El silencio regresó al barrio, ese silencio que reinaba en la noche
cerrada cuando yo era muy chico. Menos de un mes de cuarentena y observo que se
ven más estrellas desde casa, tal es así que desempolvé mi viejo telescopio y
lo subí a la terraza. La Cruz del Sur y el Gran Orión ya no están solos, ahora
un pequeño y débil séquito, diariamente creciente, los acompaña. Y la estrella
de la tarde, Venus, brilla con un brillo lisérgico, como nunca brilló en la
gran ciudad. Al atardecer cantan los zorzales amarillos, compiten entre sí, son
de esos zorzales que no veía por el barrio hace no menos de dos décadas. Y
volvieron las calandrias y los chimangos, y se multiplican las torcazas. Las
mariposas, rojas, blancas, amarillas y negras, revolotean felices entre las
plantas... por eso "Nada puede ser peor que una vuelta a la
normalidad"... y eso, justamente, es lo que más me entristece de todo este
asunto: que vuelva a ponerse en marcha la maquinaria parasitaria humana... sin
límite, sin reflexión, sin piedad. "Los Reyes de la creación",
afirman que somos los que practican una fe de capilla, pero si somos reyes de
algo es de una peligrosa hipocresía que juega a las escondidas con la muerte
mientras manosea, con pulsión masturbatoria, la perfecta y modernísima pantallita
del puto teléfono celular.
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lunes, 6 de abril de 2020
jueves, 1 de marzo de 2018
Un viaje en el 289
7 de la mañana. Salgo de casa rumbo al Conservatorio de San Martín.
Camino por Mitre, doblo en Álzaga y cuando llego a La Merced veo que se acerca
un 289 desde Ramos Mejía. Corro los 200 metros que me separan de la parada y lo
agarro justo a tiempo. Subo al bondi sin aliento, pago el boleto y me voy para
el fondo. Gente, mucha gente, rumbo a la fábrica, a la oficina, al comercio,
rumbo a la supervivencia, obreros, operarios, empleadas domésticas,
oficinistas, alguna que otra secretaria, un par de abuelas con nietos de la
mano. Primero de marzo: el sol brilla en las ventanillas y los celulares
brillan en las caras. Sube la temperatura, las nubes de lluvia de la noche
anterior se disipan y ya azota sin piedad el rigor de la estrella. El bondi
busca una ruta hacia su destino, pero entre palas mecánicas y aplanadoras de
asfalto no la encuentra. Cruza las vías del San Martín en Hornos y queda
fatalmente atrapado en un embudo. Suenan bocinas, la gente suspira, motos por
la vereda, piernas y bicicletas, alguien que putea por lo bajo. Un par de autos
más atrás resuena un grito: “¡Corré ese auto de mierda, carajo!”, y otro que
contesta: “¡chupáme la pija!”. Los machos del bondi se acercan a las
ventanillas, quieren trompadas, animal planet a la mañana, en directo y sin
garpar un mango... pero no hay trompadas. Decepción general. El colectivo zafa
del agujero negro y avanza unas cuadras, dobla en Sabatini y para en Avenida
San Martín: suben más de quince personas, todas, irremediablemente, con sus
caras de culo metidas en el celular. Un tipo de unos 30 años, morocho y
grandote, lo lleva en la mano a todo volumen. Suena “Despacito”, versión
extended remix. El volumen es ensordecedor. El tipo saca boleto y le pregunta
al chofer:
-¿Durante cuánto tiempo van a cumplir con éste recorrido?
-Hoy seguro.
-¿Y mañana?
-Mañana no sé, si todos los días cortan nuevas calles.
El tipo se da vuelta y masculla un “andáte a la mierda”, mientras el celular chilla. Sube más gente. Dos muchachos sacan sus teléfonos y ponen más música, los redondos uno, el otro una especie de Sandro degradado. Se suma un cuarto aparato con un tipo chillando chistes a todo db. Dos pibes miran y se ríen, miran y se ríen, parecen Beavis & Butthead. Observo a los habitantes del bondi: los que no están durmiendo están perdidos dentro de su cerebro, y los que no, con la mirada extraviada en la pantalla. Pienso "lo que no pudieron con el paco lo pudieron con el celu", y después “les podrían cobrar diez veces más el valor de los impuestos y lo pagarían sin chistar”. Alguien en el fondo contesta una llamada, a los gritos: “¡HOLA! ¡HOLA! ¡HOOOLAA!, ¡HOOLAAAAAA!”, pero no hay señal, no hay ni un puto G en el conurbano. Argentina, un país con buena gente. Yo trato de no perder la calma, de no perder las esperanzas, de no caer en las ganas de bajarme del bondi y pegarme un tiro. Entonces me asalta un olor asqueroso, olor a pedo. Miro a mi alrededor, pero a nadie parece importarle. Aguanto la respiración medio minuto y pruebo: sigue el barandón. Aguanto otro medio minuto y pruebo nuevamente: sigue, es un pedo indeleble. Aguanto la respiración, aguanto el calor, aguanto el ruido, la música, la gente, el tufo, las bocinas, los escapes libres, las risas sin sentido, la esclavización por tres monedas de mierda. “Con la democracia se puede”, me dice mi perverso cerebro con un thanatos enorme. Finalmente el bondi cruza Balbín, me paro, voy a la puerta, toco el timbre y me bajo. Camino hasta la esquina de Belgrano y Pellegrini y me cruzo con un cana: lleva el celular en una mano, a todo volumen: suena “Despacito”.
Cruzo la plaza y desaparezco entre la multitud.
-¿Durante cuánto tiempo van a cumplir con éste recorrido?
-Hoy seguro.
-¿Y mañana?
-Mañana no sé, si todos los días cortan nuevas calles.
