-Rebeca, ¿te sentís bien?… ¡estás muy callada!
Las dos mujeres caminaban por el conurbano bonaerense. Tres horas antes habían
salido desde Caseros, y después de recorrer a pié Santos Lugares, Villa Lynch y
San Martín, atravesaban ahora Villa Ballester, rumbo al río. Andaban lento,
bajo la cambiante luz amarilla del sol reflejada en las paredes de las fábricas
y en las puertas de las casas, en los jardines, portones y ventanas. Evitaban
el ruido de las grandes avenidas y las largas sombras de los rascacielos.
Transitaban por los barrios más bajos y menos concurridos, disfrutando del
cambio del color en el asfalto, en las flores y en el cielo. No hacía calor,
tampoco hacía demasiado frío. De no ser por las yemas brotando en cada rama, la
primavera hubiese parecido más un comienzo del otoño, una promesa de fríos
futuros y ventarrones en cielos negros y encapotados.
-Vas muy callada, Rebeca.
Rebeca miró a su amiga, largamente. Luego dijo:
-Sí, es verdad. Debe ser la realidad, Natalí… lo que pasó estos últimos días
me dejó bastante muda.
-Rebe, no quiero preocuparme… ¿te sentís bien?
Rebeca miró el cielo y luego las sombras proyectadas en todas las cosas. Giró
la mirada y la dejó reposar en la mirada de la otra.
-Mentiría si te dijera que no. Me siento bien… extrañamente bien. De hecho,
creo que me siento maravillosamente. Pero está ese temor que crece y crece como
una amenaza. Una oscuridad, flotando en una grata levedad que sospecho debe ser
muy parecida al estado de gracia. Y si querés que sea un poco más sintética, te
digo que me siento, al mismo tiempo, feliz y asustada.
-¿Asustada?
-Sí. Muy asustada.
-Noo, nena… ¿que te asusta?
-¿A vos no te asusta nada, Natalia?
-… Bueno… sí.
-Por ahí es lo mismo, ¿no?
-No lo sé, si me dijeras qué es lo que te asusta…
Rebeca guardó silencio, tratando de encontrar las palabras justas. Por el cielo
pasó una avioneta rumbo al río. Volaba bajo, y desde dos grandes megáfonos
chillaba: “Victoria es construir donde dejó el otro, sigamos
construyendo a partir de lo construido, ése es el verdadero desarrollo, porque
en vos está la victoria, la victoria que viene ahora, que es la victoria de
todos… Victoria es construir donde dejó el otro, sigamos construyendo a partir
de…”
-Me asusta lo que pasó en estos últimos días, Nata, y más aún lo que
implica.
-Y que es lo que pasó estos días, Rebita, contáme por favor.
La otra la miró y sonrió, no sin ironía. Por un instante se quedaron las
miradas conectadas, como hablando en otro idioma, un idioma alternativo,
paralelo al de las palabras, mucho más íntimo que el sonoro pero no por eso
menos real.
-Vos deberías saberlo, ¿no, Nati?
-Sí, Rebe, yo sé lo que está pasando, pero quiero escucharlo de tu boca, ver
lo que vos ves. La gran asustada y muda sos vos. Hablás de implicancias, y
seguro las hay… justamente por eso es valioso que me digas todo lo que te
asusta.
-¿Todo?
-Sí, todo.
-Está bien… supongo que me asusta, entre otras cosas, darme cuenta de que
hasta ahora no conocía muy bien a mi cuerpo. Pero hay más… me pregunto qué
somos ahora, cómo vamos a tratarnos en el futuro. Y me pregunto si nuestra
amistad no está amenazada por lo que hicimos.
La otra se la quedó viendo, muy seria. Siguieron caminando hasta llegar a las
vías del Belgrano Norte. Esperaron que pasara un tren, cruzaron y siguieron
caminando rumbo a la Panamericana. Rebeca continuó:
-En mi historia sexual normalmente no he conseguido más de uno, a lo sumo
dos orgasmos, con cualquiera de los hombres con quienes estuve. Así siempre.
