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viernes, 11 de marzo de 2016

Un martes feriado

Salí de la cama, corrí la cortina y miré hacia el cielo… nublado, maravillosamente nublado. Recién empezaba el otoño, pero ya hacía frío. Me metí en el baño, Biblia en mano. Evacué largamente, continuando la lectura del Deuteronomio, el final del discurso de Moisés. Me lavé las manos, los dientes, me duché. Salí del baño y preparé mates, amargos. Mientras cebaba mis mates, piqué un poco de faso, lo metí en la pipa, lo prensé y le metí fuego. Chupé el humo, una, dos, tres veces. Flores. A los quince minutos ya estaba en otro mundo. En ese otro mundo todo es igual que en éste, pero es más intenso… las nubes, las sombras, el frío, el dolor, el cuerpo, todo. Me senté media hora a mirar por la ventana… el cenit plomizo, los zorzales correteando entre los pastos, el pino mecido por el viento. Luego me calcé un jean, una remera de manga larga, un par de zapatillas, y salí. Afuera llovía. Entré nuevamente, subí las escaleras hasta alcanzar el paraguas, bajé, salí, cerré con llave, atravesé el garage, abrí el portón, cerré el portón y encaré la calle. Y me fui caminando bajo la garúa.
Enfilé para el centro de Caseros y caminé varias cuadras. En avenida Mitre y Sarmiento me detuve frente al antiguo “edificio Mitre”. Una construcción que sobrevivía desde los tiempos de mi infancia. En la mampostería le habían pintado las letras de azul, pero eso no ocultaba su ruina. La casa de sanitarios, debajo, y el supermercado chino, en la esquina, no existían cuando era pibe. A media cuadra, cerrada, la tintorería japonesa exudaba una muda tristeza de óxidos y de verdes oscurecidos por aquella trágica historia de homosexualidad reprimida y de suicidio bajo las ruedas del San Martín. Calculé que habían pasado más de treinta años. Treinta años no es mucho tiempo para la edad del universo, no es nada, en realidad. Un pedo. O un micro pedo… un pedo de mosca. Pero para mí sí lo era. Pensé que, para el universo, yo tampoco sería gran cosa, aunque me permití dudarlo… ¿qué sabía yo, realmente, de los misterios del universo?… me quedé viendo los detalles del edificio y recordé, entonces, su cara. Nunca había olvidado su cara. Era flaca, morocha, de piel muy blanca. No era muy linda, pero era enigmática, y unos años mayor que yo. Pertenecía a una clase social más baja. Recordé que ese detalle, entonces, me incomodaba. La creí del interior. Ella vivía ahí, en el “edificio Mitre”, y al pasar, me había regalado un par de sonrisas. Sonrisas desde el balcón. Esa cara, que me había enamorado, había ocupado mis noches durante varios meses… ¿recordaba su nombre?, no, no recordaba su nombre. Pensé que, posiblemente, nunca lo había conocido. Pero entonces tuve la certeza de que sí, que había sabido su nombre… ¿Marcela?… ¿Clara?… si me esforzaba lo recordaría al fin, pero no era importante y no se justificaba el esfuerzo, bastaba el recuerdo de su nariz, de sus ojos, de su sonrisa. Y la certeza de haber sufrido dichosamente por ese amor.
Recordaba el parlante, eso sí. Y el radio grabador monoaural, y el micrófono ridículo y también recordaba a mi amigo el yugoeslavo, que a veces me acompañaba caminando por ahí. Un boludo mi amigo, no valía la pena traerlo al presente. Lo aparté de mi mente y me pregunté que habría sido de ella, si estaría, en ese instante, en algún sitio. Y donde. Intenté imaginarla con más de cincuenta años, pero no pude. Entonces pensé que podría estar muerta, ¿porque no?, había ya tantos muertos en mi historial. Imaginé una tumba: barro, un poco de pasto, una cruz, todo bajo la garúa del martes feriado. Feriado para mí, no para ella. Para ella, un eterno feriado… ¿eterno feriado?, ¿cómo podría yo saber eso?… un eterno feriado lleno de silencio de camposanto, vacío e idiota. E inútil. Luego pensé que, tal vez, no habría muerto, tal vez ella vivía lejos, en Salta, por ejemplo, o en Santiago del Estero. La imaginé mal casada, cocinando para cinco o seis pibes, limpiando todo el día entre cuchetas, cucarachas y pisos de barro, rodeada de perros pulguientos y dominada por un marido duro y borracho, un marido frío como una mañana invernal de manos de albañil.
