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sábado, 29 de septiembre de 2018

La chica en el cementerio

Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El sonido del motor tosía y rebotaba  inexplicablemente en los sucios cordones de cemento, en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal, sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos, y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.      
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal. Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.

lunes, 17 de abril de 2017

Un día de lluvia

Llovía. El viento arrancaba el humo de las chimeneas y azotaba las ramas de los pinos. La niebla ocultaba el mar a lo lejos y envolvía al pueblo en un velo fantasmal, denso y azulado. Los perros y la gente habían escapado de esa mortaja de chubasco y las calles estaban desiertas.
-Me niego a quedarme acá encerrada- dijo Claudia
-¿No mirás por la ventana?- contestó, asombrada, Paola –aún no es mediodía y está tan oscuro que parece el ocaso… ¿de verdad querés salir con este día?
-Sí, quiero salir. Y quiero salir especialmente con este día.
-Bueno, es un día de mierda… nos vamos a cagar de frío y nos vamos a empapar… ¿eso querés?
-¿Porque no?, siempre elegimos lo conocido, caminar con sol, nadar en el mar cuando hace calor, dormir de noche y viajar en vacaciones… así todo resulta siempre lo mismo: predecible y aburrido.
-No creí que te aburrías- agregó Paola, y luego: -¿está mal dormir de noche o viajar en vacaciones? Supongo que el trabajo termina condicionando toda la cuestión.
-Tenés razón, Pao, si el trabajo es una maldición bíblica…
Se quedaron en silencio, mateando, viendo el humo blanco de las chimeneas de enfrente bailotear alocado detrás del vidrio. Estaban en Ancud, Chiloé, y el clima en la isla cambiaba a diario como un calidoscopio impredecible.
-No podemos hacer nada con respecto al trabajo, Pao, pero podemos salir a caminar con este “día de mierda”… ¿alguna vez caminaste algunas horas bajo la lluvia?
-No, nunca. Si llueve intento no mojarme, esa es la verdad.
-Bueno, entonces hoy propongo que cambiemos: abriguémonos bien y salgamos a caminar.
-Jaja, estás loca ¿lo sabías?
-Mejor, y creo que la pasás bien con esta loca…
Las chicas se abrigaron y salieron. Bajaron por Pudeto hasta el centro del pueblo, pasaron por el supermercado y compraron todo para la cena. Después subieron por Pedro Montt y por San Antonio hasta encontrar la calle Antonio Burr, y desde ahí dieron la vuelta a toda la ciudad. Caminaron bajo el chubasco, sintiendo el agua chorrear sobre la tela plástica del piloto, con el olor salado del mar y de la leña ardiendo todo alrededor. Los únicos bichos que las acompañaban eran las chillonas gaviotas. Luego de dos horas de caminata llegaron al mirador del cerro Huaihuen, y ahí se sentaron a contemplar la inmensidad del mundo.
-No se ve nada- dijo Paola.
-Yo veo de todo- contestó Claudia.
-¿Qué carajo ves?
-El mundo, el planeta, la niebla, las nubes, el verde saturado de la hierba, los techitos de las casas, veo las islas como manchas negras, el viento entre las ramas, los barrios bajos, el agua allá en la costa y el agua también acá, cayendo desde el cielo. Y te veo a vos, sentada a mi lado.
-¿Y que ves cuando me ves?
-Lo mismo que veo en el espejo: condicionamiento.
-¿Y caminar bajo la lluvia cambia eso?
-¡Yo que sé!... puede que sí, puede que no.
-Tal vez un poquito.
-Por un rato.
-Condicionamiento-, susurró Paola, la mirada perdida en el difuso horizonte del Pacífico.
-Sí, y tu condicionamiento es amable.
-¡Y el tuyo está totalmente loco!
Después de reír retomaron la marcha, llegaron a la cima del cerro y dieron la vuelta por las antenas con un ventarrón de mil demonios soplando alrededor. Y bajaron: del otro lado apenas se dibujaba el puente que unía las caprichosas sinuosidades de la costa chilota.
Llegaron al asfalto y treparon nuevamente hasta la calle Pudeto, esta vez por detrás. La vuelta a la ciudad les había tomado poco más de tres horas.
Llegaron. Entraron en la cabaña y el abrigo de las paredes las envolvió como una cuna. Se quitaron las ropas empapadas y el calzado embarrado. Luego se metieron en el baño y se dieron una abundante ducha caliente.
Claudia preparó otra tanda de mates. Cuando su amiga salía del baño le preguntó:
-¿Y?, ¿Cómo te sentís ahora?
Paola se la quedó mirando, sondeando en su interior con los ojos muy abiertos. Luego respondió:
-Feliz. Me siento feliz… y libre.
Claudia sonrió, le alcanzó un mate amargo y la otra chupó. Luego Paola agregó:
-Son las cuatro y cuarto de la tarde… ¿podríamos dormir un rato, no?
Rieron. Luego se sentaron en silencio a tomar mates y a contemplar, detrás del ventanal, la maravillosa parsimonia con que la lluvia bañaba ese íntimo pedacito del mundo.

miércoles, 16 de marzo de 2016

La guerra entre nosotros (1)

