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miércoles, 1 de febrero de 2017

Infierno en Valcheta

Pasada la medianoche el tren se detuvo en Valcheta y los dos barbados rastafaris aprovecharon para fumarse un porrito. Bajaron del tren, caminaron cincuenta metros y encendieron un finito… no se puede decir que fumaran plácidamente, Valcheta es apenas un páramo helado, seco y ventoso en medio del desierto, y ese frío más el temor a perder el transporte los obligó al ejercicio de furiosas pitadas… el fasito brillante desprendiendo sus ascuas en la ventolina, la tos inmisericorde y las risotadas ahogadas bajo las estrellas. Finalmente la máquina chilló su claxon anunciando la partida y los dos muchachos corrieron… antes de ganar el estribo del convoy dieron la última chupada y arrojaron a los pastos la pequeña tuca aún encendida.
Y el tren siguió su marcha.
Veinticuatro horas más tarde, ya en San Carlos de Bariloche –y nuevamente muy fumados- los muchachos observaron estupefactos el titular en la pantalla de TV:
“El infierno en Valcheta”.
Pero no lograron conectar de ningún modo en sus atontadas sinapsis las causas de ese fuego, y menos aún sus terribles consecuencias: las muertes trágicas, los campos calcinados, el pueblo devastado… “que loco” se dijeron muy despacio “si ayer mismo estuvimos ahí”.
Y eso fue todo.
Un rato más tarde salieron del bar y dedicaron el tiempo –que era todo su tiempo- a buscar un dealer que engrosara nuevamente las ya flacas provisiones de canabiol.

lunes, 18 de agosto de 2014

La misma enfermedad que todos

Marcelo terminó temprano con sus alumnos de guitarra y salió a caminar rumbo a Ramos Mejía. Necesitaba un nuevo juego de cuerdas para la criolla, y también necesitaba pensar. 
Estaba preocupado. Los últimos días se había despertado muy angustiado, con una fuerte opresión en el pecho y con todo el cuerpo bañado en sudor. No es que tuviera un problema serio en particular, sino que el ramillete de pequeños y habituales problemas que le quitaban la paz y el coraje también le minaban la facilidad del buen vivir.
Salió de su casa en Mitre y Rosas y fue bajando hacia el sur en una escalera lo más parecida al azar. A dos cuadras pasó por la puerta de la casa de Raúl, el amigo de su infancia que su madre tanto detestaba. Su madre...
Ella, o su juicio, era uno de los pilares de su frustración. Sin dudas su madre lo amaba, pero sostenía que él era un fracasado, un talento desperdiciado, incluso había tenido el descaro de decírselo en la cara, luego de aquel recital en el geriátrico sefaradí.
Y lo mismo su hermano el arquitecto... si bien lo amaba también, ignoraba todo lo que tenía que ver con su vida, con sus deseos y sus esperanzas, y eso era porque él no cubría sus expectativas. Marcelo creía que ellos no lo amaban a él en realidad, sino a un Marcelo imaginario que se habían construido a medida de la proyección de sus deseos.
Y ese Marcelo por ellos proyectado le resultaba tan inalcanzable, tan ajeno, que lo llenaba de desesperación. Le hubiera gustado ser el otro, le hubiera gustado tener esa pasta para el éxito, esa audacia y esa ambición... pero su personalidad no era así, muy por el contrario, a él no le interesaba ese éxito mundano, a él le interesaba estar en paz, amar a su mujer, reír con sus amigos, disfrutar de las cosas simples... nunca se había sentido atraído ni por el lujo ni por la ostentación. Marcelo sentía que era más facil ser feliz siendo un tipo sencillo... sin embargo no era feliz, porque vivía preocupado.
Siguió caminando rumbo a su destino, dejó Álzaga, dobló en Cochiararo y pasó por la puerta de la iglesia evangélica que sus alumnos Jorge y Graciela llevaban adelante... ellos sí eran verdaderos cristianos, con esa fe férrea que alejaba todas las dudas de un saque. En cambio su cristianismo oscilaba entre la gracia y la culpa con una lamentable sinuosidad de camino de tierra. Si Jesús era el camino, él se sentía cuneta, o peor, la zanja al costado, hundida, detenida, pudriéndose al sol.
Y estaba también el asunto de su carrera. Le faltaba un año para llegar a los cuarenta y aún no se había recibido de nada. Le faltaban dos años para terminar el profesorado de música, dos años eternos viajando al microcentro, dos años de cemento y de asfalto, de ruidos liminares, de ríos de hormigas humanoides, de calles y autopistas, de humos de motores chillando obscenidades a explosión, de sirenas de muerte, de trenes atestados, de marea humana... y de exámenes-concierto que lo anulaban hasta el temblor. No, éste no era en verdad un mundo tan hermoso.
Llegó a la plaza de Ramos Mejía y entró a rezar en la catedral. Se arrodilló en el último asiento y rezó así:
-Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador. No merezco ser llamado hijo tuyo, no merezco ser llamado ni siquiera sobrino tuyo, y mi deuda es impagable.
Lloró en medio de la plegaria.
Luego salió de la iglesia, pretendiendo estar renovado. Le faltaban cinco cuadras para la casa de música. Se calzó el mp3 en los oídos y le dio play al cuarto disco de los Cure.
Enfiló para las vías mientras tarareaba "One hundred years" casi sin escucharse.
Y mientras cruzaba las líneas paralelas de los rieles tampoco escuchó el silbato del guardabarrera que lo prevenía de la mole, ni la bocina del tren rápido que ya llegaba raudo rumbo al lejano oeste, todos los sonidos del mundo real ocultos detrás de las guitarras desenfrenadas de Robert Smith y los bajos redondeados de Simon Gallup.
Pasó el tren como una sierra kilométrica y un instante más tarde todos sus problemas se habían terminado.
Y los bomberos que juntaron los pedazos de su cuerpo en dos bolsas grandes y negras jamás hubieran sospechado que ese muerto, que parecía y que estaba tan muerto, había padecido, sólo un rato antes, de la misma estúpida e intangible enfermedad que ellos se habían contagiado, como él, de boca de sus padres y de sus maestros de escuela y de los curas y de la radio y de la televisión.