El tipo se da vuelta y masculla un “andáte a la mierda”, mientras el celular chilla. Sube más gente. Dos muchachos sacan sus teléfonos y ponen más música, los redondos uno, el otro una especie de Sandro degradado. Se suma un cuarto aparato con un tipo chillando chistes a todo db. Dos pibes miran y se ríen, miran y se ríen, parecen Beavis & Butthead. Observo a los habitantes del bondi: los que no están durmiendo están perdidos dentro de su cerebro, y los que no, con la mirada extraviada en la pantalla. Pienso "lo que no pudieron con el paco lo pudieron con el celu", y después “les podrían cobrar diez veces más el valor de los impuestos y lo pagarían sin chistar”. Alguien en el fondo contesta una llamada, a los gritos: “¡HOLA! ¡HOLA! ¡HOOOLAA!, ¡HOOLAAAAAA!”, pero no hay señal, no hay ni un puto G en el conurbano. Argentina, un país con buena gente. Yo trato de no perder la calma, de no perder las esperanzas, de no caer en las ganas de bajarme del bondi y pegarme un tiro. Entonces me asalta un olor asqueroso, olor a pedo. Miro a mi alrededor, pero a nadie parece importarle. Aguanto la respiración medio minuto y pruebo: sigue el barandón. Aguanto otro medio minuto y pruebo nuevamente: sigue, es un pedo indeleble. Aguanto la respiración, aguanto el calor, aguanto el ruido, la música, la gente, el tufo, las bocinas, los escapes libres, las risas sin sentido, la esclavización por tres monedas de mierda. “Con la democracia se puede”, me dice mi perverso cerebro con un thanatos enorme. Finalmente el bondi cruza Balbín, me paro, voy a la puerta, toco el timbre y me bajo. Camino hasta la esquina de Belgrano y Pellegrini y me cruzo con un cana: lleva el celular en una mano, a todo volumen: suena “Despacito”.
Cruzo la plaza y desaparezco entre la multitud.
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domingo, 30 de abril de 2017
Mi amigo "Palanca"
Yo tenía una ferretería, la tuve durante veinte años. Era industrial,
caños, electricidad, bulones, máquinas, pegamentos, insumos. Venía mucha gente
del gremio, el cliente de la ferretería es principalmente macho, y ahí conocí a
muchos de los trabajadores del barrio: mecánicos, choferes, tacheros, cocineros,
albañiles, pintores, ingenieros, jardineros, ceramistas, plomeros. “Palanca”,
que luego de unos pocos años dejó de ser mero cliente para ser también amigo,
era plomero. Pero tenía problemas con la bebida… el tema es que solía aparecer
un lunes a las diez de la mañana totalmente en curda. Y así cualquier día. Palanca
a veces iba a trabajar a una casa, pedía plata para los repuestos de la mochila
del baño, salía a comprarlos y no aparecía más: el dinero era destinado a sus necesidades
etílicas. Obviamente con el tiempo la gente dejó de llamarlo, y bueno, no
trabajaba. O trabajaba a veces, cuando se lo veía trabajar.
Una vez, un 25 de Diciembre, me tocó el timbre, salí y, arrastrando las
eses en un vaho de alcohol, me dijo:
-Pendejo, vendéme una llave de paso esclusa de bronce con rosca tres
cuarto.
-Pero Palanca, protesté, -¡hoy es Navidad!
-Y a mí qué carajo me importa el negocio de los curas, pendejo, yo también
estoy laburando.
Otra vez caminaba una tarde de primero de Mayo por Rosas y Mitre y me
chistó desde un techo: estaba metido dentro de un tanque de agua, destapando
vaya a saber qué.
-¡Hoy es el día del trabajo, Palanca!, le grité, -¿qué hacés ahí?
-Yo trabajo, pendejo, no miro el calendario.
Pero el tipo no sólo era beodo y vago, también era un excelente amigo,
de esos que, de tanto andar sin lastres, te pueden brindar todo su tiempo y su
corazón, que era de oro.
Estuvo como un mojón cuando murió mi primer esposa, día a día pasaba
por el negocio y se quedaba un rato; a veces pasaba a la mañana y a la tarde
(también, como un mojón, pasaba mi otro amigo del barrio, Nosferatu, pero esa
historia aún es). Me rescataba cuando amenazaba con colgar la música, me decía
cosas como: “no dejes la viola, pendejo, la música te va a salvar”, y con “salvar”
no hablaba de plata, sino de algo más profundo.
Compartíamos el gusto por las antiguas pizzerías. Fuimos muchas veces a
Ottonelli, a El Fortín, al Imperio y Santa María, a las Cuartetas. Lo invitaba
yo, por supuesto, pero esas noches eran la gloria… el tipo era un libro
abierto, había estado en el ERP y se había rajado, sabía mucho de música, especialmente de
tango -amaba a Corsini, y antes de irse me regaló una foto del músico, enmarcada-; Palanca había sido colectivero de la 53 más de treinta años, hasta que lo
rajaron por beodo; era un excelente jardinero –aún veo, con triste melancolía, florecer sus begonias en el zaguán de su casa-, y era también esposo, padre y
abuelo.
Pasaron muchas cosas en esos años, pero Palanca siempre estaba ahí: en
una pelea, en una discusión callejera –cuando pasó, borracho, por la vereda
destrozada del tipo que había matado de un balazo a un pibito que le quiso
chorear el estéreo del auto, y le dijo: “¡che, a ver si arreglás la vereda, que
no se puede pasar!”, y el tipo, que era un facho de manual, le contestó: “calláte, estás borracho”
Y Palanca retrucó: “sí, estoy borracho… que ¿a mí también me vas a
pegar un tiro?”, y yo estaba con él, y el asesino era un cliente mío del
negocio, pero no pude reprimir la feliz –y admirada- carcajada…
El asunto es que Palanca un día se enfermó. Y al final, se murió, como
se muere todo el mundo. El recuerdo más triste que de él tengo es la última vez
que lo vi parado en la calle, que era su lugar: paradito en la esquina del bar
del gordo, con un frío descomunal, bajo la garúa, la camperita azul, ya muy
flaco por “la papa”, decididamente triste porque sabía que se iba, aunque de
eso no se hablaba. También lo visité más tarde en su casa, en su recta final, pero ahí ya
el tipo casi era otro, como un remedo fantasma de él mismo.
En fin, mañana es el día del trabajo, y yo, en el día del trabajo, quiero
recordar a Jorge Diez, “Palanca”, un tipo de 10, mi amigo borrachín que tanto
tanto extraño, a veces hasta lagrimear.
miércoles, 16 de marzo de 2016
La guerra entre nosotros (1)
Pasado el mediodía salí a la calle, rumbo a Liniers. Martes. Caminé
media cuadra por Mitre, doblé por Álzaga a la derecha hasta Esteban Merlo, luego
giré a la izquierda por Merlo, caminé derecho y crucé Pringles, crucé
Olavarría, y cuando llevaba caminado treinta metros desde la esquina de
Olavarría y Merlo escuché un potente y desgarrado grito femenil:
-¡Aaaaay hijo de puta! ¡me querés
robaar! ¡me quieren robaaaar!