Pasado el mediodía salí a la calle, rumbo a Liniers. Martes. Caminé media cuadra por Mitre, doblé por Álzaga a la derecha hasta Esteban Merlo, luego giré a la izquierda por Merlo, caminé derecho y crucé Pringles, crucé Olavarría, y cuando llevaba caminado treinta metros desde la esquina de Olavarría y Merlo escuché un potente y desgarrado grito femenil:
-¡Aaaaay hijo de puta! ¡me querés robaar! ¡me quieren robaaaar!
Desde la estación de servicio de Cerviño, a mitad de cuadra, salieron corriendo dos muchachotes  de unos veinte años, cruzaron la calle y corriendo por la vereda, se dirigieron hacia mí. Los dos estaban muy bien vestidos y, en apariencia, no estaban armados. Detrás de ellos, en alocada persecución, salió una moto a toda velocidad. Su conductor gritaba:
-¡Yo te los agarro! ¡yo te los agarro!
El presunto ladrón que corría detrás gritaba:
-¡No hicimos nada! No hicimos nada!
Cuando el que iba en la delantera llegó hasta donde yo estaba, me hice a un lado. Primero porque no sabía lo que había sucedido, y segundo porque no iba a hacerme matar por imponer una justicia que, como mínimo, me parecía dudosa.
Raudo, el primer chico pasó a mi lado. Enseguida me alcanzó la moto que venía por la calle, y su conductor, viendo que el segundo pibe se me acercaba, me miró y me ordenó:
-¡Agarrálo! ¡Agarrálooo!
Miré al pibe que se acercaba sin aliento: dos ojos de vidrio de animal acorralado, músculos como alambres, sudor perlado. Aún gritaba, como en trance:
-¡No hicimos nada!, ¡No hicimos nada!
Me hice a un lado, y el muchacho pasó corriendo rumbo a la esquina. El de la moto entonces me fulminó con una mirada llena de odio y me gritó:
-¡Puto de mierda! ¡PUTOOOOOOOOOOO!
Lo ignoré. Me dije que hubiese hecho lo mismo, o sea nada, si me hubieran robado, o intentado robar, a mí. Para seguir viviendo, ante todo, necesito la vida...
Al minuto pasó, al volante de un Fiat Regatta azulado bastante podrido, la mujer del grito… aún chillaba:
-¡Matáaalos! ¡Matáaaaaaaaloooss!
Apresurando el paso, continué caminando, pensando en desaparecer lo antes posible: temía que ella y el de la moto volvieran por mí.
Alcancé la estación de servicio. Dentro, uno de los empleados vestido con overol despertaba a un policía que dormía dentro de una patrulla estacionada en la línea de engrase. Le decía mientras lo sacudía:
-Despertáte che, parece que a la chica la quisieron robar, se fueron para la calle Olavarría.
El cana se despertó, bajó de la patrulla, caminó hasta el cordón, se desperezó como una gallina, volvió hasta la patrulla, se sentó, encendió el motor, salió marcha atrás y enfiló, a paso de hombre, para la esquina.
Yo calculé que, para entonces, la persecución le llevaría unas tres o cuatro cuadras de ventaja.
Seguí caminando, rápidamente, por Esteban Merlo. Crucé Hornos, Caseros,  Sarmiento y 3 de Febrero hasta llegar a San Martín. Luego de cruzar la avenida me sentí un poco más seguro. Entonces me percaté de la tensión: en los hombros, en el cuello, en las pantorrillas, en el cerebro. Intenté relajarme. Me dije que ése era el alocado modo en que uno termina metiéndose en problemas. Graves problemas. Uno puede morir porque sí, simplemente por salir a caminar en la calle.
Seguí pateando por Merlo hasta Mitre, doblé a la derecha hasta Alvear, por Alvear caminé hasta el Boulevard Lincoln, doblé a la derecha hasta llegar al puente de Beiró, lo crucé y, costeando la colectora de General Paz, me fui a pata hasta Liniers, para, ya en el barrio boliviano, comprar hojas de Sem, tomates secos y algunos pescados frescos.

