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viernes, 1 de mayo de 2020

La ilusión en la tristeza

El miedo me quita las ganas de vivir, de disfrutar, de ser un genio.
¿Vivir es ser un genio? –me pregunto-
Sí, pero sólo en la publicidad… (¿quién responde a quién dentro de mi cerebro?)
“Pero la publicidad es todo”, me asegura en veloz contrapunto el insignificante demonio que, desde pibe, me incita al escape.
¿Y al escape de qué?... de todo: del amor y del desamor, del éxito, del fracaso, de los amigos y los enemigos. De la risa, del dolor y la euforia. De los vicios y de la pura y honesta hesiquía.
No de la tristeza. No me escapo de la tristeza, porque lloro –soy un llorón-, pero nunca lloro por tristeza. Y este demonio se regodea, como yo, con el ejercicio de ella. La tristeza nos regala, a los dos, la pueril ilusión de ser ciertos, de ser algo verdadero… algo, por sobre todo, permanente.
Y el llanto nunca es por tristeza: es tan sólo el pobre ego sufriente, desesperado ante la conciencia de su irremediable final.

Entonces escucho la silla correrse sobre mi cabeza, y los pasos que se ponen en marcha… apuro de un trago el vaso de moscato con hielo y cynar, y presto me pongo a freír las milanesas: mi compañera terminó su clase on line y ya baja por la escalera, lista para cenar.