Seguí caminando. En Mitre y Tres de Febrero doblé a la derecha, seducido por un primitivo deseo de barrio boliviano. Deseé llegar hasta Liniers. Caminé varias cuadras y las calles y las casas se fueron mimetizando con el tono grisáceo del cielo. Pasé por la “Sociedad de Fomento Villa Pineral” y entonces recordé al Alfred, y olvidé las fuentes de locoto y los papines rojos y las bolsas llenas de harina de jankakipa. En Guaminí doblé a la izquierda, avancé treinta metros y llamé a la puerta, golpeando las manos. Esperé un par de minutos hasta que, detrás de la enramada, alguien preguntó:
-¿Quién es?
-Hola Alfred, soy yo, men, pasaba y llamé.
-¡Hola men!, uuu, ¡llegaste justo para fumatear unas flores!
Salió el Alfred, sonriendo como un niño entre la espesura. Abrió la puerta y nos abrazamos. Entramos al jardín, subimos la escalera y entramos en la cocina.
-¿Cómo andás men?- me preguntó.
-Bien, men; pateando tranquilo, aprovechando el feriado y la garúa, pensando, pateando con la fresca…
-Está lindo para pensar hoy.
-Sí.
-No se trabaja.
-Menos mal.
-Bueno… ¡igual yo nunca trabajo!
-¡Jajja!, y yo te felicito, pero no trabajar cuando trabajan todos es duro.
-Sí.
-Da culpa.
-Ma que culpa, meen… ¡vamo a fumar!
Nos sentamos, y mientras continuamos la charla el Alfred armó un finito. Flores. Fumamos. Al rato estábamos en ese otro mundo, que es igual que éste, pero que carece de tiempo… la brisa, el sonido, la lluvia, el color, todo sucede ahí en un ahora sin tiempo.
Hablamos de nuestras mujeres. Hablamos de política. Filosofamos acerca del amor y de la violencia; de la familia, de nuestras hermanas, del sexo, de la modernidad y de cómo el mundo se descompone y se transforma en una cosa hueca y brillante, como una marquesina en un kiosco. Hablamos de la libertad y de cuanto nos costaba quitarnos de encima y de adentro todo lo aprendido. Lo mal aprendido. La mayoría de las cosas que nos enseñaron en la escuela eran mentiras, un veneno, directivas que ponen en marcha mecanismos represivos. El dictador adentro. Y hablamos, también, de la soledad. Convinimos que no había una sola, sino muchas soledades… soledades tristes, soledades reprimidas, soledades desesperadas y soledades de pié, y otras soledades que, de tan místicas, eran casi ridículas, masturbatorias… -hay una soledad para cada hombre-, dijo crípticamente el Alfred mientras echaba humo espeso por la nariz.
Más tarde el Alfred abrió una birra, trajo una guitarra y un violín. No afinamos. Improvisamos, sin pautar nada de nada. Pautar era miedo, un candado, y estábamos podridos del miedo y de los candados. Arrancamos y empezó a brotar una música única, irrepetible, una vibración que era un ruido y era más que ruido, era una construcción demente, patética, enloquecida. E increíblemente pura, como una bala de plata directo al cerebro. Esa música no tenía modo, ni centro, ni cronología, ni tono… y sin embargo sonaba como una medicina para el alma. Hacerla era un embrujo y un éxtasis, una catarsis, una inyección farmacológica directa al torrente sanguíneo con un demoledor efecto narcótico.
Nos colgamos más de una hora con los sonidos, y hasta aparecieron algunos tambores e instrumentos rarísimos construidos por el Alfred con cualquier cosa que encontraba por ahí. Era un maestro el Alfred, un rebelde, un punk del subdesarrollo, un enamorado de la anticultura; y era así naturalmente, sin esfuerzo. Luego fumamos un poco más y entonces, en medio de un silencio que se hizo de repente, me paré y dije:
-Bueno, men, me voy, necesito caminar un poco más… ¿querés venir a caminar, Alfred?
