viernes, 1 de mayo de 2020

La ilusión en la tristeza

El miedo me quita las ganas de vivir, de disfrutar, de ser un genio.
¿Vivir es ser un genio? –me pregunto-
Sí, pero sólo en la publicidad… (¿quién responde a quién dentro de mi cerebro?)
“Pero la publicidad es todo”, me asegura en veloz contrapunto el insignificante demonio que, desde pibe, me incita al escape.
¿Y al escape de qué?... de todo: del amor y del desamor, del éxito, del fracaso, de los amigos y los enemigos. De la risa, del dolor y la euforia. De los vicios y de la pura y honesta hesiquía.
No de la tristeza. No me escapo de la tristeza, porque lloro –soy un llorón-, pero nunca lloro por tristeza. Y este demonio se regodea, como yo, con el ejercicio de ella. La tristeza nos regala, a los dos, la pueril ilusión de ser ciertos, de ser algo verdadero… algo, por sobre todo, permanente.
Y el llanto nunca es por tristeza: es tan sólo el pobre ego sufriente, desesperado ante la conciencia de su irremediable final.

Entonces escucho la silla correrse sobre mi cabeza, y los pasos que se ponen en marcha… apuro de un trago el vaso de moscato con hielo y cynar, y presto me pongo a freír las milanesas: mi compañera terminó su clase on line y ya baja por la escalera, lista para cenar.

viernes, 10 de abril de 2020

Una mujer al volante

Salgo del supermercado de Álzaga y Merlo, caminando. Llego a Mitre y Álzaga y escucho un fuerte ruido a caja de cambio: una joven treintañera a bordo de un Chevrolet Corsa, intentando ponerlo en marcha. En cada vidrio un cartel de "PRINCIPIANTE", el auto detenido, asomando un 30% sobre la avenida... un segundo después aparece un vecino con una moto a no menos de 80 km por hora, y le grita: "FORRA LA CONCHA DE TU MADRE INÚTIL DE MIERDAA!"; otro por atrás, con un Astra, la pasa acelerando como si los pistones fuesen balas de punta hueca: "PUTAAA, METETE EN LA COCINA Y NO SALGAS MÁAAS" chilla. Al toque aparece un bondi de la 123, rumbo a Palomar; le tira, literalmente, el coche encima... justo antes de llevarla puesta clava los frenos y le escupe un fuerte y prolongado trompetazo, con esas bocinas a aire que te dejan literalmente sordo... miro al chofer: se caga de risa el hijo de remil putas. Me quedo parado mirando a ver qué onda, si necesita ayuda para arrancar el auto, o para evitar que la maten los machos dominantes del machote barrio conurbano. En un instante se hace silencio y desaparecen todos: la chica queda sola en medio de la avenida. Me acerco: está llorando, llorando de impotencia, de violencia, de todo, y aún no puede encender el auto. Le digo: "no te asustes, vivo acá a media cuadra y vengo del supermercado ¿te ayudo?", me mira la bolsa con los tomates y me contesta, lagrimeando "no, no, tengo que encenderlo yo, sino no voy a aprender nunca". "Dale", le digo, "no les des bolas a éstos simios descastados, ya se olvidaron de lo que es la compasión". "Gracias”, me dice, y lo repite como en trance, secándose las lágrimas: “gracias”. Entonces le da de nuevo a la llave y el motor, como por arte de magia, enciende. Arranca despacito, me saluda por el espejito y se va.

lunes, 6 de abril de 2020

Cuarentena

El silencio regresó al barrio, ese silencio que reinaba en la noche cerrada cuando yo era muy chico. Menos de un mes de cuarentena y observo que se ven más estrellas desde casa, tal es así que desempolvé mi viejo telescopio y lo subí a la terraza. La Cruz del Sur y el Gran Orión ya no están solos, ahora un pequeño y débil séquito, diariamente creciente, los acompaña. Y la estrella de la tarde, Venus, brilla con un brillo lisérgico, como nunca brilló en la gran ciudad. Al atardecer cantan los zorzales amarillos, compiten entre sí, son de esos zorzales que no veía por el barrio hace no menos de dos décadas. Y volvieron las calandrias y los chimangos, y se multiplican las torcazas. Las mariposas, rojas, blancas, amarillas y negras, revolotean felices entre las plantas... por eso "Nada puede ser peor que una vuelta a la normalidad"... y eso, justamente, es lo que más me entristece de todo este asunto: que vuelva a ponerse en marcha la maquinaria parasitaria humana... sin límite, sin reflexión, sin piedad. "Los Reyes de la creación", afirman que somos los que practican una fe de capilla, pero si somos reyes de algo es de una peligrosa hipocresía que juega a las escondidas con la muerte mientras manosea, con pulsión masturbatoria, la perfecta y modernísima pantallita del puto teléfono celular.

sábado, 29 de septiembre de 2018

La chica en el cementerio

Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El sonido del motor tosía y rebotaba  inexplicablemente en los sucios cordones de cemento, en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal, sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos, y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.      
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal. Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Nunca es tarde

Subí al 289 en Álzaga y Belgrano, en perfecto estado de gracia. Media hora antes había estado rezando y cantando salmos, quemando mirra e incienso, y mi mente y mi corazón vibraban en lo que Patti Smith llama “el tiempo real”: un estado de absoluta dicha indiferente sin necesidades ni objetivos. El bondi avanzó y pasó por Caseros, Tropezón, Villa Libertad, y veinte minutos más tarde llegó a San Martín. Bajé y caminé por Belgrano, atravesé la plaza, crucé Mitre y seguí pateando por la calle San Lorenzo rumbo al conservatorio. Una cuadra y media antes de llegar me topé con dos policías de la federal, uno masculino, la otra femenil. Ella me miró, vio mi estado de feliz indiferencia y, acto seguido, me detuvo… -¡documentos!, chilló.
Abrí el bolsillito de la mochila y le alcancé el DNI. Lo miró, me miró, y me preguntó:
-¿Dónde se dirige?
-Al conservatorio, mitad de la próxima cuadra.
-¿Va a dar clases?
-No, dije sonriendo, ¡ojalá!... aún soy alumno.
Me miró, bajó la vista al DNI, y dijo:
-Mil nueve sesenta y nueve… ¿qué edad tiene?
-Cuarenta y nueve.
-¿Y no está un poco grande para estudiar, Señor Alladio?
La miré. Sentí en alguna parte de mi cuerpo el golpe bajo, pero soslayándolo le contesté:
-No oficial. Entiendo que nunca es tarde para estudiar y sonriéndole mi mejor sonrisa agregué: -usted parece mucho más joven que yo: está a tiempo.
Me clavó una mirada de metal, salvaje y llena de odio. Creo que si hubiésemos estado de madrugada en algún lugar del segundo cordón bonaerense, me hubiese pegado un tiro.
-¡Abra la mochila!, me ordenó.
La abrí. Ella metió la mano y sacó las carpetas, las partituras, la cartuchera, una bufanda, tres billetes de cien pesos, monedas, la tarjeta sube, un dibujo de mi sobrina y el remedio puff para el asma. Abrió la cartuchera y revisó todo: las lapiceras, el porta púas, el portaminas, los lápices, el liquid paper... hasta miró dentro del sacapuntas para ver si había algo. Luego desarmó el puff pedacito por pedacito y así, todo desarmado, lo tiró adentro. Después se tomó más de quince minutos para fisgonear, como un perro sabueso, en cada uno de los pequeños bolsillitos del bolso. No encontró nada, por supuesto: jamás salgo a la calle con algo que un poli pueda encontrar y utilizar para martirizarme la vida… uno aprende con los años.
Finalmente, dando vuelta la cara sin siquiera mirarme, me alcanzó el documento y chilló:
-¡Circule!
Agarré el DNI y circulé. Caminé la cuadra y media que faltaba y unos metros antes del conservatorio entré en la panadería vecina; me compré un sandwich de miga de jamón y queso, pan negro; me lo comí, luego entré al edificio, fui al baño, me lavé las manos y, acto seguido, entré a mi clase de contrapunto: de tercera especie, cuatro contra uno.