viernes, 30 de mayo de 2014

Más de mil kilos

Era de noche, pasadas las diez.
Caminaba por Lacroze, desde Cabildo y rumbo al cementerio.
Me dolían las piernas, me pesaban los pies... la espalda latiendo y aplastándome hacia el piso como una masa informe de cemento.
Tan agobiante era el dolor que tuve la certeza de que algo irremediable colgaba de mi cuerpo.
Encontré una vidriera en penumbras, me giré y, por encima del hombro, me vi en el reflejo.
Y lo que vi me espantó:
De mi hombro derecho, agarrado con las dos manos, colgaba mi viejo; la pelada plateada y brillante bajo la luna.
Mi vieja colgaba del izquierdo, y de ella colgaba mi hermana, manoteándole el camisón.
Mi mujer, como un cangrejo, se prendía de mi cuello, y de ella colgaban mi suegra, mi cuñado, su mujer y los dos pibes... hasta estaba la novia del más grande, y también colgaban la abuela y el tío.
Mis sobrinas colgaban del abuelo, y de ellas su papá. Y de todos ellos juntos oscilaban, como fístulas, una multitud de amigos y enemigos, alumnos y vecinos, maestras de escuela, ex novias, profesores de colegio, policías, bomberos, jueces, curas... hasta estaba el pastor de la escuela cristiana evangélica en donde me recibí de técnico.
Me quedé un rato viéndome y viéndolos, absolutamente perplejo y ajeno a todo lo que sucedía a mi alrededor. Me entraron unas ganas enormes de llorar y me pregunté como era posible vivir con toda esa multitud colgando a mis espaldas. Luego comencé a caminar despacio, espiándome de tanto en tanto en las vidrieras con el rabillo del ojo.
Así fue que los vi: espectros... una turba de ellos, agarrados de mis talones y de mis pies, espectros pálidos y casi transparentes, una triste aglomeración de espectros flacos como el aire, sombríos y mudos.
Y estaban todos: mis cuatro abuelos, mi suegro, mi anterior mujer y esa hija nuestra que nunca vio la luz... estaban los amigos que se fueron y también los muertos de todos los que, aún vivos, colgaban un poco más arriba.
Me di vuelta... la cadena de muertos seguía y seguía hasta el semáforo, y luego se perdía dando vuelta a la esquina.
Seguí andando, sintiendo el fantástico y abrumador peso del inexplicable misterio de todo alrededor.
Más tarde llegué a Chacarita, el tren a mi derecha, el Imperio a mi izquierda... y al frente, el cementerio.
-Tengo que hacer algo al respecto-, me dije; -con razón voy siempre tan cansado-, reflexioné.
-Todo este lastre debe pesar más de mil kilos-, calculé un poco más tarde mientras me trepaba al 123.

