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viernes, 16 de mayo de 2014

Regreso a casa

Salí del profesorado pasadas las diez menos cuarto de la noche. Caminé por Esmeralda, crucé Córdoba y seguí caminando hasta avenida Santa Fe, la pasé y bajé por el costado de la Plaza San Martín rumbo a la estación del tren en Retiro. En la mitad del trayecto me salió al encuentro una vieja flaca como el aire y arrugada como un trapo, me pidió una moneda –para comer- me dijo,
-tengo hambre- agregó, y le di quince mangos. Seguí caminando, crucé avenida del Libertador y seguí por las terminales de los otros trenes hasta llegar al hangar del San Martín; entré y compré un boleto hasta Caseros en la máquina expendedora, tres pesos. Eran las diez con seis minutos, y el hangar ya estaba lleno… algunos fumaban, la mirada fija en el cartel de horarios; otros masturbaban el celular con fatídica futilidad desesperante. Una minoría, de pié y vistiendo sus ropas de trabajo, cenaban panchos con papitas secas y mostaza color caca. Levanté la vista: el cartel luminoso anunciaba el próximo tren a las diez y media. Me entraron ganas de fumar, pero no tenía más que dos pesos. Caminé hasta el kiosco para comprar un pucho suelto, pero el kiosquero me explicó que ya no se venden puchos sueltos, está prohibido por la ley. Pensé en manguear, pero no me dio la cara, todos los fumantes parecían muy pobres, o por lo menos bastante más pobres que yo. A las diez y veinte carraspeó el parlante de la estación y una voz masculina bastante inentendible dijo:
-accidente en Villa del Parque, no se asegura la continuación del servicio-…
Encaré a un poli, le pregunté cuál era el último tren: -éste es el último-, me dijo, -éste, el que no va a salir-.
Me metí el boleto de tres pesos en el culo y regresé sobre mis pasos. Pasé nuevamente por las terminales de los demás trenes, Belgrano Norte y Mitre; crucé avenida del Libertador y otra vez costeando la plaza apareció la señora hambrienta con cara de viento… le di los dos pesos que me quedaban y seguí caminando. Encaré avenida Santa Fe rumbo a la parada del 111 o del 39, daba lo mismo. Crucé 9 de Julio y enganché justo un 39 cartel rojo. No paró. Atrás venía un 111, lleno hasta el borde. Lo paré, paró y subí.
El bondi tardó cuarenta minutos en llegar a Chacarita. En la mitad del trayecto se desocupó el asiento que tenía justo frente a mí y se lo cedí a una señora boliviana muy gorda y cansada que estaba sudando profusamente a mi lado…
-muchas gracias, señor- me dijo con evidente alivio, -no es nada- le respondí. Mientras pensaba que ceder un asiento realmente no es nada, una jovencita comenzó a blasfemar a mis espaldas: -bolivianos de mierda-, susurraba destilando veneno, -los argentinos parados y ellos sentados, negros cabeza, mierda, villa, villa cabeza cagada mierda, y este idiota que le da el asiento a la negra, ¡mierda!-
La ignoré. El colectivo se fue llenando cada vez más, hasta el punto "lata de conservas", pero cuando llegó a Palermo Hollywood se vació como por arte de magia. Finalmente llegó a destino, me bajé frente al cementerio de Chacarita, corrí y me trepé a un 123 que prácticamente se ponía en marcha. Me senté y en tres minutos me dormí. A los quince me despertó la ausencia del ruido del  motor: -todos abajo- dijo el chofer, -el coche está roto-.
Bajamos, Constituyentes y De los Incas. Eramos unas quince personas. A mi lado una vieja se puso a chillar contra el colectivero, contra la presidenta, contra la democracia y contra el universo en general. Llevaba una bufanda muy rosa y lápiz labial muy rojo, la piel de la cara arrugada como un rollo de la Torá escrito por puño y letra del Rey Salomón. Uñas muy largas, zapatos negros charolados e impecables, y un rodete en la coronilla redondo como un pequeño planetoide. Chillaba y chillaba exhalando veneno con esa naturalidad que da la práctica, debía tener cerca de cien años y todavía tenía las ganas de chillar intactas. La ignoré. Nuevamente me entraron ganas de fumar y vi que el chofer lo hacía mientras esperaba el relevo; lo encaré: -me convidas un pucho amigo?, -No tengo más-, me contestó, -era el último-…
Media hora más tarde llegó el relevo, doce y media de la noche. Venía bastante lleno, y con nosotros arriba reventó. Viajé parado hasta Caseros, bajé en Mitre y Alzaga, caminé treinta metros hasta la puerta de casa, entré, saludé a mi mujer que terminaba de cenar con una amiga, me di una ducha muy calente, me preparé unos mates, me los tomé, escribí, me metí en la cama, leí un libro y me dormí.