viernes, 11 de marzo de 2016

Un martes feriado

Salí de la cama, corrí la cortina y miré hacia el cielo… nublado, maravillosamente nublado. Recién empezaba el otoño, pero ya hacía frío. Me metí en el baño, Biblia en mano. Evacué largamente, continuando la lectura del Deuteronomio, el final del discurso de Moisés. Me lavé las manos, los dientes, me duché. Salí del baño y preparé mates, amargos. Mientras cebaba mis mates, piqué un poco de faso, lo metí en la pipa, lo prensé y le metí fuego. Chupé el humo, una, dos, tres veces. Flores. A los quince minutos ya estaba en otro mundo. En ese otro mundo todo es igual que en éste, pero es más intenso… las nubes, las sombras, el frío, el dolor, el cuerpo, todo. Me senté media hora a mirar por la ventana… el cenit plomizo, los zorzales correteando entre los pastos, el pino mecido por el viento. Luego me calcé un jean, una remera de manga larga, un par de zapatillas, y salí. Afuera llovía. Entré nuevamente, subí las escaleras hasta alcanzar el paraguas, bajé, salí, cerré con llave, atravesé el garage, abrí el portón, cerré el portón y encaré la calle. Y me fui caminando bajo la garúa.
Enfilé para el centro de Caseros y caminé varias cuadras. En avenida Mitre y Sarmiento me detuve frente al antiguo “edificio Mitre”. Una construcción que sobrevivía desde los tiempos de mi infancia. En la mampostería le habían pintado las letras de azul, pero eso no ocultaba su ruina. La casa de sanitarios, debajo, y el supermercado chino, en la esquina, no existían cuando era pibe. A media cuadra, cerrada, la tintorería japonesa exudaba una muda tristeza de óxidos y de verdes oscurecidos por aquella trágica historia de homosexualidad reprimida y de suicidio bajo las ruedas del San Martín. Calculé que habían pasado más de treinta años. Treinta años no es mucho tiempo para la edad del universo, no es nada, en realidad. Un pedo. O un micro pedo… un pedo de mosca. Pero para mí sí lo era. Pensé que, para el universo, yo tampoco sería gran cosa, aunque me permití dudarlo… ¿qué sabía yo, realmente, de los misterios del universo?… me quedé viendo los detalles del edificio y recordé, entonces, su cara. Nunca había olvidado su cara. Era flaca, morocha, de piel muy blanca. No era muy linda, pero era enigmática, y unos años mayor que yo. Pertenecía a una clase social más baja. Recordé que ese detalle, entonces, me incomodaba. La creí del interior. Ella vivía ahí, en el “edificio Mitre”, y al pasar, me había regalado un par de sonrisas. Sonrisas desde el balcón. Esa cara, que me había enamorado, había ocupado mis noches durante varios meses… ¿recordaba su nombre?, no, no recordaba su nombre. Pensé que, posiblemente, nunca lo había conocido. Pero entonces tuve la certeza de que sí, que había sabido su nombre… ¿Marcela?… ¿Clara?… si me esforzaba lo recordaría al fin, pero no era importante y no se justificaba el esfuerzo, bastaba el recuerdo de su nariz, de sus ojos, de su sonrisa. Y la certeza de haber sufrido dichosamente por ese amor.
Recordaba el parlante, eso sí. Y el radio grabador monoaural, y el micrófono ridículo y también recordaba a mi amigo el yugoeslavo, que a veces me acompañaba caminando por ahí. Un boludo mi amigo, no valía la pena traerlo al presente. Lo aparté de mi mente y me pregunté que habría sido de ella, si estaría, en ese instante, en algún sitio. Y donde. Intenté imaginarla con más de cincuenta años, pero no pude. Entonces pensé que podría estar muerta, ¿porque no?, había ya tantos muertos en mi historial. Imaginé una tumba: barro, un poco de pasto, una cruz, todo bajo la garúa del martes feriado. Feriado para mí, no para ella. Para ella, un eterno feriado… ¿eterno feriado?, ¿cómo podría yo saber eso?… un eterno feriado lleno de silencio de camposanto, vacío e idiota. E inútil. Luego pensé que, tal vez, no habría muerto, tal vez ella vivía lejos, en Salta, por ejemplo, o en Santiago del Estero. La imaginé mal casada, cocinando para cinco o seis pibes, limpiando todo el día entre cuchetas, cucarachas y pisos de barro, rodeada de perros pulguientos y dominada por un marido duro y borracho, un marido frío como una mañana invernal de manos de albañil.
Seguí caminando. En Mitre y Tres de Febrero doblé a la derecha, seducido por un primitivo deseo de barrio boliviano. Deseé llegar hasta Liniers. Caminé varias cuadras y las calles y las casas se fueron mimetizando con el tono grisáceo del cielo. Pasé por la “Sociedad de Fomento Villa Pineral” y entonces recordé al Alfred, y olvidé las fuentes de locoto y los papines rojos y las bolsas llenas de harina de jankakipa. En Guaminí doblé a la izquierda, avancé treinta metros y llamé a la puerta, golpeando las manos. Esperé un par de minutos hasta que, detrás de la enramada, alguien preguntó:
-¿Quién es?
-Hola Alfred, soy yo, men, pasaba y llamé.
-¡Hola men!, uuu, ¡llegaste justo para fumatear unas flores!
Salió el Alfred, sonriendo como un niño entre la espesura. Abrió la puerta y nos abrazamos. Entramos al jardín, subimos la escalera y entramos en la cocina.
-¿Cómo andás men?- me preguntó.
-Bien, men; pateando tranquilo, aprovechando el feriado y la garúa, pensando, pateando con la fresca…
-Está lindo para pensar hoy.
-Sí.
-No se trabaja.
-Menos mal.
-Bueno… ¡igual yo nunca trabajo!
-¡Jajja!, y yo te felicito, pero no trabajar cuando trabajan todos es duro.
-Sí.
-Da culpa.
-Ma que culpa, meen… ¡vamo a fumar!
Nos sentamos, y mientras continuamos la charla el Alfred armó un finito. Flores. Fumamos. Al rato estábamos en ese otro mundo, que es igual que éste, pero que carece de tiempo… la brisa, el sonido, la lluvia, el color, todo sucede ahí en un ahora sin tiempo.