viernes, 16 de mayo de 2014

Regreso a casa

Salí del profesorado pasadas las diez menos cuarto de la noche. Caminé por Esmeralda, crucé Córdoba y seguí caminando hasta avenida Santa Fe, la pasé y bajé por el costado de la Plaza San Martín rumbo a la estación del tren en Retiro. En la mitad del trayecto me salió al encuentro una vieja flaca como el aire y arrugada como un trapo, me pidió una moneda –para comer- me dijo,
-tengo hambre- agregó, y le di quince mangos. Seguí caminando, crucé avenida del Libertador y seguí por las terminales de los otros trenes hasta llegar al hangar del San Martín; entré y compré un boleto hasta Caseros en la máquina expendedora, tres pesos. Eran las diez con seis minutos, y el hangar ya estaba lleno… algunos fumaban, la mirada fija en el cartel de horarios; otros masturbaban el celular con fatídica futilidad desesperante. Una minoría, de pié y vistiendo sus ropas de trabajo, cenaban panchos con papitas secas y mostaza color caca. Levanté la vista: el cartel luminoso anunciaba el próximo tren a las diez y media. Me entraron ganas de fumar, pero no tenía más que dos pesos. Caminé hasta el kiosco para comprar un pucho suelto, pero el kiosquero me explicó que ya no se venden puchos sueltos, está prohibido por la ley. Pensé en manguear, pero no me dio la cara, todos los fumantes parecían muy pobres, o por lo menos bastante más pobres que yo. A las diez y veinte carraspeó el parlante de la estación y una voz masculina bastante inentendible dijo:
-accidente en Villa del Parque, no se asegura la continuación del servicio-…
Encaré a un poli, le pregunté cuál era el último tren: -éste es el último-, me dijo, -éste, el que no va a salir-.
Me metí el boleto de tres pesos en el culo y regresé sobre mis pasos. Pasé nuevamente por las terminales de los demás trenes, Belgrano Norte y Mitre; crucé avenida del Libertador y otra vez costeando la plaza apareció la señora hambrienta con cara de viento… le di los dos pesos que me quedaban y seguí caminando. Encaré avenida Santa Fe rumbo a la parada del 111 o del 39, daba lo mismo. Crucé 9 de Julio y enganché justo un 39 cartel rojo. No paró. Atrás venía un 111, lleno hasta el borde. Lo paré, paró y subí.
El bondi tardó cuarenta minutos en llegar a Chacarita. En la mitad del trayecto se desocupó el asiento que tenía justo frente a mí y se lo cedí a una señora boliviana muy gorda y cansada que estaba sudando profusamente a mi lado…
-muchas gracias, señor- me dijo con evidente alivio, -no es nada- le respondí. Mientras pensaba que ceder un asiento realmente no es nada, una jovencita comenzó a blasfemar a mis espaldas: -bolivianos de mierda-, susurraba destilando veneno, -los argentinos parados y ellos sentados, negros cabeza, mierda, villa, villa cabeza cagada mierda, y este idiota que le da el asiento a la negra, ¡mierda!-
La ignoré. El colectivo se fue llenando cada vez más, hasta el punto "lata de conservas", pero cuando llegó a Palermo Hollywood se vació como por arte de magia. Finalmente llegó a destino, me bajé frente al cementerio de Chacarita, corrí y me trepé a un 123 que prácticamente se ponía en marcha. Me senté y en tres minutos me dormí. A los quince me despertó la ausencia del ruido del  motor: -todos abajo- dijo el chofer, -el coche está roto-.
Bajamos, Constituyentes y De los Incas. Eramos unas quince personas. A mi lado una vieja se puso a chillar contra el colectivero, contra la presidenta, contra la democracia y contra el universo en general. Llevaba una bufanda muy rosa y lápiz labial muy rojo, la piel de la cara arrugada como un rollo de la Torá escrito por puño y letra del Rey Salomón. Uñas muy largas, zapatos negros charolados e impecables, y un rodete en la coronilla redondo como un pequeño planetoide. Chillaba y chillaba exhalando veneno con esa naturalidad que da la práctica, debía tener cerca de cien años y todavía tenía las ganas de chillar intactas. La ignoré. Nuevamente me entraron ganas de fumar y vi que el chofer lo hacía mientras esperaba el relevo; lo encaré: -me convidas un pucho amigo?, -No tengo más-, me contestó, -era el último-…
Media hora más tarde llegó el relevo, doce y media de la noche. Venía bastante lleno, y con nosotros arriba reventó. Viajé parado hasta Caseros, bajé en Mitre y Alzaga, caminé treinta metros hasta la puerta de casa, entré, saludé a mi mujer que terminaba de cenar con una amiga, me di una ducha muy calente, me preparé unos mates, me los tomé, escribí, me metí en la cama, leí un libro y me dormí.