Desde la estación de servicio de Cerviño, a mitad de cuadra, salieron
corriendo dos muchachotes de unos veinte
años, cruzaron la calle y corriendo por la vereda, se dirigieron hacia mí. Los
dos estaban muy bien vestidos y, en apariencia, no estaban armados. Detrás de
ellos, en alocada persecución, salió una moto a toda velocidad. Su conductor
gritaba:
-¡Yo te los agarro! ¡yo te los
agarro!
El presunto ladrón que corría detrás gritaba:
-¡No hicimos nada! No hicimos
nada!
Cuando el que iba en la delantera llegó hasta donde yo estaba, me hice
a un lado. Primero porque no sabía lo que había sucedido, y segundo porque no
iba a hacerme matar por imponer una justicia que, como mínimo, me parecía
dudosa.
Raudo, el primer chico pasó a mi lado. Enseguida me alcanzó la moto que
venía por la calle, y su conductor, viendo que el segundo pibe se me acercaba,
me miró y me ordenó:
-¡Agarrálo! ¡Agarrálooo!
Miré al pibe que se acercaba sin aliento: dos ojos de vidrio de animal
acorralado, músculos como alambres, sudor perlado. Aún gritaba, como en trance:
-¡No hicimos nada!, ¡No hicimos
nada!
Me hice a un lado, y el muchacho pasó corriendo rumbo a la esquina. El
de la moto entonces me fulminó con una mirada llena de odio y me gritó:
-¡Puto de mierda! ¡PUTOOOOOOOOOOO!
Lo ignoré. Me dije que hubiese hecho lo mismo, o sea nada, si me hubieran robado, o intentado robar, a mí. Para seguir viviendo, ante todo, necesito la vida...
Al minuto pasó, al volante de un Fiat Regatta azulado bastante podrido, la mujer del grito… aún chillaba:
Al minuto pasó, al volante de un Fiat Regatta azulado bastante podrido, la mujer del grito… aún chillaba:
-¡Matáaalos! ¡Matáaaaaaaaloooss!
Apresurando el paso, continué caminando, pensando en desaparecer lo
antes posible: temía que ella y el de la moto volvieran por mí.
Alcancé la estación de servicio. Dentro, uno de los empleados vestido
con overol despertaba a un policía que dormía dentro de una patrulla
estacionada en la línea de engrase. Le decía mientras lo sacudía:
-Despertáte che, parece que a la
chica la quisieron robar, se fueron para la calle Olavarría.
El cana se despertó, bajó de la patrulla, caminó hasta el cordón, se
desperezó como una gallina, volvió hasta la patrulla, se sentó, encendió el
motor, salió marcha atrás y enfiló, a paso de hombre, para la esquina.
Yo calculé que, para entonces, la persecución le llevaría unas tres o
cuatro cuadras de ventaja.
Seguí caminando, rápidamente, por Esteban Merlo. Crucé Hornos, Caseros,
Sarmiento y 3 de Febrero hasta llegar a
San Martín. Luego de cruzar la avenida me sentí un poco más seguro. Entonces me
percaté de la tensión: en los hombros, en el cuello, en las pantorrillas, en el
cerebro. Intenté relajarme. Me dije que ése era el alocado modo en que uno
termina metiéndose en problemas. Graves problemas. Uno puede morir porque sí,
simplemente por salir a caminar en la calle.
Seguí pateando por Merlo hasta Mitre, doblé a la derecha hasta Alvear,
por Alvear caminé hasta el Boulevard Lincoln, doblé a la derecha hasta llegar
al puente de Beiró, lo crucé y, costeando la colectora de General Paz, me fui a
pata hasta Liniers, para, ya en el barrio boliviano, comprar hojas de Sem,
tomates secos y algunos pescados frescos.
martes, 17 de marzo de 2015
Cebolla
Recuerdo que iba a la escuela primaria Nº
45, en Caseros. Tenía una maestra, Amalia Chiesa. Tomaba mates, usaba poncho y
era lesbiana. Muchos años después de haber egresado alguien me contó que la
habían descubierto manoteando a otra profesora dentro del baño. A las chicas
las trataba bien, pero gozaba maltratando, verbal y psicológicamente, a algunos
de nosotros… un poco porque no estábamos entre los más destacados, y otro poco
por “androfobia”… repulsión por los hombres.
Fue una época muy angustiante para mí. Yo llegaba a la escuela arrastrando toneladas de pesadumbre. Tanto la escuela como mi casa eran un campo de batalla. Combatir y resistir, mantener vivo el pellejo. Cumplir con todos los preceptos familiares me obligaba a renunciar a lo que más me gustaba… la música, la calle, la libertad. En mi mochila traía colgados a mis padres y a todos sus valores de clase media, que no dudaban en imponer por la fuerza. Me sentía como una cebolla… capas y más capas de miedos, tristeza y frustración. Y cólera.
Un día la maestra nos preguntó que íbamos a estudiar en la escuela secundaria. Cuando me tocó mi turno le dije:
-”yo quiero ir a la escuela técnica y ser técnico en electrónica”-.
Entonces largó una carcajada, una gran carcajada enérgica e irónica. Luego agregó:
-”a barrer vas a ir vos a la escuela técnica”-…
En otra ocasión se organizó un sorteo para recaudar fondos. Yo devolví una rifa que no había logrado vender, y ella la extravió. A los dos días me acusó de ladrón, de haber vendido la rifa y quedarme con el efectivo. Estuvo acusándome a los gritos unos diez minutos frente a toda la clase hasta que un compañero le dijo: -“maestra, yo recuerdo que él se la devolvió, yo lo vi, estaba justo a mi lado”-. Se puso más furiosa aún, especialmente porque él no era de los “más brillantes”. Luego me miró y me dijo:
-“no sé si la devolviste, pero no tengo dudas, por tu oscura personalidad, que podrías llegar a ser un ladrón”-
Otras veces, por indisciplina, me encerraba en el baño. Entonces yo me quedaba ahí, media hora o más, y mientras ella daba su clase yo olía los urinarios. Lo más humillante eran mis compañeros… algunos pedían ir al baño para verme encerrado dentro y burlarse. Me dejaba confinado hasta el recreo, entonces entraban todos y yo estaba ahí, esperando como Caín entre el miasma ofensivo de los orines.
