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sábado, 11 de febrero de 2017

Ligeti en Chacarita

Pasó hace un rato en Chacarita, esperando el 123. Yo llevaba mi guitarra, el cajón peruano, el atril y la mochila. Era el cuarto en la fila cuando apareció una señora mayor y, así porque sí, se puso adelante. Quedé quinto. No dije nada, porque no me peleo con señoras, y menos por un puto lugar en una cola. Pero entonces la dama -de figura bastante imponente- hizo un giro inesperado y le clavó un tremendo rodillazo a la funda de mi guitarra. Le dije: "señora, más cuidado por favor... mi lugar en la cola ya es suyo, pero no me rompa la guitarra". Me miró con odio infinito y, acto seguido, me ignoró. Pasaron unos minutos y al rato empezaron a llegar un montón de polis muy jóvenes, cruzaron desde el cementerio, alcanzaron la parada y se quedaron ahí esperando el 44, unos 30 canas de uniforme azul de no más de 22 años, todos con el pelo muy corto, una nueve cargada en la cintura y una gran cara de culo. A mi me entró el miedo, o, tal vez, el asco. Pero entonces la vieja empezó a chillar: "¿Que hacen acá, mierdas?, ¿porqué no van a perseguir negros a la villa, mierdas?, ¿no ven que acá no hay negros chorros villeros de mierdaa?"... otra señora que estaba cerca empezó a hacerle el coro: "!Sí, eso!, ¡ESOOO!, ¡MATEN NEGROOS!" gritaba. Los gritos de las octogenarias se intensificaron y en un momento me vino al bocho el film 2001, la parte en la Luna con el monolito y el monstruoso coro de Ligeti.
Finalmente llegó el 123 y subí, sintiendo que el mundo no tiene solución ni remedio, y que cada día que pasa me siento más cerca del extranjero de Camus.

viernes, 30 de mayo de 2014

Más de mil kilos

Era de noche, pasadas las diez.
Caminaba por Lacroze, desde Cabildo y rumbo al cementerio.
Me dolían las piernas, me pesaban los pies... la espalda latiendo y aplastándome hacia el piso como una masa informe de cemento.
Tan agobiante era el dolor que tuve la certeza de que algo irremediable colgaba de mi cuerpo.
Encontré una vidriera en penumbras, me giré y, por encima del hombro, me vi en el reflejo.
Y lo que vi me espantó:
De mi hombro derecho, agarrado con las dos manos, colgaba mi viejo; la pelada plateada y brillante bajo la luna.
Mi vieja colgaba del izquierdo, y de ella colgaba mi hermana, manoteándole el camisón.
Mi mujer, como un cangrejo, se prendía de mi cuello, y de ella colgaban mi suegra, mi cuñado, su mujer y los dos pibes... hasta estaba la novia del más grande, y también colgaban la abuela y el tío.
Mis sobrinas colgaban del abuelo, y de ellas su papá. Y de todos ellos juntos oscilaban, como fístulas, una multitud de amigos y enemigos, alumnos y vecinos, maestras de escuela, ex novias, profesores de colegio, policías, bomberos, jueces, curas... hasta estaba el pastor de la escuela cristiana evangélica en donde me recibí de técnico.
Me quedé un rato viéndome y viéndolos, absolutamente perplejo y ajeno a todo lo que sucedía a mi alrededor. Me entraron unas ganas enormes de llorar y me pregunté como era posible vivir con toda esa multitud colgando a mis espaldas. Luego comencé a caminar despacio, espiándome de tanto en tanto en las vidrieras con el rabillo del ojo.
Así fue que los vi: espectros... una turba de ellos, agarrados de mis talones y de mis pies, espectros pálidos y casi transparentes, una triste aglomeración de espectros flacos como el aire, sombríos y mudos.
Y estaban todos: mis cuatro abuelos, mi suegro, mi anterior mujer y esa hija nuestra que nunca vio la luz... estaban los amigos que se fueron y también los muertos de todos los que, aún vivos, colgaban un poco más arriba.
Me di vuelta... la cadena de muertos seguía y seguía hasta el semáforo, y luego se perdía dando vuelta a la esquina.
Seguí andando, sintiendo el fantástico y abrumador peso del inexplicable misterio de todo alrededor.
Más tarde llegué a Chacarita, el tren a mi derecha, el Imperio a mi izquierda... y al frente, el cementerio.
-Tengo que hacer algo al respecto-, me dije; -con razón voy siempre tan cansado-, reflexioné.
-Todo este lastre debe pesar más de mil kilos-, calculé un poco más tarde mientras me trepaba al 123.

