El silencio regresó al barrio, ese silencio que reinaba en la noche
cerrada cuando yo era muy chico. Menos de un mes de cuarentena y observo que se
ven más estrellas desde casa, tal es así que desempolvé mi viejo telescopio y
lo subí a la terraza. La Cruz del Sur y el Gran Orión ya no están solos, ahora
un pequeño y débil séquito, diariamente creciente, los acompaña. Y la estrella
de la tarde, Venus, brilla con un brillo lisérgico, como nunca brilló en la
gran ciudad. Al atardecer cantan los zorzales amarillos, compiten entre sí, son
de esos zorzales que no veía por el barrio hace no menos de dos décadas. Y
volvieron las calandrias y los chimangos, y se multiplican las torcazas. Las
mariposas, rojas, blancas, amarillas y negras, revolotean felices entre las
plantas... por eso "Nada puede ser peor que una vuelta a la
normalidad"... y eso, justamente, es lo que más me entristece de todo este
asunto: que vuelva a ponerse en marcha la maquinaria parasitaria humana... sin
límite, sin reflexión, sin piedad. "Los Reyes de la creación",
afirman que somos los que practican una fe de capilla, pero si somos reyes de
algo es de una peligrosa hipocresía que juega a las escondidas con la muerte
mientras manosea, con pulsión masturbatoria, la perfecta y modernísima pantallita
del puto teléfono celular.
lunes, 6 de abril de 2020
sábado, 29 de septiembre de 2018
La chica en el cementerio
Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en
Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba
completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El
sonido del motor tosía y rebotaba inexplicablemente en los sucios cordones de cemento,
en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras
caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal,
sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la
chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo
suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una
remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace
esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la
marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta
hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos,
y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal.
Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.
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