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viernes, 5 de diciembre de 2014

La radio y el muerto

Algunos programas de radio adolecen de "Cristinismo en negativo". Quiero decir que, cuando uno les presta oídos día tras día, cae en la cuenta que el libreto es sólo uno: defenestar al gobierno contra viento y marea. Si ponen un tango, ponen "Cambalache" y defenestan al gobierno. Si hablan de Hitler, lo comparan con Cristina y defenestan al gobierno. Si hablan de comidas, hablan del "choripán", y defenestan al gobierno. De este modo subsisten porque subsiste el gobierno. Y no me malinterpreten, Cristina no me gusta mucho, y menos el peronismo, fuerza política tristemente camaleónica que va desde el Padre Mujica hasta la AAA. Y me mando este preámbulo para contar que acabo de enganchar "Esto que pasa", en radio Mitre, el programa que, otrora, era del penosamente fallecido Pepe Eliaschev. Yo a Pepe lo escuchaba, digamos, unos dos días a la semana. No lo escuchaba porque me gustaba lo que decía, al contrario, el tipo me parecía de lo más repugnante; lo escuchaba porque me maravillaba cómo alguien puede construir un discurso simplemente por estar, meramente, en oposición "al otro", en este caso, el gobierno.
Pepe está muerto. En su lugar pusieron a otro tipo -reconozco no saber ni como se llama, pero es una especie de Pepe degradado-, y lo increíble es que, luego de escuchar la emisión unos quince minutos caí en la cuenta de que Pepe era ¿como decirlo?, un títere, una marioneta, una especie de Golem (pregunten a un judío que es un Golem) construido con la materia inanimada de un laboratorio que tiene sus principales hornos alquímicos en las fauces del miedo. El miedo es una herramienta, y Pepe -yo creía entonces- lo manejaba con maestría. Pero... ¡NO ERA PEPE, NO!
Pepe ya no está, y da lo mismo: uno escucha el programa y ni siquiera lo extraña: el miedo, o su generación, está in-tac-to.
Maravillosamente horroroso, puro y perfecto... "como una bala de plata directo al cerebro" -Kurtz dixit-

sábado, 1 de marzo de 2014

Monólogo final del Coronel Kurtz

"No existen palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben lo que es, el horror.
El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral deben ser tus amigos, sino se convierten en tus enemigos, enemigos terribles, verdaderos enemigos.
Recuerdo cuando estaba en las fuerzas especiales... parecen mil años atrás. Fuimos a un campamento a vacunar a unos niños. Dejamos el campamento luego de vacunarlos contra la polio. Y este viejo vino corriendo detrás de nosotros, y lloraba, no podía hablar. Volvimos y vimos que ellos habían ido y habían cortado cada brazo vacunado. Estaban ahí, en una pila... una pila de bracitos.
Y recuerdo que lloré. Lagrimeé como una abuela. Quería arrancarme los dientes, no sé lo que quería hacer. Y quiero recordarlo, no quiero nunca olvidarlo, no quiero nunca olvidarlo. Y entonces me di cuenta... como si hubiese recibido un disparo, como si hubiese recibido un disparo con un diamante, una bala de diamante en medio de mi frente. Y pensé: Dios mío ¡que genialidad eso!, ¡que genialidad!... la voluntad para hacer eso... perfecta, genuina, completa, cristalina, pura.
Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes que nosotros, porque podían soportarlo. Éstos no eran monstruos, eran hombres... tropas entrenadas. Esos hombres que peleaban con sus corazones, que tenían familia, que tenían hijos, que estaban llenos de amor, habían tenido la fuerza, el valor, para hacer eso.
Si contara con diez divisiones de hombres así, nuestros problemas aquí se resolverían en poco tiempo.
Debes contar con hombres que sean morales y que, al mismo tiempo, sean capaces de utilizar sus instintos primitivos, sus instintos más primarios, para matar.
Sin sentimientos, sin pasión, sin prejuicios, sin juzgarse a sí mismos, sin juzgar.
Porque juzgar es lo que nos derrota."

lunes, 30 de diciembre de 2013

Mi propia muerte (1)

Más o menos fue así: venía a fondo con la bici por la calle Moreno, tres y media de la tarde, venía sin frenos adelante y con muy poco freno atrás, venía a fondo y ahogado por los casi cuarenta grados del 30 de diciembre, venía con un kilo de harina en la mochila, un salamín calabrés, cien gramos de aceitunas negras, cincuenta gramos de levadura y medio kilo de muzzarella... venía apurado por el calor y también por la mercadería.
Cruzaba Constitución -apenas peiné el freno trasero- cuando me embistió por la derecha un gran auto negro... casi ni me di cuenta del impacto pero recuerdo haber volado en un calidoscopio de imágenes confusas, recuerdo el tremendo golpe contra el piso y también recuerdo el ¡crack! que hizo mi cráneo desnudo al partirse contra el cordón.
 No dolía mucho, pero supe que me estaba muriendo cuando se apagó la luz, y aunque escuché al auto rajarse con un chillido de neumáticos quemados, percibí la piel cada vez más lejana... la piel cada vez más inalcanzable chamuscándose insensiblemente sobre el asfalto hirviendo bajo el sol.
Después, pasos y gritos... y más tarde, como en un sueño, la sirena de la ambulancia.
Y al final el sonido se apagó.
Todo se apagó.

