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domingo, 4 de enero de 2015

Relato navideño

Cristian dobló en Mitre y casi se choca con Sergio, que venía doblando justo en sentido contrario. Se detuvieron y se miraron en silencio... uno, dos, tres segundos. Entonces Cristian habló:
-Hola Sergio, ¿como te va? ¡tanto tiempo!, una alegría encontrarte, y justo el día de navidad.
-Si, que tal- contestó el otro con sequedad, -como va.
-Y... ahí.
A Cristian lo había abandonado su esposa. Era un hecho notorio para todo el barrio, en especial porque no era la primera vez. En esta ocasión se había escapado con un joven camionero de la calle Olavarría al fondo, cerca del Posadas; decían que era un tipo soez e inculto, de armas tomar.
-Sí, me enteré lo de Marta, dijo Sergio
-¿Como te enteraste?
-En la fábrica. Me lo contaron mis compañeros del taller...  ya es célebre tu mujer... y agregó: -por eso, te buscaba para ofrecerte mi ayuda, quiero saber si me necesitás, si necesitás algo de mi porque yo tengo algo para vos.
Cristian no lo podía creer... primero dudó, pero después no, y entonces lo abrumó la emoción. Siempre esperando, tantos años esperando el milagro y al final era el otro el que se acercaba. Increíble. Tanto lo superó el sentir que no vio la turbación del otro escondida en la cara, detrás de la mirada, en el tajo de los labios, en los cables alrededor del cuello... esa sorda y oculta rigidez le recorría a Sergio los tendones y los músculos como rumores de guerra.
-Yo sabía que algún día podría contar con vos, Sergio dijo Cristian -a pesar de la distancia... porque compartimos lazos que inevitablemente nos unen. Y te lo agradezco, que me lo digas. Gracias de nuevo. Estoy feliz de encontrarte así, pero no hay nada que puedas hacer por mi y por mis problemas con Marta.
-¿No?... yo creo que sí- aseguró Sergio con extraña vehemencia.
Se hizo silencio. La emoción que Cristian acababa de experimentar se le quebró y al segundo ya no existía. Por la avenida Mitre pasó un 123 echando humo negro por el caño de escape, rumbo a Palomar. Los pájaros estaban mudos, el sol estaba mudo; solo se oía a la tierra seca cabalgada por el viento, planeando cerca del asfalto... hacía mucho calor y el cielo era todo de color ceniza.
-Lo dudo, Sergio, dudo que me puedas ayudar... y dejémoslo, por favor.
Entonces Sergio lo dijo:
-Pensaba ofrecerte otro tipo de ayuda, el tipo de ayuda que va a solucionar todos tus putos problemas, pendejo marica.
Cristian abrió los ojos muy grandes y un frío le recorrió la espalda... ¡que rápido cambiaban los sentimientos, las intenciones, las palabras!
-¿Que me decís?, no... mirá... ¿me vas a maltratar de nuevo?, ¿que ayuda me querés ofrecer?, ¿discordias?, ¿otra vez discordias?, preguntó Cristian, amenazado y, al mismo tiempo, desafiante, percibiendo la llegada de un cataclismo, de otro cataclismo, o del mismo cataclismo que se repetía y se representaba en el mismo escenario y por los mismos actores año tras año. Esperaba la llegada del huracán con la misma amarga media sonrisa que le ofreció a Marta la noche que pasó a despedirse por el bar "La Facultad", colocada y risueña, acompañada por su joven amante.
-Pensaba en ofrecerte mi pija, Cris. Mi pija para Marta, tu mujer. Mi pija gorda para el culo prosti de tu descarada mujer, Marta, para apagarle el fuego voraz de su culo voraz y atorrante, para que la clavemos a tu cama, porque se te está volando Marta, se te vuela, me lo dicen todos, se cagan de risa y me lo dicen: como las chapas... siempre se te vuela tu mujer; me parece que los dos andan con tantos problemas porque hace tiempo van por la vida necesitados de una gran pija de verdad que los satisfaga.
Cristian, atónito, se fue poniendo morado, y entonces reaccionó a la terrible ofensa: disparó un derechazo directo a la cara del otro; pero era un derechazo perezoso, impotente y débil. Sergio interceptó el brazo, se le acercó al cuerpo y le descargó un furioso puñetazo directo a la boca del estómago. Cristian se dobló por la mitad, sin aire, los ojos desorbitados. Entonces Sergio lo agarró del cuello, lo enderezó con furia y le hundió dos puñetazos más, uno con la derecha y el otro con la izquierda, ¡pum, paf!, dos puñetazos de acero, helados como dos cargas terroristas detonadas en medio de las tripas.
El otro cayó. Quedó temblando, tirado en el piso, doblado sobre su vientre, vomitado, balbuceando incoherencias entre sollozos.
-Feliz navidad, hermanito, dijo Sergio -vos lavále las bombachas, nomás, laválas y secálas, tenele las bombachas preparadas que en cualquier día de éstos se te aparece por la puerta, sonriente y con el culo lleno de leche, desesperada por no perder al único cornudo del planeta que se la banca y que le ofrece un techo de verdad.
Entonces se dio media vuelta y se fue caminando en silencio, pensando que ese hermano, su único hermano, que había sido engendrado unos años después que él, en el mismo vientre que él, y concebido con las mismas semillas que él, siempre le había hinchado las pelotas hasta la disolución, hasta el punto de avergonzarlo frente a los demás, frente a sus amigos, frente a todos.