Igual fue con Sergio. Hasta recuerdo la noche en que quedé embarazada… me
preocupé porque, justamente, esa noche no conseguí ningún orgasmo. Cuando
averiguamos el sexo del bebé creí, por ese hecho, que mi hija podría resultar
frígida, o algo parecido. Una tontería, desde luego, sabiendo hoy cómo todo
terminó. Pero volviendo, hubo una época en que apenas conseguía tener uno.
Solía, incluso, festejarlo internamente, como un regalo providencial. Y, por
supuesto, llegué a creer que era lo normal, que mi cuerpo funcionaba de ese
modo, mi límite, la normalidad de mis genitales. Pero no, ahora sé que no era
así, como tantos años creí, porque llegaste vos, tocaste los botones adecuados,
botones que ni yo sé dónde encontrar y… ¿qué pasó?… ¡caos!, ¡total!… seis,
ocho, diez orgasmos en poco menos de una hora de sexo… ¡y con qué facilidad!.
Ya eso me asusta un montón, Natalí, aunque resulte francamente exquisito. Y me
asusta sentir que conocés mi cuerpo más que yo misma, como si hubieses nacido
para tocarme, como si yo fuese un instrumento musical, y vos, mi instrumentista
predestinada… la verdad es que yo no podría, en soledad, emular tu
desempeño, ni acercarme siquiera. Y no sólo es que lográs provocarme diez o
doce orgasmos como si nada… ¡podrían ser más!, ¡muchos más!… si nos detenemos
es porque me derrumba el agotamiento, ¡doce orgasmos!… pero, ¿y vos?… ¡vos
podrías seguir!, y seguir, y seguir, y seguir, provocar una veintena de ellos,
treinta o cuarenta orgasmos, como una ametralladora sexual, una UZI orgiástica,
y así hasta matarme. Estoy segura: podrías asesinarme; podrías consumir mi
existencia con una sucesión ininterrumpida de espasmos. Si así lo quisieras,
continuarías amándome durante horas y horas hasta que me estalle el corazón o,
perdida la totalidad de mi energía, me hunda en la muerte con el cerebro hecho
papillas. Y la verdad es que yo nada podría hacer para impedirlo… si hay algo
seguro en mi sentir es que no puedo dejar tu piel, ni tus besos, ni tu aliento.
De ningún modo. Estoy absolutamente incapacitada para negarme a tu amor. Soy
como tu esclava, tu esclava sexual. Y es maravilloso, porque ahora me doy
cuenta que lo deseé toda la vida… pero también me asusta, me asusta
enormemente, hasta la inmovilidad y la angustia, porque entre tus brazos perdí
la totalidad de mi voluntad y gané un tremendo miedo a no tenerte…
Una nube gigante tapó el sol, y todo lo que las rodeaba se volvió gris. Desde
las ventanas de las casas chillaban las radios relatando el fútbol del domingo.
Perros solitarios las cruzaban rumbo a ningún lado. Hombres jóvenes lavaban sus
autos nuevos y hombres viejos mateaban mientras manguereaban las veredas.
Señoras gordas y pitucas cargaban grandes bolsas de pan recién horneado o
redondos paquetes llenos de facturas; desde los colectivos las caras brillaban
con esa triste nostalgia irremediable del fin de semana ya casi perdido.
Indiferentes, los zorzales y las calandrias parecían perseguirlas, con sus
auténticos chisporroteos llenos de libre autenticidad.
-Estamos en esa corriente- dijo Natalia, como pensando en voz
alta; -así como cantan los pájaros, así nos sucede en la cama. Cogemos
como cantan los zorzales, nos besamos como chillan las calandrias. Nos mordemos
y deseamos como perras furiosas… ¿qué podemos hacer?, ¿temer?.. ¿es que sólo
podemos temer?