jueves, 8 de marzo de 2018

Playmate fantasma

Año 1979, yo tenía diez años. Mi abuelo había regresado de Uruguayana. Se había comprado un televisor a color, una máquina de afeitar, un pasacasete y un par de buenos bolsos. Había traído también revistas… revistas para hombres.
Un viernes al mediodía vino a comer a casa, contó su viaje a Brasil, y en los postres sacó una de esas revistas. Se la mostró a mi vieja, que enseguida le dijo que tuviera carpa, que estaba yo y se me iban los ojos.
Pero algo alcancé a ver… recuerdo un dibujo en el margen superior derecho: una mujer con pelo negro muy corto, blanca, llevaba medias negras con puntilla en las dos piernas y tacones altos en los pies. Practicaba una pose… como un insecto. O como un hombre feminizado.
También vi otras cosas: tetas, mucha lencería y tacones, curvas y vello púbico, minas gratamente sometidas por hombres vestidos con jogging o con traje.
Pero el dibujo… algo pasó con ese dibujo, se me encendió un fuego adentro, entre las tripas.
Pasaron pocos años y una tarde, mientras buscaba una herramienta entre los cajones del galpón del fondo, me encontré con esas revistas. Eran dos, Playboy. En una de las portadas había una playmate rubia, y en la otra, una morocha.
Me apoderé de ellas, naturalmente. Durante las primeras semanas miré las fotografías casi a diario, recorrí sus curvas, imaginé el suave contacto de ese universo. Luego poco a poco las fui olvidando. Cada tanto el azar las colocaba frente a mis ojos, y entonces de nuevo las miraba. Las conservé durante años, hasta que se perdieron, como todo, en el cambiante traqueteo del olvido.
En 1985 vi la película “Apocalypse Now” por primera vez, y en la parte que “Chef” lee en voz alta un relato directo de una revista, es Playboy: la misma revista que tenía yo. Luego pega el póster de la playmate del año en la cabina del bote. Era mi playmate, la rubia.
Alguna vez, ya de grande, googlé su nombre, y supe que había muerto asesinada por su marido en 1980, menos de un año después de haber hecho esas fotos.
“Tanto fantasear y ya estaba muerta”, pensé.

jueves, 1 de marzo de 2018

Un viaje en el 289

7 de la mañana. Salgo de casa rumbo al Conservatorio de San Martín. Camino por Mitre, doblo en Álzaga y cuando llego a La Merced veo que se acerca un 289 desde Ramos Mejía. Corro los 200 metros que me separan de la parada y lo agarro justo a tiempo. Subo al bondi sin aliento, pago el boleto y me voy para el fondo. Gente, mucha gente, rumbo a la fábrica, a la oficina, al comercio, rumbo a la supervivencia, obreros, operarios, empleadas domésticas, oficinistas, alguna que otra secretaria, un par de abuelas con nietos de la mano. Primero de marzo: el sol brilla en las ventanillas y los celulares brillan en las caras. Sube la temperatura, las nubes de lluvia de la noche anterior se disipan y ya azota sin piedad el rigor de la estrella. El bondi busca una ruta hacia su destino, pero entre palas mecánicas y aplanadoras de asfalto no la encuentra. Cruza las vías del San Martín en Hornos y queda fatalmente atrapado en un embudo. Suenan bocinas, la gente suspira, motos por la vereda, piernas y bicicletas, alguien que putea por lo bajo. Un par de autos más atrás resuena un grito: “¡Corré ese auto de mierda, carajo!”, y otro que contesta: “¡chupáme la pija!”. Los machos del bondi se acercan a las ventanillas, quieren trompadas, animal planet a la mañana, en directo y sin garpar un mango... pero no hay trompadas. Decepción general. El colectivo zafa del agujero negro y avanza unas cuadras, dobla en Sabatini y para en Avenida San Martín: suben más de quince personas, todas, irremediablemente, con sus caras de culo metidas en el celular. Un tipo de unos 30 años, morocho y grandote, lo lleva en la mano a todo volumen. Suena “Despacito”, versión extended remix. El volumen es ensordecedor. El tipo saca boleto y le pregunta al chofer:
-¿Durante cuánto tiempo van a cumplir con éste recorrido?
-Hoy seguro.
-¿Y mañana?
-Mañana no sé, si todos los días cortan nuevas calles.

El tipo se da vuelta y masculla un “andáte a la mierda”, mientras el celular chilla. Sube más gente. Dos muchachos sacan sus teléfonos y ponen más música, los redondos uno, el otro una especie de Sandro degradado. Se suma un cuarto aparato con un tipo chillando chistes a todo db. Dos pibes miran y se ríen, miran y se ríen, parecen Beavis & Butthead. Observo a los habitantes del bondi: los que no están durmiendo están perdidos dentro de su cerebro, y los que no, con la mirada extraviada en la pantalla. Pienso "lo que no pudieron con el paco lo pudieron con el celu", y después “les podrían cobrar diez veces más el valor de los impuestos y lo pagarían sin chistar”. Alguien en el fondo contesta una llamada, a los gritos: “¡HOLA! ¡HOLA! ¡HOOOLAA!, ¡HOOLAAAAAA!”, pero no hay señal, no hay ni un puto G en el conurbano. Argentina, un país con buena gente. Yo trato de no perder la calma, de no perder las esperanzas, de no caer en las ganas de bajarme del bondi y pegarme un tiro. Entonces me asalta un olor asqueroso, olor a pedo. Miro a mi alrededor, pero a nadie parece importarle. Aguanto la respiración medio minuto y pruebo: sigue el barandón. Aguanto otro medio minuto y pruebo nuevamente: sigue, es un pedo indeleble. Aguanto la respiración, aguanto el calor, aguanto el ruido, la música, la gente, el tufo, las bocinas, los escapes libres, las risas sin sentido, la esclavización por tres monedas de mierda. “Con la democracia se puede”, me dice mi perverso cerebro con un thanatos enorme. Finalmente el bondi cruza Balbín, me paro, voy a la puerta, toco el timbre y me bajo. Camino hasta la esquina de Belgrano y Pellegrini y me cruzo con un cana: lleva el celular en una mano, a todo volumen: suena “Despacito”.
Cruzo la plaza y desaparezco entre la multitud.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Una ley distinta para cada uno