Hablamos de nuestras mujeres. Hablamos de política. Filosofamos acerca del amor y de la violencia; de la familia, de nuestras hermanas, del sexo, de la modernidad y de cómo el mundo se descompone y se transforma en una cosa hueca y brillante, como una marquesina en un kiosco. Hablamos de la libertad y de cuanto nos costaba quitarnos de encima y de adentro todo lo aprendido. Lo mal aprendido. La mayoría de las cosas que nos enseñaron en la escuela eran mentiras, un veneno, directivas que ponen en marcha mecanismos represivos. El dictador adentro. Y hablamos, también, de la soledad. Convinimos que no había una sola, sino muchas soledades… soledades tristes, soledades reprimidas, soledades desesperadas y soledades de pié, y otras soledades que, de tan místicas, eran casi ridículas, masturbatorias… -hay una soledad para cada hombre-, dijo crípticamente el Alfred mientras echaba humo espeso por la nariz.
Más tarde el Alfred abrió una birra, trajo una guitarra y un violín. No afinamos. Improvisamos, sin pautar nada de nada. Pautar era miedo, un candado, y estábamos podridos del miedo y de los candados. Arrancamos y empezó a brotar una música única, irrepetible, una vibración que era un ruido y era más que ruido, era una construcción demente, patética, enloquecida. E increíblemente pura, como una bala de plata directo al cerebro. Esa música no tenía modo, ni centro, ni cronología, ni tono… y sin embargo sonaba como una medicina para el alma. Hacerla era un embrujo y un éxtasis, una catarsis, una inyección farmacológica directa al torrente sanguíneo con un demoledor efecto narcótico.
Nos colgamos más de una hora con los sonidos, y hasta aparecieron algunos tambores e instrumentos rarísimos construidos por el Alfred con cualquier cosa que encontraba por ahí. Era un maestro el Alfred, un rebelde, un punk del subdesarrollo, un enamorado de la anticultura; y era así naturalmente, sin esfuerzo. Luego fumamos un poco más y entonces, en medio de un silencio que se hizo de repente, me paré y dije:
-Bueno, men, me voy, necesito caminar un poco más… ¿querés venir a caminar, Alfred?
-No, men, gracias, me quedo acá, fumando otra florcita…
Bajamos, el Alfred me abrió la puerta de calle y nos abrazamos. Y yo salí pateando hacia el barrio Derqui. Llegué a San Martín, doblé a la izquierda y retrocedí por la avenida hasta Cafferata. Doblé a la derecha y caminé hasta Mitre. Otra vez avenida Mitre. Pasó un 53, rumbo a La Boca. Entonces recordé la calabresa del Fortín, y esa maravillosa sensación de volver al pasado. Decidí que necesitaba volver al pasado. Caminé, entonces, por Mitre hasta Alvear, doblé a la izquierda siete cuadras hasta el golf, luego a la derecha en Lincoln cinco cuadras, crucé la General Paz en Beiró, caminé derecho ocho cuadras hasta Lope de Vega y, por ésta, quince cuadras hasta El Fortín, en Álvarez Jonte y Lope de Vega. El pasado, vivo, en una esquina. El pasado, detenido, en un sabor, entre las mesas, en el sonido, en las voces. Entré y me senté junto a la ventana que miraba a Jonte. Desde ahí podía ver a la gente que subía y bajaba del 135 y del 53. Me gustaba ver a la gente mientras me emborrachaba y escribía cosas en viejas servilletas de papel tissue. Se acercó el mozo y me preguntó qué quería:
-Traéme dos porciones de calabria, una de fainá, un litro de moscato Crotta bien frío y hielo-, le pedí.
La pizzería aún estaba a media marcha: eran las seis de la tarde, feriado, pero daba lo mismo. Era el Fortín, eternamente vivo. Me acordé del Chino. Me acordé de Palanca, de Daniel comiendo su palo Jacob con crema pastelera, del ECEA y de los últimos tres años de secundaria, y de miles de episodios vividos entre esas calles con gente que ya no vería nunca más. Estaba solo, en la pizzería que era uno de mis lugares en el mundo, una especie de templo pagano en donde mi energía y mi nostalgia creativa se renovaban hasta el mínimo átomo de vida. Imaginé la esquina del local, en el contexto del barrio. Imaginé la pizzería y el barrio en el contexto de la ciudad. Imaginé la pizzería, el barrio y la ciudad en el contexto del país, del continente, del planeta… vislumbré el globo terráqueo desde el espacio y reconocí, un milímetro al norte de la apenas visible Bahía de San Borombón, el brillo de los vidrios de los ventanales del Fortín. Ahí estaba yo, Diego, sentado en un planeta, esperando mi moscatel helado y mis dos porciones de Calabria y de fainá, mientras el reloj se enloquecía al pedo y mientras la humanidad se enloquecía al pedo entre sus humores de cagada, y mientras tanto el planeta giraba y giraba sobre su eje, calentándose al sol una vez cada veinticuatro horas, y el sol giraba y deambulaba sin ton ni son entre millones de soles, soles rojos y blancos, azules y ultra concentrados, soles errantes como pedos de mosca cósmicos en una galaxia también errante y perdida entre miríadas incontables de galaxias errantes y perdidas en la nada, o en el todo, que era lo mismo. Todo se volvía nuevo y todo se volvía viejo; y las generaciones desaparecían para dar paso a las nuevas generaciones que también desaparecían para dar paso a las demás, y a otras, y a cientos de miles de otras y cientos de millones de millones de otras reemplazables mareas humanas. Pedos cósmicos, todos, eso éramos, micro pedos cósmicos esperando por una porción de pizza, escribiendo poemas en el agua, rodeados de infinito.
Llegó el mozo y me sirvió las dos porciones de Calabria, la fainá y el vino generoso.
Comí. El pasado estaba ahí, en esa pizza y en ese sabor. Y en la pizzería, que ya estaba llena de seres-pedos-cósmicos engullendo sus porciones chorreantes de aceite al corte, bebiendo sus cervezas rubias y sus fríos vasos de uva moscatel, parados frente al estaño, gritando y riendo por la alegría y por las penas, todos de paso en ese eterno e inasible presente…
-Mentiras- pensé un rato después, mientras recordaba las palabras de mis lamentables maestras de primaria -el tiempo no se divide en pasado, presente y futuro… el tiempo es eterno presente.
Y una hora más tarde, ya suficientemente borracho, concluí:
-Mentiras… todo es mentira, el tiempo no existe: no hay tiempo.

