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jueves, 20 de septiembre de 2018

Nunca es tarde

Subí al 289 en Álzaga y Belgrano, en perfecto estado de gracia. Media hora antes había estado rezando y cantando salmos, quemando mirra e incienso, y mi mente y mi corazón vibraban en lo que Patti Smith llama “el tiempo real”: un estado de absoluta dicha indiferente sin necesidades ni objetivos. El bondi avanzó y pasó por Caseros, Tropezón, Villa Libertad, y veinte minutos más tarde llegó a San Martín. Bajé y caminé por Belgrano, atravesé la plaza, crucé Mitre y seguí pateando por la calle San Lorenzo rumbo al conservatorio. Una cuadra y media antes de llegar me topé con dos policías de la federal, uno masculino, la otra femenil. Ella me miró, vio mi estado de feliz indiferencia y, acto seguido, me detuvo… -¡documentos!, chilló.
Abrí el bolsillito de la mochila y le alcancé el DNI. Lo miró, me miró, y me preguntó:
-¿Dónde se dirige?
-Al conservatorio, mitad de la próxima cuadra.
-¿Va a dar clases?
-No, dije sonriendo, ¡ojalá!... aún soy alumno.
Me miró, bajó la vista al DNI, y dijo:
-Mil nueve sesenta y nueve… ¿qué edad tiene?
-Cuarenta y nueve.
-¿Y no está un poco grande para estudiar, Señor Alladio?
La miré. Sentí en alguna parte de mi cuerpo el golpe bajo, pero soslayándolo le contesté:
-No oficial. Entiendo que nunca es tarde para estudiar y sonriéndole mi mejor sonrisa agregué: -usted parece mucho más joven que yo: está a tiempo.
Me clavó una mirada de metal, salvaje y llena de odio. Creo que si hubiésemos estado de madrugada en algún lugar del segundo cordón bonaerense, me hubiese pegado un tiro.
-¡Abra la mochila!, me ordenó.
La abrí. Ella metió la mano y sacó las carpetas, las partituras, la cartuchera, una bufanda, tres billetes de cien pesos, monedas, la tarjeta sube, un dibujo de mi sobrina y el remedio puff para el asma. Abrió la cartuchera y revisó todo: las lapiceras, el porta púas, el portaminas, los lápices, el liquid paper... hasta miró dentro del sacapuntas para ver si había algo. Luego desarmó el puff pedacito por pedacito y así, todo desarmado, lo tiró adentro. Después se tomó más de quince minutos para fisgonear, como un perro sabueso, en cada uno de los pequeños bolsillitos del bolso. No encontró nada, por supuesto: jamás salgo a la calle con algo que un poli pueda encontrar y utilizar para martirizarme la vida… uno aprende con los años.
Finalmente, dando vuelta la cara sin siquiera mirarme, me alcanzó el documento y chilló:
-¡Circule!
Agarré el DNI y circulé. Caminé la cuadra y media que faltaba y unos metros antes del conservatorio entré en la panadería vecina; me compré un sandwich de miga de jamón y queso, pan negro; me lo comí, luego entré al edificio, fui al baño, me lavé las manos y, acto seguido, entré a mi clase de contrapunto: de tercera especie, cuatro contra uno.

jueves, 1 de marzo de 2018

Un viaje en el 289

7 de la mañana. Salgo de casa rumbo al Conservatorio de San Martín. Camino por Mitre, doblo en Álzaga y cuando llego a La Merced veo que se acerca un 289 desde Ramos Mejía. Corro los 200 metros que me separan de la parada y lo agarro justo a tiempo. Subo al bondi sin aliento, pago el boleto y me voy para el fondo. Gente, mucha gente, rumbo a la fábrica, a la oficina, al comercio, rumbo a la supervivencia, obreros, operarios, empleadas domésticas, oficinistas, alguna que otra secretaria, un par de abuelas con nietos de la mano. Primero de marzo: el sol brilla en las ventanillas y los celulares brillan en las caras. Sube la temperatura, las nubes de lluvia de la noche anterior se disipan y ya azota sin piedad el rigor de la estrella. El bondi busca una ruta hacia su destino, pero entre palas mecánicas y aplanadoras de asfalto no la encuentra. Cruza las vías del San Martín en Hornos y queda fatalmente atrapado en un embudo. Suenan bocinas, la gente suspira, motos por la vereda, piernas y bicicletas, alguien que putea por lo bajo. Un par de autos más atrás resuena un grito: “¡Corré ese auto de mierda, carajo!”, y otro que contesta: “¡chupáme la pija!”. Los machos del bondi se acercan a las ventanillas, quieren trompadas, animal planet a la mañana, en directo y sin garpar un mango... pero no hay trompadas. Decepción general. El colectivo zafa del agujero negro y avanza unas cuadras, dobla en Sabatini y para en Avenida San Martín: suben más de quince personas, todas, irremediablemente, con sus caras de culo metidas en el celular. Un tipo de unos 30 años, morocho y grandote, lo lleva en la mano a todo volumen. Suena “Despacito”, versión extended remix. El volumen es ensordecedor. El tipo saca boleto y le pregunta al chofer:
-¿Durante cuánto tiempo van a cumplir con éste recorrido?
-Hoy seguro.
-¿Y mañana?
-Mañana no sé, si todos los días cortan nuevas calles.