Los hechos que relato son del año 2014. Córdoba  y Esmeralda, 17hs. Un grupo de manifestantes protesta frente al edificio del ANSES, tiran piedras, bolitas de vidrio con gomera y demás elementos contundentes. Suenan bombos, explotan petardos y bombas de estruendo. La policía, a respetuosos 100 metros, cierra la avenida y todas las calles aledañas. En un momento vuela un cascote y le pega en la espalda a una viejita octogenaria que cruza lentamente. La señora cae, se abre la pera contra el asfalto, y empieza a sangrar. Llora. Dos muchachos la socorren, la calman, la levantan y la acompañan hacia la vereda. Nada más. Yo, que observo todo parado en la esquina de la calle Esmeralda, me acerco a un poli y le pregunto:
-¿No viste lo que le hicieron a esa viejita?
El poli me mira, y me contesta:
-No podemos hacer nada
Le retruco:
-Y si yo agarro esta piedra de acá –le señalo una piedrota en el piso- y te la tiro a vos ¿qué pasa?
El cana, con cara de frustración, me contesta:
-Te llevo en cana
Me quedo en silencio al lado del tipo. Siguen volando las piedras contra la poli y contra todo lo que se mueve. Pienso “la turba me habilitaría”. Enseguida me viene a la mente una frase de Rajneesh: “La muchedumbre es un falso sustituto de la unidad. No quemarías una mezquita estando solo, no destruirías un templo estando solo, pero como parte de una multitud podés hacerlo, porque ya no sos responsable como individuo: todos son responsables, así que nadie en especial lo es”
-La ley no es igual para todos, le digo al uniformado, y me doy vuelta para entrar en el instituto en donde entonces estudiaba. Mientras me alejo, el cana me dice:
-No, no lo es.

lunes, 16 de octubre de 2017

42 pastillas

Corría octubre del ’83, yo tenía catorce años y acababan de expulsarme del segundo año de la escuela técnica por mal comportamiento. La expulsión implicaba dos años con prohibición de clases, pero una semana ininterrumpida de llantos y ruegos por parte de mi vieja consiguieron en dirección un pase -con veinte amonestaciones- a una escuela comercial. Fue una catástrofe en el seno familiar de clase media. Mis padres convinieron que, dada mi deshonrosa situación, estudiaría de noche y trabajaría de día, de peón de albañil. Nada mejor para enderezar lo torcido que el rigor: cemento, arena, agua y disciplina. Mi viejo, que era constructor, sería mi patrón. En casa nadie me hablaba, o sólo unas palabras mi hermana, pero no delante de ellos. En la cena mi mirada oscilaba entre el  plato y la cuchara, la sopa y el queso rallado… intentaba pasar desapercibido, para no avergonzarlos. Era el Paria, Caín, Judas. La celeridad del salvamento familiar impuso que empezara a trabajar antes incluso de comenzar a cursar en la nueva escuela. El bautismo fue en Morón: una obra de tres pisos, dos internos y un garage.
Unos días más tarde colocábamos baldosones y cayeron dos de mis ex compañeros, vestidos de uniforme. Era de tarde, y parecían venir de otro mundo, de un mundo ya extinguido. Se quedaron un rato, espiaron mis cayos, se burlaron de mi ropa, me aseguraron que sin mí todo marchaba normalmente y finalmente se fueron. Mi viejo no los saludó. Esa noche después de cenar me sentí tan triste y abatido que decidí matarme.
Ya en mi cuarto busqué por los cajones todo el arsenal de pastillas que usaba para el asma. Pensé que si en cada crisis dos pastillas me derrumbaban con quince horas de sueño, una docena bastaría. Logré reunir cuarenta y dos. Me serví un gran vaso de agua y me las tomé todas.
Al rato el estómago empezó a hacerme ruidos: cruc, croc, cracks... “el ruido del final”, pensé no sin melancolía. Imaginé que la droga ganaba el torrente sanguíneo y lo inundaba irremediablemente. Al final me dormí bastante en paz, pensando en las futuras desgraciadas situaciones que mi muerte me –y les- evitaría.
Unas horas más tarde me despertó el inapelable grito de mi viejo:
-¡Diego, arriba!
Salté de la cama: el reloj aseguraba que eran las cinco cuarenta. Me asee, me vestí y salí para la cocina. Apenas sufría un leve mareo. En la mesa me esperaba un humeante mate cocido con leche y un frasco de miel. Pensé, desanimado: “no eran las pastillas adecuadas”. Luego: “no era el momento adecuado”. Me senté en la mesa y me tomé el mate cocido, me comí tres Imperiales y luego fui nuevamente al baño. A los diez minutos salimos para la obra de Morón: había que terminar de dar las pastinas antes de que llegara la inminente lluvia.