Pasaron los años. Egresé de la escuela primaria en 1980, casi al mismo tiempo que terminaba la dictadura militar. Me recibí de técnico en electrónica en 1986. Me costó muchísimo: en segundo año me expulsaron y en tercer año me llevé todas las materias, exceptuando música y gimnasia. Nunca repetí.
De ella hoy no sé nada, y tampoco me importa. Algunas de mis ex-compañeras de grado la tienen de amiga en facebook.
Si la veo caminando por la calle, me cruzo a la otra vereda.
Era una maestra sin amor, una mujer atormentada.
Ésa es la verdad.
Fue una época muy angustiante para mí. Yo llegaba a la escuela arrastrando toneladas de pesadumbre. Tanto la escuela como mi casa eran un campo de batalla. Combatir y resistir, mantener vivo el pellejo. Cumplir con todos los preceptos familiares me obligaba a renunciar a lo que más me gustaba… la música, la calle, la libertad. En mi mochila traía colgados a mis padres y a todos sus valores de clase media, que no dudaban en imponer por la fuerza. Me sentía como una cebolla… capas y más capas de miedos, tristeza y frustración. Y cólera.
Un día la maestra nos preguntó que íbamos a estudiar en la escuela secundaria. Cuando me tocó mi turno le dije:
-”yo quiero ir a la escuela técnica y ser técnico en electrónica”-.
Entonces largó una carcajada, una gran carcajada enérgica e irónica. Luego agregó:
-”a barrer vas a ir vos a la escuela técnica”-…
En otra ocasión se organizó un sorteo para recaudar fondos. Yo devolví una rifa que no había logrado vender, y ella la extravió. A los dos días me acusó de ladrón, de haber vendido la rifa y quedarme con el efectivo. Estuvo acusándome a los gritos unos diez minutos frente a toda la clase hasta que un compañero le dijo: -“maestra, yo recuerdo que él se la devolvió, yo lo vi, estaba justo a mi lado”-. Se puso más furiosa aún, especialmente porque él no era de los “más brillantes”. Luego me miró y me dijo:
-“no sé si la devolviste, pero no tengo dudas, por tu oscura personalidad, que podrías llegar a ser un ladrón”-
Otras veces, por indisciplina, me encerraba en el baño. Entonces yo me quedaba ahí, media hora o más, y mientras ella daba su clase yo olía los urinarios. Lo más humillante eran mis compañeros… algunos pedían ir al baño para verme encerrado dentro y burlarse. Me dejaba confinado hasta el recreo, entonces entraban todos y yo estaba ahí, esperando como Caín entre el miasma ofensivo de los orines.
Pasaron los años. Egresé de la escuela primaria en 1980, casi al mismo tiempo que terminaba la dictadura militar. Me recibí de técnico en electrónica en 1986. Me costó muchísimo: en segundo año me expulsaron y en tercer año me llevé todas las materias, exceptuando música y gimnasia. Nunca repetí.
De ella hoy no sé nada, y tampoco me importa. Algunas de mis ex-compañeras de grado la tienen de amiga en facebook.
Si la veo caminando por la calle, me cruzo a la otra vereda.
Era una maestra sin amor, una mujer atormentada.
Ésa es la verdad.
lunes, 16 de febrero de 2015
La triste y desgraciada historia del loco de Caseros
Era inofensivo, pero le gustaba verle el culo a las nenitas, y como estaba loco, las miraba con un grosero descaro desprovisto de un mínimo de disimulo.
Practicaba un itinerario habitual: salía de su casa, caminaba hasta la estación de servicio de Olavarría y Mitre, se servía un café, cruzaba la avenida y tomaba el 123 rumbo al centro de Caseros. A veces bajaba en Urquiza y Andrés Ferreira; otras, en Urquiza y San Martín. Y entonces peregrinaba, buscando entre las pibas el voluptuoso alimento de sus ojos. Al hacerlo solía variar asombrosamente el ritmo de sus pasos: llevaba en los pies un tempo constante durante diez o quince metros y entonces, inesperadamente, aceleraba el paso y corría cuatro metros. Luego frenaba, se reía con una mueca convulsiva agitando un brazo o los dos, y continuaba con el caminante ritmo primitivo. Si pasaba una nenita de trece o catorce años en minifalda, se detenía en seco, y la observaba con exacerbada lujuria. A veces hasta les decía cosas:
-Putita, te voy a escupir en el fondo del culito...
¡puta!, ¡ahh!, ¡putitaa!-
Más de una vez algún padre, al escucharlo, le metía una piña en la cara, pero entonces el loco lloraba y gritaba, se humillaba derrumbado y, de rodillas, imploraba moqueando el perdón. Y como obviamente estaba loco, la cosa quedaba ahí... nadie le pega a un loco. Luego se incorporaba y, como si nada,
continuaba caminando hasta cruzar el túnel de avenida San Martín, tomaba el colectivo de regreso en la parada de Bonifacini, bajaba en Mitre y Olavarría, pasaba por otro café, y se iba a su casa. Invariablemente, una hora más tarde salía para recomenzar con todo el itinerario otra vez.
Los colectiveros ya lo conocían, especialmente porque subía sin la credencial de discapacidad y exigía el boleto. Y si no se lo imprimían se enojaba: hablaba de denuncias, de seguros de vida, de estafa. Algunos choferes se reían del loco, pero otros no lo podían ver. Por eso, cuando el loco esperaba el bondi de pié, solo en la parada, muchos pasaban de largo, como si el tipo no existiera. Entonces se enojaba de verdad... pateaba violentamente el piso con los dos pies y maldecía y blasfemaba a los gritos contra el chofer y contra su madre y contra sus hermanos y contra todos sus antepasados mientras agitaba el puño amenazante detrás del coche en retirada. Y luego cruzaba nuevamente a la estación de servicio murmurando por lo bajo, se servía otro café, y volvía a esperar en la parada el próximo servicio.
Y así día tras día.
Entonces sucedió que desapareció una pibita del barrio, de doce años. La nena había salido de su casa, en Rosas y Cafferata, para encontrarse con una amiguita en el centro de Caseros, y nunca regresó.