viernes, 11 de marzo de 2016

Un martes feriado

Salí de la cama, corrí la cortina y miré hacia el cielo… nublado, maravillosamente nublado. Recién empezaba el otoño, pero ya hacía frío. Me metí en el baño, Biblia en mano. Evacué largamente, continuando la lectura del Deuteronomio, el final del discurso de Moisés. Me lavé las manos, los dientes, me duché. Salí del baño y preparé mates, amargos. Mientras cebaba mis mates, piqué un poco de faso, lo metí en la pipa, lo prensé y le metí fuego. Chupé el humo, una, dos, tres veces. Flores. A los quince minutos ya estaba en otro mundo. En ese otro mundo todo es igual que en éste, pero es más intenso… las nubes, las sombras, el frío, el dolor, el cuerpo, todo. Me senté media hora a mirar por la ventana… el cenit plomizo, los zorzales correteando entre los pastos, el pino mecido por el viento. Luego me calcé un jean, una remera de manga larga, un par de zapatillas, y salí. Afuera llovía. Entré nuevamente, subí las escaleras hasta alcanzar el paraguas, bajé, salí, cerré con llave, atravesé el garage, abrí el portón, cerré el portón y encaré la calle. Y me fui caminando bajo la garúa.
Enfilé para el centro de Caseros y caminé varias cuadras. En avenida Mitre y Sarmiento me detuve frente al antiguo “edificio Mitre”. Una construcción que sobrevivía desde los tiempos de mi infancia. En la mampostería le habían pintado las letras de azul, pero eso no ocultaba su ruina. La casa de sanitarios, debajo, y el supermercado chino, en la esquina, no existían cuando era pibe. A media cuadra, cerrada, la tintorería japonesa exudaba una muda tristeza de óxidos y de verdes oscurecidos por aquella trágica historia de homosexualidad reprimida y de suicidio bajo las ruedas del San Martín. Calculé que habían pasado más de treinta años. Treinta años no es mucho tiempo para la edad del universo, no es nada, en realidad. Un pedo. O un micro pedo… un pedo de mosca. Pero para mí sí lo era. Pensé que, para el universo, yo tampoco sería gran cosa, aunque me permití dudarlo… ¿qué sabía yo, realmente, de los misterios del universo?… me quedé viendo los detalles del edificio y recordé, entonces, su cara. Nunca había olvidado su cara. Era flaca, morocha, de piel muy blanca. No era muy linda, pero era enigmática, y unos años mayor que yo. Pertenecía a una clase social más baja. Recordé que ese detalle, entonces, me incomodaba. La creí del interior. Ella vivía ahí, en el “edificio Mitre”, y al pasar, me había regalado un par de sonrisas. Sonrisas desde el balcón. Esa cara, que me había enamorado, había ocupado mis noches durante varios meses… ¿recordaba su nombre?, no, no recordaba su nombre. Pensé que, posiblemente, nunca lo había conocido. Pero entonces tuve la certeza de que sí, que había sabido su nombre… ¿Marcela?… ¿Clara?… si me esforzaba lo recordaría al fin, pero no era importante y no se justificaba el esfuerzo, bastaba el recuerdo de su nariz, de sus ojos, de su sonrisa. Y la certeza de haber sufrido dichosamente por ese amor.
Recordaba el parlante, eso sí. Y el radio grabador monoaural, y el micrófono ridículo y también recordaba a mi amigo el yugoeslavo, que a veces me acompañaba caminando por ahí. Un boludo mi amigo, no valía la pena traerlo al presente. Lo aparté de mi mente y me pregunté que habría sido de ella, si estaría, en ese instante, en algún sitio. Y donde. Intenté imaginarla con más de cincuenta años, pero no pude. Entonces pensé que podría estar muerta, ¿porque no?, había ya tantos muertos en mi historial. Imaginé una tumba: barro, un poco de pasto, una cruz, todo bajo la garúa del martes feriado. Feriado para mí, no para ella. Para ella, un eterno feriado… ¿eterno feriado?, ¿cómo podría yo saber eso?… un eterno feriado lleno de silencio de camposanto, vacío e idiota. E inútil. Luego pensé que, tal vez, no habría muerto, tal vez ella vivía lejos, en Salta, por ejemplo, o en Santiago del Estero. La imaginé mal casada, cocinando para cinco o seis pibes, limpiando todo el día entre cuchetas, cucarachas y pisos de barro, rodeada de perros pulguientos y dominada por un marido duro y borracho, un marido frío como una mañana invernal de manos de albañil.
Seguí caminando. En Mitre y Tres de Febrero doblé a la derecha, seducido por un primitivo deseo de barrio boliviano. Deseé llegar hasta Liniers. Caminé varias cuadras y las calles y las casas se fueron mimetizando con el tono grisáceo del cielo. Pasé por la “Sociedad de Fomento Villa Pineral” y entonces recordé al Alfred, y olvidé las fuentes de locoto y los papines rojos y las bolsas llenas de harina de jankakipa. En Guaminí doblé a la izquierda, avancé treinta metros y llamé a la puerta, golpeando las manos. Esperé un par de minutos hasta que, detrás de la enramada, alguien preguntó:
-¿Quién es?
-Hola Alfred, soy yo, men, pasaba y llamé.
-¡Hola men!, uuu, ¡llegaste justo para fumatear unas flores!
Salió el Alfred, sonriendo como un niño entre la espesura. Abrió la puerta y nos abrazamos. Entramos al jardín, subimos la escalera y entramos en la cocina.
-¿Cómo andás men?- me preguntó.
-Bien, men; pateando tranquilo, aprovechando el feriado y la garúa, pensando, pateando con la fresca…
-Está lindo para pensar hoy.
-Sí.
-No se trabaja.
-Menos mal.
-Bueno… ¡igual yo nunca trabajo!
-¡Jajja!, y yo te felicito, pero no trabajar cuando trabajan todos es duro.
-Sí.
-Da culpa.
-Ma que culpa, meen… ¡vamo a fumar!
Nos sentamos, y mientras continuamos la charla el Alfred armó un finito. Flores. Fumamos. Al rato estábamos en ese otro mundo, que es igual que éste, pero que carece de tiempo… la brisa, el sonido, la lluvia, el color, todo sucede ahí en un ahora sin tiempo.
Hablamos de nuestras mujeres. Hablamos de política. Filosofamos acerca del amor y de la violencia; de la familia, de nuestras hermanas, del sexo, de la modernidad y de cómo el mundo se descompone y se transforma en una cosa hueca y brillante, como una marquesina en un kiosco. Hablamos de la libertad y de cuanto nos costaba quitarnos de encima y de adentro todo lo aprendido. Lo mal aprendido. La mayoría de las cosas que nos enseñaron en la escuela eran mentiras, un veneno, directivas que ponen en marcha mecanismos represivos. El dictador adentro. Y hablamos, también, de la soledad. Convinimos que no había una sola, sino muchas soledades… soledades tristes, soledades reprimidas, soledades desesperadas y soledades de pié, y otras soledades que, de tan místicas, eran casi ridículas, masturbatorias… -hay una soledad para cada hombre-, dijo crípticamente el Alfred mientras echaba humo espeso por la nariz.
Más tarde el Alfred abrió una birra, trajo una guitarra y un violín. No afinamos. Improvisamos, sin pautar nada de nada. Pautar era miedo, un candado, y estábamos podridos del miedo y de los candados. Arrancamos y empezó a brotar una música única, irrepetible, una vibración que era un ruido y era más que ruido, era una construcción demente, patética, enloquecida. E increíblemente pura, como una bala de plata directo al cerebro. Esa música no tenía modo, ni centro, ni cronología, ni tono… y sin embargo sonaba como una medicina para el alma. Hacerla era un embrujo y un éxtasis, una catarsis, una inyección farmacológica directa al torrente sanguíneo con un demoledor efecto narcótico.
Nos colgamos más de una hora con los sonidos, y hasta aparecieron algunos tambores e instrumentos rarísimos construidos por el Alfred con cualquier cosa que encontraba por ahí. Era un maestro el Alfred, un rebelde, un punk del subdesarrollo, un enamorado de la anticultura; y era así naturalmente, sin esfuerzo. Luego fumamos un poco más y entonces, en medio de un silencio que se hizo de repente, me paré y dije:
-Bueno, men, me voy, necesito caminar un poco más… ¿querés venir a caminar, Alfred?
-No, men, gracias, me quedo acá, fumando otra florcita…
Bajamos, el Alfred me abrió la puerta de calle y nos abrazamos. Y yo salí pateando hacia el barrio Derqui. Llegué a San Martín, doblé a la izquierda y retrocedí por la avenida hasta Cafferata. Doblé a la derecha y caminé hasta Mitre. Otra vez avenida Mitre. Pasó un 53, rumbo a La Boca. Entonces recordé la calabresa del Fortín, y esa maravillosa sensación de volver al pasado. Decidí que necesitaba volver al pasado. Caminé, entonces, por Mitre hasta Alvear, doblé a la izquierda siete cuadras hasta el golf, luego a la derecha en Lincoln cinco cuadras, crucé la General Paz en Beiró, caminé derecho ocho cuadras hasta Lope de Vega y, por ésta, quince cuadras hasta El Fortín, en Álvarez Jonte y Lope de Vega. El pasado, vivo, en una esquina. El pasado, detenido, en un sabor, entre las mesas, en el sonido, en las voces. Entré y me senté junto a la ventana que miraba a Jonte. Desde ahí podía ver a la gente que subía y bajaba del 135 y del 53. Me gustaba ver a la gente mientras me emborrachaba y escribía cosas en viejas servilletas de papel tissue. Se acercó el mozo y me preguntó qué quería:
-Traéme dos porciones de calabria, una de fainá, un litro de moscato Crotta bien frío y hielo-, le pedí.
La pizzería aún estaba a media marcha: eran las seis de la tarde, feriado, pero daba lo mismo. Era el Fortín, eternamente vivo. Me acordé del Chino. Me acordé de Palanca, de Daniel comiendo su palo Jacob con crema pastelera, del ECEA y de los últimos tres años de secundaria, y de miles de episodios vividos entre esas calles con gente que ya no vería nunca más. Estaba solo, en la pizzería que era uno de mis lugares en el mundo, una especie de templo pagano en donde mi energía y mi nostalgia creativa se renovaban hasta el mínimo átomo de vida. Imaginé la esquina del local, en el contexto del barrio. Imaginé la pizzería y el barrio en el contexto de la ciudad. Imaginé la pizzería, el barrio y la ciudad en el contexto del país, del continente, del planeta… vislumbré el globo terráqueo desde el espacio y reconocí, un milímetro al norte de la apenas visible Bahía de San Borombón, el brillo de los vidrios de los ventanales del Fortín. Ahí estaba yo, Diego, sentado en un planeta, esperando mi moscatel helado y mis dos porciones de Calabria y de fainá, mientras el reloj se enloquecía al pedo y mientras la humanidad se enloquecía al pedo entre sus humores de cagada, y mientras tanto el planeta giraba y giraba sobre su eje, calentándose al sol una vez cada veinticuatro horas, y el sol giraba y deambulaba sin ton ni son entre millones de soles, soles rojos y blancos, azules y ultra concentrados, soles errantes como pedos de mosca cósmicos en una galaxia también errante y perdida entre miríadas incontables de galaxias errantes y perdidas en la nada, o en el todo, que era lo mismo. Todo se volvía nuevo y todo se volvía viejo; y las generaciones desaparecían para dar paso a las nuevas generaciones que también desaparecían para dar paso a las demás, y a otras, y a cientos de miles de otras y cientos de millones de millones de otras reemplazables mareas humanas. Pedos cósmicos, todos, eso éramos, micro pedos cósmicos esperando por una porción de pizza, escribiendo poemas en el agua, rodeados de infinito.
Llegó el mozo y me sirvió las dos porciones de Calabria, la fainá y el vino generoso.
Comí. El pasado estaba ahí, en esa pizza y en ese sabor. Y en la pizzería, que ya estaba llena de seres-pedos-cósmicos engullendo sus porciones chorreantes de aceite al corte, bebiendo sus cervezas rubias y sus fríos vasos de uva moscatel, parados frente al estaño, gritando y riendo por la alegría y por las penas, todos de paso en ese eterno e inasible presente…
-Mentiras- pensé un rato después, mientras recordaba las palabras de mis lamentables maestras de primaria -el tiempo no se divide en pasado, presente y futuro… el tiempo es eterno presente.
Y una hora más tarde, ya suficientemente borracho, concluí:
-Mentiras… todo es mentira, el tiempo no existe: no hay tiempo.

