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miércoles, 1 de febrero de 2017

Infierno en Valcheta

Pasada la medianoche el tren se detuvo en Valcheta y los dos barbados rastafaris aprovecharon para fumarse un porrito. Bajaron del tren, caminaron cincuenta metros y encendieron un finito… no se puede decir que fumaran plácidamente, Valcheta es apenas un páramo helado, seco y ventoso en medio del desierto, y ese frío más el temor a perder el transporte los obligó al ejercicio de furiosas pitadas… el fasito brillante desprendiendo sus ascuas en la ventolina, la tos inmisericorde y las risotadas ahogadas bajo las estrellas. Finalmente la máquina chilló su claxon anunciando la partida y los dos muchachos corrieron… antes de ganar el estribo del convoy dieron la última chupada y arrojaron a los pastos la pequeña tuca aún encendida.
Y el tren siguió su marcha.
Veinticuatro horas más tarde, ya en San Carlos de Bariloche –y nuevamente muy fumados- los muchachos observaron estupefactos el titular en la pantalla de TV:
“El infierno en Valcheta”.
Pero no lograron conectar de ningún modo en sus atontadas sinapsis las causas de ese fuego, y menos aún sus terribles consecuencias: las muertes trágicas, los campos calcinados, el pueblo devastado… “que loco” se dijeron muy despacio “si ayer mismo estuvimos ahí”.
Y eso fue todo.
Un rato más tarde salieron del bar y dedicaron el tiempo –que era todo su tiempo- a buscar un dealer que engrosara nuevamente las ya flacas provisiones de canabiol.

domingo, 8 de febrero de 2015

Celos

Mientras alguien me hablaba,
me decía algo así como que no estabas
el demonio que vive en la espuma de las olas
en el mar de mi cabeza
me llamó a los gritos.
Fue imposible no escucharlo,
fue claro, preciso, despiadado.
Y me dijo que vos no estabas
porque estabas con otro.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, corro como un necio.

Pierdo el tiempo perdiendo el tiempo
mientras toco la guitarra
y las últimas nubes de la tormenta
hacia el este flotarán.
Y dejarán un cielo vacío
con un brillo perlado
sin tiempo.
Nada es nada sin el todo,
todo y nada ya no existen,
este mundo carece de tiempo,
ya no hay sumas, ni restas, ni productos.

Velan las ardan
es campos nas lespinas
¡fuego!, ¡fuego!
y corro, huyo como un necio.

Y si Leviathán levanta
entonces Cristos summus overdrive.
Yat de limit tudei
on the floor
tunait.

El humo cerró el cerrojo del pensamiento
y lo convirtió en humo.
Humo espeso, humo blanco,
humo cemento.
Una nube se desliza bajo Alfa del Centauro
y, por un momento,
el cielo tiene techo,
y no hay aire suficiente,
y las estrellas murieron.

                                        (1995)

miércoles, 12 de marzo de 2014

Un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos

Quiero subir a bordo de una alfombra persa tejida con las más finas hebras de verde canabiol,
y volar hasta Coroico.
Quiero ver la luz del otoño reclinar sobre los cerros,
quiero caminar en la humedad de sus senderos,
encontrar el agua que cae sola, helada y transparente,
mientras las horas se deslizan susurrando su derrota
hasta la muerte definitiva del tiempo del reloj.

Quiero despertar una mañana y verte en la ventana,
entre los choclos blancos que crecen hacia lo alto
y las florecidas ramas del índico que beben la energía directo desde el sol;
ese extraño alimento estelar que, más tarde, recorrerá mis venas embrujadas.

Y hay tierra negra entre tus dedos,
y una sonrisa en tu boca,
mientras las aves giran en círculos,
y se extienden las sombras.
Los planetas van poblando la bóveda nocturna y el concierto es una orquesta de pequeños seres alados que frotan sus instrumentos maravillosos desde el corazón de la noche y hasta que llega el amanecer.

Necesito una medicina llamada silencio,
una revolución sin objetivos ni necesidad...
pero esto es un deseo, y al fin y al cabo, otro deseo más...
un nuevo integrante en la colección de los deseos más hermosos.
Por eso, insisto:
quiero volar hasta las cumbres de Coroico,
a bordo de mi alfombra persa, tejida con hebras de finísimo canabiol.
Un vuelo altísimo entre nubes.
Juntos.