-No, men, gracias, me quedo acá, fumando otra florcita…
Bajamos, el Alfred me abrió la puerta de calle y nos abrazamos. Y yo salí pateando hacia el barrio Derqui. Llegué a San Martín, doblé a la izquierda y retrocedí por la avenida hasta Cafferata. Doblé a la derecha y caminé hasta Mitre. Otra vez avenida Mitre. Pasó un 53, rumbo a La Boca. Entonces recordé la calabresa del Fortín, y esa maravillosa sensación de volver al pasado. Decidí que necesitaba volver al pasado. Caminé, entonces, por Mitre hasta Alvear, doblé a la izquierda siete cuadras hasta el golf, luego a la derecha en Lincoln cinco cuadras, crucé la General Paz en Beiró, caminé derecho ocho cuadras hasta Lope de Vega y, por ésta, quince cuadras hasta El Fortín, en Álvarez Jonte y Lope de Vega. El pasado, vivo, en una esquina. El pasado, detenido, en un sabor, entre las mesas, en el sonido, en las voces. Entré y me senté junto a la ventana que miraba a Jonte. Desde ahí podía ver a la gente que subía y bajaba del 135 y del 53. Me gustaba ver a la gente mientras me emborrachaba y escribía cosas en viejas servilletas de papel tissue. Se acercó el mozo y me preguntó qué quería:
-Traéme dos porciones de calabria, una de fainá, un litro de moscato Crotta bien frío y hielo-, le pedí.
La pizzería aún estaba a media marcha: eran las seis de la tarde, feriado, pero daba lo mismo. Era el Fortín, eternamente vivo. Me acordé del Chino. Me acordé de Palanca, de Daniel comiendo su palo Jacob con crema pastelera, del ECEA y de los últimos tres años de secundaria, y de miles de episodios vividos entre esas calles con gente que ya no vería nunca más. Estaba solo, en la pizzería que era uno de mis lugares en el mundo, una especie de templo pagano en donde mi energía y mi nostalgia creativa se renovaban hasta el mínimo átomo de vida. Imaginé la esquina del local, en el contexto del barrio. Imaginé la pizzería y el barrio en el contexto de la ciudad. Imaginé la pizzería, el barrio y la ciudad en el contexto del país, del continente, del planeta… vislumbré el globo terráqueo desde el espacio y reconocí, un milímetro al norte de la apenas visible Bahía de San Borombón, el brillo de los vidrios de los ventanales del Fortín. Ahí estaba yo, Diego, sentado en un planeta, esperando mi moscatel helado y mis dos porciones de Calabria y de fainá, mientras el reloj se enloquecía al pedo y mientras la humanidad se enloquecía al pedo entre sus humores de cagada, y mientras tanto el planeta giraba y giraba sobre su eje, calentándose al sol una vez cada veinticuatro horas, y el sol giraba y deambulaba sin ton ni son entre millones de soles, soles rojos y blancos, azules y ultra concentrados, soles errantes como pedos de mosca cósmicos en una galaxia también errante y perdida entre miríadas incontables de galaxias errantes y perdidas en la nada, o en el todo, que era lo mismo. Todo se volvía nuevo y todo se volvía viejo; y las generaciones desaparecían para dar paso a las nuevas generaciones que también desaparecían para dar paso a las demás, y a otras, y a cientos de miles de otras y cientos de millones de millones de otras reemplazables mareas humanas. Pedos cósmicos, todos, eso éramos, micro pedos cósmicos esperando por una porción de pizza, escribiendo poemas en el agua, rodeados de infinito.
Llegó el mozo y me sirvió las dos porciones de Calabria, la fainá y el vino generoso.
Comí. El pasado estaba ahí, en esa pizza y en ese sabor. Y en la pizzería, que ya estaba llena de seres-pedos-cósmicos engullendo sus porciones chorreantes de aceite al corte, bebiendo sus cervezas rubias y sus fríos vasos de uva moscatel, parados frente al estaño, gritando y riendo por la alegría y por las penas, todos de paso en ese eterno e inasible presente…
-Mentiras- pensé un rato después, mientras recordaba las palabras de mis lamentables maestras de primaria -el tiempo no se divide en pasado, presente y futuro… el tiempo es eterno presente.
