El tipo apareció por casa, pero estaba
más viejo y más atrevido. Se empezó a meter con mi esposa (ya lo había hecho el
día que lo conocimos en el cumpleaños de Gabriel), la miraba con ojos
libertinos y le hablaba estirando las eses en libidinosos susurros. Ella,
contrariamente a lo habitual –y a lo esperable- le seguía el juego. “Ella se coloca”, pensé recordando a los
Doors, y sufrí un escalofrío. Me empecé a enojar. El tipejo ya se le acercaba
sin detener el susurro, la mirada clavada a diez centímetros de la de ella. Entonces
palmeé muy fuerte y exclamé:
-Bueno,
bueno, gracias por la visita, ahora ¡chau!
Roto el hechizo, él me miró con odio y
se le desdibujó la sonrisa. Mi mujer le dijo “vamos”, y lo acompañó hasta la puerta de calle. Yo me quedé
adentro, esperando. Pero ella no volvía. Al rato salí y los vi: se besaban en
la puerta de casa, los vecinos mirando desde sus ventanas.
Algo les grité, y el tipo al fin se fue –no
sin decir un último susurro-. Mi mujer se dio vuelta, me encaró sonriendo y
pasó caminando a mi lado, como si nada hubiera pasado. Yo pensé: “No voy a empezar una discusión ahora, con
este nivel de odio que siento”, entonces decidí salir a caminar.
Entré, preparé mi mochila y mi cámara de
fotos, dije un fuerte “me voy a caminar”,
y salí.
Aparecí por Constituyentes y Del Carril,
pero todo estaba cambiado. No encontraba las veredas, no había autos, las
calles estaban repletas de gigantescas estructuras de caños retorcidos de
varios metros de alto por las que trepaban espesas enredaderas de hojas
amarillas y verdosas. Había muchos bichos. Unos hombres de traje y maletín
intentaban llegar a la oficina, sudando a mares, avanzando pesadamente entre la
intrincada espesura. Otras personas permanecían inmóviles contra las paredes de
las casas: parecían no saber qué hacer a continuación, miraban el enramaje,
miraban a su alrededor con ojos desorbitados y luego levantaban la cabeza y se
quedaban viendo el cielo, allá arriba, azul y lejano en lo alto.
Me dije: “yo salí a caminar”. Entonces caminé. Atravesé muchas cuadras de
caños y verdor, salté acequias de aguas pútridas, trepé escabrosos acantilados de
basura reciclada. Trabajosamente caminé por largos senderos tachonados de pilas
agotadas, AA, AAA, litio, pilas de botón. Finalmente reconocí la boca del subte
B, en Chacarita. Miré hacia el Imperio de la Pizza, pero no estaba: en su lugar
habían levantado un edificio construido con huesos humanos y botellas de vidrio
color azul. Levanté la vista: no se veía el cielo: una gigantesca –y lejana-
cúpula de metal cubría el cenit y se perdía detrás de los cuatro horizontes.
Ahí estaba, sin saber qué hacer a
continuación, cuando apareció mi esposa.
-Hola,
me dijo.
-Hola,
le contesté.
-¿Estás
enojado? agregó sonriendo.
-¡Claro
que estoy enojado!, chillé, y luego:
-¡Dale,
vamos a cruzar por el túnel del Subte!
Bajamos, pero debajo no había un túnel,
sino una gigantesca villa miseria, que se extendía por kilómetros y kilómetros.
Empezamos a discutir, mientras transitábamos cuadras y más cuadras de
callecitas atiborradas de ranchos de chapa y cartón, ferias de saldo, bares de
copetín al paso, plazas secas llenas de mugre. Parecía un hormiguero, un
hormiguero humano infinitamente más desordenado. El triunfo de la entropía en
el estado de bienestar. En un momento de la discusión yo me detuve y me senté
en un cordón, abrumado. Mi mujer, parada, me observaba lagrimeando. Entonces
subí la voz:
-¡Puta!, grité, ¡al final sos una puta!
Alguna gente, asustada por el grito,
corrió para llamar a la policía. Una señora gorda y morocha se nos acercó y
dijo:
-Ya
viene la policía.
Escapamos, como en una película
ambientada en las kilométricas favelas egipcias. Corrimos entre las tiendas,
los bares, los oscuros pasadizos, las plazas y la gente atiborrada alrededor. Mis
pies resbalaban en las cucarachas aplastadas, todo el tiempo estaba a punto de caer. Unas cuadras
después, nos atraparon.
Nos esposaron y nos llevaron a los
empujones hasta una dependencia policial. Me sentaron en una silla, frente a un
vidrio, y detrás metieron a mi mujer. Dentro había dos tipos, uno de uniforme
policial, el otro estaba semidesnudo, era muy gordo y calvo. El gordo se acercó
a mi esposa y empezó a manosearla. El poli le dictaba que hacer. El gordo la
obligó a agacharse y le refregó el abultado abdomen por la cara. Vi el asco
infinito en los ojos de mi mujer, el espanto, el horror. El gordo la incorporó
a la fuerza y le chupó la boca, le restregó las tetas, le refregó las mejillas
transpiradas contra las de ella hasta lograr que pusiera los ojos en blanco.
Entonces grité, grité como un enfermo, como un asesino, grité con todo el odio
posible.
El poli, entonces, le dijo al gordo:
-Pará,
pará, ya está, fijáte cómo chilla el cornudo, si al final la quiere.
Nos dejaron en libertad. Mientras salíamos
tuve la certeza de que mi mujer jamás se recuperaría de esa tortura. Lloré, lloré
con una angustia negra y desolada, una angustia negra como un pozo. Lloré de
culpa y de lástima por ella, que ya estaba rota, rota para siempre…
Fue
entonces cuando, ahogado, me desperté.

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