martes, 9 de febrero de 2016

Último reporte desde lo alto

Ruido… mierda. Siempre hay ruido.
Me despierto en la mañana creyendo estar allá. Me levanto, corro las cortinas y miro por la ventana: las montañas rojas, el cielo amarillo, las arenas infinitas.
Entonces escucho los tubos. El ruido del incesante aire atravesando los filtros, entrando, saliendo, recorriendo las cañerías, reciclando su mínima y vital humedad.
Como un ritual diario, camino hasta el “Hangar de las Arvejas” para observar los nuevos brotes. Pequeños y débiles los menos; los más, calcinados por el sol salvaje.
Luego me obligo a no pensar; me lavo los dientes, la cara, me visto, me preparo un café, como una galleta. Enciendo la máquina y pretendo una rutina que, ya lo sé, después no cumpliré. Dispongo de la mayor información con que hombre alguno haya soñado nunca: música, películas, diarios, libros, revistas… incontables gugolpes de abúlicos bits de información.
La apatía primero llegó con la música. El fastidio por el cine, después. Ni Bach ni Tarkovski, ni Mozart ni Kubrick pudieron remediarlo. Ya no leo: las palabras tienen el sabor del tedio. Ya no me informo: las noticias me llenan de envidia.
Cuando llegué fue distinto… romántico, podría decir. Presumido en mi propia película, el espejismo se mantuvo por algunos meses. De día, los desiertos exteriores me inflamaron de heroísmo. De noche, lagrimeé con las innumerables estrellas. Luego la épica mudó en confusión, la confusión en miedo, el miedo en terror. Al final todo se derrumbó y dejó una total indiferencia.
Recuerdo que en camino soñaba con las cumbres despojadas, con el yermo herrumbrado, con la violenta tormenta aproximándose a la velocidad del rayo. Ahora sólo deseo masturbarme. En mi afán logré marcar patéticos –y fatigados- records. El onanismo me ayuda a conciliar el sueño. A veces, también el llanto.
Sé que ellos me vigilan, pero acá no hay espacio sin custodia. No me importa. Empecé con monogamia heterosexual. Luego, orgías. Combinando los géneros pornográficos me fui habituando a toda promiscuidad fílmica. Unos meses más tarde ya me daba lo mismo un travesti que un enano, un niño pequeño que un viejo lisiado. Ése es mi logro. Últimamente sólo me excita la sangre derramada, y más aún si es verdadera –y aunque nunca sabré si lo es, me dejo convencer-. También me entusiasman bastante las películas con animales: caballos, chanchos, anguilas.
El sistema vital se cuida a sí mismo aunque de tanto en tanto chilla alguna alarma. Por lo general basta con oprimir un botón. No sé qué haría en caso de una verdadera emergencia, ni me interesa: morir, a fin de cuentas, es el único modo de escapar de este lugar.
Una desesperación recurrente me atormenta: la necesidad de sentir una brisa entre las piernas, un olor que no sea el del plástico y el del metal, la caricia directa del sol en la cara… pero eso es imposible: significa morir.
Al principio recibía video-llamadas y extensos mensajes diarios escritos por familiares y amigos. Paulatinamente eso se fue deteniendo. Hoy todos, exceptuando a mi madre, se olvidaron de mí.
Están ellos, claro (¿cuántos son… diez, treinta, cien?), observándome tras las lentes de video, día tras día, mes tras mes, año tras año. Datos. Ellos acumulan datos.
En el futuro próximo me verán partir, ya lo he decidido. Los ojos de pez exteriores registrarán mi cuerpo desnudo caminando bajo el implacable sol ecuatorial. Respiraré la arena roja, respiraré el óxido de hierro y la fantasmagórica brisa.
Tal vez escape en medio de la noche.
Ahora mismo observo en la efemérides marciana que en diez días brillarán, cerca del cenit, Fobos y Deimos.
Está decidido: abriré la escotilla y saldré, desnudo, al mundo exterior.
Está decidido: moriré y seré, por fin, libre.