-Yo no tengo elección, amiga: de verdad temo perderte.
-Y yo temo perderte a vos, Rebeca, estamos de acuerdo… pero observo que
estás acá, caminando a mi lado, hablándome de todas estas cosas que me hacen
volar de alegría, porque dejarte a vos sería… ¿cómo decirlo?… ¡como dejar de
respirar!, y mientras hablamos, llenas de ansiedad, y caminamos, llenas de
preocupación, la realidad, ésa que tanto nos inquieta, es que nos espera la
noche, nos espera más libertad… una cena en algún lado, una mesa, dos sillas,
una botella de vino… y montones de besos y de risas, de llanto y de locura, y
más tarde regresar al nido, para que nuestros cuerpos puedan hacer, juntos, lo
que mejor les sale, y luego dormir, exhaustas, unidas como átomos, como una
unión atómica… ¿no es el amor como una unión atómica?… “El hombre no separe lo
que Dios ha unido”, dice el Libro… ¿y quién me unió a vos?, ¿acaso yo te busqué?,
¿o vos a mi?, ¡no!, ¡nada de eso!, nos encontramos por “azar”, por
“casualidad”, hace ya más de treinta años… ¡recuerdo ese día y ese encuentro!,
y recuerdo, también, que ya había, entonces, algo, un misterio, una fuerza
magnética, una atracción que siempre soslayamos y que nunca nos atrevimos a
enfrentar. Pero ahora, viendo el efecto retardado que produjo ese primitivo
encuentro, pienso: ¿no es “Azar” uno de los nombres, uno de los tantos nombres
con los cuales etiquetamos a la Providencia?… y no me digas que Dios está en
contra de que dos mujeres se amen como nosotras nos amamos. Yo, más bien, le
preguntaría a Dios que carajo fue lo que pasó cuando él, o sus empleados,
partieron el alma en dos y metieron, cada mitad, en cada uno de nuestros
femeniles cuerpos…
Rebeca se detuvo, y ahogada de emoción por las palabras de la otra, se acercó a
su amiga, la abrazó por la cintura y por el cuello, y la besó… una, dos, tres
veces, en la boca, largos y cálidos besos llenos de infinitud.
Olvidaron donde estaban, olvidaron que aún era de día y que aún era domingo y
que eran dos mujeres, aún jóvenes, que se besaban descaradamente en plena
calle. Se arrinconaron contra un tapial bajito, apenas bañado por la luz del
atardecer, y se entregaron, sin reservas, a la pasión de sus labios.
Y así estaban todavía cuando pasó, caminando por la misma vereda, una señora
mayor, una señora muy bien peinada, pulcra y perfumada. Vio besarse a las
chicas, vio su imparable frenesí y entonces, abriendo los ojos como dos ascuas
ardientes, exclamó:
-¡Qué asco!
E, indignada, apresuró el paso, clac, clac, clac, rumbo a la misa de seis…
Las chicas se separaron y rieron con ganas. Luego se quedaron en éxtasis, cada
una atrapada en la mirada de la otra.
-No podemos retroceder, Rebe. Estamos predestinadas, lo siento en tus besos
y en tus ojos, lo huelo en el aire y en la crispación de nuestra piel.
-¿Y qué va a pasar ahora, Natalia?
-No lo sé. Y es mejor así, nena.
Se tomaron de de la mano y siguieron caminando rumbo al río. Caminaron en
silencio, juntas como un átomo, recordando lo niñas que eran ese día en que el
azar las cruzó. Caminaron pensando, también, en la noche que ya llegaba, y en
el día irrepetible que dejaban atrás. Y en la cena que las esperaba en algún
lado, y en el vino que seguramente beberían, y en los besos que se darían, y en
las risas, y en el nido, y en el sexo, y en el llanto, y en la libertad, y en
el sueño y en la mañana que en otro ahora sería otra vez la realidad, y en la
increíble y maravillosa locura que resultaba vivir.

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