El barrio se movilizó. Se pegaron fotos de la nena en las vidrieras, en los automóviles, en los supermercados y en los postes. Y en los colectivos.
Un par de días después de la desaparición el loco subió al 123 y vio la foto de la pibita, y le dijo al chofer:
-A esta pendeja seguro le rompieron el culo a pijazos y la cagaron matando... ¡si tenía un culito hermoso, rosadito, fresco!- y se rió en medio de un temblor convulsivo, mostrando todos los dientes y agitando las manitos.
El chofer hizo sus rondas y cuando terminó, ya de noche, se fue para la comisaría: ahí tenía amigos y, aparte, el loco ya lo tenía repodrido. Era su oportunidad: contó todo, inventó más y hasta se permitió exagerarlo.
Al otro día la patrulla interceptó al loco en la esquina de Urquiza y Moreno, y lo obligaron a subir. La poli dobló en Moreno, llegó hasta Olavarría y, girando a la izquierda, fueron derechito hasta el taller en donde arreglaban los móviles, a dos cuadras de la Gardel.
Lo hicieron bajar del auto y lo cagaron a trompadas. Luego lo picanearon en los dientes y le reventaron un huevo a patadas. Tanto le pegaron con el bastón que el loco se cagó y se meó encima, del susto. Cuando terminaron el tipo estaba en coma, entonces lo cargaron en el baúl y lo tiraron en un descampado entre Tesei y William Morris.
La piba desaparecida volvió a la casa al otro día y confesó haber escapado por el susto: estaba embarazada de un vecino compañerito de escuela.
lunes, 5 de enero de 2015
Un veinticinco el primero de año
Hacía
ya tres días que buscaba faso; el 29, el 30 y el 31 de diciembre me la pasé
llamando por teléfono a diversas líneas. Envié, vía facebook, mensajes a varios
conocidos fumantes, pero nada. "Es una fecha jodida", me
escribió Marcelo mientras esperaba la respuesta de su propio –y esfumado- dealer.
Jorge, desde el Tigre, me aseguró que "todo
el faso está en la costa, olvidate", y
cuando encontré en el chat a Martínez, éste, de vacaciones en Brasil, se me burló
con un -"uuu,
man, que feo, acá los brazucas tienen un faso de la re puta madre, jajaj ¡que
lástima!"... De la manija, llegué a rascar la pipa con un punzón hasta que ya
no quedó nada por fumar. Ana había prometido averiguarme "por el dealer de una amiga
que siempre tiene", pero el primero de año a las dos de la tarde me
escribió que "no, no
contesta, en estas fechas está todo el mundo destrozado, durmiendo la mama de
la noche anterior". Ella me habló del kiosco de la avenida San Martín,
del gordo "que le vende
cualquier cosa a cualquiera", y terminó con un "andá, simulá comprar un
chocolate y preguntale si tiene churro, y chau".
Más por
desesperación que por convencimiento, salí a la calle a eso de las dos y
veinte, y me fui caminando derecho por Mitre, rumbo al kiosco.
En
Mitre y Constitución me crucé con el Mosca. Éste hablaba por teléfono a los
gritos, dando círculos en medio de la vereda:
-¡Una
hamburguesa, boluda, vamos a comer una hamburguesa y nos clavamos un par de
birras!, ¿no querés venir?, no seas pelotuda, ¡te paso a buscar ahora, dejá a
las pibas con tu vieja y vamos!
Algo
respondió la chica por el teléfono, no paraba nunca de contestar, un largo
discurso. El Mosca escuchaba y revoloteaba los ojos, y se quejaba, me miraba y
me hacía un gesto para que esperara, y caminaba hasta el cordón y volvía, y
puteaba, y giraba y giraba y miraba el cielo. Actuaba, el Mosca. Era,
obviamente, el protagonista de su episodio.
-Andáte
a la concha de tu madre, entonces- chilló al final el Mosca,
y cortó. Y como si nada:
-¡Que
hacés, Abel!
Nos
abrazamos.
-Che!, me dijo el
Mosca: uuuuaaaaaaaaAA,
¡QUIERO UN PAPELITOOO!, Abel, y bajando la voz hasta el susurro:
-merca,
Abelito, quiero meeeerca, me quiero mataar.
-Y yo quiero
faso, Mosca, por eso salí de casa. Estoy re manija. Nadie tiene, hace tres días
que busco y nada. Me pasaron la data de un kiosco en avenida San Martín... ¿lo
conocés?
-Cual
kiosco?
-Llegando
a Alvear
-El del
gordo.
-¡Si!
-El
gordo ese es medio cualquiera.
-¿Si?,
¿y vos no tenés línea, Mosca?
-Sí, pero
vos querés faso, Abel, y yo noooo, ¡yo quiero mercaaa!, jajajaa, unos papelitos,
papá.
-¿Entonces?
-Y,
vamos del gordo, wiii, a ver que onda... ¡capaz vende pala!
Caminamos.
El Mosca era insistente como una emisora de radio. Me contaba que estaba de
marcha desde el 18 de diciembre, que por eso su mujer lo había echado de la
casa, que ella era ocho años mayor que él, que tenía dos nenas de un matrimonio
anterior, que la suegra lo odiaba e intentaba envenenarle la comida... entonces
el Mosca cambiaba el tono, se me acercaba y abriendo su gran bocaza desdentada
agregaba orgulloso:
-Vamos
a tener mellizos; está gorda la loca, una gran sapan impresionante.
Al principio me re calentaba así embarazada, y le daba con todo, mal. Pero
ahora es un globo, loco... entonces yo me busco un par de nenitas, eee, y
¡chau!
-Que
bueno, men.
-¡Ma
que bueno!, ¡se me viene la noche!... los pañales, la comida... y yo de marcha
desde el 18, jajajaj, me quiero mataaar... le di a mi vieja seiscientos mangos
y le dije: "guardame esto, vieja, que no me quiero tomar todo",
¡menos mal!, mi vieja me cuida, eee, ¡che, Abel!, está el Laucha Miguel en
Rosas ¡ese tiene faso, seguro!, faso y blanca, pero a esta hora no see...
-Vos
tenés linea ahí, Mosca?