domingo, 8 de febrero de 2015

Celos

Mientras alguien me hablaba,
me decía algo así como que no estabas
el demonio que vive en la espuma de las olas
en el mar de mi cabeza
me llamó a los gritos.
Fue imposible no escucharlo,
fue claro, preciso, despiadado.
Y me dijo que vos no estabas
porque estabas con otro.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, corro como un necio.

Pierdo el tiempo perdiendo el tiempo
mientras toco la guitarra
y las últimas nubes de la tormenta
hacia el este flotarán.
Y dejarán un cielo vacío
con un brillo perlado
sin tiempo.
Nada es nada sin el todo,
todo y nada ya no existen,
este mundo carece de tiempo,
ya no hay sumas, ni restas, ni productos.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, huyo como un necio.

Y si Leviathán levanta
entonces Cristos summus overdrive.
Yat de limit tudei
on the floor
tunait.

El humo cerró el cerrojo del pensamiento
y lo convirtió en humo.
Humo espeso, humo blanco,
humo cemento.
Una nube se desliza bajo Alfa del Centauro
y, por un momento,
el cielo tiene techo,
y no hay aire suficiente,
y las estrellas murieron.

                                        (1995)

sábado, 29 de noviembre de 2014

Muerte prematura

Luego de que Esteban se esforzara en cumplir con todos los mandatos civiles que le enseñaron sus maestros de escuela, con todos los preceptos morales que le impusieron en la parroquia, y con todas las obligaciones filiales que le inculcaron sus padres, su mujer, sus hermanos y sus amigos, finalmente se murió.
A los treinta y tres años de edad.
Sin embargo, su cuerpo siguió respirando: sus ojos continuaron viendo todo alrededor y sus manos persistieron en llevar el alimento a la boca... perseveró en el ejercicio de ir al baño y en el comercio carnal con su mujer.
Y con todo lo demás: cortando el pasto, yendo al supermercado, cocinando pizzas, escuchando radio, viendo TV y leyendo el diario. Pero Esteban, el verdadero Esteban, ya nunca apareció.
Nadie se dio cuenta... nadie lo extrañó.
Fue obrero en varias fábricas, de oficio soldador. 
Se fanatizó con el fútbol y se aficionó a la bebida; sus amigos aseguran que, tal vez borracho o en la cancha, parecía ser feliz.
Finalmente, tras una larga agonía, su carne colapsó arrasada por un cáncer masivo de duodeno.
Tenía sesenta y nueve años.
El velorio fue sentido. Más tarde lo enterraron en el cementerio de la Chacarita.
Llovía.

martes, 22 de julio de 2014

Llueve, piensa, enfría, odia, niega...


Acaba de sonar el teléfono, un alumno que no viene por un estado gripal.
Salí de la cama a las seis menos cuarto de la mañana, ahora son las siete y veinticinco, aún llueve y la temperatura desciende hora tras hora.
Mates con hojas de sem, necesidad de hacer algo, lo que sea, que me saque de este sentimiento de inutilidad que ya se prolonga por tres semanas.
Tal vez es la hierba. Tal vez es ella. Tal vez es mi cerebro, mi espíritu, mi religión, mi Dios, mi sexo, mi PC, mis medias de nylon, mi pene, mis dedos, las cuerdas de la guitarra, los zapatos de tacón, la humedad en la casa, la crema de afeitar, los libros releídos, los últimos ocho años, el aburrimiento, la decadencia corporal, los cementerios, la certeza de la muerte.
O el pertenecer a un mundo amenazante y a una raza asesina que, paradójicamente, se muestra llena de vida. Y de fe.
Fuera llueve con una indiferencia que se aparta de esa sangre derramada.
Hay guerra en Oriente. Hay guerra y hay hambre, hembras violadas, críos masacrados, viejos olvidados. Hay laboratorios. Homúnculos. Hay cuerpos de diseño, vaginas a la carta, una barata de fama, carne en venta... hay fútbol, hay bancos, hay porno, armas, pizzas, baños, trampas, calzas... hay tiempo,
y hay necesidad.
Me pregunto cual es el sentido y no obtengo respuesta.
Es el bien y el mal, es el gris y es el sueño -o el no sueño-.
La importancia de la palabra NO. La soledad de la palabra NO.
La inapelabilidad: NO.
Es estar de pié frente a todos, contra todos.
Amar el odio, odiar el amor.
El fracaso es una puerta idiota que se abre hacia cualquier lado.
El aburrido fracaso. El miserable fracaso. Indigno fracaso.
El fracaso es la soga que ahorca al nuevo miembro desde las puntillitas de la cuna.
Y mamá aprieta y sonríe... aprieta y sonríe...
Dos colores: celeste y rosa.
No hay jerarquías -sí, las hay-...
No hay Dios -sí, lo hay-...
Llueve.