Y una hora más tarde, ya suficientemente borracho, concluí:
-Mentiras… todo es mentira, el tiempo no existe: no hay tiempo.

lunes, 30 de junio de 2014

Ecos de una tormenta

Acabo de llegar, nuevamente estoy aquí, medio de moscato frío, hielo, chica fugazetta rellena. Una mujer sola me observa con sospecha.
 La oscuridad me rodea y brota también desde mi pobre corazón. El sentimiento es de inutilidad extática, muerta. También siento que soy maldito y malvado, y que necesito que vos también me odies.
Pienso en todo lo que doy: mi entrega, mi tiempo, mi esfuerzo; pero también vos me has dado tu entrega y tu tiempo y tu esfuerzo, solo que vos no estás bien, caés y caés, y ahora yo te acabo de dar un buen empujón hacia el abismo.
 No importa lo que se haga, siempre se equivoca el camino, el tiempo, la palabra. No importa el esfuerzo que se dedique al amor, las cosas resultan solo como tienen que hacerlo más allá del esfuerzo personal. Y hay una tensión vigilante en el caso de querer ayudar al otro que resulta en violencia, porque el otro es como es, como uno, como todos.
 El sexo es hermoso pero también puede ser un modo de probar algo, una herramienta. Se puede probar que uno no es un ser inseguro –aunque lo sea- se puede probar que uno ama a esa persona –aunque no ame- y que uno se entrega –aunque no-.
El sexo es también, más allá de su belleza, un tirano. Pero es curioso porque no es naturalmente así sino que lo transforma en ello el pensamiento. Casi lo mismo sucede con el dinero.
Y también puede ser lo más horrible del mundo, cuando se hace triste y por obligación.
 ¿La libertad? Para ser libre tendría que serlo primero de mi pensamiento, y con ello cae la mirada ajena, y con ello cae el miedo, y con ello cae la necesidad y con ello cae la envidia y con ello cae la tristeza y con ello cae la inmovilidad.
Para ser libre tengo que poder, como Jacob, enfrentarme a Dios mismo y luchar por mi vida como si luchara por el aire que respiro y el agua que bebo.
 Tengo miedo de morir, primero. Luego de morir solo, y también de morir equivocado. Hoy siento que si muero estoy equivocado y solo. También existe el miedo al fracaso, a la invalidez, a entrar en un camino sin retorno, miedo a perder la fe.
Cuando me siento un impostor o un maldito, como hoy, las cosas que me rodean, los árboles, los sonidos de domingo, son mucho más claros e indiferentes.
Yo quiero que vos me admires y me rompo el alma por ello… y solo resulta esto: que vos no me admirás y que mi alma está rota.
 El sonido de la sirena me golpea y me da temor. De morirme, de que te mueras, de que me peguen un tiro, de que te violen, de torturas y maltratos estatales.
También escucho los otros ruidos, los motores de los autos, un conjunto de voces heterogéneas que viene y va, un avión en lo alto, la bocina del tren. Y el perro del vecino que ladra sin parar porque está solo.
¡Cuanta gente viviendo al mismo tiempo!, gente sintiendo su vida tan importante como yo siento la mía, con penas y alegrías, con tristezas y desgarros, con sexo, con problemas de guita... y todos, sin excepción, con un pie en la tumba.
Y veo pasar dos hormigas negras caminando lentamente por la reja de la ventana a cuarenta centímetros de mi brazo escribiente. Y devoran la enredadera. Y son devoradas.
 ¿Cómo seguir? ¿Qué papel me toca? Bien, primero debería empezar a pensar en mí, dejar de beber hoy mismo, levantarme temprano, aprovechar el día.
Concentrar mi esfuerzo en lo que hago: la música. Entrenarme, como lo hacía antaño, antes del alcohol.
Bajar de peso es fundamental, cuidar la voz, engancharme nuevamente en el orden y la disciplina, con perdón de la palabra.