jueves, 8 de mayo de 2014

Recuerdo y vacío

En el '96, debido a un evento bastante traumático, tuve una etapa de varios meses de insomnio. Y para evitar quedarme encerrado en casa viendo las paredes, me iba a tomar un café -o un vino- al bar "Gabi", en Chacarita, justo enfrente de la pizzería Santa María.
Llegaba un poco antes de medianoche y me quedaba hasta las tres o cuatro de la madrugada, a veces incluso hasta el amanecer. En ese bar leí de todo, desde Borges hasta el Tao Te King, pasando por la Biblia y llegando a Carlos Castaneda y a su "Don Juan Matus, para servirle".
Y noche tras noche desfilaba a mi alrededor, y en perfecta armonía, una fauna nocturna por demás interesante: prostitutas, canas, manyines, travestis, colectiveros caídos en desgracia, descastados sin esquinas, camioneros en espera, pibes de la calle sucios como trapos, tacheros muy fumantes, abuelas y abuelos con esas arrugas que son de largos años vividos en vereda... etc, etc, etc...
Por eso hoy, cuando paso por ahí y veo que esos bares ya no están porque fueron derrumbados por la modernidad en beneficio del "buen gusto" -y la incivilidad-, me pregunto: ¿donde están todos esos compañeros de trago, ignotos y sufridos hasta la disolución?... ¿donde fueron a parar esas almas tristes y desesperadas, almas sin nombre y sin casa, sin esposa ni hijos ni padre ni madre ni hermanos?
Ya no tienen lugar. Ya no están.
Escribo esto porque escucho que mucha gente lo festeja... dicen: "ahora hay menos negrada"
Y a mi se me parte el corazón.