jueves, 10 de marzo de 2016

Un dios hecho a medida

Decidió dejar que le crezcan los pelos libremente, algún día debería empezar a comportarse como un hombre.
Pero entonces apareció Asa Akira en la PC, con su estrecha vulvita perfectamente depilada, enfundada en cueros y tacones rojos, tan licenciosa… esa película en donde tres tipos con enormes vergas la penetran furiosamente por todos los agujeros hasta lograr dejarla afónica y rellena de leche.
Un cimbronazo. Y casi al mismo tiempo llegaron las pizzas, las empanadas de carne picante, los bifes de chorizo… y galones y galones de vino tinto y galones y galones de cerveza negra y galones y galones de moscato helado.
Y porro… un verdadero peligro.
Preocupado, se preguntó si Dios realmente detestará a las maricas. Claro que Dios no le respondió exactamente eso… ni siquiera supo lo que pensó el creador cuando se sentó a rezar travestido, la minifalda blanca muy cortita, la remerita color sol y los altísimos tacones azules de cuero, como una piadosa putita argentina.
-¿Seré juzgado?- se preguntó, -¿o seré juzgada?… ¿será mi destino perderme, extraviarme, condenarme, terminar como una mariquita del diablo deambulando por el país del caos por toda la eternidad?
No hubo respuesta.
Sin embargo le gustaba Akira. Le gustaba, justamente, por cómo lo hacía, así, tan pero tan sucio.
Y no lograba congeniarlo con la fe, un ser humano es tantas cosas…
Ansiaba integrar todo lo que era y lo que había sido con todo lo que sentía, sin doblez, en un estado de total libertad y de fe idealista. Claro que, eso, era un Dios hecho a su medida, como le dijo su amiga protestante no sin cierta condena. Y él sabía que el juicio y la condena era la regla en este mundo.
Y el Dios oficial, un militar, picana en mano.
Su mujer, en cambio, lo aprobaba. Le gustaba llegar a casa y encontrarlo cocinando o fregando los pisos subido arriba de sus tacones amarillos. Y él estaba convencido que, de ser mujer, sería lesbiana, y su mujer, su mujer.
No era puto, era otup.
Elucubró y elucubró hora tras hora, día tras día, mes tras mes, año tras año, desde la temprana adolescencia hasta la informe adultez.
Finalmente tuvo un vislumbre, un samadhi, y al fin cambió de opinión.
-Al carajo- se dijo, -voy a depilarme otra vez.