Entonces suena el teléfono (o no) y la voz quebrada del amigo (o el pensamiento) y el dolor y las palabras y el rito: una mesa y dos sillas (o sólo una) y la palabra (o el silencio) y dos vasos (o sólo uno) y una grande calabria (o una chica calabria) y un litro de moscatel frío (eso sí!) y más y más y más. Y eso también.
 Ahora estoy en la universidad y viene la hora de matemáticas, la primera luego de veinte años.
La sensación es la que se siente cuando se pierde el tren y se sabe que sí o sí se llega tarde, pero estoy comenzando una nueva carrera y estoy lleno de entusiasmo, aparte del miedo y del sentimiento de incapacidad.
 ¿Qué es la envidia? ¿compararse? ¿y al hacerlo sentirse menos? ¿y cual es el punto exacto en el que todas las cosas están en reposo y cual es el punto en el que vibran con su máxima energía?
Es como el tamaño del pene. Los que lo tienen chico dicen que lo que importa es el modo; los instrumentistas mediocres dicen que lo importante es transmitir, no tocar el piano o la guitarra como un animal.
Me quedo con los primeros,  pero claro, yo soy una mediocre guitarrista y tengo el pene chiquito, y siento envidia.
 Hay músicos y fotógrafos y pintores y literatos en los cuales los sonidos y la imagen y los colores y las palabras son un pretexto para la exposición de la perfección técnica.
 A veces me calientan esas minas de la red que revientan de tetas y de culo y de labios y de piernas enfundadas en nylon y de portaligas y corsets y tacones de seis pulgadas, pero siempre, cuando terminamos de coger, siento que sos la única que quiero y necesito , y que sos lo mejor que me pudo pasar, y que tu piel es mi casa, mi fueguito encendido, mi poesía personal.
 La magia es Dios hecho materia. Es la bici, el porro, tu piel, las lágrimas, el viento, la computadora, el mar, el asado y las brasas, el vino y la misa, el dolor de la abstinencia, la muzarella que se derrite en el horno mientras descorchamos otra botella, mientras hablamos palabras que suceden porque Dios se volvió electrón protón y neutrón.
 Anoche hicimos unas pizzas, tomamos  moscato y bebimos unas birras, también vimos películas. También hablamos, discutimos y peleamos, y el alcohol nos obligó a ir a dormir sin saludar.
Hoy al mediodía regresamos con una sonrisa… cuando no hay falta de respeto no hay problema, se puede discutir y disentir, finalmente es un enriquecimiento.
Luego te fuiste a ver a tu papá y me quedé solo viendo un film de Sasha Grey...

lunes, 30 de diciembre de 2013

Mi propia muerte (1)

Más o menos fue así: venía a fondo con la bici por la calle Moreno, tres y media de la tarde, venía sin frenos adelante y con muy poco freno atrás, venía a fondo y ahogado por los casi cuarenta grados del 30 de diciembre, venía con un kilo de harina en la mochila, un salamín calabrés, cien gramos de aceitunas negras, cincuenta gramos de levadura y medio kilo de muzzarella... venía apurado por el calor y también por la mercadería.
Cruzaba Constitución -apenas peiné el freno trasero- cuando me embistió por la derecha un gran auto negro... casi ni me di cuenta del impacto pero recuerdo haber volado en un calidoscopio de imágenes confusas, recuerdo el tremendo golpe contra el piso y también recuerdo el ¡crack! que hizo mi cráneo desnudo al partirse contra el cordón.
 No dolía mucho, pero supe que me estaba muriendo cuando se apagó la luz, y aunque escuché al auto rajarse con un chillido de neumáticos quemados, percibí la piel cada vez más lejana... la piel cada vez más inalcanzable chamuscándose insensiblemente sobre el asfalto hirviendo bajo el sol.
Después, pasos y gritos... y más tarde, como en un sueño, la sirena de la ambulancia.
Y al final el sonido se apagó.
Todo se apagó.

Me despertó Kurt Cobain. Llevaba el pullover a rayas y las zapatillas de lona, el pelo rubio sobre la cara y la mirada azul; en la mano izquierda sostenía un pequeño ukelele con cuerdas de nylon y en la derecha, un vaso de jugo de tomate frío.