miércoles, 30 de abril de 2014

Una muerte

Estación Retiro, martes, cuatro de la tarde. El polizón caminó hacia la valla e intentó soslayar al guarda, pero éste lo detuvo como una pared de concreto con un brazo de hierro:
-boleto, por favor.
El tipo lo atravesó con una mirada de brasas encendidas, e ignorándolo, intentó rodearlo por la izquierda con una inercia de locomotora... no era muy alto, pero sí era ancho. Tenía piel muy oscura y una maraña de pelo sucio y desordenado en la cabeza; llevaba jeans muy gastados enfundando las piernas, una camisa gris Pampero muy remendada y un par de borsegos destrozados en los pies. La gente que llegaba desde Pilar comenzó a juntarse alrededor, lo mismo la gente que intentaba cruzar la barrera para salir hacia la provincia.
El guarda nuevamente lo detuvo e insistió:
-Señor, el pasaje-
-Dejáme pasar- dijo el otro
-Tenés que sacar boleto-
-¡Dejáme pasar!
-¡Tenés que sacar boleto como todo el mundo!
-¡Dejame pasaaaar!, gritó el tipo más fuerte
-Pero... ¡tenés que sacar el boleto!
-¡Dejáme pasaaaaAAAAAAAÁR!
Yo justo salía del baño cuando escuché el grito. Entonces corrí y vi a los polis unos metros más atrás haciendo como que no veían nada; vi el miedo, también, en los ojos del guarda y, al mismo tiempo, la mano del asesino sacando la faca del bolsillo trasero del pantalón, faca que, en un movimiento tan veloz como definitivo, terminó ensartada como una estaca de metal debajo del prolijo cuello del municipal.
La puntada lo paralizó de horror. Los ojos espantados muy abiertos y las manos desesperadas tanteando el pecho. El homicida salió disparado hacia el andén mientras el guarda se desplomaba como una bolsa desinflada; la gorra fue rodando hacia las vías y el cuerpo atravesado cayendo todo convulsionando dentro del traje celeste como un gorila pequeño alcanzado por un rayo.
Y ya en el piso se fue desparramando poco a poco, como si ya no tuviera esqueleto. Mientras tanto la gente gritaba enloquecida y el polizón corría como una tromba hacia el tren que se escapaba rumbo al oeste, ajeno a todo.
Lo vi treparse al techo y, unos metros mas allá, tirarse, rodar y correr hacia la villa 31. Saltó una pared bajita y desapareció en el laberinto.
Conmocionado, busqué con la mirada a los polis de atrás: se acercaban caminando muy despacio, envueltos en un silencio de cementerio.
Miré a la víctima: de la boca negra y gorda le brotaba un hilo de sangre mezclada con saliva mientras intentaba, inútilmente, decir algo a la gente que se agolpaba todo alrededor: -ajjjsjjcagrss-... -¡ajjsjjjcaaaggrssj!
Entonces dejó de agitar los brazos, hizo un globito de sangre en los labios, se tiró un pedo y cerró los ojos y se murió.
Me quedé unos diez minutos más viendo el tipo muerto en el piso, y entonces me fui... llegaba tarde para la clase de psicología.
Cuando regresé ya era de noche, diez menos cuarto. Y en Retiro estaba todo tan tranquilo y tan habitual que el recuerdo de esa muerte, de ese asesinato brutal frente a mis ojos, me pareció un mal sueño.
El parlante anunció: -Vía dos 22:05 rumbo a Pilar pasando por todas las estaciones-
Me subí al tren y me fui a casa.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Un cambio de vida

Salió de casa y caminó por Uruguay hasta avenida Santa Fe. Ahí se detuvo unos minutos, recordó, sintió la emoción como oleadas que le quitaban el aliento y cruzó la calle. Dobló a la derecha por la avenida hasta llegar a 9 de Julio. La cruzó. Siguió caminando derecho hasta llegar a la plaza San Martín. La recorrió, muy despacio y respirando profundo, pesando el sentir del olor de Buenos Aires en el aire. Buenos Aires huele a puerto y a pizza -pensó-, a trenes y a inmigrantes. Buenos Aires huele a comedia... a un asueto de la responsabilidad lleno de libertad infantil. Luego caminó hasta las escaleras y bajó rumbo a Retiro.
En el hangar del San Martín estuvo un ratito, y cuando empezaba a sentirse triste se fue rumbeando hacia el puerto.
No le llevó  mucho tiempo encontrar la oficina adecuada y emplearse como cocinera en un carguero coreano. El navío partía en dos días, tenía el tiempo suficiente para preparar la valija y despedirse de los pocos amigos que la extrañarían de verdad.
Al otro día, en la mañana, se fue a la cárcel de Marcos Paz para despedirse de su marido. Todavía lo amaba. Y aún la torturaban sus marcas en la piel. Ya no lo vería más. Nunca más.
Vió algunos amigos, escuchó la radio, se durmió muy tarde.
En el mediodía del día siguiente se tomó un taxi hasta la dársena seis, y en el viaje casi no miró por la ventana. Más tarde embarcó y, bajo una garúa melancólica, zarpó rumbo al olvido.
Nunca regresó.