martes, 10 de octubre de 2017

Una crónica del Invunche

“No sé porqué mis padres eligieron vacacionar en Chiloé, entonces se sabían estas cosas. Se hablaba de “La Mayoría”, incluso en ciudades grandes como Santiago, donde vivíamos. Mi padre era profesor de historia, de ideología de izquierdas, y mi madre era ama de casa. No sé qué pensaba ella de cuestiones políticas porque de eso nunca hablaba. Yo creo que a mi madre no le daba el tiempo, ni las ganas de pensar luego de hacer las compras y cocinar para todos, lavar la ropa, limpiar la casa y amamantar a mi hermana, que entonces todavía no había cumplido los nueve meses.
De Santiago bajamos a Puerto Montt, y desde ahí hasta Pargua, en donde cruzamos a la isla con la lancha y el auto. Ya en Chiloé mi padre condujo de Chacao a Ancud, y ahí alquiló una cabaña grande, con una habitación para mí y para mi hermana, y otra para ellos, con cama matrimonial. Recuerdo que llegamos un viernes al mediodía, viernes 13 de enero de 1980. Y ese día disfrutamos mucho los cuatro… salimos a caminar por el pequeño pueblo, compramos mercadería en la proveeduría, conseguimos medio costillar de cordero en el mercado y dos pencas de merluza en la playa, recién pescada y despinada.
Cenamos y mamá, luego de lavar los platos, nos leyó un cuento. Mi hermana todo el tiempo se reía, era un bebé muy feliz. Creo que nos dormimos cerca de medianoche, y esa fue la última vez que vi a mi hermana reír, porque al otro día a la mañana la cuna estaba vacía: mi hermana, simplemente, había desaparecido.
Fuimos a la policía y con ellos regresamos a casa. Ninguna ventana aparecía violentada, tampoco la puerta. Mi madre, desesperada, no los dejó ir hasta obligarlos a que corrieran todos los muebles de su sitio. Ella pensaba que la casa guardaba una especie de trampa, pero ¿cómo podría haber accedido mi hermana, que era un bebé?... y eso sin ningún ruido y en medio de la oscuridad de la noche?
Al otro día llegaron dos investigadores, e interrogaron a mis padres. Les preguntaron si alguien los había seguido desde Santiago; si alguien los había interceptado en Puerto Montt; si en el transbordador habíamos bajado del auto; si vimos algo sospechoso en el mercado, o en la calle, o en el barrio circundante a la casa.
Pero todas las respuestas fueron negativas. Los policías llenaron unas planillas y luego, como dudando, le preguntaron a mi madre si mi hermana estaba bautizada. Creo que fue entonces cuando empezó la verdadera pesadilla. Entró en nuestra acomodada vida burguesa esta otra realidad, la de los brujos chilotes, con su “Casa Grande” y su “Arte”, que no es otra cosa que verdadera magia.
Yo he visto, con el paso de los años, el derrumbe de la convicción ateo marxista de mi padre. Y también el derrumbe de mi madre, el derrumbe de su pobre corazón.
Lo cierto es que un brujo había raptado a mi hermana. No me pregunten cómo, pero un brujo chilote puede adoptar distintas formas animales para recorrer grandes distancias. O volverse invisible, y así atravesar cualquier cosa. Un brujo puede habitar un juguete, un dispositivo electrónico, un instrumento musical, un cuadro. Un brujo puede atravesar paredes, techos, puertas y ventanas con la misma facilidad con que respira.
El investigador ordenó buscar a mi hermana por los saltos y lagunas del impenetrable Chiloé: los brujos le “lavarían” el bautismo sumergiéndola durante cuarenta noches en las heladas aguas cercanas a una cascada. La alimentarían con leche de gata negra; o con sangre de murciélago. Diariamente le untarían el cuerpo con heces humanas. Luego de estos cuarenta días de “lavaje”, aseguró el investigador, sería casi imposible encontrarla, porque la mudarían a “Invunche”: el atroz guardián de la cueva del brujo captor.
Un Invunche, señor, es un ser humano mutilado, hipertrofiado: los brujos le cortan la lengua por el justo medio hasta su nacimiento en la garganta, de modo que la criatura ya nunca más puede hablar, sólo chillar con su lengua bífida como un espanto. El Invunche es alimentado con carne humana, que el brujo consigue de la muerte de sus enemigos. Luego le quiebran la pierna derecha, la cual giran y montan sobre la espalda... es así que los deditos del pié asoman por detrás de la cabeza como una corona de patética realeza. A medida que la criatura crece es brutalmente maltratada: le propinan fuertes palizas, la queman con cigarros, la bañan con agua helada. La vuelven insensible, malvada, atroz.
La tradición de los brujos de Chiloé asegura que recién entonces la criatura es un Invunche por derecho propio. Así adquiere poderes sobrenaturales: si un “limpio” lo ve automáticamente pierde la voluntad, se transforma en un muerto vivo, un idiota. Dicen que quién oye los gritos guturales de un Invunche pierde el habla, u olvida el alfabeto. El orín del Invunche, o sus heces, son poderosos afrodisíacos… las mujeres del brujo que los consumen se vuelven multiorgásmicas y paren sus hijos hasta la ancianidad. Cuando muere el Invunche los brujos que se enteran vienen a disputarle al brujo raptor la carne del muerto: se muelen a palos y se condenan unos a otros con terribles maleficios. La carne del Invunche, consumida como el charke del altiplano, otorga salud perfecta por largas décadas.
Lo que siguió fue una búsqueda desesperada por selvas, lagos, lagunas y saltos. A las dos semanas encontraron, oculta tras una enramada, una cueva de brujo: dentro, en una jaula inmensa, retozaban doce gatas negras, gatas nodrizas. En un viejo tacho de combustible se juntaban heces humanas, y en otro, restos: huesos, cráneos, músculos y cantidades de sal.
Con el hallazgo se enviaron más carabineros para la búsqueda de la nena. Finalmente encontraron a mi hermana a los 23 días de desaparecida: estaba sumergida hasta el cuello en un pequeño lago helado, cerca de un salto de deshielo, en una ladera del abra de Piuchén. Estaba desnuda, dentro de una pequeña canasta-corsé trenzada con pedazos de mimbre. La llevaron al hospital; exceptuando una ligera anemia –y el hedor a bestia- estaba bien. Pero mi hermana, señor, ya no fue la misma: nunca más sonrió, nunca más gozó de la risa.
Creció como una autista, la pobre; tenía especial aversión por mi madre y por cualquier objeto religioso que uno le acercara.
Dos meses después de cumplir los catorce años, se suicidó”

domingo, 30 de abril de 2017

Mi amigo "Palanca"

Yo tenía una ferretería, la tuve durante veinte años. Era industrial, caños, electricidad, bulones, máquinas, pegamentos, insumos. Venía mucha gente del gremio, el cliente de la ferretería es principalmente macho, y ahí conocí a muchos de los trabajadores del barrio: mecánicos, choferes, tacheros, cocineros, albañiles, pintores, ingenieros, jardineros, ceramistas, plomeros. “Palanca”, que luego de unos pocos años dejó de ser mero cliente para ser también amigo, era plomero. Pero tenía problemas con la bebida… el tema es que solía aparecer un lunes a las diez de la mañana totalmente en curda. Y así cualquier día. Palanca a veces iba a trabajar a una casa, pedía plata para los repuestos de la mochila del baño, salía a comprarlos y no aparecía más: el dinero era destinado a sus necesidades etílicas. Obviamente con el tiempo la gente dejó de llamarlo, y bueno, no trabajaba. O trabajaba a veces, cuando se lo veía trabajar.
Una vez, un 25 de Diciembre, me tocó el timbre, salí y, arrastrando las eses en un vaho de alcohol, me dijo:
-Pendejo, vendéme una llave de paso esclusa de bronce con rosca tres cuarto.
-Pero Palanca, protesté, -¡hoy es Navidad!
-Y a mí qué carajo me importa el negocio de los curas, pendejo, yo también estoy laburando.
Otra vez caminaba una tarde de primero de Mayo por Rosas y Mitre y me chistó desde un techo: estaba metido dentro de un tanque de agua, destapando vaya a saber qué.
-¡Hoy es el día del trabajo, Palanca!, le grité, -¿qué hacés ahí?
-Yo trabajo, pendejo, no miro el calendario.
Pero el tipo no sólo era beodo y vago, también era un excelente amigo, de esos que, de tanto andar sin lastres, te pueden brindar todo su tiempo y su corazón, que era de oro.
Estuvo como un mojón cuando murió mi primer esposa, día a día pasaba por el negocio y se quedaba un rato; a veces pasaba a la mañana y a la tarde (también, como un mojón, pasaba mi otro amigo del barrio, Nosferatu, pero esa historia aún es). Me rescataba cuando amenazaba con colgar la música, me decía cosas como: “no dejes la viola, pendejo, la música te va a salvar”, y con “salvar” no hablaba de plata, sino de algo más profundo.
Compartíamos el gusto por las antiguas pizzerías. Fuimos muchas veces a Ottonelli, a El Fortín, al Imperio y Santa María, a las Cuartetas. Lo invitaba yo, por supuesto, pero esas noches eran la gloria… el tipo era un libro abierto, había estado en el ERP y se había rajado, sabía mucho de música, especialmente de tango -amaba a Corsini, y antes de irse me regaló una foto del músico, enmarcada-; Palanca había sido colectivero de la 53 más de treinta años, hasta que lo rajaron por beodo; era un excelente jardinero –aún veo, con triste melancolía, florecer sus begonias en el zaguán de su casa-, y era también esposo, padre y abuelo.
Pasaron muchas cosas en esos años, pero Palanca siempre estaba ahí: en una pelea, en una discusión callejera –cuando pasó, borracho, por la vereda destrozada del tipo que había matado de un balazo a un pibito que le quiso chorear el estéreo del auto, y le dijo: “¡che, a ver si arreglás la vereda, que no se puede pasar!”, y el tipo, que era un facho de manual, le contestó: “calláte, estás borracho”
Y Palanca retrucó: “sí, estoy borracho… que ¿a mí también me vas a pegar un tiro?”, y yo estaba con él, y el asesino era un cliente mío del negocio, pero no pude reprimir la feliz –y admirada- carcajada…
El asunto es que Palanca un día se enfermó. Y al final, se murió, como se muere todo el mundo. El recuerdo más triste que de él tengo es la última vez que lo vi parado en la calle, que era su lugar: paradito en la esquina del bar del gordo, con un frío descomunal, bajo la garúa, la camperita azul, ya muy flaco por “la papa”, decididamente triste porque sabía que se iba, aunque de eso no se hablaba. También lo visité más tarde en su casa, en su recta final, pero ahí ya el tipo casi era otro, como un remedo fantasma de él mismo.
En fin, mañana es el día del trabajo, y yo, en el día del trabajo, quiero recordar a Jorge Diez, “Palanca”, un tipo de 10, mi amigo borrachín que tanto tanto extraño, a veces hasta lagrimear.