La marea

Estaban sentados en un bar del centro porteño. Bebían fuerte, en la madrugada de un lunes cualquiera. Corrientes y Figueroa. Ella vació el vaso y lo miró. Su pelo era del color de las rosas, lo mismo que sus labios y el esmalte en sus largas uñas. En sus ojos, extrañamente melancólicos, habitaba una tristeza desesperada sitiada por largas y curvas pestañas de un color negro desesperado. Encendía un cigarro tras otro con esa liviandad que otorga la falta de respeto por la juventud y por la convicción de querer vivir al mango una vida no muy larga.
-No puedo creer lo que me decís… ¿nueve?… ¡no lo creo!
-Creélo, estuve ahí.
-Fuiste uno de ellos.
-No, yo estaba con Mariana… pero ya sabés como es esto, estábamos todos en la misma habitación.
-Yo ya la he visto a tu Mariana con otros.
-Para el caso yo también… no sé qué tiene que ver con lo que te estoy contando ¿vos creés que siento celos?
-No, yo no creo que puedas sentir mucho por ella. Ni por nadie.
-Un calco las dos, me dice lo mismo; a veces pienso que hasta podrían ser amigas, si no estuvieran tan locas y cabreadas.
-Yo no estoy loca.
-No claro, ella tampoco.
-No seas irónico, y no me compares con esa yegua.
-Ok, me callo, entonces.
-No seas malo.
-“No seas”, “no seas, “no seas”, represión.
-No.
-Sí.
-Sos cruel.
-Eso ya es ser algo. Y vos sos tan sincera… en este mundo eso equivale casi a no existir, pero zafás por tu magistral manejo de esa culpa que casi te humaniza.
-Que turro, ya sé que para vos no existo.
-Más culpa.
-Sos misántropo y mal educado.
-Más culpa aún. Podrías organizar una turba ahora mismo, apedrearme en la vereda y crucificarme en el shopping del Abasto.
-¿Te parece?, ¿y quién seguiría a esta criatura?… antes que a vos seguro me cuelgan a mí, fijáte lo que soy.
-¿Qué sos?… una mujer hermosa.
-Sí, jaja.
-Realmente lo creo.
-Si creyeras eso estarías conmigo y no con esa puta.
-Bueno, bueno, vos andá con cuidado que hace rato vienen buscando por el barrio una santa para canonizar.
-Seguro es mejor que estar viendo tu cara de cornudo.
-Te olvidaste decir: “de cornudo conciente”.
-Eso.
Terminaron la ronda y ordenaron otra. La avenida dejaba de ser un débil arroyo nocturno para convertirse en un ancho torrente de motores y cauchos y metales y nervios y prisas por llegar a cualquier lado. Y dentro de cada vehículo mudaba hacia su destino un ser humano atravesado por millones de torrentes químicos que activaban emociones y furias y desgracias y deseos y salvajismos ancestrales hacia una nueva y mecánica alborada.
A las ocho de la mañana todavía vaciaban sus bebidas blancas, arrastradas desde la noche anterior como un par de náufragos extraviados en una isla marginal rodeada por un mar de cafés con leche y medialunas de grasa.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Me voy con ella… ¿qué más puedo hacer?
-Pero no la amás.
-No, pero ella no lo sabe, o no le importa. Le sirvo, como ella a mí. La guita y el sexo, todo cuaja.
-Cambiaste mucho desde que éramos chicos.
-No tanto como vos, que ahora sos “chica”.
-¿Y te gusta la chica que soy?
-Ya sabés que sí.
-No te creo. Te gustaba antes de calzarme la primera minifalda, pero ahora no estoy tan segura ¡pasaron tantas cosas en los últimos años! Yo ya olvidé quién era, y menos mal: hice la jugada correcta, pero ¿vos?… lo tuyo es una negación total de la realidad; no sólo tus deseos, también tu corazón.
-Lo decís tan segura que apesta.
-No me olvido de aquello. Del principio. No puedo olvidar aquello. Ni cómo lo hacías. Sé que no es así con ella, y no me preguntes cómo lo sé; simplemente una mujer que ama no se equivoca.
-Bueeeno, jajajaaa.
-¡De que te reís, idiota!
Las lágrimas brotaron de esos pozos de melancolía como una tragedia llena de espinas. Había dolor en esos pozos. Y ese dolor era antiguo, muy antiguo. Era un dolor envejecido, detenido, mohoso, rancio; un dolor que, como un callo, no aflojaba en su aspereza con nada, ni con nadie, ni en ningún lugar.
-Te burlás de mí por lo que soy, pero esto que soy está entremezclado con tu historia y con tu voluntad. Yo soy la responsable de esto que ves y que te da asco…
-No es verdad que me da asco.
-… pero vos también sos responsable de esto que ves y que te da tanto asco…
-Te digo que no me das asco.
-… y venís a despedirte porque te vas con ella, te vas por la platita de su papi contento y también por tu platita de tu papi feliz; te vas con ella porque te tranquiliza no ser el responsable entero de su placer, porque tu corazón, con respecto a su alma, no aguanta, y el cuerpo… ¡que es el cuerpo sino una futura ruina!; entonces me llamás para compartir unas copas conmigo, las últimas copas con tu freaky fetiche solitario, porque te gusta que te vean conmigo, es cool, venís a mostrarte y a venderte frente a mí como en una vidriera, o como en una pasarela, te vendés como en un cartel de la calle o en una propaganda de la televisión, pero todo es una postura… ¡mucho peor!, ¡un negocio!, ¡un escape!, es la triste lógica del avestruz que en la inminencia del ataque mete la cabeza en un agujero para escapar… y te creés tan loco, tan vivo y tan sofisticado que terminás autoengañado hasta en lo fundamental: que estás hoy frente a mí, tomando por culo, sólo para calmar la culpa y el remordimiento por tratarme como un objeto que pegás a tu cuerpo para embellecerlo, para que todos pasen y vean y digan: “qué lindo, que hermoso: ¡ahí viene el gran poeta con su fetiche color rosa!, ¡con su maravilloso y freaky fetiche de pelo color rosa con sus uñas color rosa y con su vestidito amarillo diminuto y con sus kilométricos tacones transparentes!”, y estos zapatos resulta que son kilométricos como mi dolor y mi desesperación; y también como tu desasosiego, porque ¡me usás!, ¡siempre me usaste!. Por eso: no juegues vilmente conmigo a tu tonto juego esta última vez, ¡fuera esa careta!, ya los dos sabemos que cuando acabemos estas copas te vas a ir con todo aquello que ella representa, y te vas a olvidar de mi como te olvidás de cualquier desecho que tirás al tacho de basura, que es adonde todo impuro desperdicio debe terminar.
Se hizo un silencio enorme, crudo, pesado como un puente infranqueable. Él apuró el vaso, levantó la mirada y, temblando, repitió:
-No me das asco.
-Calláte, por favor.
-Creéme. Te pido que me creas.
-No te conviene que te crea, porque si te creo, entonces sos un cobarde.
-Sí, lo soy. Soy un cobarde.
-Elegís la muerte, entonces. Elegís quedar bien, satisfacer a todos… menos a vos. Y a mí, por supuesto, la única en este planeta que te conoce entero y que de verdad te ama como sos.
La marea humana ya reptaba por las veredas, cruzaba las calles, subía a los bondis, bajaba de los taxis, brotaba de las bocas del subte con sus destinos pegados en la frente y en la palma de las manos, manos que abrían puertas y cerraban puertas que mañana volverían a abrirse y a cerrarse, una y otra y otra vez, y eso hasta que se cansara el cuerpo de abrir y cerrar y reventara, o hasta que rompieran las puertas a patadas, o hasta que arrojaran la maldita bomba de una vez.
Él pidió la cuenta. Pagó. La miró y sintió derrumbarse su interior como una demolición irremediable, una triste agonía sin aire ni sonido. Era verdad que se moría sin ella, todo era verdad… pero ¿qué dirían todos?
-Vamos, le dijo.
Salieron a la calle. El primer rayo de sol que había logrado subir por encima de los edificios les pegó de lleno en la cara. El sintió esa tibieza y otra vez el vuelco interior, el miedo, la incertidumbre y el espanto. Una fría soledad de hierro.
La miró de nuevo. Era hermosa, una criatura hermosa, su criatura favorita desde siempre. Sintió en sus venas y en su corazón la certeza de que podría arrojarse dentro de ella y desaparecer del mundo con tanta simpleza como es fácil para el mar hacer sus olas.
-Vamos a un telo.
-¿Qué?
-Que vayamos a a un telo. Ahora.
-Pero ¡vos te casás en cuatro días!
-Eso aún no lo sé.
Subieron al auto, buscaron un telo, entraron e hicieron lo que hace tanto tiempo deseaban continuar.
Y se tomaron el tiempo necesario para dejar pedazos de alma entre las sábanas.
Cuando salieron a la calle el sol ya llegaba al cenit y el invierno sonreía.
-Te llevo a tu casa, le dijo él distraídamente mientras detenía el auto. Ella lo miró, en silencio, largos, larguísimos segundos.
-No, gracias- finalmente respondió -dejáme acá que son pocas cuadras y me voy caminando.
Silencio.
-Bueno, chau, dijo él.
Silencio.
-Chau, dijo ella.
Entonces abrió la puerta, bajó del auto, cerró la puerta, se secó la última lágrima, la desparramó suavemente en el parabrisas delineando un pequeño corazón, dio media vuelta y se fue caminando por Anchorena rumbo a Avenida Santa Fe. Él, vacío, se la quedó viendo hasta que ya no la distinguió entre la marea.
Ahogado por el llanto, dobló a la izquierda y enfiló, ya apurado, para la casa de cotillón.
 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Palimpsesto