-Sí,
todo bien, pero es temprano. Che, ¿viste que la hija de puta no quiso venir a
comer una hamburguesa conmigo? ¡está cabroneada por los chupones del cuello!,
jajajajaja, ¡mirá! el
Mosca me mostró el cuello mordido
-la
otra noche salimos y me vio los chupones... tengo un par de nenitas, si, ¡tengo
que ponerla, loco!, entonces "¡vos me echaste!", le dije, y se
cabroneó más. Y ahora la invitan a comer, looco, ¡año nuevo!, te están
invitando a comer, loooca... y no, que los nenes, que mi mamá, que año nuevo...
¡que se vaya al carajo!, ¡ella y su puta vieja!
Llegando
a Andrés Ferreira nos cruzamos con Leo, que caminaba en sentido contrario. Leo
era ancho, mucho músculo. No era muy alto, era morocho y tenía una risa
virósica. Leo y el Mosca eran muy amigos.Tenían los mismos dealers, tomaban
merca juntos, vivían en el mismo barrio y hasta habían participado de un mismo
par de asaltos a mano armada. El Mosca, orgulloso, me mostró una cicatriz
redonda en el antebrazo:
-Mirá,
acá me la dieron. Una nueve... me la dieron y me fui; nunca lastimé a nadie.
Estaba con éste- por Leo, -esa noche, más tarde del
corchazo, hicimos la repartija y nos tomamos como quince papeles, jajajajaaaaa,
¿te acordás Leítoo?, ahhhh, como loocos ¡y yo con el agujero!
-Si, dijo Leo, te la pusieron por
zarpado, querías llevarte hasta la jaula del pájaro.
-Ahh,
jaja, seee, dijo el
Mosca, -la loca no lo soltaba, maan, jajaj, no quería soltar nada,
"¡dame!", le decía, "¡dame el pájaro!"... ¡y no quería
soltar nada!, noo, dámelo, loca, dámela toda!
-Yo me
tengo que cuidar, vieja- dijo Leo, -hace meses vengo escapándole a la gorra, nooo, hace un
par de semanas venía desde Alvear y me siguieron como diez cuadras, la
licuadora azul girando en la nuca, iuiuiuiu, los mierdas
atrás durante diez cuadras. Venían a cinco
metros, yo caminando por la vereda, ellos por la calle, en la patrulla, pisando
huevos. Después se cansaron y se fueron. Yo estaba... me quería matar: venía
con medio kilo de churro y, encima, venía enfierrado. El fierro todo limado. Si
me agarran, con los antecedentes y todo, me encierran ocho años. Pero no sabían
nada, gatos, eeee!, se fueron.
-Es que
tenes pinta de villa, Leíto, miráte- le dijo
el Mosca.
-Si,
mal, por los tatuajes.
-Te
zafa el pelo.
-Si,
zafé de la tapita.
-Che,
Leo, éste quiere faso dijo de
golpe el Mosca señalándome con el codo,
-y yo
unos papelitos, wii, ¿conocés el quiosco de avenida San martín?
-¿Cual?,
¿el del gordo?
-Si,
man
-Se lo
incendiaron, ese gordo...
-¡Si!,
jajaj, ¡le incendiaron el kiosco, jajaj!,¡en que andará ese gato?
-Pero
¡Mosca!, ¡vamos para lo del laucha, Mosca!, ya tiene que estar despierto, yo
soy re amigo.
-¿El
Laucha vende papeles?
-Sí, y
faso, buena merca… yo no tomo- dijo
Leo dirigiéndose a mi -porque entreno... pero un fasito me lo fumo, ni
hablar.
Volvimos
sobre nuestros pasos. En Mitre y Caseros cruzamos la avenida y nos fuimos hacia
Merlo. Caminamos por Merlo hasta Pringles, doblamos a la izquierda hasta
Caferatta y entonces nos fuimos pateando para Rosas, derecho para lo del Laucha
Miguel.
Leo se
sacó la remera y mostraba un tatuaje en el hombro, una calavera:
-Por ésta
me cansé que me golpeara la gorra- dijo, -y por los cinco puntos... pero
ahora me los tapé- mostró el
dorso de la mano, -me los tapé
con el águila... Miré la mano y vi una especie de mancha azul negra
que parecía ser un águila.
-Yo los
cinco puntos los tengo, loco dijo el
Mosca, triunfal -y no me los
pienso tapar.
-Sí, si
te chupa la yuta te quiero ver con los cinco puntitos.
-¡Qué!,
¡que pasa!, a mi no me tocan, loco, se las digo en la cara: "que pasa,
gato, te quedaste sin pasta y me venís a buscar a mí, pará un poco, gato"
y cierran el orto.
-Si, a
patadas te lo cierran a vos.
-Mirá
éste, dijo el
mosca, y se sacó la remera para mostrar: Pazazu, el demonio de piedra del
"exorcista" escrachado sobre el hombro derecho, -y me quiero hacer uno acá, en el
cuello, con el nombre de la loca: Belu.
-Todo
un gesto, Mosca- le dije -con el escracho seguro la loca te perdona.
-Claaaro,
mueere, se mueere la loca cuando lo vea. Está re gorda la loca, y claro ¡dos
pibes!, me quiero matar.
Llegamos
a Caferatta e Iribarren. Leo se detuvo en seco y dijo:
-No me
acompañen, voy solo, por ahí se cabronea si somos muchos, y a mí me conoce
bien.
Le di la
guita para un veinticinco y el Mosca le dio para tres papeles. Leo se fue.
Tardó
más de veinte minutos en volver. El mosca no paraba de hablar y de alternar en
el discurso numerosos -"he, gato,
apuráte", o "vamos nosotros
también, Abel, que éste mierdas no viene". Entonces me contó del accidente en
moto, de cómo le quedó torcida una pierna y del fierro que ya se tendría que
haber sacado hace tres años, y que ahora le dolía porque era de mala calidad, y
que le estaba pudriendo la pierna.
-Y bueno,
que me la corten, que mierda me importa.
Apareció
Leo con todo, lo repartió y mientras regresábamos el Mosca se tomó el primer
papel. Le convidó a Leo. Yo, que merca no tomo, me adelanté unos veinte metros,
un poco apurado por llegar y fumarme un caño y otro poco para no verlos aspirar.