lunes, 17 de abril de 2017

Un día de lluvia

Llovía. El viento arrancaba el humo de las chimeneas y azotaba las ramas de los pinos. La niebla ocultaba el mar a lo lejos y envolvía al pueblo en un velo fantasmal, denso y azulado. Los perros y la gente habían escapado de esa mortaja de chubasco y las calles estaban desiertas.
-Me niego a quedarme acá encerrada- dijo Claudia
-¿No mirás por la ventana?- contestó, asombrada, Paola –aún no es mediodía y está tan oscuro que parece el ocaso… ¿de verdad querés salir con este día?
-Sí, quiero salir. Y quiero salir especialmente con este día.
-Bueno, es un día de mierda… nos vamos a cagar de frío y nos vamos a empapar… ¿eso querés?
-¿Porque no?, siempre elegimos lo conocido, caminar con sol, nadar en el mar cuando hace calor, dormir de noche y viajar en vacaciones… así todo resulta siempre lo mismo: predecible y aburrido.
-No creí que te aburrías- agregó Paola, y luego: -¿está mal dormir de noche o viajar en vacaciones? Supongo que el trabajo termina condicionando toda la cuestión.
-Tenés razón, Pao, si el trabajo es una maldición bíblica…
Se quedaron en silencio, mateando, viendo el humo blanco de las chimeneas de enfrente bailotear alocado detrás del vidrio. Estaban en Ancud, Chiloé, y el clima en la isla cambiaba a diario como un calidoscopio impredecible.
-No podemos hacer nada con respecto al trabajo, Pao, pero podemos salir a caminar con este “día de mierda”… ¿alguna vez caminaste algunas horas bajo la lluvia?
-No, nunca. Si llueve intento no mojarme, esa es la verdad.
-Bueno, entonces hoy propongo que cambiemos: abriguémonos bien y salgamos a caminar.
-Jaja, estás loca ¿lo sabías?
-Mejor, y creo que la pasás bien con esta loca…
Las chicas se abrigaron y salieron. Bajaron por Pudeto hasta el centro del pueblo, pasaron por el supermercado y compraron todo para la cena. Después subieron por Pedro Montt y por San Antonio hasta encontrar la calle Antonio Burr, y desde ahí dieron la vuelta a toda la ciudad. Caminaron bajo el chubasco, sintiendo el agua chorrear sobre la tela plástica del piloto, con el olor salado del mar y de la leña ardiendo todo alrededor. Los únicos bichos que las acompañaban eran las chillonas gaviotas. Luego de dos horas de caminata llegaron al mirador del cerro Huaihuen, y ahí se sentaron a contemplar la inmensidad del mundo.
-No se ve nada- dijo Paola.
-Yo veo de todo- contestó Claudia.
-¿Qué carajo ves?
-El mundo, el planeta, la niebla, las nubes, el verde saturado de la hierba, los techitos de las casas, veo las islas como manchas negras, el viento entre las ramas, los barrios bajos, el agua allá en la costa y el agua también acá, cayendo desde el cielo. Y te veo a vos, sentada a mi lado.
-¿Y que ves cuando me ves?
-Lo mismo que veo en el espejo: condicionamiento.
-¿Y caminar bajo la lluvia cambia eso?
-¡Yo que sé!... puede que sí, puede que no.
-Tal vez un poquito.
-Por un rato.
-Condicionamiento-, susurró Paola, la mirada perdida en el difuso horizonte del Pacífico.
-Sí, y tu condicionamiento es amable.
-¡Y el tuyo está totalmente loco!
Después de reír retomaron la marcha, llegaron a la cima del cerro y dieron la vuelta por las antenas con un ventarrón de mil demonios soplando alrededor. Y bajaron: del otro lado apenas se dibujaba el puente que unía las caprichosas sinuosidades de la costa chilota.
Llegaron al asfalto y treparon nuevamente hasta la calle Pudeto, esta vez por detrás. La vuelta a la ciudad les había tomado poco más de tres horas.
Llegaron. Entraron en la cabaña y el abrigo de las paredes las envolvió como una cuna. Se quitaron las ropas empapadas y el calzado embarrado. Luego se metieron en el baño y se dieron una abundante ducha caliente.
Claudia preparó otra tanda de mates. Cuando su amiga salía del baño le preguntó:
-¿Y?, ¿Cómo te sentís ahora?
Paola se la quedó mirando, sondeando en su interior con los ojos muy abiertos. Luego respondió:
-Feliz. Me siento feliz… y libre.
Claudia sonrió, le alcanzó un mate amargo y la otra chupó. Luego Paola agregó:
-Son las cuatro y cuarto de la tarde… ¿podríamos dormir un rato, no?
Rieron. Luego se sentaron en silencio a tomar mates y a contemplar, detrás del ventanal, la maravillosa parsimonia con que la lluvia bañaba ese íntimo pedacito del mundo.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Cuatro amigos