El tipo se da vuelta y masculla un “andáte a la mierda”, mientras el celular chilla. Sube más gente. Dos muchachos sacan sus teléfonos y ponen más música, los redondos uno, el otro una especie de Sandro degradado. Se suma un cuarto aparato con un tipo chillando chistes a todo db. Dos pibes miran y se ríen, miran y se ríen, parecen Beavis & Butthead. Observo a los habitantes del bondi: los que no están durmiendo están perdidos dentro de su cerebro, y los que no, con la mirada extraviada en la pantalla. Pienso "lo que no pudieron con el paco lo pudieron con el celu", y después “les podrían cobrar diez veces más el valor de los impuestos y lo pagarían sin chistar”. Alguien en el fondo contesta una llamada, a los gritos: “¡HOLA! ¡HOLA! ¡HOOOLAA!, ¡HOOLAAAAAA!”, pero no hay señal, no hay ni un puto G en el conurbano. Argentina, un país con buena gente. Yo trato de no perder la calma, de no perder las esperanzas, de no caer en las ganas de bajarme del bondi y pegarme un tiro. Entonces me asalta un olor asqueroso, olor a pedo. Miro a mi alrededor, pero a nadie parece importarle. Aguanto la respiración medio minuto y pruebo: sigue el barandón. Aguanto otro medio minuto y pruebo nuevamente: sigue, es un pedo indeleble. Aguanto la respiración, aguanto el calor, aguanto el ruido, la música, la gente, el tufo, las bocinas, los escapes libres, las risas sin sentido, la esclavización por tres monedas de mierda. “Con la democracia se puede”, me dice mi perverso cerebro con un thanatos enorme. Finalmente el bondi cruza Balbín, me paro, voy a la puerta, toco el timbre y me bajo. Camino hasta la esquina de Belgrano y Pellegrini y me cruzo con un cana: lleva el celular en una mano, a todo volumen: suena “Despacito”.
Cruzo la plaza y desaparezco entre la multitud.

miércoles, 30 de abril de 2014

Una muerte

Estación Retiro, martes, cuatro de la tarde. El polizón caminó hacia la valla e intentó soslayar al guarda, pero éste lo detuvo como una pared de concreto con un brazo de hierro:
-boleto, por favor.
El tipo lo atravesó con una mirada de brasas encendidas, e ignorándolo, intentó rodearlo por la izquierda con una inercia de locomotora... no era muy alto, pero sí era ancho. Tenía piel muy oscura y una maraña de pelo sucio y desordenado en la cabeza; llevaba jeans muy gastados enfundando las piernas, una camisa gris Pampero muy remendada y un par de borsegos destrozados en los pies. La gente que llegaba desde Pilar comenzó a juntarse alrededor, lo mismo la gente que intentaba cruzar la barrera para salir hacia la provincia.
El guarda nuevamente lo detuvo e insistió:
-Señor, el pasaje-
-Dejáme pasar- dijo el otro
-Tenés que sacar boleto-
-¡Dejáme pasar!
-¡Tenés que sacar boleto como todo el mundo!
-¡Dejame pasaaaar!, gritó el tipo más fuerte
-Pero... ¡tenés que sacar el boleto!
-¡Dejáme pasaaaaAAAAAAAÁR!
Yo justo salía del baño cuando escuché el grito. Entonces corrí y vi a los polis unos metros más atrás haciendo como que no veían nada; vi el miedo, también, en los ojos del guarda y, al mismo tiempo, la mano del asesino sacando la faca del bolsillo trasero del pantalón, faca que, en un movimiento tan veloz como definitivo, terminó ensartada como una estaca de metal debajo del prolijo cuello del municipal.
La puntada lo paralizó de horror. Los ojos espantados muy abiertos y las manos desesperadas tanteando el pecho. El homicida salió disparado hacia el andén mientras el guarda se desplomaba como una bolsa desinflada; la gorra fue rodando hacia las vías y el cuerpo atravesado cayendo todo convulsionando dentro del traje celeste como un gorila pequeño alcanzado por un rayo.
Y ya en el piso se fue desparramando poco a poco, como si ya no tuviera esqueleto. Mientras tanto la gente gritaba enloquecida y el polizón corría como una tromba hacia el tren que se escapaba rumbo al oeste, ajeno a todo.
Lo vi treparse al techo y, unos metros mas allá, tirarse, rodar y correr hacia la villa 31. Saltó una pared bajita y desapareció en el laberinto.
Conmocionado, busqué con la mirada a los polis de atrás: se acercaban caminando muy despacio, envueltos en un silencio de cementerio.
Miré a la víctima: de la boca negra y gorda le brotaba un hilo de sangre mezclada con saliva mientras intentaba, inútilmente, decir algo a la gente que se agolpaba todo alrededor: -ajjjsjjcagrss-... -¡ajjsjjjcaaaggrssj!
Entonces dejó de agitar los brazos, hizo un globito de sangre en los labios, se tiró un pedo y cerró los ojos y se murió.
Me quedé unos diez minutos más viendo el tipo muerto en el piso, y entonces me fui... llegaba tarde para la clase de psicología.
Cuando regresé ya era de noche, diez menos cuarto. Y en Retiro estaba todo tan tranquilo y tan habitual que el recuerdo de esa muerte, de ese asesinato brutal frente a mis ojos, me pareció un mal sueño.
El parlante anunció: -Vía dos 22:05 rumbo a Pilar pasando por todas las estaciones-
Me subí al tren y me fui a casa.