-Che,
gato- me gritó entonces el
Mosca -¿qué pasa, gato, ahora
que conseguiste tu fasito te alejás?, jaaaaaaaa!
Nos
reímos a carcajadas, los tres. Cuando llegamos a Rosas y Merlo nos cruzamos con
un pibe que venía con tres envases de cerveza en la mano.
-Che- nos preguntó -¿no vieron algún chino o un
kiosco abierto?
-Uuu,
no man, no vimos nada abierto– le
dije -claro, es primero de año, todo cerrado mal.
-Hace
doce cuadras que camino- nos dijo.
-Es más
fácil conseguir droga- dijo el
Mosca
-Venimos
de comprar merca y faso- agregó
Leo -pero no hay cerveza… ¡jaaaaaá!, ¡que país de looocoooos!...
Caminamos
los tres juntos hasta Spandonari y Mitre. Ahí el Mosca y Leo me dieron un
abrazo y doblaron a la izquierda, rumbo a sus casas y a sus polvos. Yo caminé
una cuadra más, entré en casa, desconecté el teléfono, piqué el faso, lo metí en la pipa y me lo fumé.
jueves, 14 de agosto de 2014
La muerte del perro
Eran las doce y media del mediodía, jueves. El perro venía caminando por Moreno, rumbo a Palomar. Era un perro viejo y gordo, petiso, y caminaba tan lento que cada paso era una especie de temblor oscilante a punto del derrumbe. Llegó a Olavarría, miró a ambos lados y se mandó a cruzar, pero el auto que venía desde Urquiza a toda velocidad lo interceptó justo en la mitad de la calle. Un ford Galaxy gris, muy opaco, todo desvencijado y podrido.
El perro se detuvo justo en la mitad del asfalto, viendo a la máquina venírsele encima. Tal vez pensó que el auto iba a parar. Yo pensé lo mismo... pero no, el conductor ni siquiera peinó el freno.
Le pasó por encima al perrito como si fuera una bolsa de feria o un pedazo de cartón; el can chilló un poco y nada más, sólo quedaron las tripas regadas sobre el asfalto y una patita que se movía por los nervios destrozados... y el tipo siguió como si nada, rumbo a Avenida Mitre.
Entonces lo corrí. Sentí que la indignación era tan abrumadora que corrí como un loco, como si de ello dependiera mi vida. En Mitre justo cortó el semáforo y se fue armando una larga caravana de autos. Alcancé al Galaxy y encaré al tipo, que fumaba un pucho con la ventanilla baja, el brillo del sol en la cara.
-Me mataste el perro, le dije
-¿Que perro? me contestó con sorna
-¿Que perro?... ¡éste!
Entonces saque el arma y le volé la mano fumante de un tiro; el pucho giró alocado en el aire y cayó, aún encendido, al lado de un pulgar muy gordo y sangriento.
-¡Ahhhh!, ¡Ahhhh!, chilló, -¡que hacés, hijo de putaaa!
-¿Hijo de puta?... todavía no terminé...
Abrí la puerta, lo agarré del pelo y lo arrastré sin piedad hasta el cordón. Le puse el caño en la frente y le dije:
-Pedí perdón, rata.
-¡Andáte a la concha de tu madre, mierdaa!
Otro tiro... la otra mano desapareció como por arte de plomo.
-Pedí perdón!, insistí.
-¡Andáte a la concha de tu madreee, ¡ahhhhh!
Un tercer estampido en la rodilla izquierda y otro tiro más en la derecha, entonces el hombre se derrumbó y empezó a sollozar como un niño: ahhh, ahhh, nooo, ahhh, ¡mamaaá!...
La gente se fue acercando, y a lo lejos se empezó a oír una sirena policial. Yo guardé el arma, me di media vuelta y me fui caminando hasta mi casa, a tres cuadras.
Llegue, entré, me dí una ducha muy caliente, me preparé unos mates amargos y me puse a tocar la guitarra: la Chacona de Bach.
Una hora más tarde tocaron el timbre. Salí.
Era la policía.
Me esposaron y me llevaron a la seccional, en donde confesé todo. Luego del juicio, que duró muy poco tiempo, me dieron seis años.
Ahora estoy en la cárcel de Marcos Paz, estoy bien, tengo comida, tengo un colchón y nadie me molesta, pero algunas noches no puedo dormir... no me puedo olvidar de esa pobre patita muerta, agitándose inútilmente bajo la indiferencia del sol.
Me esposaron y me llevaron a la seccional, en donde confesé todo. Luego del juicio, que duró muy poco tiempo, me dieron seis años.
Ahora estoy en la cárcel de Marcos Paz, estoy bien, tengo comida, tengo un colchón y nadie me molesta, pero algunas noches no puedo dormir... no me puedo olvidar de esa pobre patita muerta, agitándose inútilmente bajo la indiferencia del sol.
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miércoles, 9 de julio de 2014
Semifinal
-El peso es abrumador- dijo Jorge, -a veces creo que valdría más no haber nacido-.
Estaban sentados en la plaza de Caseros, muy cerca del bosquecito de bustos patrios. Jorge era carnicero, tenía cuarenta años y estaba casado con una mujer más joven y muy bonita que, nuevamente, acababa de serle infiel. Alejo vivía solo, estaba separado... era una especie de alma desterrada que picoteaba donde podía y arremetía con lo que podía. Él nunca tenía guita y andaba casi siempre sucio, tocaba la guitarra y empinaba el trago, eso lo hacía bien, le gustaba emborracharse hasta perder el sentido. Jorge odiaba su trabajo, maldecía al cortar carne, se ensañaba con la sangre; y el frío de las heladeras vibraba en su ánimo con una extraña simpatía.
-Quisiera asesinarla, tener ese poder. Asesinarla y luego carnearla. Guardar todos los pedazos en el freezer... y asar las piernas, guisar las glándulas, filetearla como un pez... guardar las partes congeladas muy bien catalogadas para ir devorándola poco a poco. Hasta podría hacer un jamón, un gran jamón rosado y tierno con esas nalgas de puta que tiene.
Era un día patrio, 9 de Julio. Exceptuando a las palomas, todo parecía teñido por esa jaculatoria patriotera color cielo. Unos adictos a los aplausos del discurso acababan de instalar un nuevo busto del General San Martín en medio de la plaza, y tocaron el himno y todo. Era aburrido ese mediodía de miércoles feriado, todo era aburrido, las palomas, el frío, hasta ser un cornudo lo era.