-Vamos a resolver los problemas de este mundo cuando caigan todas las políticas que atentan contra la clase trabajadora, cuando el estado de bienestar sea un hecho y no una utopía, cuando las máquinas y los medios de producción estén al servicio del proletariado y no de unos pocos privilegiados, que son los mismos privilegiados de siempre...
Cenaban en el comedor del Tren Patagónico, sándwiches de pan de centeno relleno de queso, tomate y  mortadela; tomaban mates amargos y soda en sifón. El tren, detenido en San Antonio Oeste, cambiaba de máquina, y rápidamente se ocupaban los pocos asientos libres que quedaban. La charla había comenzado, como de costumbre, como un monólogo, y así proseguía. Jorge, el más politizado del grupo, arengaba a sus amigos exponiendo sus extensamente rumiadas nociones de Marx, Hegel, Smith y Chomsky:
-Lo que sucede con ustedes, agregó, es que viven presos de "la casa y el sillón", por no decir de las velas, el humo del incienso y el apalabrado rosario… ¿quién carajos es ese "señor" para tener que pedirle algo?, ¿acaso no es un patrón, un papá o un abuelo, un patriarca superlativo, el oligarca de los cielos?... “Dios es empleado en un mostrador”, cantó Charly con Nito, “da para recibir”… y si digo dios como ellos lo escriben, con mayúscula, es por consideración a esos dos músicos que merecen mucho más respeto que toda esa estúpida y condenada imaginería supersticiosa… ¡toda religión es un negocio!, y sobre las bases de ese tremendo y vil supermercado el capitalismo sienta sus bases y hunde sus raíces…
-¡Pará un poco, che!, reaccionó Leo, que era católico, vos hablás de lo que no conocés con la autoridad del que sabe, pero ni siquiera te alcanza para ser un neófito ¿qué experiencia tenés vos de Dios para ser tan hostil a los religiosos?
-Ninguna, porque dios no existe- respondió Jorge terminante.
-No existe para vos; en tu negación impedís que Él se brinde con la naturalidad que se brinda a los que lo aman.
-Perdón, intervino Sergio, el anarquista, yo quisiera que ese "señor dios" y ese "señor Marx" me entreguen la posta completa para poder correr mi carrera como se me cantan soberanamente las pelotas… ¡libertad!, ¿porque tengo que seguir sus concretos, insulsos y represivos caminitos religiosos?
-¡Marx no es religión, animal! chilló Jorge
-¿No?... pero vos hablás de Marx y de su libro "El Capital" como si de palabra santa se tratara… si cambiamos Marx por Cristo y embadurnamos el zurdo tomo con grandes letras doradas y comentarios al pié ya estamos mágicamente en Leo y su sagradísima biblia, su adoración, fanatismo y ceguera.
-Yo no soy ni ciego ni fanático: creer no es fantasía, es ciencia de la comprobación ¿alguna vez alguno de ustedes dos rezó?, seguro que no; todos, como calcos, se meten con Jesús sin siquiera intentar conocerlo- agregó Leo con tristeza , y no le dan la más mínima oportunidad... pero poco importa: son ustedes los que se pierden de su amor
-Amor, amor… el amor de tu dios mató más gente en la historia del mundo que todas las pestes juntas, gil
-Y no hablemos de Stalin, pibe trosko… ¡el estado es un dios de cartón con una guillotina en una mano y el fuego de la bomba H en la otra!… ¿cómo pueden ser tan crédulos, tan dependientes, tan… ingenuos?
-¿Y vos, anarcocapitalista?... sos estúpidamente contradictorio
-¡Dios es amor!
-Sí, claro, pero sólo si estás de acuerdo, sino… ¡escapá!
-No conocen a Dios
-Y odian a Marx sin leerlo
-Esclavos del sistema, ustedes dos, de todo sistema: del que fue, es y será…
Se quedaron los tres callados. Los sandwichs se habían terminado, el mate estaba lavado y los sifones vacíos. Los mozos pasaban y los relojeaban de costado con ánimo de recuperar la mesa. Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que Aníbal, el cuarto ocupante de la mesa, permanecía en absoluto silencio
-Che, dijo Jorge mirándolo, ¿y vos que pensás?, ¿no decís nada?
-Sí, eso… ¡jugáte por algo!, agregó Sergio
-No quiere jugarse, es un tibio, concluyó Leo, y ya sabemos lo que le hará Dios a los tibios en el fin de los tiempos…
Aníbal los miró en silencio, uno por uno, y con una expresión de fatigada resignación dijo:
-¿Que pienso al respecto?... nada, porque no pienso al pedo.
-Andá a cagar, respondieron los tres al unísono.
-Está bien, me voy a cagar, pero igual no pienso. Hay un ruido, y ese ruido son sus palabras, y nada puedo hacer contra ese ruido, simplemente escuchar y seguir mi camino, tranquilo… ¿qué más podría hacer? ¿tomar partido?, jaja, las palabras, queridos amigos, son tan putas que sirven para justificar a Marx, a Cristo, a Hitler, a la Bomba H y al exterminio…
-Pero usás palabras para responder.
-Porque ustedes no se bancan mi silencio… y entonces me preguntan lo que yo llamo, acertadamente, pelotudeces: me basta  el silencio para explicarlo todo, y eso es, básicamente, porque no hay nada que explicar...
Y el silencio, ese que Aníbal exponía  como su filosofía máxima, se adueñó nuevamente de la mesa. Entonces se dieron cuenta de que el tren hacía rato había dejado San Antonio y, tan raudamente como podía, corría bajo las estrellas atravesando la Patagonia rumbo a San carlos de Bariloche. Jorge, en silencio, se cebó un último amargo, miró a su amigo y le dijo:
-La verdad, no te entiendo.
-Y yo tampoco lo entiendo, dijo Sergio
-Ni yo, agregó Leo.
Aníbal los miró, sonrió una gran sonrisa y suavemente contestó:
-Muy bien.
Un minuto más tarde llamaron al mozo, pagaron la cuenta, dejaron el comedor y regresaron a sus asientos. Leonardo regresó a su Biblia, Jorge a su Manifiesto Comunista, y Sergio a su “Coaching of anarcho-capitalism on line”
Aníbal se recostó en la butaca como pudo, encendió el mp3, escuchando la música de los ELO, contemplando el inasible infinito detrás de la ventanilla, contemplando las inalcanzables estrellas y la profunda oscuridad de la noche.
Media hora más tarde le entró un sueño enorme, entonces se durmió.