sábado, 19 de abril de 2014

Un Nadie en las calles

Despertó con el sol en la cara, ese sol de principios de otoño que ya es suave y que aún mantiene algo de la ferocidad del estío.
No pensó en nada; no pensó en la ropa que vestiría porque ya estaba vestido, tampoco pensó en comida, porque no tenía hambre. No se iba a bañar. Ya aparecería el abrigo apropiado cuando llegara el frío y el plato de comida cuando arreciara el hambre.
Dios proveería.
Se incorporó y miró todo alrededor: estaba de cara a Avenida Libertador, detrás de ese gordo ridículo esculpido por Botero; a sus espaldas, los trenes, a su derecha, la facultad de abogacía, y enfrente, la plaza de la Recoleta.
Inspiró una gran bocanada de aire fresco, se sacudió el último jirón de sueño que le quedaba y se puso en marcha. Tal vez el caminar era la actividad principal en su vida. El caminar y el ver. Enfiló para el puente peatonal dejando atrás el lecho de tierra que nunca sería suyo ni que jamás recordaría, atravesó el puente circular entre bandadas de turistas muy perfumados que siempre se escondían detrás de sus cámaras. Cruzó la avenida y entró en la plaza ya repleta de puestos de artesanías; luego caminó un poco más y giró a la izquierda... le hubiera gustado quedarse a ver a la gente que iba y venía, que compraba y que reía, o entrar a la iglesia Del Pilar para ver sus santos dorados y sus esqueletos espanta demonios, pero merodear por este lugar sólo le traería problemas; en Barrio Norte la policía parecía tener un ojo más entrenado para ver gente como él que en otras zonas de la ciudad. Y más celeridad para echarlos a patadas.
Se fue caminando por Quintana, dobló en Montevideo a la derecha y se encontró con el nacimiento de Uruguay, y a medida que se acercaba a Corrientes sintió que un poco llegaba a algo parecido al hogar y a los amigos.
Ya casi no recordaba al hogar, ni a sus padres ni a sus hermanos, pero si recordaba el sentimiento y la emoción.
En la calle, que era su hogar, tenía muchos amigos, amigos que eran fieles como el mal aliento y otros que eran como fantasmas que aparecían para nunca regresar. Como aquel angelito con cara de porcelana que lo vio sentado en las escaleras de la Plaza San Martín ese domingo helado de lluvia triste y corrió a regalarle la campera impermeable y cien pesos. Nunca más la vio, pero en su mente era así, una amiga fantasma. Nunca se olvidaba de pedir por ella cuando se acordaba que podía rezar.
O aquel otro amigo fantasma que lo invitó a cenar en su mesa cuando a el ya lo echaban a los empujones del interior de Las Cuartetas... -el señor está conmigo- les dijo a los tipos que lo apuraban hacia la calle -está sentado en mi mesa y aquí va a cenar, y se va a ir a la calle cuando yo me vaya-. Esa noche de pizzas y cervezas habló tanto que al día siguiente le dolían las mandíbulas. Nunca hablaba mucho, y si era necesario hablar bastaba con dos o tres palabras, ya que nadie parecía necesitar su conversación; si le dirigían la palabra era por absoluta necesidad y eran, casi siempre, palabras de expulsión, palabras dirigidas hacia su rostro con la certera impronta de un misil.
Le agarró el hambre como una tenaza en las tripas y cruzó hasta Güerrin. Los de Güerrin eran amigos, aunque nunca hablaba con ellos, pero bastaba pararse en la puerta con la cara pegada al vidrio para que unos minutos después aparecieran dos o tres porciones de pizza. Lo importante era no abusar, no ir todos los días; en una ciudad grande como Buenos Aires podía comer a diario sin repetir lugar, siempre y cuando caminara. Porque caminar era sobrevivir. Ahí estaba Sergio, su amigo que dejó de caminar, se echó en esa puerta abandonada y llena de cansancio hasta que se murió de hambre y de tristeza. O Julián, que se fascinó en el verdor de la reserva y no salió nunca más hasta el momento en que lo encontraron flotando boca abajo en un pajonal... claro que, aparte del hambre y del frío tenía todas las costillas destrozadas a palazos.
Salieron las porciones, dos de muzarella y una de cebolla, envueltas en un papelito con la propaganda de la pizzería. Entonces caminó hasta el obelisco y se sentó ahí, frente al ridículo falo, a almorzar sus pizzas.
Luego se quedó envuelto en una ensoñación sin pensamientos, viendo pasar a la gente rumbo a las cosas importantes de sus vidas como en un calidoscopio de brillo diáfano; y cuando le llegó el sueño se acostó, y enseguida se durmió.
Lo despertó el brillo de la Luna en la cara, y la sed. Caminó hasta el McDonalds de la esquina y le pidió agua al vigilador que estaba en la puerta, y un rato más tarde salió con un vaso de coca-cola.
Entonces caminó por 9 de Julio rumbo al sur, porque lo asaltaba un deseo de Balvanera y del Maldonado y de calles de tierra y de zaguanes rosados bajo las farolas encendidas. Un deseo de infinito.
Pensó, entonces, que no deseaba nada, salvo morir. Pensó también que no deseaba morir ni por tristeza ni por escapar de su fracaso... poco le importaba su fracaso.
Deseaba morir porque creía que detrás del velo de la muerte existía un mundo que era como una autopista extensa rumbo al infinito, una autopista que rodeaba un útero lleno de vida color rosa.
Allí cambiaría de piel y, tal vez, renovaría sus deseos.
Y posiblemente vería a Dios, si tenía suerte.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos

Quiero subir a bordo de una alfombra persa tejida con las más finas hebras de verde canabiol,
y volar hasta Coroico.
Quiero ver la luz del otoño reclinar sobre los cerros,
quiero caminar en la humedad de sus senderos,
encontrar el agua que cae sola, helada y transparente,
mientras las horas se deslizan susurrando su derrota
hasta la muerte definitiva del tiempo del reloj.

Quiero despertar una mañana y verte en la ventana,
entre los choclos blancos que crecen hacia lo alto
y las florecidas ramas del índico que beben la energía directo desde el sol;
ese extraño alimento estelar que, más tarde, recorrerá mis venas embrujadas.

Y hay tierra negra entre tus dedos,
y una sonrisa en tu boca,
mientras las aves giran en círculos,
y se extienden las sombras.
Los planetas van poblando la bóveda nocturna y el concierto es una orquesta de pequeños seres alados que frotan sus instrumentos maravillosos desde el corazón de la noche y hasta que llega el amanecer.

Necesito una medicina llamada silencio,
una revolución sin objetivos ni necesidad...
pero esto es un deseo, y al fin y al cabo, otro deseo más...
un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos.
Por eso, insisto:
quiero volar hasta las cumbres de Coroico,
a bordo de mi alfombra persa, tejida con hebras de finísimo canabiol.
Un vuelo altísimo entre nubes.
Juntos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