Me despertó Kurt Cobain. Llevaba el pullover a rayas y las zapatillas de lona, el pelo rubio sobre la cara y la mirada azul; en la mano izquierda sostenía un pequeño ukelele con cuerdas de nylon y en la derecha, un vaso de jugo de tomate frío.
-¿donde estoy Kurt?- le pregunté
-hoy es martes-, me contestó, -martes 31 de diciembre del año 2013, llueve en Buenos Aires, pero todavía hay mucha gente sin luz-
-¿y el incendio en Villa Ventana?
-ya lo apagaron- me dijo.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Noté que su mirada era, de tan serena, casi transparente... algo me incomodó mucho y me apresuré a hablar para rellenar el silencio
-justo ayer estuve escuchando In útero, Kurt, justo antes de la bici y del cordón-
-In útero es una mierda- me contestó -es tan mierda ese disco que hice lo imposible para que lo prohibieran acá en el paraíso, pero acá nada está prohibido-
-¿nada?-
-bueno, si... está prohibido prohibir-
-ahh... ¿y hay porro acá?
-hay-
-¿y sexo?-
-hay-
-y ¿Dios no dice nada?-
-Dios chilla si te quedás con las ganas-
-¡te perdonó el suicidio!
-no fue suicidio, fue la puta de mi mujer-...
Escuché que alguien se acercaba, me di vuelta y lo vi, gordo y pelado, caminando hacia nosotros con un libro en la mano y con la sonrisa beatífica del Buda: el Coronel Kurtz.
El coronel me estrechó la mano en silencio y se sentó a mi lado, entonces noté que estábamos en un habitáculo inmenso y blanco, tal vez era infinito... no se percibían los límites aunque hacia el cenit y muy muy lejos parecía verse algo así como un hermoso y distante cielo azul.
El coronel habló:
-¿has contemplado la posibilidad de disfrutar de una libertad verdadera?-
-¿acá en el cielo?-
-¡esto no es el cielo!- chilló Kurt
-es el paraíso, el paraíso puro y perfecto como una bala de plata en el cerebro- agregó Kurtz
-creo que quiero, en principio, amasar unas pizzas- dije
-¡te ayudo!- se ofreció Cobain
-vayan- agregó el coronel, y después -vayan y horneen también un budín de mango en honor a Cheff... cuanto lamento haber cortado la cabeza de ese muchacho...- agregó Kurtz como si recitara una de sus poesías.
Entonces cocinamos pizzas, Kurt me enseñó a manipular la libertad de los hijos de Dios a voluntad y materializamos la harina, las anchoas, la levadura, el salamín calabrés y las aceitunas negras. También materializamos cebollas y queso roquefort y cervezas negras y unos porros. Y el mango para el budín en honor a Cheff, que fue decapitado por el coronel Kurtz. Y materializamos tabaco. Y moscatel helado. Y hielo.
Horneamos dos pizzas, comimos juntos, Kurt y yo. Luego fumamos la hierba y el tabaco y vaciamos varias botellas de Quilmes Stout. Nos terminamos una botella de Crotta y recién entonces pregunté:
-¿estamos solos Kurt?-
-Estamos con el coronel-
-entonces ¿estamos solos los tres?
-por ahora sí-
-¿y hasta cuando?-
-hasta que no termines de quemar la inercia de todos tus deseos estoy sólo yo y el coronel-
-y... ¿como quemo la inercia de mis deseos?
Entonces Kurt hizo algo así como un pase mágico y frente a mi apareció TODO. TODO lo que me imaginaba estaba frente a mí, estaban todos mis deseos y la potencialidad de todos mis deseos, y TODO lo que necesitaba para llevarlos a cabo.
En realidad no estaba TODO: no había culpa ni prisas.
Me sentí abrumado. Me sentí confundido.
Me sentí feliz. Inmensamente feliz.
Entonces me dio sueño, saludé a Kurt con un abrazo -lo percibí casi angelical- y me recosté a dormir en medio de la inmensidad blanca.
Dormí sin sueños durante eones... eones de tiempo sin peso ni valor, eones de tiempo como semillas de luz y de fecundidades geniales color rosa.
 Desperté después de mucho tiempo, sintiéndome como nuevo, y entonces materialicé unos mates amargos.
Me llevó todo el día actualizar la memoria de mi carne y de mi piel.
Y recién entonces, sólo entonces, comencé con todo lo demás.