domingo, 5 de marzo de 2017

Camino, que no es poco

Camino… ¿camino?, si, camino. Voy caminando, un pié, otro pié, el otro y el otro. Voy caminando todo derecho hasta que doblo. Me sorprende el haber doblado… ¿camino al azar?, no, porque siempre doblo en el mismo sitio.
Caminar por las mismas calles me deprime, me angustia, me llena de impotencia, y, por supuesto, de temor. Observo el inobservable futuro –imposible futuro- con impotencia y temor. Igual camino, que no es poco. Algunos ya renunciaron a caminar, yo no. Debería sentirme orgulloso –de mi mismo- porque aún camino, aunque a veces la impotencia me reduzca a un ser muy limitado.
¿Camino solo?... no hay nadie. Mis pasos suenan en las calles vacías –estas calles harto conocidas- con el eco del miedo y del ahogo… ¿hay peligro?... ¿porqué estoy solo?... solo no soy. Entonces recuerdo que alguien dijo: “para ser un buen alumno uno necesita malos alumnos todo alrededor”. No recuerdo quién lo dijo, alguien. Pero camino solo por las mismas calles de siempre. Solo no soy… ¿quién soy?... ¿yo mismo?... ¿yo?... ¿quién es “yo”?
Pasan las cuadras bajo mis pies, doblo en las mismas esquinas, veo las mismas casas, cordones, vías, autos, trenes, carros, aviones, motos, gentes (¡no estoy solo!), pero no me gusta esta gente, no es como yo.
Insisto con mi fe… me digo que “Dios me va a ayudar”. Me lo digo una, me lo digo dos, tres, diez, cien veces:  “Dios me va a ayudar”. Recuerdo al peregrino ruso, “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”; entonces repito con él –el peregrino vive en el pasado-… “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”, “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”, mil veces repito, como “no debo mentirle a mi mamá”, un millón de veces escrito en un millón de papeles “no debo mentirle a mi mamá”, y camino, derechito, al compás de la misma música, camino y doblo y sigo y repito sin parar “Señor Jesucristo, no debo mentirle a mi mamá”… mi mamá, como el peregrino ruso, vive en mi pasado, es mi pasado. Pero está acá, claro, “No debo ten piedad de mi”. Pienso en mamá y me vuelvo chiquitito, no de edad, sino ínfimo, diminuto, impotente como un padre cruel, mezquino y perdedor
-¡perdedor!- sí, ésa es la palabra clave de hoy -¿hoy?-: perdedor.
Hay un partido, una carrera, una velocidad, un estilo, una guerra, un promedio, un destino, una meta… “solo se perderán los predestinados a la perdición”, dice San Agustín mientras vomita pecado tras pecado, y yo estoy predestinado al miedo, a caminar solo por las mismas calles, a doblar lloroso por las mismas esquinas al compás de la misma estúpida e insípida música -¿ruido?- de siempre. Siempre. “Para siempre”, decimos. La eternidad encerrada en una palabra… ¿hay trampas en la sintaxis?, y digo: “puto”, “camaleón”, “mariposa”, “verga”, “agujero”, “sucio”, “puerca”, “nylon”, “grasa” –pienso: estoy gordo-, “amor”… amor, sí, pienso en amor. Trampas en la sintaxis y en el amor…
Cae el sol y camino. No llevo reloj, pero todo es un mecanismo. Imposible no creer -¿imposible?-, -¿creer?- que no hay tiempo. Soy un ser que camina
–siempre- por las mismas calles, dobla en las mismas esquinas, mantiene el mismo compás con la misma música mientras cree en lo mismo, siempre, eternamente siempre, condenadamente siempre, la jaula del tiempo, los barrotes de la presión -¡ya!- todo alrededor.
Se hace tarde.


viernes, 24 de febrero de 2017

Pesadilla futura

El jefe de la banda era un demonio. Desaparecía, aparecía y cambiaba de aspecto a voluntad... la voz, la piel, el tamaño, el color de ojos. Johnny –ese era su estúpido nombre- tenía dos lugartenientes humanos, y una joven mujer, tan hermosa como de pocas luces, era la primera de una multitud de seguidores. La secta jugaba al terror, pero no sólo con los “limpios”… saqueaban una ciudad, buscaban un sitio en las afueras, una fábrica abandonada o una antigua iglesia, y juntos convivían. Allí Johnny se regodeaba aterrorizándolos: desaparecía durante horas para aparecer de repente, los ojos rojos encendidos, la cara deformada en muecas de horror, el cuerpo hediendo como mil cadáveres. Lograba que sus espantados fieles, del susto, soltaran los esfínteres. Otras veces también los atacaba: luego de lacerarlos hasta el martirio los convertía en demonios como él, pero no les permitía el histrionismo.
Increíblemente la chica nunca se asustaba, por el contrario, reía. La joven festejaba cada aparición fantasmal de Johnny, cuanto más horrenda, más fuerte sus carcajadas.
Un día Johnny atacó a Munny, su primer lugarteniente. Éste, convertido en súcubo y extasiado por el placer de serlo, atacó sexualmente a la chica. Se acercó a ella como un rayo y le amasó descaradamente las tetas. Luego le metió la hinchada lengua rosada en la boca y empujó hasta el fondo; después le dijo:
-¡Que placer manosearte siendo un diablo, putita... ¡Ahhh!... uno de estos días voy a venir con dos o tres más y te vamos a agarrar entre todos-
Pero a la chica no le gustó lo que Munny le decía, y menos le gustó el repugnante sabor amargo que le había dejado en la boca. Sin mostrar una pizca del asco y el terror que la asaltaba, le contestó:
-No, Munny, por favor, vení cuando quieras, pero vení solo, vení solo vos, Munny...-
Así pasaron los meses. En el mundo ya no había ley y cada cual hacía lo que le venía en gana. La secta, rodando de pueblo en pueblo, mataba y violaba, saqueaba y destruía.
Los excesos de Johnny ya habían convertido a la mitad de sus seguidores en demonios, y un día, totalmente descontrolado, atacó a su segundo lugarteniente. Convertido éste en trasgo, decidieron ir los tres por la muchacha. Se aparecieron por su habitáculo cargando un gran paquete dorado. Johnny entró primero, y alcanzándole el paquete, dijo:
-Hola, mujer, te trajimos un regalo: probátelos ahora mismo-
La chica, temblando, abrió el paquete bajo la atenta mirada de los tres monstruos: dentro de una caja brillaron un par de stilettos rosados, charolados, altos como rascacielos. Se los calzó, entonces los tres demonios atacaron: la sometieron de mil modos, la maniataron y enmudecieron, la humillaron sin tregua hasta romper sus contenciones, y entonces la obligaron a tomar lo derramado. Los tres malignos cambiaban de apariencia mientras lo hacían, de un horror a otro, mutaban y chillaban con fortísimas voces de ultratumba sobre el apagado y lastimoso llanto de la mujer.
El mismo Johnny, que por sobre todo se deleitaba en su propia perversidad, empujaba y repetía hasta el cansancio: “¿no te reís ahora, puta?"
No la mataron, tampoco la convirtieron en demonio. Un mes más tarde la joven comprobó su estado de embarazo, y los tres diablos se la llevaron a vivir a su cueva.
Ocho meses más tarde, parió: los tres bautizaron al crío con sangre, y lo llamaron “Anticristo”, no porque lo fuera, sino por el regocijo que este nombre les provocaba. Acto seguido, lo alimentaron con su primer comida: carne humana.
A la madre, al otro día de parir, la echaron de la cueva a patadas.

sábado, 11 de febrero de 2017

Ligeti en Chacarita

Pasó hace un rato en Chacarita, esperando el 123. Yo llevaba mi guitarra, el cajón peruano, el atril y la mochila. Era el cuarto en la fila cuando apareció una señora mayor y, así porque sí, se puso adelante. Quedé quinto. No dije nada, porque no me peleo con señoras, y menos por un puto lugar en una cola. Pero entonces la dama -de figura bastante imponente- hizo un giro inesperado y le clavó un tremendo rodillazo a la funda de mi guitarra. Le dije: "señora, más cuidado por favor... mi lugar en la cola ya es suyo, pero no me rompa la guitarra". Me miró con odio infinito y, acto seguido, me ignoró. Pasaron unos minutos y al rato empezaron a llegar un montón de polis muy jóvenes, cruzaron desde el cementerio, alcanzaron la parada y se quedaron ahí esperando el 44, unos 30 canas de uniforme azul de no más de 22 años, todos con el pelo muy corto, una nueve cargada en la cintura y una gran cara de culo. A mi me entró el miedo, o, tal vez, el asco. Pero entonces la vieja empezó a chillar: "¿Que hacen acá, mierdas?, ¿porqué no van a perseguir negros a la villa, mierdas?, ¿no ven que acá no hay negros chorros villeros de mierdaa?"... otra señora que estaba cerca empezó a hacerle el coro: "!Sí, eso!, ¡ESOOO!, ¡MATEN NEGROOS!" gritaba. Los gritos de las octogenarias se intensificaron y en un momento me vino al bocho el film 2001, la parte en la Luna con el monolito y el monstruoso coro de Ligeti.
Finalmente llegó el 123 y subí, sintiendo que el mundo no tiene solución ni remedio, y que cada día que pasa me siento más cerca del extranjero de Camus.