martes, 25 de febrero de 2014

En el "Imperio de la Pizza" con Randolph Carter

Me subí al San Martín rumbo a Chacarita, escuchando a los “Vultures” en el mp3.
Me bajé antes, en Paternal, y llegué a Lacroze caminando todo alrededor del cementerio.
Entré al “Imperio” y busqué una mesa apartada; vino el mozo y le ordené un litro de moscato Crotta y dos vasos –espero a un amigo- le dije.
Mientras esperaba abrí las “Obras Escogidas de H.P. Lovecraft”, volumen II, y me puse a leer.
Media hora más tarde lo vi entrar: Randolph Carter. Ni bien cruzó la puerta y avanzó dos pasos, me vio –que lo vi-, y se acercó a la mesa. Vestía jeans prelavados, zapatillas Nike color blancas y una remera negra con un estampado de H.R. Giger.
Se sentó.
Nos miramos en silencio durante unos cuantos segundos, cada uno sondeando el interior del otro; pero como yo estaba mejor preparado que él –para él mismo, no para encontrar a la Desconocida Kadath- abrí el diálogo. Me sentía tan seguro que me permití arrancar con una leve y calculada insolencia:
-¡Randolph Carter!... ¿Quién me lo creerá?... ¡Bienvenido a Buenos Aires, viajero de los sueños!
Carter apenas frunció el ceño, pero bastó ese mínimo gesto para delatar su disgusto. Por otro lado, me gustó que le disguste porque, de algún modo, yo estaba compitiendo con él… tan hábil y soñador; tan respetuoso de su palabra y, al mismo tiempo, tan inhumano. Carter constituía, para mí, un exquisito ejemplo de equilibrio entre las formas más puras de la decencia y la irreverencia total.
Apartó sus ojos de mi cara, se sirvió medio vaso de moscatel helado y se lo bebió de un trago.
Apoyó el vaso en la mesa y me dijo:
-Uva moscatel, uva… ¿Cómo dicen aquí?... berreta. Ustedes, hombres del siglo XXI, se jactan de su poder y sin embargo no sobrevivirían a una pequeña dosis del Vino del Árbol de la Luna de los Zoogs…
Sonriendo de verdad, le repliqué:
-Es probable, Carter, es probable… tal vez sobreviviríamos menos que ustedes mismos buscando a la bella e ignota Kadath a través de los abismos cibernéticos de mi tiempo.
Entonces hizo silencio, un silencio medido y, a la vez, incómodo para su entonces ya frágil estrategia.
Carter levantó la mirada y observó todo alrededor con el ceño fruncido: los neones con sus brillos verdirojos; el estaño viejo y plateado con sus cargas de aceitosas pizzas recién paridas directo desde el horno; los relojes detenidos irremediablemente en un pasado que era descaradamente posterior a su pasado… los vasos marronosos y las botellas color ámbar acumuladas en las mesas; los tickets esperando en manos proletarias por un pedazo de porción al corte; el aire acondicionado y las telas de araña en el rincón... y las tortas amarillas de crema pastelera, tan amarillas como las arenas malditas de la Meseta de Leng… por su gesto adusto comprendí que él, Randolph Carter, odiaba a la modernidad casi tanto como yo.
-Por cierto –interrumpió mis elucubraciones con un leve gesto de hastío-, necesito abrir, con bastante inminencia, una cuenta en una, eh, red social… facebook creo que es su nombre, pero la verdad es que no sé cómo hacerlo.
-Necesita una máquina, Carter –le dije- y una conexión a internet.
-No sabría ni como comenzar a operar la máquina.
-¿Me está pidiendo ayuda, Randolph? –contraataqué-
-No… -se detuvo, contrariado por su muy evidente agitación- le pido que sea mínimamente solidario con un habitante del siglo XVIII.
-Ahh, -exageré- ¡la solidaridad!, ¡la solidaridad!
Y cerré la boca, exultante por mi pequeño primer triunfo.
Tenía a Carter, al mismísimo Randolph Carter, agarrado de las pelotas.
Me miró a los ojos con súplica, sin embargo esa súplica ni se arrastraba ni se vendía al mejor postor. Simplemente me necesitaba a mí, el único habitante del siglo XXI que era consciente de su utopía. Sentí por Carter una oleada de piedad tan grande que me asaltó casi como suele asaltarme el llanto. Y él vio mi emoción como si fuera un mapa...
-Solo usted sabe quién soy, Alladio, de donde vengo y hacia dónde voy… y lo que busco.
-Lo que busca, sí…  por cierto ¿a qué distancia cree que se encuentra de la meta, en cuestiones temporales, desde que Lovecraft lo delató en sus cuentos?
-Lovecraft no me delató, simplemente él nunca imaginó que lo que él soñaba y escribía era real.