Rebeca se despertó bruscamente en medio de la noche con la angustia atenazándole la garganta. En la pesadilla había aparecido su hija Clara, muerta unos meses atrás. El accidente de la niña, sucedido el día anterior a su cuarto cumpleaños, la había dejado destrozada, y creyendo que la soledad de la costa la curaría algo del terrible dolor, alquiló su departamento en la ciudad y se mudó a la casa del mar. Pero sufría terribles pesadillas, penosos sueños que le minaban la voluntad de seguir viviendo. Siempre era igual: se despertaba al alba, ahogada por el llanto, su cuerpo bañado en sudor y un vacío creciente y oscurísimo naciéndole desde el útero con garras de hierro. Se incorporó, se secó las lágrimas con la manga del camisón y se quedó viendo a través del ventanal el devenir del océano bajo la luna. Cien metros más allá, en la línea de rompiente, revoloteaban algunas gaviotas. Le pareció muy extraño… las aves solían aparecer cuando asomaba el sol y permanecían allí hasta el ocaso, pero nunca salían de noche. Las escuchaba chillar por encima del rumor sordo de las olas y se preguntó si también se alimentaban en la oscuridad. Observó entonces que uno de los bichos rompió filas y, caminando lentamente, se fue acercando hacia la casa. Un bicho grande, albino, blanquísimo como un espectro. Los últimos treinta metros revoloteó a ras del suelo hasta detenerse justo frente a su cara. Las dos se quedaron viendo: Rebeca, recostada en la cama, y la gaviota, fuera, justo detrás del ventanal. Un minuto, dos. Rebeca sonrió… “Clarita amaba las gaviotas”, pensó.
Entonces el bicho avanzó unos pocos centímetros y, utilizando su cabeza como un martillo, empezó a golpear el vidrio:
“pum, pum, pum”
 Y otra vez, más fuerte:
“¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!”
Una sorda alarma recorrió la espalda de la mujer mientras el pájaro martillaba sin parar y cada vez con más violencia:
“ ¡PUM!, ¡PUM!, ¡PUM!, ¡PUM!, ¡¡PUUM!!”
El pequeño cráneo del animal se partió con un fuertísimo  “¡CRAC!”, la sangre estalló contra el vidrio y el pájaro se derrumbó, muerto.
Entonces Rebeca despertó de veras.
Afuera amanecía.

jueves, 3 de marzo de 2016

El otro calvario

-Doctora, lo que recuerdo es un gran pene erecto, gordo y venoso, a pocos centímetros de mi cara.
-¿Y usted qué edad tenía?
-Y, era muy chico… lo sé porque en esa instancia me estaban bañando.
-¿Lo bañaba ese hombre?
-Sí.
-¿Recuerda el baño?
-Sí, estaba en el baño de mi casa, veo las pequeñas cerámicas cuadradas y rojas… recuerdo que esa persona algo me decía acerca de mi propio –y diminuto- pene, y que me mostraba el suyo… descomunal, por cierto.
-¿Le pidió que lo tocara?
-No lo puedo asegurar… pero ese pene estaba muy erecto, doctora.
-¿Recuerda cómo se sentía?
-Me sentía avergonzado.
-¿Había alguien más en la casa?
-Mi madre.
-¿Estaba ella también en el baño?
-No.
-¿Y usted recuerda quién era ese hombre?
-Lo que no recuerdo es si el contacto fue sólo visual… pero no tengo dudas de su identidad: era mi padre.
Terminó la sesión y media hora más tarde Aníbal ya estaba en la calle, pensando en el miembro de su padre, en lo mojigata que había resultado su madre, en sexo, en la parálisis por miedo, en sus antiguas novias y en la recurrente impotencia. Rumiaba una y otra vez las tragedias y desencantos de su vida, y comprendía que las había soslayado todas sin siquiera tratar de resolverlas.
Caminó varias cuadras por Olleros y en Corrientes dobló a la derecha. Llegó a la esquina, entró en El Imperio de la Pizza, se sentó, y ordenó un café con leche con tres medialunas de grasa.
-¿Cuándo fue la última vez que me senté a desayunar en este lugar?- se preguntó,
-¿hace cuarenta años?-… ¿ya pasaron cuarenta años?-…. una mañana particular brotó, como un borbotón, en su desbocada memoria, esa mañana que escapó de la obligatoriedad de un trabajo mal pago para descubrir esas exquisitas medialunas de grasa que acababa de ordenar… -entonces no era alcohólico-, se dijo, -ni tan puto-, agregó.
Desde la mesa veía a los maestros pasteleros subir desde el subsuelo con plateadas y grasientas bandejas llenas de curvas y calientes medialunas. Aún no eran las diez de la mañana y ya había gente esperando por unas porciones de pizza al corte. El televisor mostraba las violentas imágenes del terremoto Sanjuanino, -debería haber muerto mucha más gente-, pensó Aníbal, -un terremoto de 8,3 en la escala de Richter y ¿sólo seis muertos?… ¡fracaso de sismo!-
Volvió a la escena recurrente que se proyectaba dentro de su cerebro, pero no pasaba de vislumbrar el mismo miembro y las mismas cerámicas transpiradas por el vapor de agua, -el mismo porongo y el mismo desencanto por no lograr una erección decente frente a cualquier piba hermosa-, agregó tristemente en la sucia aleatoriedad de sus nubes mentales.
Aníbal sabía que era una víctima, pero también sabía que era un victimario… ¿cuántos actos lamentables había cometido en su vida?, muchos… ahí aparecía la hermana menor de esa antigua novia, ¿lo recordaría la pibita?, la había manoseado descaradamente durante media hora hasta que sus suegros y su chica regresaron del supermercado; o la acusación de aquella vieja vecina de la vuelta de su casa ¿qué le había hecho a la nietita para que la vieja lo acusara tan vehementemente?… ¡algo había hecho!, pero ni siquiera lo recordaba… ¿no había, acaso, engañado también a sus amigos?… ¿no había cometido la indignidad de enamorar a aquellas dos hermanas y acosarlas hasta lograr meterlas en la misma cama sólo para verlas cometer entre ellas esos lamentables actos blasfemos?… ¿y la paliza que le dio a aquella putona morocha, compañera de la universidad, en aquel telo del Acceso Oeste?
Era puto, pero mentía muy bien, y las mujeres se le entregaban fácilmente –ellas percibían que él no las necesitaba, y eso funcionaba como un imán- y él, por supuesto, no las perdonaba: aprovechaba para ensuciarlas y envilecerlas, las obligaba a arrastrarse entre la geografía de sus perversas manías sólo por castigar el deseo de ser poseídas por él, aunque nunca lo fueran, porque él tenía el miembro muerto para la mujer, era un castrado, un inútil, y todo terminaba en montañas de acusaciones y de culpas, e infaliblemente todas se escapaban al final, se escapaban corriendo del asco que les daba haber fantaseado con un tipo tan mísero y desgraciado.
Era por eso que la vida aparecía en sus recuerdos como un gran campo de batalla, bombardeado hasta el aburrimiento por su familia, por las tetas de todas las mujeres que no había poseído, ametrallado por una férrea moral de dictadura, por el estado represivo de la sociedad que lo acosaba y por el horror que le inspiraba cualquier vagina.
-Soy una víctima de mi género, de mi silencio, de mi masturbado pito, de mi violencia suicida y de mi culpabilidad-, pensó, y gorjeó entre sus sinapsis: -por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima, condenada, puta, pajera y fláccida culpa-
La luz del sol iluminando la terminal del Lacroze le recordó que allí estaría ese mismo sol cuando él se hubiese ido. Sesenta, setenta, cien años... “No importa si todos morimos”, recordó la canción, “cien años de sangre carmesí, y la cinta que ahoga mi garganta”…
Se sintió solo y desamparado, y al mismo tiempo, se sintió libre… justamente por sentirse solo y desamparado.
-Qué raro es todo, me siento bien porque me siento mal-
No le gustaba ser un hombre, aunque no hubiese tolerado ser una mujer. Era misógino, era misántropo, era un nazi reprimido que se sentía como un pedazo de mierda muy mal cagada.
-Podría asesinar a alguien tan sólo para saber que se siente-, elucubró…