La confusión de ser un espectro

Soy un fantasma.
No me acabo de dar cuenta... llegué a esa conclusión luego de años y años de interactuar, en vano, con familiares y amigos.
Fantasma.
Tengo cuarenta y cuatro años, soy músico, hago fotos y escribo... pero, en realidad, no existo... y aunque vote y figure en el padrón,
carezco de substancia, ya que mi opinión cuenta menos que el número de neutrinos que en este instante atraviesan la materia irrelevante de mis dedos y de mis pupilas harto cansadas del inocuo devenir.
Fantasma.
No es que la gente me evada, tampoco que me rechace... es mucho más simple: nadie escucha a un fantasma, ni ahora ni nunca.
Wilde lo sabía muy bien, pero Wilde tenía un grave problema, más allá de que su prosa "tiene el burbujeante sabor del Champagne"...
era puto.
Y esa penosa característica convirtió a Oscar, de algún modo, en lo que yo soy:
un innominable espectro.
Empezó muy temprano, en casa, con papá y mamá... un triste asunto de agua y aceite.
En la escuela primaria se volvió feroz... ahí me confundí al punto de buscar diariamente espejos y vidrieras para comprobar mi corporeidad cada vez más vacilante... llegué a creer que mi sentir era menos relevante que las humillaciones ejemplificadoras de mis maestras de grado, y los castigos coercitivos, más reales y necesarios que mis urgencias esprituales básicas.
No tiene sentido la mera enumeración de lo que ya nunca se detuvo hasta el día de hoy... ser un fantasma es, como diría Schopenhauer,
una sucesión de anacronismos.
Una mera "fantasmidad", diría el viejo y lúcido pensante.
Hoy por hoy, ya convencido de mi irrealidad, compruebo sus efectos:
Toco el timbre en el bondi y el chofer no me abre.
La gente, teléfonos mediante, me atropella en la vereda.
Me soslayan en las colas del supermercado y en la parada del bus.
Los autos amenazan mi integridad de semáforo en verde o, en su presurosa vertiginosidad de objetivo esencial, bañan mis ignoradas transparencias con las aguas de la lluvia acumulada en el cordón.
Hablo y no me responden.
Tengo sed y no me dan de beber, tengo hambre y no me dan de comer.
A veces los niños me confunden... ellos me ven, me buscan y me aprecian,
pero todos sabemos que los niños no cuentan... valen lo que vale un número, una clasificación del uno al diez para lograr una triste bandera.
La policía también me ha perturbado en el pasado: las veces que me echaron mano me golpearon hasta hacerme creer que era real... pero no.
Una vez, desesperado, llegué al punto de entrar en una librería de avenida Corrientes, robar un libro y correr... me vieron.
Luego de atraparme, la austeridad del calabozo y el frío de la prisión en la piel probarían que soy real, pero ni estoy en la TV, ni aparezco en los diarios, ni resueno en las radios, ni me nombran en las revistas... tampoco nadie lee lo que escribo ni se toman el tiempo para escuchar mis músicas.
He aceptado, por lo tanto, que lo soy: un fantasma.
Y odio las verduras... sin embargo me las cuecen año tras año para Navidad.
No me importa mucho, en realidad... disfruto de la amistad de unos pocos fantasmas que, como yo, comparten mi mate, filosofan mis miserias, beben mis moscatos y aprecian mis pizzas.
Y no temen.
Y los demás, los que son de verdad, ya no me importan más.
Que se guarden las sobras, ésos.

sábado, 26 de octubre de 2013

Semilla

Hace frío.
Los copos blancos y furiosos vuelan alocados detrás de la ventana. El viento silba como mil demonios mientras yo sigo sola y encerrada entre las oscuras maderas de la casa fría, sobre la tierra congelada de una colina olvidada, una colina rodeada de afilados picos blancos, indiferentes y monstruosos.
Sola.
Me abandonaste muy rápido. Dejaste que el temor atrapara tu corazón y te escapaste sin más. Detrás tuyo partió todo lo que entonces fue mi vida: el deseo y la piel, el sabor y el temblor, el sonido, la visión... y el clímax de lo prohibido.
Y mientras tanto, olvidé todo acerca del amor.
Tres semanas sin vos y sigo desnuda. Tres semanas, veinte días, quinientas horas que me llevaron a entender que no soy nada, que no tengo nada, que no deseo nada, o tan sólo una cosa: morir.
Quiero morir por el hastío. Quiero morir porque no me alcanza. Quiero morir porque todo lo que junté fue un puñado de aire color rosa en una cajita triste con forma de corazón.
Estoy encerrada entre la loca exigencia de los fantasmas que yo misma alimenté, y sigo desesperada por algo que me ayude a olvidar, a escapar de esta cárcel, pero no hay nada.
Aún huelo tu cuerpo debajo de las sábanas, aún siento tus curvas bajo mis yemas, tu tibia humedad.
Por atraparte he olvidado todo lo bueno y verdadero, por tenerte he perdido mil identidades que eran mis mejores significados.
Y he olvidado el modo de la paz.
Ahora sólo me acompaña mi soledad y mi ruina.
Mis compañeros: el frío y el viento.
La nieve blanca tras el vidrio me invita a quemar lo que roe mi carne con los dientes de cien mil súcubos llorosos.
La ráfaga... un mensaje, una fuerza.
Sólo tengo un arma. Y un vehículo.
Esperaré... sólo eso puedo hacer: esperar.
El tiempo finalmente traerá la primavera.
Mientras tanto, dormiré. Y haré las paces con mis monstruos.
Moriré semilla.