miércoles, 9 de julio de 2014

Semifinal

-El peso es abrumador- dijo Jorge, -a veces creo que valdría más no haber nacido-.
Estaban sentados en la plaza de Caseros, muy cerca del bosquecito de bustos patrios. Jorge era carnicero, tenía cuarenta años y estaba casado con una mujer más joven y muy bonita que, nuevamente, acababa de serle infiel. Alejo vivía solo, estaba separado... era una especie de alma desterrada que picoteaba donde podía y arremetía con lo que podía. Él nunca tenía guita y andaba casi siempre sucio, tocaba la guitarra y empinaba el trago, eso lo hacía bien, le gustaba emborracharse hasta perder el sentido. Jorge odiaba su trabajo, maldecía al cortar carne, se ensañaba con la sangre; y el frío de las heladeras vibraba en su ánimo con una extraña simpatía.
-Quisiera asesinarla, tener ese poder. Asesinarla y luego carnearla. Guardar todos los pedazos en el freezer... y asar las piernas, guisar las glándulas, filetearla como un pez... guardar las partes congeladas muy bien catalogadas para ir devorándola poco a poco. Hasta podría hacer un jamón, un gran jamón rosado y tierno con esas nalgas de puta que tiene.
Era un día patrio, 9 de Julio. Exceptuando a las palomas, todo parecía teñido por esa jaculatoria patriotera color cielo. Unos adictos a los aplausos del discurso acababan de instalar un nuevo busto del General San Martín en medio de la plaza, y tocaron el himno y todo. Era aburrido ese mediodía de miércoles feriado, todo era aburrido, las palomas, el frío, hasta ser un cornudo lo era.
-Cuando Clara lo hizo con el turco -dijo Alejo- le di de puños en las tetas hasta que de tanto magullarla se quebró, moqueaba e imploraba por el perdón, pero no le sirvió de nada. Le dí tantas trompadas que hasta se meó encima. Luego se fue... no podía caminar casi, pero la empujé a la calle. Así ni el turco la quería.
-Nunca entendí porqué no la mataste.
-Hubiera querido violarla, agarrarla con tres o cuatro tipos y darle masa hasta volverla como un muñeco mudo.
Pasó un tren rumbo a San Miguel. En las ventanillas flameaban las banderas argentinas. A la tarde jugaba la selección nacional, semifinales. Los dos hombres se levantaron en silencio y cruzaron las vías por el puente peatonal hasta el bar "La facultad". Ahí se sentaron y tomaron un vino pendenciero. Tomaron dos, tres. Siguieron hablando de lo putas que eran sus mujeres y de porqué no las mataban. Hablaron palabras que olían a alcohol y que flotaban entre el humo de los cigarros y planeaban delante de las imágenes del mundial en la televisión encendida, y entonces llegaron a la conclusión de que matarlas o no matarlas era sólo una decisión, igual que salir a comprar el pan o fumarse otro pucho. Luego pagaron la cuenta y se fueron caminando diez cuadras hasta la casa de Jorge, a esperar el partido.
Cuando entraban se cruzaron con Ana, la mujer de Jorge.
-Hola, puta- dijo Jorge,
-Hola, cornudo- le respondió.
Entonces Jorge, ciego por la humillación, se le abalanzó, y atrás corrió Alejo. La agarraron del cuello y de las piernas, y así la arrastraron hasta la cocina. Ana blasfemaba como una serpiente y pataleaba como una cabra:
-¡Hijos de puta, cornudos hijos de puta! ¡¿que hacen?! ¡los voy a denunciar! ¡mierda! ¡impotentes de mierda!
Era muy difícil mantenerla quieta, menos callada. Alejo le metió un gancho con la derecha debajo de la mandíbula y entonces ella giró los ojos hasta el blanco. Jorge alcanzó la cuchilla y no esperó a que despertara: el primer puntazo le cortó la arteria del cuello y al minuto ya estaba bien muerta. Luego la llevaron a la bañera y la carnearon, separaron los brazos, las piernas, la cabeza. Jorge arremetió con el torso y dos horas más tarde ya tenían todo fileteado y bien limpio, las visceras y los huesos embolsados y listos para el arroyo. Jorge dejó un muslo entero con hueso y todo, para hacer el jamón.
Bajaron las partes al freezer del sótano, guardaron las bolsas en la camioneta, regresaron a la casa y se asearon. Luego Alejo encendió la TV.
-Empieza el partido- dijo
Jorge abrió dos cervezas, trajo un poco de queso y mortadela en una tablita y se sentaron a ver la semifinal: Argentina-Holanda.