-Ok, está bien, digamos que no fue su intención delatarlo, Carter, pero yo leí a Lovecraft cien años después y luego lo soñé a usted buscando su ciudad cien años antes de que él mismo escribiera sus cuentos, y cerré el círculo. Y hoy está usted aquí, frente a mí.
-Es usted insidioso, señor Alladio.
-No soy “señor”, Randolph, y simplemente esa, por usted llamada, insidia,  es un genuino deseo de entender. Justamente usted no va a condenarme a mí  por ser curioso ¿no?
-Claro que no, tiene razón, y le ofrezco mis disculpas… pero no lo culpe al pobre de Howard… imagine su triste y monótona realidad, con esa madre esquizo derrumbándose día tras día en la demencia y con su padre encarcelado injustamente, y más tarde fatalmente muerto… ¡y esas dos condenadas tías solteronas!, ¡tan frígidas como una endemoniada pared muerta, todo el tiempo revoloteando alrededor del consumido Howard como dos mariposas negras con garras de buitre!
-Supongo que él se lo buscó… tanto como se lo busca usted, Carter; sí, usted, encerrado en esas interminables madrigueras atemporales en compañía de tres repulsivos vampiros y arrastrando sobre sus lomos la lápida del coronel Derby… no lo condeno, amigo -¿lo puedo llamar amigo?- Dios sabe que por usted –y por Lovecraft- siento una admiración casi reverente; pero nunca el fin debería justificar los medios, ni ahora ni nunca, si es que puedo elegir seguir creyendo en eso.
-Eso que cree es pura basura del siglo XXI, Alladio, una patética moralina superficial que cubre la hipocresía de su tiempo… somos depredadores, amigo, en el mejor de los casos; y en el peor, parásitos, lamentables parásitos que, como hienas, sobreviven lamiendo las heridas de sus propias mordidas.
-Tal vez tenga razón, Carter.
-La tengo, no lo dude.
-No esté tan seguro… yo no lo estoy. Ni siquiera estoy seguro de que usted y Lovecraft no sean la misma persona.
-¡Por favor, Alladio, no delire!
-No deliro; simplemente usted lo defiende demasiado.
-Aprendí a tenerle cariño con el paso de los siglos.
-No son tantos.
-Tres hasta hoy… suficientes para justificar el plural.
Nos quedamos callados, rumiando todo lo dicho. A nuestro alrededor la pizzería se fue llenando de mis contemporáneos. Eran las diez y media de la noche y a nuestro alrededor había más seres humanos tatuados que en el imperio incaico en su apogeo. Y, sobre las mesas, más tecnología que en “La Guerra de las Galaxias”.
-Carter… ¿dónde consiguió esa ropa?
-En “la salada”.
-Increíble. No puedo imaginar cómo se las rebuscó para llegar ahí.
-Preguntando, casi como a todos lados. Compré una tarjeta SUBE, la cargué y me subía al… ¿cómo es aquí?... ¡el bondi!
Carter se sirvió un vaso entero de moscato, le agregó un hielo muy gordo y se lo fue tomando despacito, de a pequeños sorbos.
-¿No tiene hambre Randolph?... la fugazetta rellena de este lugar es, lejos, la mejor de la zona. Yo lo invito.
-No tengo mucho tiempo.
-Dése el gusto, muchacho, nunca se sabe… tal vez pasen eones antes de que usted regrese a este tiempo, si es que regresa; si es que logra descifrar ese pergamino maldito y si es que, mientras lo intenta, no se vuelve un completo y monstruoso Zkauba, para siempre apartado de sus hermosos anhelos y del código genético que lo vuelve tan ser humano como a mi…
Pedimos una grande rellena porque Randolph estaba hambriento. Y terminamos la botella de moscatel y pedimos otra, que vaciamos en un rato. Luego Carter, sensibilizado por el alcohol, sacó de un bolsillo la llave de plata y me la mostró. Era bella, bellísima. Antigua como el mar y lejana como las estrellas; toda su geografía recorrida por ese idioma que era anterior al idioma mismo y que, al mismo tiempo, lo trascendía.
-Carter –le dije entonces- yo lo voy a ayudar, pero no crea que se lo voy a hacer gratis.
-No tengo dinero.
-No quiero su dinero. Lo que quiero es algo que aquí no se consigue… ni en este mundo ni en este tiempo. Algo que, a usted, no le costaría demasiado traer a mi pobre presente tan aburridamente cierto y civilizado…
Pagué la cuenta y salimos. Caminamos hasta el cementerio y nos subimos al 123, que nos dejó, media hora más tarde, en la esquina de casa.
Entramos, encendí la PC, preparé café y en menos de media hora Carter aprendió a usar la máquina y a navegar en la red, que era lo único que le faltaba. También le abrí una cuenta en facebook, bajo el seudónimo de Swami Chandaputra, y otra en tweeter, por las dudas.
Él mismo escribió sus contraseñas.