-y… ¿a quién asesinaría… a un hombre o a una mujer?-
Pasaban los colectivos atestados por Corrientes y doblaban por Lacroze rumbo al centro. El hormiguero humano desfilaba frente a sus ojos sin reparar en su mente corrompida… -mataría a aquella vieja, a palos o a patadas-, se dijo. Luego cambió de objetivo -no, mataría a aquella putita… ¡que puta!- pensó mientras observaba con fruición a una jovencita de corta minifalda y tacones muy altos, -en una cama, la violaría, la molería a golpes y la abriría en canal; mientras aún respira le arrancaría las tripas calientes y se las haría tragar… o mejor: le metería un consolador de metal al rojo vivo por el orto, hasta el fondo, filmaría todo, el terror y la desesperación… después vendería la película por una pequeña fortuna-…
Entraron dos nenas de la mano de su abuela. Pasaron junto a su mesa y una de ellas lo miró y le sonrió. La nena parecía un angelito. Aníbal se sintió vil y enfermo. Tomó entonces plena conciencia de la terrible oscuridad de sus pensamientos -y de la abultada erección que crecía en su entrepierna-. Se asustó, se sintió poseído por mil súcubos infernales… -soy un perverso hijo de puta, soy un viejo asqueroso, un ser despreciable-, se dijo con un asomo de lágrimas en los ojos, -¿a quién le va a importar si estoy o no estoy?, ¿si vengo o si voy?, ¡soy el enemigo de todos, el enemigo de mi mismo y de toda la humanidad!… ¿para qué seguir?, ¿para qué resolverlo?… ¿es que voy a resolver toda la maldad y la neurosis de mi vida ahora, a mis sesenta años?… ¿¡para qué mierda nací, dios, hijo de remil puta, dios!?-
Llegó el mozo y dejó el café con leche y la tríada de grasa sobre la mesa. Aníbal ni lo miró. Al rato agarró una factura, la mojó en la taza y se la metió en la boca… “Entra dura y blanca, sale roja y blanda… ¿qué es?”… entonces rió, a carcajadas, recordando los chistes pelotudos de la escuela secundaria, y sus amigos, los amigos que aún estaban vivos y los que ya no estaban en ningún lado.
-Cristian, Alejandro, El Pardo, Karina, La Gallega… todos muertos-, se dijo… -da igual, de todos modos, los muertos no están más y los vivos ni me conocen. Soy un extranjero, un alienígena, un monstruo. Ni siquiera sé quién carajo soy cuando me veo en el espejo-. Su cabeza, entonces, por una extraña asociación que no pudo definir, recordó las tres bolitas de mierda dura que encontró en el fondo del inodoro del baño de un travesti gordo y negro que se había volteado en una ruta cerca de Río Tercero, muchos años atrás… -tenía una cama de mierda ese trava-, recordó, -tres colchones apilados y los tres eran una mierda-, y luego: -¿todavía estará vivo el puto ese?… ¡qué asco que era!-…
Terminó las medialunas y el café con leche, pagó y salió a la calle. Llegaba la primavera, y el sol ya picaba fuerte, acercándose al cenit, -primavera de mierda, calor de mierda, sol de mierda, vida de mierda-, se fue repitiendo, como un mantra, mientras caminaba hacia la parada del 39.
Llegó el bondi y subió. Se sentó en el último asiento y a las diez o doce cuadras pensó que podría bajarse en Anchorena para ir a hacerse coger por esos dos putos maricones y musculosos que había conocido una semana atrás en “Amerika”.
Luego pensó en las hemorroides que tanto lo fatigaban -y en la guita que seguro le sacarían por el favor- y pasó de largo. Más tarde bajó en Santa Fe y Callao, caminó dos cuadras hasta su edificio, subió al cuarto piso, entró, se metió en el baño y se echó una larga y trabajosa meada. Luego se desnudó, encendió la PC, buscó una página porno de lesbianas meonas y mientras veía un clip en donde dos pibitas muy atorrantas se toqueteaban los agujeros mientras se meaban las manos, se masturbó varias veces hasta que, de tanto eyacular, y de la tristeza que le agarró, se puso a llorar.
Luego se calmó, se sonó los mocos dos veces y se quedó en silencio, sintiéndose como muerto mientras pasaba por la pantalla el “campo de estrellas” rumbo a ese ilusorio infinito. Un rato más tarde le agarró un hambre feroz. Entonces corrió a la cocina, cocinó una suprema de pollo, comió, tomó vino, se frió otra suprema, la devoró y tomó más vino; luego lavó el plato, lavó el vaso y los cubiertos, se fumó dos puchos, comió dos bananas con helado de crema, se bañó, luego defecó, se lavó los dientes y, ya pasadas las seis y media de la tarde, se tiró, desesperado, en la cama, implorando por la llegada del sueño… se acostó y cerró los ojos para poder dormir y para poder olvidar, aunque solo fuera por un rato nada más, lo infeliz que era.

