sábado, 29 de septiembre de 2018

La chica en el cementerio

Norberto conducía su Falcon Futura por la avenida Hipólito Irigoyen, en Morón. Faltaban unos pocos minutos para las tres de la mañana y la calle estaba completamente desierta, amortajada por una densa capa de niebla invernal. El sonido del motor tosía y rebotaba  inexplicablemente en los sucios cordones de cemento, en los profundos pozos del asfalto y en los indiferentes semáforos; y mientras caía una finísima garúa que envolvía todo con un brillo húmedo y fantasmal, sintió un inminente deseo de nido, de ducha caliente, de cama y protección.
Alcanzó el cementerio, avanzó unos pocos metros y entonces la vio: la chica, joven, caminaba lentamente rodeando el camposanto. Llevaba el pelo suelto y una corta falda por encima de las rodillas, y apenas la abrigaba una remerita de mangas largas. Norberto pensó “¿no tiene frío?”, y luego “¿qué hace esta piba acá, a esta hora y con esta desolación?”… se compadeció, aminoró la marcha y acercó el auto al cordón. Sin detenerse bajó la ventanilla y habló:
-Hola mi amor, decime ¿no tenés miedo de andar caminando por acá a ésta hora?
La chica giró el cuello, lo miró con una mirada negra de pozos infinitos, y sin demorar el caminar le contestó:
-Tenía miedo… cuando estaba viva.      
Y girando la cabeza nuevamente, continuó su marcha.
Norberto sintió un rayo de terror atravesando la espina dorsal. Rápidamente subió la ventanilla y aceleró a fondo.
Y no levantó el pié del pedal del acelerador hasta llegar a destino.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Nunca es tarde

Subí al 289 en Álzaga y Belgrano, en perfecto estado de gracia. Media hora antes había estado rezando y cantando salmos, quemando mirra e incienso, y mi mente y mi corazón vibraban en lo que Patti Smith llama “el tiempo real”: un estado de absoluta dicha indiferente sin necesidades ni objetivos. El bondi avanzó y pasó por Caseros, Tropezón, Villa Libertad, y veinte minutos más tarde llegó a San Martín. Bajé y caminé por Belgrano, atravesé la plaza, crucé Mitre y seguí pateando por la calle San Lorenzo rumbo al conservatorio. Una cuadra y media antes de llegar me topé con dos policías de la federal, uno masculino, la otra femenil. Ella me miró, vio mi estado de feliz indiferencia y, acto seguido, me detuvo… -¡documentos!, chilló.
Abrí el bolsillito de la mochila y le alcancé el DNI. Lo miró, me miró, y me preguntó:
-¿Dónde se dirige?
-Al conservatorio, mitad de la próxima cuadra.
-¿Va a dar clases?
-No, dije sonriendo, ¡ojalá!... aún soy alumno.
Me miró, bajó la vista al DNI, y dijo:
-Mil nueve sesenta y nueve… ¿qué edad tiene?
-Cuarenta y nueve.
-¿Y no está un poco grande para estudiar, Señor Alladio?
La miré. Sentí en alguna parte de mi cuerpo el golpe bajo, pero soslayándolo le contesté:
-No oficial. Entiendo que nunca es tarde para estudiar y sonriéndole mi mejor sonrisa agregué: -usted parece mucho más joven que yo: está a tiempo.
Me clavó una mirada de metal, salvaje y llena de odio. Creo que si hubiésemos estado de madrugada en algún lugar del segundo cordón bonaerense, me hubiese pegado un tiro.
-¡Abra la mochila!, me ordenó.
La abrí. Ella metió la mano y sacó las carpetas, las partituras, la cartuchera, una bufanda, tres billetes de cien pesos, monedas, la tarjeta sube, un dibujo de mi sobrina y el remedio puff para el asma. Abrió la cartuchera y revisó todo: las lapiceras, el porta púas, el portaminas, los lápices, el liquid paper... hasta miró dentro del sacapuntas para ver si había algo. Luego desarmó el puff pedacito por pedacito y así, todo desarmado, lo tiró adentro. Después se tomó más de quince minutos para fisgonear, como un perro sabueso, en cada uno de los pequeños bolsillitos del bolso. No encontró nada, por supuesto: jamás salgo a la calle con algo que un poli pueda encontrar y utilizar para martirizarme la vida… uno aprende con los años.
Finalmente, dando vuelta la cara sin siquiera mirarme, me alcanzó el documento y chilló:
-¡Circule!
Agarré el DNI y circulé. Caminé la cuadra y media que faltaba y unos metros antes del conservatorio entré en la panadería vecina; me compré un sandwich de miga de jamón y queso, pan negro; me lo comí, luego entré al edificio, fui al baño, me lavé las manos y, acto seguido, entré a mi clase de contrapunto: de tercera especie, cuatro contra uno.