miércoles, 30 de abril de 2014

Una muerte

Estación Retiro, martes, cuatro de la tarde. El polizón caminó hacia la valla e intentó soslayar al guarda, pero éste lo detuvo como una pared de concreto con un brazo de hierro:
-boleto, por favor.
El tipo lo atravesó con una mirada de brasas encendidas, e ignorándolo, intentó rodearlo por la izquierda con una inercia de locomotora... no era muy alto, pero sí era ancho. Tenía piel muy oscura y una maraña de pelo sucio y desordenado en la cabeza; llevaba jeans muy gastados enfundando las piernas, una camisa gris Pampero muy remendada y un par de borsegos destrozados en los pies. La gente que llegaba desde Pilar comenzó a juntarse alrededor, lo mismo la gente que intentaba cruzar la barrera para salir hacia la provincia.
El guarda nuevamente lo detuvo e insistió:
-Señor, el pasaje-
-Dejáme pasar- dijo el otro
-Tenés que sacar boleto-
-¡Dejáme pasar!
-¡Tenés que sacar boleto como todo el mundo!
-¡Dejame pasaaaar!, gritó el tipo más fuerte
-Pero... ¡tenés que sacar el boleto!
-¡Dejáme pasaaaaAAAAAAAÁR!
Yo justo salía del baño cuando escuché el grito. Entonces corrí y vi a los polis unos metros más atrás haciendo como que no veían nada; vi el miedo, también, en los ojos del guarda y, al mismo tiempo, la mano del asesino sacando la faca del bolsillo trasero del pantalón, faca que, en un movimiento tan veloz como definitivo, terminó ensartada como una estaca de metal debajo del prolijo cuello del municipal.
La puntada lo paralizó de horror. Los ojos espantados muy abiertos y las manos desesperadas tanteando el pecho. El homicida salió disparado hacia el andén mientras el guarda se desplomaba como una bolsa desinflada; la gorra fue rodando hacia las vías y el cuerpo atravesado cayendo todo convulsionando dentro del traje celeste como un gorila pequeño alcanzado por un rayo.
Y ya en el piso se fue desparramando poco a poco, como si ya no tuviera esqueleto. Mientras tanto la gente gritaba enloquecida y el polizón corría como una tromba hacia el tren que se escapaba rumbo al oeste, ajeno a todo.
Lo vi treparse al techo y, unos metros mas allá, tirarse, rodar y correr hacia la villa 31. Saltó una pared bajita y desapareció en el laberinto.
Conmocionado, busqué con la mirada a los polis de atrás: se acercaban caminando muy despacio, envueltos en un silencio de cementerio.
Miré a la víctima: de la boca negra y gorda le brotaba un hilo de sangre mezclada con saliva mientras intentaba, inútilmente, decir algo a la gente que se agolpaba todo alrededor: -ajjjsjjcagrss-... -¡ajjsjjjcaaaggrssj!
Entonces dejó de agitar los brazos, hizo un globito de sangre en los labios, se tiró un pedo y cerró los ojos y se murió.
Me quedé unos diez minutos más viendo el tipo muerto en el piso, y entonces me fui... llegaba tarde para la clase de psicología.
Cuando regresé ya era de noche, diez menos cuarto. Y en Retiro estaba todo tan tranquilo y tan habitual que el recuerdo de esa muerte, de ese asesinato brutal frente a mis ojos, me pareció un mal sueño.
El parlante anunció: -Vía dos 22:05 rumbo a Pilar pasando por todas las estaciones-
Me subí al tren y me fui a casa.