-Puede agregarme, Alladio, si así lo desea, aunque no le garantizo responder a sus mensajes, ya sabe que mis caminos no siempre responden a senderos muy definidos…
Antes de irse quiso salir al jardín. Caminamos unos minutos debajo del pino y de la palta, que ya está grandísima. Levantó la vista y se quedó viendo las constelaciones brillando en lo alto: El Carro, con la joven y fantasmal nebulosa de Orión en el centro; luego pasó unos instantes por la gigantesca y azulada Sirio, entonces giró y encaró a la Cruz del Sur, y luego, a la triple Alfa Centauro, girando sobre sí misma en un punto común, tan lejana y, para Randolph Carter, tan cercana también... y se las quedó viendo, detenido, con una extrañeza tan pero tan grande que, por un momento, me pareció muy triste, tristísima.
Tan sola era esa extrañeza que estaba despojada de todo.
-Tal vez no vale la pena –pensé- todo el esfuerzo de este hombre por llegar a poseer a la Desconocida Kadath y vivir para siempre entre sus maravillosos ensueños de una niñez pura y olvidada.
Ya íbamos saliendo cuando, maullando insistente por la medianera, apareció “Panda”, el gato de mi vecina. Panda saltó ágilmente a los brazos de Carter y éste lo acarició y lo acunó como a un hijo, con una dulzura infinita… entonces entablaron un diálogo en el extraño y ronroneante idioma de los gatos de Ulthar, país en donde los felinos son reyes poderosos y sagrados, y en donde está terminantemente prohibido, bajo pena de muerte, hacerles daño.
Dialogaron durante horas en ese idioma que, de tan susurrante y delicado, me dio vueltas en la cabeza como un brebaje fuerte y extraño, tan musical y enigmático es; y mientras tanto las estrellas giraron por el cenit, cambiaron los planetas de posición y los zorzales arrancaron con su canto mientras la estrella de la mañana ardía como una gema plateada sobre el cielo del oeste; y cuando Panda finalmente dejó a Carter para irse a dormir, ya había amanecido.
Entonces vi que Carter lloraba como un niño, y me dijo:
-No crea que mi búsqueda es austera y desolada, amigo Alladio; yo no estoy solo… en mi búsqueda, que es La Búsqueda de Todas las Búsquedas, me acompañan los gatos, y no sólo los de Ulthar, sino todos los gatos que fueron, que son y que serán, hasta el fin de todo y de todas las cosas.
Los gatos sostienen mi búsqueda como una constante sostiene a la ecuación. Los gatos son, para mí, como el número pi, como el número n, como la velocidad de la luz, como el núcleo atómico y como el sabor y el color y el aroma inexplicable de los quarks que todo lo componen.
Y no sólo están ellos, amigo, están todos los demás: Lovecraft, Poe, Pickman, Borges, Bradbury, Giger, King, Clarke, Melville, Páleka, Lem, Barker… y ahora también está usted, amigo Alladio, usted está aquí ahora mismo y desde siempre y para toda la eternidad.
Lo acompañé a la puerta, y mientras le daba la mano, mi estúpida mezquindad cobarde me obligó a decirle:
-No se olvide que me debe algo, Carter.
-Pierda cuidado, y no tema –contestó-, usted sabrá que ya lo tiene en cualquier día de éstos; lo sabrá incluso antes de despertar...
Se fue. No quise ver hacia donde, era irrelevante.
Un viajero de los sueños no tiene ni planos seguros, ni líneas definidas que seguir.

Tres semanas más tarde soñé con él. Carter entraba en casa desde el fondo de la heladera… y era muy extraño, porque parecía como si los fondos del artefacto estuvieran conectados con unos oscuros túneles de piedra y de plata y basalto, unos túneles antiquísimos y harto extraños... los pasadizos eran rancios y apestaban con el olor a mil tumbas olvidadas, y parecían acremente transpirados de lejanía temporal, de silencio sepulcral y de una soñolienta irrealidad de pesadilla.
Al mediodía desperté recordando lo soñado, y salté de la cama, corriendo al refrigerador. Dentro encontré dos porciones de pizza, un envase de dulce de leche a medio consumir, un pedazo de queso roqueforth, huevos, frutas y un zapallo cortado a la mitad.
Y en la puerta, entre dos bidones de agua mineral, la botella. Era muy extraña esa botella, que parecía ser más antigua que el cosmos, toda coronada con multicolores y fantásticos filigranas que no parecían pertenecer ni a este mundo ni a ningún mundo que uno se pueda llegar a imaginar…
Era el Vino del Árbol de la Luna de los Zoogs, que Carter me debía.
Calculé que la botella contenía un poco más de un litro… -casi como media tonelada del mejor porro del universo, –pensé-.