sus mercaderías hasta la periferia de la capital federal. Por la tarde regresaba, con sus perros detrás como en procesión y los bolsillos llenos de guita. Admirable. Por el ejercicio de la silla, tenía unos brazos impresionantes que serían la envidia de cualquier patovica, pero estaba irremediablemente tullido de la cintura para abajo.
-Vendeme trapos de piso por cincuenta pesos.
-Tomá amigo- le alcanzó dos trapos, -éstos son re buenos, de re buena calidad.
-Gracias, viejo.
-No, gracias a vos. Y decile a tu mujer que si tiene ropa que no use, de pibe o de señora, lo que sea, que me la guarde que yo la reparto en el barrio. Ahí se necesita.
-Bueno, dale, te busco y si hay algo te la doy la próxima.
-Joya.
Se dieron la mano. El otro giró la silla y encaró, con los cuatro perros detrás, hacia el centro de la avenida Mitre; luego giró a la izquierda y desapareció rumbo a Capital Federal.
David entró, se cebó otro mate y siguió tecleando. Al rato volvió a sonar el teléfono. Era su madre:
-¿Viste lo que denunció Carrió?
-… Si, algo escuché en la radio.
-Este gobierno de mierda, ¡asesinos!, que gente de mierda, ¡negros!, le dan de comer a los negros y nos quitan todo a la clase media, ¡nos quitan todo!
-Ahá.
-Espero que el domingo votes bien, eh!
-Voy a votar en blanco.
-¡Nooooo!, ¡Hijooo!, ¡VOTÁ BIEEN!, ¡VOTÁ EN CONTRA DE ESTA NEGRADA!
-Pará un poco, mamá, yo no te digo a vos a quién tenés que votar, ¡libertad!… ¿te gusta Carrió?, entonces votá a Carrió; ¿te gusta Biondini?, entonces ¡votá a Biondini!, pero no me digas lo que tengo que hacer.
-Vos SIEMPRE votaste mal.
-Nunca voté a nadie que ganara, por lo tanto no es mi culpa.
-Yo tampoco voté a nadie que ganara.
-Bueno, entonces en algo coincidimos…
Hablaron unos minutos más hasta que cortaron. David siguió dándole al piano, con un leve y ácido malestar subiéndole por el esófago. Mientras tanto el sol trepaba hacia el cenit, los zorzales cantaban detrás de la ventana, los gatos cazaban a los zorzales y la primavera le iba ganando terreno al invierno que retrocedía día tras día, hora tras hora y minuto tras minuto hacia la total disolución.
Pasado el mediodía sonó el teléfono otra vez. David dejo el piano, giró y atendió:
-¡Hola!
-Hola, pedazo de carnaza, me acaba de llamar Claudia para preguntarme si nos juntamos el domingo para hacer un poco de ruido.
-¿En dónde?
-En su casa… dice que tiene el piano recién afinado para vos. Yo llevo el violín y ella sopla el clarinete. Y eso no es nada: la loca ya secó media planta, y me aseguró que el cogollo pesa más o menos un kilo.
-Uff, bueno, podemos hacer esos covers de Los Cure que vimos en youtube.
-Sí, y los de Depeche Mode.
-¡Ni hablar!
-Y meternos un poco más con esas músicas que escribiste para la última vez que nos juntamos.
-Dale.
-Decime… ¿no te gustaría ensayar una vez por semana y hacer un repertorio para salir a tocar?
-¿Y qué dice Claudia?
-Ella me lo propuso. Me pidió que te preguntara.
-Sí, ni hablar que me gustaría.
-¡Buenísimo!, y la última pregunta: ¿vos podrías los domingos?
-Sí, claro que puedo los domingos… es el día que más al pedo estoy de los siete días de la semana.
-Bueno, entonces nos encontramos el domingo en la casa de Claudia tipo cuatro de la tarde. Acordate de ir a votar antes.
-Sí.
-A propósito… ¿a quién vas a votar?
-A Curt Cobain.
-Jajajaj, bueno, yo también lo votaría al viejo Curt… ¡nos vemos, querido!
-Nos vemos, man.
Colgó. Caminó hasta la cocina y puso a calentar un poco de aceite en una sartén. Sacó dos supremas de pollo de la heladera, mayonesa y dos huevos. Tenía hambre. Mucha. Tocar el piano le daba hambre. Sus amigos le daban hambre. Y el teléfono, y su mamá también. Encendió la radio:
-…”y por las graves amenazas que sufriera el periodista Jorge Lanata al haber efectuado la denuncia que involucra al jefe de gabinete del gobierno nacional, Aníbal Fernandez, con el triple crimen de la ruta de efedrina…”
David apagó la radio, descolgó el teléfono, se sirvió la comida y, en silencio, se sentó a almorzar.

sábado, 6 de febrero de 2016

Un compromiso con el eterno retorno

Recuerdo que corría el año 1998, final del gobierno de Menem. Yo era ferretero. La gente entraba a comprar un cuerito para canilla que durante meses costaba 15 centavos, sin aumentos, sin inflación. Me preguntaban: "¿cuanto vale un cuerito para canilla?"; y yo: "quince centavos".
"Ah", me contestaban; buscaban las moneditas en el bolsillo, contaban y luego: "bueno, gracias".
Se daban media vuelta y se iban... sin comprar el cuerito.
Ni hablar de vender una amoladora o una máquina de cortar el pasto: ciencia ficción.
Pero NO HABÍA INFLACIÓN.
Todos estábamos cagados de hambre, desamparados, asustados por tanta miseria, pero NO HABÍA INFLACIÓN.
Ahora estamos en 2016, y el presidente asegura que su mayor compromiso es, ante todos y contra todo, bajar la inflación.
Todavía no aprendimos que los índices no alimentan ni cotizan en la bolsa.