domingo, 28 de febrero de 2016

Un viaje en subte

Juan subió al subte B en Lacroze, ocho y diez de la mañana. La densidad de cuerpos dentro del convoy excedía ampliamente a la densidad interna de cualquier estrella de neutrones. Se arrastró entre la masa agarrotada poco más de metro y medio, hasta que chocó con una gigantesca espalda. Se quedó ahí, acurrucado, tratando desesperadamente de encontrar una molécula de oxígeno que no estuviera viciada. En Dorrego subieron más piernas, más pulmones, más brazos, más cabezas, axilas, orejas, pies, mocos, alientos. En Malabia empujaron más aún, y Juan perdió el equilibrio. Entonces algo lo ensartó con fuerza por detrás y lo estampó, como una estampilla, contra esa espalda-acantilado. No podía moverse, no podía respirar, no podía ver nada ni pensar en nada. Sólo había carne alrededor, calor, olor, humedad y aire viciado. Fue entonces cuando la espalda se sacudió violentamente, y chilló:
-¡La concha de tu madre, mierda! ¡si me seguís empujando te voy a recagar a trompadas, hijo de remil putas!, ¡LA CONCHA DE TU MADREEEE!
Juan se asustó. En el aire, le temblaron las patitas. Tragó saliva y le contestó a la espalda, hablando como pudo:
-Perdonáme, por favor- dijo con un femenil hilito de voz, -pero te pido que te des vuelta y me mires en la boca-
La espalda, con curiosidad, giró y aparecieron dos ojos, que enfocaron en la boca de Juan. Dentro, por donde estaban las cuerdas vocales, había algo que se movía. La mirada se acercó más, enfocó aún más, y entonces lo vio: un pene.
-¡Tenés un pene en la garganta!-, le dijo, llena de asombro, la espalda.
-Sí- contestó Juan, -hace rato que no me pasaba… la última vez fue en el San Martín, a eso de las diez de la noche-.
-Uh, que mal.
-Sí.
-Perdoname por gritarte, no sabía… ¿duele?
-No… sólo molesta un poco. Ésta por lo menos está limpia… pero la del San Martín… ¡mejor ni te cuento!
La formación llegó a Medrano y siguieron subiendo cuerpos… jóvenes, viejos, femeniles, peludos, transpirados, derrotados, enfermos. Juan, atravesado, charlaba con la espalda. Estaba justo en medio de una frase
–“… siempre me dice mi vieja que no sea tan ansioso y espere a que venga otra form…”- pero ya no pudo hablar. El pene que lo estacaba, por la excesiva presión de los cuerpos que ingresaban, había avanzado aún más, y ya le asomaba por la comisura de los labios.
-Que asco- le dijo la espalda –te sobresale-.
Juan agitó un poco los ojos, pero ya no pudo articular sonido. Se quedaron ahí, la espalda mirando a Juan atravesado, y Juan esperando a que el tren finalmente se descomprima al llegar a destino. Pero siguieron subiendo cuerpos y más cuerpos… Carlos Gardel, Pueyrredón, Pasteur… se sucedían las estaciones y la carne empujaba detrás de Juan, el pene avanzaba y retrocedía, avanzaba y retrocedía, como una marea, una y otra y otra vez, hasta que unos instantes antes de arribar a Callao, eyaculó un gran chorro de semen espeso y caliente. Unas gotas se pegaron a la espalda, otras se derramaron hacia el piso, pero casi la totalidad el chorro mayor retrocedió por el esófago de Juan, rumbo a los intestinos.
-Que asco- volvió a decir la espalda.
Juan tosió algo –akkjjjjsjjjfff- y volvió a asentir con los ojos mientras hacía un ruido raro, como de burbujas.
En Uruguay bajaron algunos elementos y Juan percibió que el miembro retrocedía. Antes de llegar a Pellegrini se libró del todo. Respiró profundo. El pene, entonces, le habló:
-Perdonáme, flaco, es que no tenía donde meterme.
–No importa- le contestó Juan, -son cosas que pasan en este horario-.
La espalda enfiló a la puerta, lo miró con una cara de repugnancia infinita, le dijo “chau, suerte”, y salió caminando por el andén.
Juan se sentó en un asiento libre, y a su lado se sentó el pene. En Florida bajaron muchos más cuerpos y el vagón quedó casi vacío. Tres minutos más tarde el subterráneo llegó a la terminal. Juan y el pene bajaron juntos.
-Chau-, le dijo el miembro mientras subían por la escalera mecánica,
-perdón, eh, y… ¡gracias!-.
-Chau-, contestó Juan sonriendo, -no pasa nada-.
Subieron en la puerta del Luna Park. Hacía mucho frío. Juan entró en el bar de la esquina y se sentó a tomar un café para bajar el esperma que aún le recorría el esófago.
Cuando terminó, pagó la cuenta, salió a la calle y enfiló apresurado rumbo al trabajo.

martes, 9 de febrero de 2016

Último reporte desde lo alto

Ruido… mierda. Siempre hay ruido.
Me despierto en la mañana creyendo estar allá. Me levanto, corro las cortinas y miro por la ventana: las montañas rojas, el cielo amarillo, las arenas infinitas.
Entonces escucho los tubos. El ruido del incesante aire atravesando los filtros, entrando, saliendo, recorriendo las cañerías, reciclando su mínima y vital humedad.
Como un ritual diario, camino hasta el “Hangar de las Arvejas” para observar los nuevos brotes. Pequeños y débiles los menos; los más, calcinados por el sol salvaje.
Luego me obligo a no pensar; me lavo los dientes, la cara, me visto, me preparo un café, como una galleta. Enciendo la máquina y pretendo una rutina que, ya lo sé, después no cumpliré. Dispongo de la mayor información con que hombre alguno haya soñado nunca: música, películas, diarios, libros, revistas… incontables gugolpes de abúlicos bits de información.
La apatía primero llegó con la música. El fastidio por el cine, después. Ni Bach ni Tarkovski, ni Mozart ni Kubrick pudieron remediarlo. Ya no leo: las palabras tienen el sabor del tedio. Ya no me informo: las noticias me llenan de envidia.
Cuando llegué fue distinto… romántico, podría decir. Presumido en mi propia película, el espejismo se mantuvo por algunos meses. De día, los desiertos exteriores me inflamaron de heroísmo. De noche, lagrimeé con las innumerables estrellas. Luego la épica mudó en confusión, la confusión en miedo, el miedo en terror. Al final todo se derrumbó y dejó una total indiferencia.
Recuerdo que en camino soñaba con las cumbres despojadas, con el yermo herrumbrado, con la violenta tormenta aproximándose a la velocidad del rayo. Ahora sólo deseo masturbarme. En mi afán logré marcar patéticos –y fatigados- records. El onanismo me ayuda a conciliar el sueño. A veces, también el llanto.
Sé que ellos me vigilan, pero acá no hay espacio sin custodia. No me importa. Empecé con monogamia heterosexual. Luego, orgías. Combinando los géneros pornográficos me fui habituando a toda promiscuidad fílmica. Unos meses más tarde ya me daba lo mismo un travesti que un enano, un niño pequeño que un viejo lisiado. Ése es mi logro. Últimamente sólo me excita la sangre derramada, y más aún si es verdadera –y aunque nunca sabré si lo es, me dejo convencer-. También me entusiasman bastante las películas con animales: caballos, chanchos, anguilas.
El sistema vital se cuida a sí mismo aunque de tanto en tanto chilla alguna alarma. Por lo general basta con oprimir un botón. No sé qué haría en caso de una verdadera emergencia, ni me interesa: morir, a fin de cuentas, es el único modo de escapar de este lugar.
Una desesperación recurrente me atormenta: la necesidad de sentir una brisa entre las piernas, un olor que no sea el del plástico y el del metal, la caricia directa del sol en la cara… pero eso es imposible: significa morir.
Al principio recibía video-llamadas y extensos mensajes diarios escritos por familiares y amigos. Paulatinamente eso se fue deteniendo. Hoy todos, exceptuando a mi madre, se olvidaron de mí.
Están ellos, claro (¿cuántos son… diez, treinta, cien?), observándome tras las lentes de video, día tras día, mes tras mes, año tras año. Datos. Ellos acumulan datos.
En el futuro próximo me verán partir, ya lo he decidido. Los ojos de pez exteriores registrarán mi cuerpo desnudo caminando bajo el implacable sol ecuatorial. Respiraré la arena roja, respiraré el óxido de hierro y la fantasmagórica brisa.
Tal vez escape en medio de la noche.
Ahora mismo observo en la efemérides marciana que en diez días brillarán, cerca del cenit, Fobos y Deimos.
Está decidido: abriré la escotilla y saldré, desnudo, al mundo exterior.
Está decidido: moriré y seré, por fin, libre.