miércoles, 8 de febrero de 2017

El poder corruptor de la naturaleza

Vivimos toda la vida dentro de un cuerpo... somos, de algún extraño modo, "en" el cuerpo, o "con" él.
Caminamos con el cuerpo, comemos con el cuerpo, hablamos y cantamos con el cuerpo, respiramos con él.
Nos reproducimos porque tenemos un cuerpo.
Pero entonces sucede que alguien muestra una teta... ¡caos!
El asunto merece la atención en proporción al miedo que provoca.
Mucho miedo... los pibes, nuestros hijos, fueron amamantados... ¡con que gusto e inocencia amamanta una criatura!, pero ver una teta cuando dejan la edad de amamantar los puede pervertir... hay un poder, parece, el "poder corruptor de la teta visualizada"
El principio, para mí, y que quede claro que no quiero ofender a nadie,
es el mismo por el cual los juguetes de los chicos tienen orejas, ojos, piernas, pelo, boca y dedos,
pero nunca sexo.
Como si a los seres humanos nos hubiera traído una cigüeña... o hubiésemos crecido de un repollo.
Significativa la negación.

domingo, 5 de febrero de 2017

Un domingo sin hierba

-¿Cómo te sentís?
-Liberada.
Eran las tres y cuarenta de la tarde del domingo. Era verano, pero fuera soplaba un viento  furioso y frío, como si el otoño hubiese tomado al estío por asalto. Dentro de la casa sonaba una música tranquila, espacial. También se escuchaba girar al lavarropas y el arranque de la heladera, y los chillidos de los pájaros entrando por la ventana . Por el cielo pasaban unas nubes gordas y oscuras y luego todo se cubría en un manto gris. Entonces se abría un jirón y aparecía el cielo azul y el sol pintaba por un momento todo de color.
-No tenemos más nada. Ahora sólo podemos esperar.
-Esperemos entonces.
Clara hirvió unos tomates secos en agua y vinagre de vino. También puso a asar dos morrones muy grandes y muy rojos en el horno. Picó una cabeza de ajo, secó los tomates ya hidratados y peló los morrones. Luego preparó todo con aceite de oliva y ajo.
-Hay bondiola, mortadela y salame calabrés. Y los morrones y los tomates con ajo. Y un pedazo de roquefort. Puedo hacer la primera pizza sólo con muzzarella, y la segunda con muzzarella y roquefort.
-Me parece muy bien, contestó Ana.
-Y hay que comprar más moscato… y unas cervezas. Me muero de ganas de un trago de moscato, pero si empiezo ahora para cuando llegue Claudio voy a estar como una cuba.
-Más y más y más.
-Siempre más. Pero ahora no queda nada, y hay que volver a esperar. Duele, pero es el camino. La desesperación puede llegar como oleadas, pero está condenada: la paciencia es un músculo.
-Y ese músculo está preparado.
-Igual duele.
-Que duela… al final, sólo hay que esperar.
-Nos dedicamos a esperar.
-Mirá que fácil.
-Y hasta ayer… es muy loco cómo un poco de hierba puede volverle loca la cabeza a una.
-Potencia todo, y es para bien y para mal.
-Se pierde el equilibrio.
-El centro.
-Una se pone caprichosa, débil, exigente. Una se pone a manipular todo, así y asá, y la paz se escapa como el aire, y una se ahoga de a poco mientras se vuelve egotista.
-Qué fácil es perder la paz.
-Sólo basta entregarse al deseo.
-Darse a sí misma.
-Darse todo hasta el displacer… ahí está el calvario.
-Ahí llegamos anoche, al extremo del placer, donde el displacer empieza… ¿o es un desierto?,  y ya no tenemos nada: nos resta esperar.
-Esperar  “la voluntad que nos haga libres”
-Eso.
Clara pensó en cortar unos tomates en rodajas y en hervir dos huevos, mientras Ana preparaba un Tiramisú para el postre de la noche.
-¿Claudio ya no fuma? Preguntó Ana al rato
-Sí fuma.
-¿Traerá?
-¡Me muero!
-¿Mirá si se cae con una piedrota?
-No… nunca trae. Sería raro que justo esta vez se aparezca con porro.
-¿Le preguntamos?
-¿Y si nos dice que tiene?
-¡Le decimos que no traiga!
-No va a tener…
-Llamálo, Clari, llamálo!…
Clara marcó el número de Claudio en el teléfono. El muchacho atendió luego de cinco llamados:
-Holaa
-Hola Claudio, soy Clara.
-¡Hola Clara!, ¿todo bien?, ¿se hacen las pizzas hoy?
-Sí, si nene… pero con Ana nos preguntábamos si tenías algo de faso.
-Sí, justamente ayer me trajeron una piedrota... llevo un pedazo ¿dale?.
-¿Vas a traer un pedazo?
-Y… les llevo un veinticinco, así tienen para tirar unos días ¡es muy rico este faso!
Clara se quedó muda un instante. Sintió al deseo volverse material y ponerse a recorrer sus venas haciendo leves cosquilleos a cada paso. Las cosquillas del placer extremo, el placer manejado, dirigido, el placer objetivo, el placer límite, asesino de la paz.
-Bueno, dale, contestó la chica, -traé que anoche nos quedamos sin.
-Ok, llego a eso de las siete ¿qué más llevo?
-Nada más, con eso es suficiente…
Clara cortó y enseguida miró a su amiga, que asimismo la miraba. Se miraron unos segundos en completo silencio y Ana dijo:
-Se acabó la espera.
-Sí, se acabó.
Siguieron en lo suyo. Ana con el tiramisú y Clara con los tomates. Al rato Clara abrió el freezer y sacó tres cubitos. Los metió en un vaso color ámbar y luego lo llenó con moscato helado. Miró el reloj: las cuatro y cuarenta de la tarde.
-A las siete, cuando llegue Claudio, voy a estar re borracha.
-Bueno, no importa, dijo Ana mientras se servía ella misma un vaso de moscatel con hielo, -si estamos muy borrachas picamos un poco de faso y nos ponemos del orto.
-Bueno, contestó la amiga.
Siguieron cocinando, mientras sus pensamientos dejaron de pensar en la paz para pasar a pensar en todo lo que harían fumadas los próximos días, y en el placer inmenso –y en el dolor-que todo ello les acarrearía.