-¿donde estoy Kurt?- le pregunté
-hoy es martes-, me contestó, -martes 31 de diciembre del año 2013, llueve en Buenos Aires, pero todavía hay mucha gente sin luz-
-¿y el incendio en Villa Ventana?
-ya lo apagaron- me dijo.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Noté que su mirada era, de tan serena, casi transparente... algo me incomodó mucho y me apresuré a hablar para rellenar el silencio
-justo ayer estuve escuchando In útero, Kurt, justo antes de la bici y del cordón-
-In útero es una mierda- me contestó -es tan mierda ese disco que hice lo imposible para que lo prohibieran acá en el paraíso, pero acá nada está prohibido-
-¿nada?-
-bueno, si... está prohibido prohibir-
-ahh... ¿y hay porro acá?
-hay-
-¿y sexo?-
-hay-
-y ¿Dios no dice nada?-
-Dios chilla si te quedás con las ganas-
-¡te perdonó el suicidio!
-no fue suicidio, fue la puta de mi mujer-...
Escuché que alguien se acercaba, me di vuelta y lo vi, gordo y pelado, caminando hacia nosotros con un libro en la mano y con la sonrisa beatífica del Buda: el Coronel Kurtz.
El coronel me estrechó la mano en silencio y se sentó a mi lado, entonces noté que estábamos en un habitáculo inmenso y blanco, tal vez era infinito... no se percibían los límites aunque hacia el cenit y muy muy lejos parecía verse algo así como un hermoso y distante cielo azul.
El coronel habló:
-¿has contemplado la posibilidad de disfrutar de una libertad verdadera?-
-¿acá en el cielo?-
-¡esto no es el cielo!- chilló Kurt
-es el paraíso, el paraíso puro y perfecto como una bala de plata en el cerebro- agregó Kurtz
-creo que quiero, en principio, amasar unas pizzas- dije
-¡te ayudo!- se ofreció Cobain
-vayan- agregó el coronel, y después -vayan y horneen también un budín de mango en honor a Cheff... cuanto lamento haber cortado la cabeza de ese muchacho...- agregó Kurtz como si recitara una de sus poesías.
Entonces cocinamos pizzas, Kurt me enseñó a manipular la libertad de los hijos de Dios a voluntad y materializamos la harina, las anchoas, la levadura, el salamín calabrés y las aceitunas negras. También materializamos cebollas y queso roquefort y cervezas negras y unos porros. Y el mango para el budín en honor a Cheff, que fue decapitado por el coronel Kurtz. Y materializamos tabaco. Y moscatel helado. Y hielo.
Horneamos dos pizzas, comimos juntos, Kurt y yo. Luego fumamos la hierba y el tabaco y vaciamos varias botellas de Quilmes Stout. Nos terminamos una botella de Crotta y recién entonces pregunté:
-¿estamos solos Kurt?-
-Estamos con el coronel-
-entonces ¿estamos solos los tres?
-por ahora sí-
-¿y hasta cuando?-
-hasta que no termines de quemar la inercia de todos tus deseos estoy sólo yo y el coronel-
-y... ¿como quemo la inercia de mis deseos?
Entonces Kurt hizo algo así como un pase mágico y frente a mi apareció TODO. TODO lo que me imaginaba estaba frente a mí, estaban todos mis deseos y la potencialidad de todos mis deseos, y TODO lo que necesitaba para llevarlos a cabo.
En realidad no estaba TODO: no había culpa ni prisas.
Me sentí abrumado. Me sentí confundido.
Me sentí feliz. Inmensamente feliz.
Entonces me dio sueño, saludé a Kurt con un abrazo -lo percibí casi angelical- y me recosté a dormir en medio de la inmensidad blanca.
Dormí sin sueños durante eones... eones de tiempo sin peso ni valor, eones de tiempo como semillas de luz y de fecundidades geniales color rosa.
 Desperté después de mucho tiempo, sintiéndome como nuevo, y entonces materialicé unos mates amargos.
Me llevó todo el día actualizar la memoria de mi carne y de mi piel.
Y recién entonces, sólo entonces, comencé con todo lo demás.