-Cuando Clara lo hizo con el turco -dijo Alejo- le di de puños en las tetas hasta que de tanto magullarla se quebró, moqueaba e imploraba por el perdón, pero no le sirvió de nada. Le dí tantas trompadas que hasta se meó encima. Luego se fue... no podía caminar casi, pero la empujé a la calle. Así ni el turco la quería.
-Nunca entendí porqué no la mataste.
-Hubiera querido violarla, agarrarla con tres o cuatro tipos y darle masa hasta volverla como un muñeco mudo.
Pasó un tren rumbo a San Miguel. En las ventanillas flameaban las banderas argentinas. A la tarde jugaba la selección nacional, semifinales. Los dos hombres se levantaron en silencio y cruzaron las vías por el puente peatonal hasta el bar "La facultad". Ahí se sentaron y tomaron un vino pendenciero. Tomaron dos, tres. Siguieron hablando de lo putas que eran sus mujeres y de porqué no las mataban. Hablaron palabras que olían a alcohol y que flotaban entre el humo de los cigarros y planeaban delante de las imágenes del mundial en la televisión encendida, y entonces llegaron a la conclusión de que matarlas o no matarlas era sólo una decisión, igual que salir a comprar el pan o fumarse otro pucho. Luego pagaron la cuenta y se fueron caminando diez cuadras hasta la casa de Jorge, a esperar el partido.
Cuando entraban se cruzaron con Ana, la mujer de Jorge.
-Hola, puta- dijo Jorge,
-Hola, cornudo- le respondió.
Entonces Jorge, ciego por la humillación, se le abalanzó, y atrás corrió Alejo. La agarraron del cuello y de las piernas, y así la arrastraron hasta la cocina. Ana blasfemaba como una serpiente y pataleaba como una cabra:
-¡Hijos de puta, cornudos hijos de puta! ¡¿que hacen?! ¡los voy a denunciar! ¡mierda! ¡impotentes de mierda!
Era muy difícil mantenerla quieta, menos callada. Alejo le metió un gancho con la derecha debajo de la mandíbula y entonces ella giró los ojos hasta el blanco. Jorge alcanzó la cuchilla y no esperó a que despertara: el primer puntazo le cortó la arteria del cuello y al minuto ya estaba bien muerta. Luego la llevaron a la bañera y la carnearon, separaron los brazos, las piernas, la cabeza. Jorge arremetió con el torso y dos horas más tarde ya tenían todo fileteado y bien limpio, las visceras y los huesos embolsados y listos para el arroyo. Jorge dejó un muslo entero con hueso y todo, para hacer el jamón.
Bajaron las partes al freezer del sótano, guardaron las bolsas en la camioneta, regresaron a la casa y se asearon. Luego Alejo encendió la TV.
-Empieza el partido- dijo
Jorge abrió dos cervezas, trajo un poco de queso y mortadela en una tablita y se sentaron a ver la semifinal: Argentina-Holanda.
Era un día patrio, 9 de Julio. Exceptuando a las palomas, todo parecía teñido por esa jaculatoria patriotera color cielo. Unos adictos a los aplausos del discurso acababan de instalar un nuevo busto del General San Martín en medio de la plaza, y tocaron el himno y todo. Era aburrido ese mediodía de miércoles feriado, todo era aburrido, las palomas, el frío, hasta ser un cornudo lo era.
-Cuando Clara lo hizo con el turco -dijo Alejo- le di de puños en las tetas hasta que de tanto magullarla se quebró, moqueaba e imploraba por el perdón, pero no le sirvió de nada. Le dí tantas trompadas que hasta se meó encima. Luego se fue... no podía caminar casi, pero la empujé a la calle. Así ni el turco la quería.
-Nunca entendí porqué no la mataste.
-Hubiera querido violarla, agarrarla con tres o cuatro tipos y darle masa hasta volverla como un muñeco mudo.
Pasó un tren rumbo a San Miguel. En las ventanillas flameaban las banderas argentinas. A la tarde jugaba la selección nacional, semifinales. Los dos hombres se levantaron en silencio y cruzaron las vías por el puente peatonal hasta el bar "La facultad". Ahí se sentaron y tomaron un vino pendenciero. Tomaron dos, tres. Siguieron hablando de lo putas que eran sus mujeres y de porqué no las mataban. Hablaron palabras que olían a alcohol y que flotaban entre el humo de los cigarros y planeaban delante de las imágenes del mundial en la televisión encendida, y entonces llegaron a la conclusión de que matarlas o no matarlas era sólo una decisión, igual que salir a comprar el pan o fumarse otro pucho. Luego pagaron la cuenta y se fueron caminando diez cuadras hasta la casa de Jorge, a esperar el partido.
Cuando entraban se cruzaron con Ana, la mujer de Jorge.
-Hola, puta- dijo Jorge,
-Hola, cornudo- le respondió.
Entonces Jorge, ciego por la humillación, se le abalanzó, y atrás corrió Alejo. La agarraron del cuello y de las piernas, y así la arrastraron hasta la cocina. Ana blasfemaba como una serpiente y pataleaba como una cabra:
-¡Hijos de puta, cornudos hijos de puta! ¡¿que hacen?! ¡los voy a denunciar! ¡mierda! ¡impotentes de mierda!
Era muy difícil mantenerla quieta, menos callada. Alejo le metió un gancho con la derecha debajo de la mandíbula y entonces ella giró los ojos hasta el blanco. Jorge alcanzó la cuchilla y no esperó a que despertara: el primer puntazo le cortó la arteria del cuello y al minuto ya estaba bien muerta. Luego la llevaron a la bañera y la carnearon, separaron los brazos, las piernas, la cabeza. Jorge arremetió con el torso y dos horas más tarde ya tenían todo fileteado y bien limpio, las visceras y los huesos embolsados y listos para el arroyo. Jorge dejó un muslo entero con hueso y todo, para hacer el jamón.
Bajaron las partes al freezer del sótano, guardaron las bolsas en la camioneta, regresaron a la casa y se asearon. Luego Alejo encendió la TV.
-Empieza el partido- dijo
Jorge abrió dos cervezas, trajo un poco de queso y mortadela en una tablita y se sentaron a ver la semifinal: Argentina-Holanda.
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